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24 noviembre 2010

Ana Mª Matute premio Cervantes de Literatura 2010

Conocí a Ana Mª Matute hace algunos años. Pasó por Vitoria para dar una charla. La vi frágil, pero con una energía increíble. Como si del salón de su casa se tratase nos fue contando, con esa facilidad de palabra que tiene, su biografía enriquecida por sus obras dejándonos ver su parte más humana aderezada de un humor tierno y socarrón a veces. Su infancia, la guerra, la posguerra hasta llegar a considerarse una superviviente por lo que ha tenido que luchar para ser la que hoy es a pesar de la época que le tocó vivir. El tema recurrente fue el de su infancia que tanto le ha inspirado en sus obras. Nos manifestaba que se reconocía plenamente en la niña que fue. Guiñaba un ojo y en tono cómplice nos expresaba cómo se evadía cuando la encerraban en el cuarto oscuro de niña dando rienda suelta a su fantasía. Se le pasaba el tiempo sin enterarse y es que le gustaba estar sola, crear su mundo y sus fantasías. 
¡Qué gran mujer! A pesar de haber tenido que pasar por el quirófano siete veces es capaz de decir: “La risa alarga la vida y suaviza las enfermedades”

06 noviembre 2010

La nueva ortografía

El bolígrafo rojo se disparaba una y otra vez con fuerza, con energía, machacando y con cajas destempladas me mandaba al sitio seguida por un repertorio de normas ortográficas: “servir, hervir y vivir, se escriben con v”, “quita la h a ayer y pónsela a hoy”… Eran tantas las normas que me aturullaban, lo mío era la ortografía natural.

Acercarte a aquella mesa era como entrar en el juego de las bombas, sabías que antes o después iban a explotar y la penalización te caía sin consideración alguna. Con aquel sistema no sé si aprendí mucha ortografía, pero sí que agudicé mucho el ingenio, escribía con dos bolígrafos  las tropecientas veces que había que repetir la misma palabra.
Por eso, cuando todo un premio Nobel de la Literatura, Gabriel García Márquez proclamó aquella incendiaria propuesta de que a la ortografía había que finiquitarla, me tenía que haber alegrado. Lástima, no fue así, me llegó cuando la ortografía ya me había conquistado y ya se sabe, los reconvertidos somos los peores.

04 noviembre 2010

El mercadillo de Vitoria

Cuando me acerco oigo ruidos de metales arrastrados por el suelo, motores de furgonetas que están llegando, un zumbido de voces inconexas. Al asomarme a la plaza ya veo el bullicio y el movimiento en construcción del mercadillo. Es jueves y todos los jueves hay mercadillo en la plaza Simón Bolívar. No es una plaza céntrica en la ciudad y es bastante amplia con unos soportales en torno a una fuente.
En los soportales ponen sus puestos los que conforman este mercadillo un tanto marginal al devenir de la ciudad. Los puestos en fila en los cuatro lados de la plaza y en paralelo unos con otros, dejan un pasillo para los mirones y compradoras que como una corriente lo recorren. Son  tenderetes y andamiajes con toldos grisáceos para protegerse de la lluvia, exponiendo calzado a 6€  el par, bisutería de la fina a 1€, ropa interior… Los vendedores a viva voz anuncian la calidad de sus productos a la vez que casi los regalan con cierta alegría, aunque su expresión denota cansancio, monotonía y oficio. Hay pocos payos entre los vendedores, más gitanos, marroquíes y africanos. ¡Barato! ¡Barato! ¡Qué se acaba! Tres al precio de uno, bragas y sostenes en oferta, deportivas de marca, ropa y calzado, bolsos y cinturones, toallas y paños de cocina.
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