Era el 26 de abril de 1937, día de mercado en el pueblo, la borrasca de los últimos días se había retirado y  el cielo lucía despejado. Algunos carros animados por el buen tiempo o simplemente movidos por la inercia, se fueron acercando a la zona de costumbre. Aunque los alimentos escaseaban, el mercado transmitía energía y vitalidad con su bullicio.

En aquella España de gran austeridad cromática, el lugar se vestía de alegres y vivos colores dispuestos y clasificados por las escasas frutas y verduras que aún quedaban. Saludos y gratos encuentros a pesar de las ojeras y el cansancio en los rostros por tener que vigilar lo poco que tenían. Susurros y comentarios sobre las últimas noticias de la guerra contaban que el enemigo en pocos días podría llegar. Algunos esperaban que la ciudad del Árbol, el viejo roble donde los reyes juraban desde hacía siglos guardar los fueros de Vizcaya, no sería atacada por respeto a su gran tradición, pero el miedo crecía día a día.
Hoy los vendedores no necesitan gritar mucho su mercancía, los carniceros ofrecen “conejo fresco” (¿gato, tal vez?), los cacharreros sus arreglos, hay regateos y compras; otros miran simplemente, su situación no da para más. Refugiados hambrientos y soldados heridos, pululan por la villa de Guernica peleándose entre sí o con algún perro sarnoso por algo comestible sacado de la basura, de noche se protegen del frío tras las lápidas de los cementerios.

De repente, un fogonazo de luz rasgó los cielos y el estruendo lo levantó todo por los aires. Eran las 4,30 de la tarde cuando la aviación alemana que había despegado del aeródromo de Vitoria - Gasteiz, con el consentimiento del general Franco arrasó la indefensa villa de Guernica bombardeándola durante cuatro horas. Los cazas, volando a ras del suelo, ametrallaban a todas las personas que intentaban huir de la ciudad. Las casas de la ciudad, con sus vigas de madera resecas, fueron auténticas trampas. Las estrechas callejuelas facilitaron la llegada de oxígeno a las llamas, que se alimentarían como a través de un canal de viento. Nunca hubo una cifra oficial de la cantidad de muertos.

Ese día la villa de Guernica quedó convertida en un símbolo y memoria del horror.



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