Era uno de esos días, en una playa del norte,  en los que el dorado se alía con el verde y el azul para celebrar un conjuro.
Estaba nadando plácidamente cuando por un presentimiento levanté la vista y efectivamente pude llegar a ver tu mirada a la vez que te zambullías en mi dirección. A velocidad no tenía nada que hacer. Hice un giro para cambiar mi dirección y un quiebro un tanto brusco para no chocarme con  una señora. Inmediatamente a mi espalda oí el revoloteo del agua. Alguien estaba recibiendo la sorpresa que me tenías reservada. Gritos de una señora: “¡Pero si es un hombre! ¡Es que ya no podemos estar tranquilas ni en el mar!” Me imaginé tu expresión confusa cuando con un hilo de voz acertaste a decir: “Perdóneme, señora, perdóneme”
Sonriendo salí del agua y cual sirena, sin mirar atrás, me dirigí a la toalla.
 ©María Pilar