Ir al contenido principal

Yuna, una historia casi real (Terremoto Japón 2011)

Érase una vez un lejano país donde no hace mucho tiempo vivía una preciosa niña de pelo negro y ojos rasgados. No era una princesa y no vivía en un castillo, pero tenía todo aquello con lo que cualquier niña hubiera sido feliz: una estupenda casa, unos padres que la querían y un cole con un buen puñado de amigas. Pero Yuna no siempre estaba contenta. Sentía que las cosas no funcionaban a su alrededor de la manera debida. A veces le prohibían cosas sin preocuparse de saber por qué lo hacía y otras no le hacían caso a lo que ella quería. Entonces Yuna gritaba, salía corriendo o se escondía para que todos tuvieran que buscarla.
—Yuna, sal de debajo de la mesa, vamos a cenar.
—No pienso salir, papá. Estoy harta de que me maltraten. No me gusta que me griten, ni que me peguen.
—Yuna, nadie te pega, no exageres.
—Tortas y eso no, pero mamá me ha dado así –dijo mientras se marcaba con el puño en el estómago– y yo no había hecho nada. ¡Sólo llamaba a mi amiga Ioko que pasaba por la calle!
—Tenías medio cuerpo fuera de la ventana y mamá se asustó. Te agarró para que no te cayeras. Ahora sal y vamos a cenar.
—¡No pienso salir! ¡No pienso salir! ¡NO PIENSO SALIIIIIRRR!
—Yuna, tranquilízate, no grites. Si gritas rompes el equilibrio de la naturaleza y pueden pasar cosas terribles.
—¿Qué cosas?
—Pues… puedes despertar a los monstruos de la naturaleza.
—¿Qué monstruos? ¿Cómo son esos monstruos?- preguntó muy interesada Yuna, mientras salía de debajo de la mesa.
—Hoy no te lo puedo contar porque tengo que volver a trabajar a la central, pero mañana te prometo que te lo cuento. Ahora a cenar.
Esa noche Yuna se acostó pensando cómo serían los monstruos de la naturaleza y, lo que es peor, los monstruos se despertaron. Cuando estaba más dormida sintió que se movía la cama y al momento su madre apremiándola desde la puerta de su habitación.
—Yuna, deprisa, es un terremoto ¡tenemos que salir de casa!
Mamá salió corriendo con su hermana pequeña en brazos. Yuna le siguió hasta la escalera. En ese momento un nuevo temblor hizo vibrar todo el edificio. A Yuna no le gustaba que le gritaran las personas, tampoco le gustaba que le gritaran los edificios y volvió a esconderse en su habitación.
—Yuna, no te pares, sígueme ¡rápido!—Pero la niña ya no escuchaba a su madre. Se había refugiado bajo su cama tapándose los oídos con las dos manos esperando que todo pasase. Estuvo así mucho tiempo, hasta que la tensión y el miedo la agotaron y se quedó dormida. Cuando dormía soñó que paseaba en barca sobre un mar tranquilo. Las olas la acunaban suavemente mientras el brillo del sol le hacía cerrar los ojos, ¡se estaba bien así! El silencio era absoluto. Demasiado absoluto, como si la vida hubiera desaparecido a su alrededor. El silencio dio paso a un ruido ronco, profundo, como si saliera de las entrañas de la tierra. Miró a un lado y vio como una ola crecía más y más quedándose con toda el agua del océano. La ola tenía cabeza y garras como un dragón. El monstruo del mar se había despertado y se acercaba a su barca. Notó que su aliento le daba en la cara y que olía fatal. Eso la despertó.
Al despertar notó un fuerte olor a gas. Quizás el terremoto haya roto algunas tuberías, pensó Yuna mientras salía a la calle en busca de su madre. Antes de llegar al portal tuvo que sortear un coche empotrado en la escalera. Cuando salió a la calle lo que vio era peor que lo que hubiera podido soñar en sus pesadillas. El paisaje era desolador. Todo estaba destruido. El silencio solo se rompía de vez en cuando por una explosión en algún edificio. Su casa era de las pocas que había logrado permanecer en pie. Deambuló sin rumbo durante varias horas, hasta que unos soldados la recogieron y la llevaron al polideportivo de una ciudad cercana. Ella había estado allí con su equipo de gimnasia rítmica, pero ahora estaba lleno de gente tan desconcertada y perdida como lo estaba ella. Algunos estaban heridos, otros lloraban, pero todos lo hacían bajito, quizá para no molestar o quizá para no despertar de nuevo a los monstruos de la naturaleza. Al poco de llegar Yuna al pabellón empezaron a acercársele algunas personas y le entregaban lo poco que tenían: una manzana, una manta, una botella de agua. Yuna sentía hambre y frío y lo aceptó sin preguntas hasta que llegó una abuelita.
—¿Por qué me das la galleta si es lo único que tienes?
—Eres la hija de Tsubasa, es lo menos que podemos hacer.
—Me han dicho los soldados que sigue en la central. ¡Le odio! Con todo lo que ha pasado y no ha venido a buscarme.
—Tu padre es un héroe, pequeña. Todo lo que ha destruido el terremoto y el tsunami poco a poco se puede volver a reconstruir. Pero para que podamos volver, tu padre y otros valientes tienen que evitar que se escape el monstruo de la central, ¡el peor de todos!
Yuna no preguntó cómo era el monstruo de la central. Ya había conocido demasiados monstruos últimamente. Un pequeño pinzón voló hasta su mano para picotear la galleta. Él también se había quedado solo. Yuna le dio de comer y le calentó en su regazo. El pájaro nunca más se separó de su lado.




De Ana, logopeda y escritora de cuentos.

Comentarios

  1. Ver mi nombre seguido de "escritora de cuentos para niños" resulta casi abrumador. En cualquier caso me encanta que lo hayas publicado. Cuando el año pasado veía a gente deambular entre escombros en todos los informativos y luego miraba a mis alumnos me preguntaba ¿cómo lo habrán vivido los niños con problemas de la zona? ¿cómo lo viviría una niña Asperger? Yo me lo imaginé así, terriblemente triste, no podía ser de otra manera.

    ResponderEliminar
  2. Y supiste escoger las palabras adecuadas para transmitirnos una experiencia tan desgarradora sin perder la frescura y espontaneidad de la niña Yuka que capta toda nuestra atención y nuestro cariño.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Este blog permanece vivo gracias a tus visitas y comentarios. Te agradezco estos momentos especiales que me regalas.

Más vistas

El cuarto de atrás - Reseña

Autora: Carmen Martín Gaite Género: Ficción política Año de publicación: 1978 Ediciones Cátedra, 2023 Páginas 277 Premio Nacional de Literatura 1978 Pretender al mismo tiempo entender y soñar: ahí está la condena de mis noches.     (Carmen Martín Gaite). El cuarto de atrás es una novela compleja, llena de simbolismo y un tanto peculiar. Se engloba en la categoría de metanovela. ¿Y esto, de qué va? Es de esos libros que antes de leerlos tienes que saber precisamente eso, de qué va. Una metanovela trata del propio proceso de creación de la novela, va realizándose ante el lector. Cuesta coger el hilo argumental, sobre todo al principio, porque los elementos saltan en el tiempo y desaparecen o se superponen unos a otros de manera desordenada, lo que les da más viveza, pero puede ocasionar confusión.  Una clave para leerlo es que estamos ante un sueño. Si lo lees dejándote llevar, con esa actitud de escucha que tiene en la novela el hombre vestido de negro, poco a poco, ...

Para Elisa

Proyecto Bradbury:  «Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos». (7) Éramos niñas y estábamos a un paso de comernos el mundo.  Un día, en la puerta del colegio, alguien entregó a mi amiga Elisa una tarjeta: «Adelgaza sin dejar de comer». Un nuevo médico endocrino se había instalado en Vitoria.     A Elisa le recetaron una sola pastilla que tenía que tomar antes de las doce horas siguientes, de lo contrario, perdería su eficacia. Y surtió efecto. Perdió dos kilos, después ocho… Al principio, estaba feliz. Y eso que cada vez tenía más hambre y comía más que nunca. Se fue quedando muy flaca. Cayó enferma. No quería ver a nadie.   Decía sentir el movimiento de la serpiente que crecía en su interior. Esto le producía tal repugnancia que devolvía sin parar y el dolor intestinal le era insoportable. El tratamiento de bulimia no funcionó, siguió empeorando. El dolor y la frustración hicieron mella ...

El mejor cazador puede ser cazado

La loba esteparia Cuando los inviernos venían muy fríos el temor crecía en todo el vecindario. Parapetados en la oscuridad de la noche, los lobos con astucia y sigilo bajaban al pueblo y cometían sus atropellos: los corrales eran asaltados, los rebaños de ovejas despedazados y los perros más valientes caían bajo sus garras. Los hombres maldecían su suerte a la vez que se sentían subyugados por esa fuerza bruta que, como si de una inteligencia superior se tratase, les ponía en jaque esquivando sus trampas. A juicio de los entendidos, ese año los estaba atacando la loba más grande que se había visto en la zona desde tiempos inmemoriales. De madrugada se adentraron en el monte en el más absoluto silencio, tapaban la boca con pañuelos o bufandas para que las bocanadas de aliento ante el frío exterior no los delatasen. Solo la nieve al caer de las ramas de las encinas, entre las que iban alineados, llenaba las sombras con un ¡plaf! húmedo al chocar contra el suelo. Desde la ladera ...

Microrrelatos al por mayor.

Aunque no soy muy dada a participar en otros blogs, alguna que otra vez me decido por alguno impulsada por el interés que despiertan sus propuestas. Esta vez, me he estrenado en Microrrelatos al por mayor (de Luisa Hurtado), con tres micros inspirados en dos fotografías de José Luis Rafael. Me ha parecido una interesante experiencia.¡Espero que os gusten! LA DEMOCRACIA Primera mirada:  La democracia con corazón ya no se lleva. La diosa de la economía bancaria es la que manda y ha dividido el cuerpo en 27 partes, aquella que no respire al ritmo que ella marque, será condenada al ostracismo más absoluto. Segunda mirada: Estábamos ciegos y nos creíamos felices viviendo en libertad, la realidad nos abrió los ojos y nos sacó los colores. METAMORFOSIS  Se negaba a mirar la silueta de su sombra siempre pegada a ella recordándole su pasado de oruga. Ella era una preciosa mariposa, sus maravillosas alas así lo confirmaban y sus colores con aquel brillo de polvo dorado, le ap...

Atraco en la ciudad

Al encuentro en el tren le siguió un flirteo durante algún tiempo. Tuvo sus cotas de romanticismo, pero en esos momentos ninguno de los dos estaba dispuesto a asumir las renuncias que un mayor compromiso les exigía. Sus vidas profesionales transcurrían en paralelo y tenían que hacer encajes de bolillos para que coincidieran sus respectivas agendas. Los encuentros esporádicos siempre fueron en su casa de soltero, ambientada con un aire de transitoriedad propio del que está de paso. Decía, medio en broma, que si una vez entraba en la de Celia no iba a poder escapar. Para ella siempre fue su chico del tren, que era donde se habían conocido. Tras las últimas decepciones intentaba no comprometerse para no sufrir cuando llegara el relevo. Si una casualidad había hecho posible el encuentro, otra podría provocar el distanciamiento. No había lugar a preguntas, la vida real de cada cual se quedaba esperando como un despojo con la ropa que se quitaban y al vestirse la volvían a recuperar. Lo qu...