La madre mira al padre. Se queda un rato de pie, sin decir nada. Por fin, se sienta a la mesa, baja la vista, mueve con la cuchara la comida del plato y come con desgana, en silencio. Los movimientos del padre son bruscos y violentos. Resopla. El enfado y la ira van creciendo en él. Balbucea. Se le indigesta la comida. Levanta el plato con las dos manos y lo deja caer de golpe. La comida, miedosa, está a punto de huir. La madre levanta la vista asustada y de nuevo la esconde. El idioma de violencia no entiende de ojos tristes. Él aparta el guiso, golpea la mesa con el puño cerrado. La madre da un respingo. Ese diálogo de sordos envenena el aire. Se despliega por toda la casa. La hija sabe que el enfado es contra ella y la madre también. La quiere lejos, en la distancia. ¿A qué ha venido? Su cercanía golpea al padre, lo atraviesa por su lado cortante. No la soporta en su presencia. Ella sale de la escena. Dentro deja un universo de tensión y fuera el abismo...
En el declive de ese día. Entre pitidos, gráficos de diferentes colores, bolsas que cuelgan de tu cuerpo, y cables en cantidad. U na presencia de algo que no vemos. El silencio de la vida se abre paso. Hermosa melodía que nos serena y calma. Como estrella luminosa La mañana clarea Este quince de enero u n jueves muy especial Me acerco a tu cama Te hablo muy quedo Maite, cariño, todo ha salido bien Lo inesperado ocurre Abres los ojos Me miras un instante l o suficiente para conectar Los cielos se abren Borran el invierno Yo quiero abrazarte y me siento temblar