Una buena historia se construye con lo que no se dice

Mis ojos temerosos de niña no veían otro cielo que el gris húmedo en los de mamá, a la que últimamente le afectaba tanto lo que se le metía en ellos. Para papá eran días sin tiempo, tal vez porque en casa el tiempo se había roto como se rompen los juguetes viejos.
La abuela entre tejer y devanar no se perdía en devaneos, aunque más de una vez la había sorprendido con la mirada extraviada en un punto incierto, como si hilase pensamientos para sus adentros.
—Mantén los brazos así, sin perder la tensión de la lana, no los cierres.
Pronto cogí el ritmo de girar un poco una mano y luego la otra. Ella, con la destreza de su muñeca, iba ovillando la madeja a la par que “ovillaba” recuerdos.
— ¿Qué estás haciendo, abuela?
—Un bonito gorro de colores, para cuando vuelvas al colegio. Una amapola de adorno en un lado te animará mucho.
Se me iluminó la cara al verlo. Sonriendo al verme feliz, me hizo un gesto de complicidad y añadió: “Será nuestro secreto”.
Atisbó tras la puerta para asegurarse de que nadie nos veía y me lo probó. Era muy suave y estaba impregnado de su aroma, esa entrañable fragancia que me enseñó a identificarla y a quererla.
Llegó el primer día de vuelta al colegio. Con mi flamante mochila y mi gorro puesto, hice un gesto para sacarme el pelo. Mamá, con su alegría natural, me mostró la trenza que se había tatuado en el hombro izquierdo y rápidamente con un rotulador me dibujó una a mí, a modo de anillo, en un dedo. A los niños les encantó mi mochila y a las niñas el anillo. A nadie le importó que estuviera siempre con el gorro puesto.
©María Pilar