29 septiembre 2012

A las mujeres marroquíes de Vitoria

Temblaba como una hoja, estaba asustada, sus grandes ojos negros comunicaban lo que sus palabras no podían aclarar. Con la túnica granate que vestía y la cabeza cubierta con el hiyab parecía mayor, pero era muy joven. Su juventud contrastaba con una gran dignidad y un no querer ahogarse en el fondo de su propia angustia. Esta fuerza interior era lo que le había llevado a desobedecer por primera vez a su marido, a abrir la puerta de su casa y salir a la calle sola. Nos sentamos en un banco del pasillo, nos miramos y entablamos una “conversación”, si así puede llamarse, porque ella solo hablaba árabe y yo solo español. Sonó su voz en mis oídos, pero fueron sus ojos y sus manos los que me hicieron comprender y todo su mundo cobró vida.
Su vida era una existencia de silencio y soledad dentro de las cuatro paredes de su casa en el Casco Viejo de Vitoria y sus negros pensamientos la oprimen más cada día pues los problemas se le acumulan y no entiende nada. Por eso se ha atrevido a llegar al Centro de Adultos Paulo Freire para solicitar alfabetización en español. Tenía miedo, mucho miedo. Cuando las cartas llegaron no sabía qué hacer con ellas y un día unos señores le cortaron la luz. ¿Qué va a pasar cuando regrese su marido que lleva meses fuera? Quería estudiar con mujeres, solo mujeres porque el Dios de las alturas prohíbe que esté con hombres. Ante mi gesto contrariado, me enseñó el dedo con el anillo de casada y me dijo que su marido tampoco quiere. Me lo suplica con sus grandes ojos que proyectan una mirada triste. Entiende por mi gesto que no es posible. Se levanta, se traga su profunda tristeza y se desvanece de la misma forma que ha llegado.
Este curso, la mujeres marroquíes han aparecido por primera vez en el Centro de Adultos Paulo Freire para alfabetizarse en español. Comparten aula con mujeres y hombres de diferentes nacionalidades. Ha sido una gran noticia aunque no lo refleje ningún medio informativo contagiados como están por el clima de ansiedad global producido por la crisis. Estas mujeres han hecho un largo recorrido mental, familiar y social. Han tenido que conciliar el drama privado y la crítica social con sus ansias de superación y de hacerse visibles desde esa discreción que les caracteriza. “Necesitan entender a sus hijos, se han hecho mayores y solo hablan español entre ellos”. Sólo falta una, ¿volverá algún día?
© María Pilar

24 septiembre 2012

Víctimas del terrorismo ante el final de ETA

Escribimos estas líneas impulsados por el deseo de compartir nuestras reflexiones personales respecto al momento crucial que estamos viviendo. Ahora que se está gestionando el final del terrorismo y que existe un notable bullicio social en torno a las víctimas, sentimos que no podemos permanecer en la pasividad. Lejos de alimentar polémicas, queremos simplemente hacer una aportación serena y constructiva a cuanto está sucediendo.
Las víctimas del terrorismo tenemos muchas cosas en común: todas hemos sufrido una vivencia muy dura de sufrimiento, dolor y pérdida irreparable que nos ha marcado para toda la vida.
No hemos elegido ser víctimas. Todo lo contrario, esta condición nos ha sido impuesta de forma brutal, injusta, gratuita y arbitraria. Desde nuestra experiencia, ser víctimas no ha supuesto ningún beneficio. En muchos casos supone un estigma y un obstáculo añadido a la pérdida sufrida.
Tampoco hemos pedido tener una relevancia pública. Hubiéramos preferido mil veces vivir en el anonimato y en el disfrute tranquilo de una vida en paz y libertad con nuestros seres queridos. Sin embargo, no ha podido ser así. Hemos tenido que hacernos fuertes y rehacer nuestras vidas. Nuestra mayor aspiración es conseguir que nuestras heridas puedan cicatrizar y volver a vivir felices y en paz, en la normalidad de una vida cotidiana. Para ello, todas necesitamos justicia, memoria y reparación.
Por otro lado, detrás de la etiqueta de víctimas existe un colectivo muy plural. Cada una de nosotras somos personas diferentes, con ideología, vivencias, sueños y aspiraciones particulares y diversas. Incluso la forma de entender nuestra experiencia traumática y de afrontar nuestros procesos de duelo es algo muy íntimo y personal, que cada uno vivimos a nuestra manera.
En la situación actual en la que se está gestionando el final de ETA todos los sentimientos que nos inundan a las víctimas pueden ser comprensibles, desde la rabia, el miedo, la desconfianza o la indignación, hasta el alivio o la esperanza. Son tiempos de incertidumbre en los que todas estamos preocupadas porque se produzca un cierre adecuado: sin impunidad, desde una profunda deslegitimación social y política de la violencia, y con memoria y reparación para las víctimas. No obstante, nuestra visión de todo cuanto está aconteciendo y nuestra postura frente a aspectos tan delicados como el perdón, la reconciliación o la reinserción, puede ser muy diversa.
Consideramos que los distintos sentimientos y las diversas posturas son respetables, y a su vez han de ser respetuosas con las demás y entenderse desde la conciencia de la diversidad que nos caracteriza. No hay una única voz de las víctimas ni un discurso que nos represente a todas. Esto es importante que se tenga en cuenta; tanto por parte de la clase política, para no utilizarnos, como por parte de los medios de comunicación, para no caer en el morbo y el titular grueso.
A nuestro parecer, también nosotras mismas hemos de ser cuidadosas a la hora de expresar nuestras opiniones. Últimamente estamos asistiendo con una enorme tristeza al enfrentamiento entre unas víctimas y otras. La solidaridad y el apoyo mutuo es un gran valor que no debemos perder. Las fuertes vivencias que nos unen son mucho más importantes que nuestra disparidad de opiniones. Además, las víctimas hemos sido durante muchos años ejemplos de dignidad. Hemos luchado mucho hasta conseguir que se nos visibilice y nos hemos constituido en un referente moral. Ahora, corremos el riesgo de perder el patrimonio que hemos conseguido a lo largo de muchos años.
Observamos con preocupación cómo se está deteriorando la confianza en el Estado de Derecho, que ha sido nuestra mejor y única arma, gracias a la cuál se ha derrotado a ETA. Por nuestra parte, mantenemos el respeto hacia las instituciones democráticas y hacia el ordenamiento jurídico vigente, independientemente de que algunas decisiones nos gustan y otras no. Pensamos que debemos confiar en las instituciones y en las actuaciones que se pongan en marcha al objeto de afianzar la convivencia. Al mismo tiempo, debemos hacer una labor de vigilancia y exigencia de que siempre se ajusten a la legalidad y no supongan apear en el camino ninguno de los principios éticos y políticos en los que se basa la convivencia democrática en libertad.
(MARTA, CARLOS Y SARA BUESA RODRÍGUEZ) 

14 septiembre 2012

La soledad de los mayores

Me encontré de frente con una aglomeración silenciosa que picó mi curiosidad y de súbito lo vi. Era un pie lo que provocó mi inquietud, un pie descalzo, cansado de las muchas patadas que había dado a la vida, marcado por las durezas a las que había tenido que hacer frente y al final, envejecido. 
Fue un flash, un segundo que se quedó colgado en mi mente creándome un gran desasosiego. Ese pie desnudo, que en la caída de su dueño desde el octavo piso había perdido su zapatilla, se liberaba del silencio al que seguramente durante largo tiempo había estado sometido. 
¿Y la zapatilla? Tal vez en un momento dado alguien se encuentre con ella. Pocas cosas hay tan inquietantes como encontrarse una zapatilla usada. Como esos zapatos que jalonan la orilla del Danubio. Cientos de judíos húngaros los dejaron en la orilla del río antes de que se les disparara un tiro en la nuca y fueran arrojados al agua. 
En este caso, de haber encontrado yo la zapatilla, se la hubiera puesto para cubrir esa desnudez que gritaba al mundo y así, hubiera metido ese pie en su propio ataúd para acallar tanta miseria y abandono al que sometemos a nuestros mayores.
O tal vez no. 
Tal vez sea mejor que la terrible realidad se manifieste, al igual que la proclaman esos zapatos usados al lado del Danubio aunque guardemos un silencio vergonzante. La zapatilla nos haría sentir culpables a la vez que nos avisaría de la triste soledad que nos espera.
© María Pilar

05 septiembre 2012

El robo de bicicletas preocupa en Vitoria

Era un día como otro cualquiera de aquellas felices vacaciones cuando entró en casa. No se acercó a darme un beso, no me susurró:me enamoras cada día más ni vi en su mirada un atisbo de deseo ni escuché su corazón desbocado. Su cara estaba descompuesta, miraba como ido, algo muy grave le había pasado para presentarse así. Apesadumbrado, cayó derrotado en un sillón y se cubrió la cara con las manos.
—No me lo puedo creer, me la han robado. Un minuto, solo un minuto y me la han levantado.
Fuimos a poner la denuncia correspondiente. El policía nos dijo que pintaba mal, que en la ciudad se denuncian cuatro robos de bicis diarios y casi ninguno se llega a resolver. Creí que esto no le ayudaría en absoluto y para consolarlo le prometí una bici nueva para su próximo cumpleaños.
—No, no y no. Ninguna otra podrá sustituir a la mía.
Que el ciclismo le gustaba no era ninguna novedad, la novedad era descubrir que lo que de verdad le quitaba el sueño era el robo de su bici y esto, a una persona como él tan ecuánime y equilibrado era difícil de entender. Cierro los ojos y en mi recuerdo lo veo limpiándola cuidadosamente para que brillara como el primer día, cabalgarla diariamente cortando el viento con una expresión de satisfacción infinita, contarme con una sonrisa el recorrido del día y lo bien que le respondía...Ahora lo veo con una nueva dimensión a la vista de las circunstancias actuales y me pregunto: ¿Cuándo me ha acariciado a mí con el mimo y la delicadeza que lo hacía a su bicicleta? .
Nuestras rutas ya no fueron las habituales. Nos movíamos por sitios de bicis. Preguntamos a conocidos y ajenos. En cuanto veía bicis las observaba bien y me decía: yo la conozco, la conozco perfectamente y verás como un día agarre al ladrón... Así empezó a formar parte de nuestra relación y se convirtió en la amante ausente. Éramos un trío y los tríos a la larga nunca acaban bien.
Su obsesión fue en aumento a medida que mi paciencia se iba agotando. Hice un esfuerzo por desbaratar esa idea que lo corroía, pero fue una batalla perdida. La sombra de una bici se ha convertido en la gran usurpadora de nuestro tiempo, nuestro espacio y nuestra relación. 

La vida nos ha ido cambiando y la relación se ha ido distanciando hasta el punto de no ser capaces de superar el embrollo en el que estamos metidos por una maldita bicicleta.
© María Pilar