22 abril 2022

Érase una vez

 


 Esta es la historia de una gatita siamesa que quería ser adoptada. Había nacido en un chamizo abandonado donde la madre, una gata asilvestrada, se había refugiado para parir a sus seis retoños. Un día, nuestra gatita se acercó a la valla que separaba las fincas. Del otro lado escuchó voces alegres de humanos. ¡Podían ser sus cuidadores! Como los de Lola y Simón, dos perros del chalet de enfrente, o los del gato negro, unas viviendas más allá. A ellos los habían adoptado. ¿Por qué no podía serlo ella también? Esa era su ilusión. Soñaba con tener una familia que la quisiera, que le pusiera un nombre y así ser única. Ya se veía con un espacio para ella sola dentro de la casa. Los dueños jugaban con ella, le acariciaban la piel tan brillante como sedosa y dormitaba en una cálida manta mientras ellos miraban la televisión. Además, le daban siempre las comidas que tanto le gustaban y, sobre todo, le dejaban moverse en libertad. 

Esta es la historia de una joven pareja, Pablo y Leire, que había logrado un sueño: vivir en una casa de pueblo. Un día, desde la terraza, vieron que una gatita de pocas semanas, atrevida y juguetona, se había colado en su jardín. Tenía la cola larga y los ojos almendrados de un azul brillante. Al principio, les pareció enteramente blanca, más tarde descubrirían el gran contraste entre el color blanco del cuerpo y el más oscuro de sus extremidades, cara y orejas. Por más que la echaban, se subía al manzano, su árbol preferido, se escondía entre las ramas frondosas de la primavera y desde lo alto los miraba silenciosa, con ojos penetrantes. En realidad, quería saludarlos y comunicarles, a su manera, sus intenciones de ser adoptada. Pero los humanos no son tan inteligentes como se piensan y les costó un tiempo entender aquel cortejo. Una tarde de viento, al sentir que la rama más alta del manzano se movía mucho, la gatita, de un brinco, saltó al tejado. Vaya, sí que había sido muy valiente, pero ahora no sabía cómo bajar de lo alto que estaba. Anochecía cuando los jóvenes, dentro de su casa, empezaron a oír el maullido insistente de la intrépida gatita en apuros. Al verla atrapada en el tejado de su vivienda desde el que asomaba la cabecita temblando de miedo, tuvieron claro que no iban a parar hasta ponerla a salvo. Así que Leire y Pablo se pusieron manos a la obra con una escalera doble para rescatarla. La cogieron en brazos y la metieron en casa. Se quedó a vivir con ellos.

Con ese hecho cambiaron todas las cosas. Todas. Las puestas de sol se hicieron más hermosas y los tordos ahora se posaban en un tejado próximo. Las estrellas invisibles empezaron a brillar con todo su esplendor como ella, y hasta el café del desayuno tenía mejor sabor. 

Le pusieron un nombre original y divertido: Kutxi. A ella le pareció el nombre más bonito. La vigilaron, fascinados, durante los primeros días y observaron que, como todos los gatitos, no paraba de jugar: con su propia cola, con las patas de una silla, con todo lo que encontraba por el suelo, porque todo despertaba en ella esa intensa curiosidad inherente en los gatos, y cuando quería descansar, buscaba algo mullido para acurrucarse. Con los ojos cerrados se hacía invisible, pero si te acercabas sigilosamente, los abría y se hacía presente. Así, poco a poco, fueron ajustándose a sus necesidades, completando su espacio que les quedó de lo más aparente. En él no faltó la torre para que se subiera y allí se quedaba largo rato, ensimismada, entregada al placer de mirar por la ventana. Tal vez desentrañaba los misterios del mundo multicolor que las flores del jardín la brindaban o se adentraba en el de las nubes empujadas por el viento.

La llegaron a querer, mucho, como se quiere a un gato con su carácter e independencia, sin intentar cambiarla, con las monerías que hacía, los detalles que tanto los sorprendía, el amor siempre sincero que les aportaba. Con sus misterios, como todo gato, pero también con esa sabiduría para establecer un mundo de comunicación con los humanos, sin palabras. Incluso para manifestar sus sentimientos que tantas personas ocultan. ¡La alegría que tenía cuando regresaban del trabajo! Los estaba esperando subida en la mesa de la terraza desde la que los veía venir. Salía a su encuentro y mimosa retozaba el lomo en sus piernas. Era el modo de decirles que los había echado de menos. 

 Caminaba en silencio con la dignidad de una reina por los espacios de la casa, con su larga cola de bandas oscuras en contraste con el color perlado y suave que dominaba su piel. Pasaba por la vida sin hacer el más mínimo ruido. Tan solo pidió ayuda maullando cuando se metía en peligros al recorrer aventuras que tanto le gustaban: la subida al tejado fue una de ellas, pero también tuvo otras como la pelea con un gato grandullón marcando su propio territorio. 

 La manera en la que desaparecía al atardecer y aparecía cuando entraba la noche, la envolvía en un halo de misterio. Al regresar, saltaba al alfeizar de la ventana del salón, donde estaban ellos, así les mostraba su presencia para que le abriesen la puerta. Y una noche Kutxi no volvió a casa. Era la primera vez que ocurría algo así. Pablo y Leire estaban muy preocupados. Salieron a buscarla. Anduvieron preguntando aquí y allá por si alguien la había visto. De regreso, muy cerca de casa, la encontraron en la cuneta. Entonces, al perderla, se dieron cuenta de lo mucho que les había aportado. 

Esta es la historia de la arbitrariedad del destino. Tal vez ocurrió en un momento fortuito, un de repente imprevisto, sin capacidad para reaccionar a tiempo. A veces las cosas ocurren así. Pero si tú me dices que era tan solo un gato. Que esas cosas pasan cuando vas conduciendo por la noche y tal vez hasta te jactes de ello contando cómo ocurrió todo mientras tu flamante coche salió ileso. Entonces, yo te diré que no era tan solo un gato: era la Kutxi. Nuestra gata. Y esas cosas no pasan ni de noche cuando vas conduciendo por una carretera con límite de velocidad a 30 kilómetros por hora. Sonríes, ¿verdad? Te parecen gilipolleces. Siendo así, bien creo que actuaste con nocturnidad y alevosía pisando el acelerador en una calle tranquila sin policía ni radares porque estás harto de los convencionalismos sociales. Es posible que, solo en esos momentos, cuando te saltas las normas a las que estamos obligados los humanos, surja el auténtico ser que eres y que a ti te haga sentir libre sin pensar en las consecuencias de tus actos. Para los demás no deja de ser un inevitable accidente con gravísimas consecuencias. 

 © María Pilar
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