28 mayo 2021

El coadjutor

 Raúl, el coadjutor de la parroquia de San Vicente, era un joven sacerdote envuelto en un halo de tristeza. Algo que las feligresas admiraban porque lo consideraban un rasgo de su gran espiritualidad. En realidad, acarreaba una derrota personal que hacía que sus noches fueran negras, tan negras como la tinta de los chipirones que le preparaba su madre protectora. 

 Un impulso apremiante lo llevaba a vestirse de mujer y transformado en travesti esperaba al anochecer para salir de casa. Con pasos cortos, iba bamboleándose con torpeza sobre unos altos tacones, dejando a su paso la fragancia de una colonia varonil. Era espigado y había aprendido a sonreír de soslayo. Harto de prometerse cambiar y no conseguirlo, se apoltronaba en un tugurio de la calle Pintorería para beber lo que no está escrito. 

 Al amanecer, corría sofocado con los zapatos en la mano. A hurtadillas, entraba en la casa parroquial. Con la respiración agitada y lágrimas en los ojos juraba que jamás volvería a salir. Un compromiso que siempre fracasaba porque lo que brotaba de sus entrañas era más fuerte. Se quitaba la peluca, el vestido de segunda mano y los restos del maquillaje, y se presentaba en la iglesia, con puntualidad, a la misa de ocho. La voz armoniosa del coadjutor llegaba a la gente tremendamente expresiva. Él sabía de secretos que nunca se confesaban por lo indigno que se ve uno a sí mismo si los verbaliza. Prefería vivir de vidas ajenas. El Raúl auténtico existía como una ausencia.
 
© María Pilar 
(250 palabras)

La fobofobia o la fobia al propio miedo. 
 Si existe un elemento de la realidad o incluso un fenómeno imaginable por el ser humano, probablemente en algún momento alguien habrá llegado a desarrollar una fobia a eso. La realidad que más temía Raúl era afrontar ser él mismo y eso lo marginó de su vida. 
 Ahora vive en alerta, siente un trastorno de ansiedad extraño, un temor a vivir situaciones que le generen miedo o angustia. 
 Quien sufre fobofobia puede llegar a vivir con normalidad durante la mayor parte del tiempo, pero ocasionalmente notará que le pasan varias cosas: intentará evitar lugares y contextos, temas en las conversaciones en los que cree que le pueden dar ataques de miedo, y, por otro lado, padecerá dichos ataques de miedo extremo, o mejor dicho, de ansiedad.

Este relato ha sido publicado aquí
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24 mayo 2021

El parque de la Florida


Esta deliciosa mañana, el parque de la Florida de Vitoria parece más hermoso. Un amor verde en primavera. Todo él huele a dicha y aventura. Con su marcado estilo francés, no faltan los coloridos parterres ni las fuentes ornamentales lanzando agua. En el centro de la glorieta, está el romántico quiosco de música donde tantos vitorianos han bailado al calor de la sonrisa de su pareja. Los bancos invitan a sentarse para disfrutar del sonido de los colores, refrescarse con el rumor del agua o captar las buenas vibraciones del ambiente. 

 La parte de estilo inglés, justo al lado, es un auténtico bosque encantado. Lo transita un pintoresco río con puentecitos de cuento. Faltan los peces de colores. En las zonas de quietud, el reflejo de los altos árboles de países lejanos brilla al fondo del agua como un juego de espejos. Apiñados susurran hazañas épicas verde cristal que silencian el ronco arrullo de las palomas y los trinos de los pájaros. Se percibe el ruido húmedo de la madre tierra, la caricia del sol que penetra entre las ramas y la zalamería del viento. 

 En el rincón de cuevas musgosas, donde el río se precipita en cascada, me he quedado abstraída sentada en una roca. Un personaje de los que habitan el parque, con un libro en la mano, se ha acercado a preguntarme si estaba muerta. Me ha resultado encantador. 

 Te invito a visitarlo y disfrutar de sus pasatiempos que requieren una intensa búsqueda. 
 Entre las especies arbóreas y aves: 
 —El haya de hojas de helecho (pista: cerca de la Senda) 
 —El  Árbol del amor. 
 —Disfrutar de las esencia del  Jardín secreto del agua.
 —Escuchar a los autillos, mirlos, gorriones y a los más de 20 tipos de aves. 
 Personajes que lo habitan: 
 —Contemplar las estatuas de los reyes godos: Sigerico, Liuva, Ataulfo y Theodio (esculpidas en 1750) 
 —El político Eduardo Dato 
 —El escritor Ignacio Aldecoa 
 —El trompetista Wynton Marsalis 
 —La musa de la música, un poco más escondida, allí donde el espliego llena el aire con su aroma característico.

© María Pilar  
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05 mayo 2021

Nada de Carmen Laforet



FICHA TÉCNICA 
Título: Nada 
Autor: Carmen Laforet 
Editorial: Austral
Género: Narrativa española 
Páginas: 275 
Premio Nadal 1945


La propuesta de lectura surge en el grupo de lectoescritura, Idaski, por ser el centenario de la autora.  Si tuviera que ponerle un color a esta novela me quedaría con el gris. Creo que es el más acorde con la época que nos dibuja y con las reflexiones de su protagonista y narradora, Andrea. 

 Una joven, muy pálida, que se pierde por las calles de la Barcelona de los cuarenta para poder eludir el mundo hostil que vive en la casa de su abuela. El ambiente angustioso de una familia de clase alta hundida en la miseria, la violencia constante, la mugre que los envuelve, así como los problemas psicológicos de sus tíos hacen inviable la convivencia. 

Una joven de ojos grandes y delgada, muy delgada, con los ruidos en el estómago dolorido por los arañazos del hambre. Una joven que, intuyo, no sabe amar, porque nunca ha sida amada. Nunca ha sentido una caricia, una palabra de afecto, un te quiero. Y yo me pregunto: ¿Qué es la literatura sin emociones ni afectos enlazados en una trama? La respuesta nos la da el título: Nada. La trama es el «enredo» planteado en la obra y su resolución. Y aquí todo está cerrado en una atmósfera agobiante, sin que trascienda nada. La misma joven cierra con llave en su maleta aquello que más le importa. 
 «Quería abrir la maleta para hacer un recuento de mis tesoros. Apilé mis libros, mirándolos uno a uno. Los había traído todos de la biblioteca de mi padre...». Pág.69-70 
El idealismo juvenil de Andrea se va diluyendo en la mezquindad del entorno. Y al final, opta por huir de ese lugar opresivo y desesperanzado. 
«Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces». Pág.294  

Me he adentrado en la lectura de la mano de Andrea. Ella me va transmitiendo su visión subjetiva. Los personajes y los objetos los veo tal cual ella los percibe así como sus frustraciones y experiencias. Esto le aporta al texto un carácter intimista que se ve reflejado en el vocabulario fresco, de lectura fácil, con personificaciones y metáforas que aportan lirismo y sensibilidad. Es la descripción la que abarca, prácticamente, la totalidad del libro. Se dice que describir es pintar con palabras y esto es Nada, un gran cuadro de la Barcelona de postguerra. Una Barcelona lúgubre, decadente, que tras la guerra no espera nada, simplemente sostenerse tras el terrible suceso.

También es un relato de crecimiento personal y búsqueda de identidad. En la universidad, Andrea descubrirá otro mundo muy diferente. El marcado por la diferencia económica que existe entre las familias burguesas de sus compañeros y el día a día que vive ella. No es la misma Andrea la del principio, cuando llega a la casa de su abuela con su vieja maleta cargada de ilusiones, y la del final. Ha dado un gran paso, se ha hecho más adulta, más triste, más consciente de la realidad de la vida. 

 Y Nada es la ópera prima de Carmen Laforet, con la que conquistó a los críticos literarios y fue galardonada con el premio Nadal del 1945. ¡Con lo que lamentaba lo gris del mundillo literario, que veía repleto de envidias, enemistades y rencillas! En una época en la que la mujer era silenciada o sometida, como vemos en la novela, la joven autora se abrió paso en el mundo de la Literatura y lo hizo con un texto que señala la desigualdad social y el maltrato doméstico con la complicidad del resto de los familiares.

© María Pilar
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