23 noviembre 2020

Día internacional de la palabra

«Las palabras son como la capa superficial de las aguas profundas» (Wittgenstein)
 
«Si he perdido la vida, el tiempo, todo 
lo que tiré, como un anillo, al agua, 
si he perdido la voz en la maleza, 
 me queda la palabra» (Blas de Otero).

La china en el estanque: del mismo modo que cuando se tira una china a un estanque se producen ondas y distintos efectos a su alrededor, «la palabra lanzada a la mente por azar produce ondas de superficie y de profundidad» (Gianni Rodari). 

RETO: Descomponer la palabra «china» y escribir una frase con cada una de sus letras.

Cogí el rimo de girar una mano y luego la otra mientras la abuela devanaba. 
Hilaba ovillos como si hilase pensamientos para sacarnos del empantanado negro.
Imaginaba su mente desenredando recuerdos que perdurasen en el tiempo.
Nunca se perdía en devaneos.
Aunque alguna vez la sorprendí con la mirada extraviada en un punto incierto. 

Acróstico
Cantar una vez más porque sientes mariposas en el alma
Hilos recién pintados para que la vida no se destiña 
Imaginar cosas trepidantes para vivirlas en tu compañía
Nunca es una barrera desterrada entre nosotros
Abanicos de colores juegan con el viento 

 © María Pilar

20 noviembre 2020

Invisibles por la absenta

La absenta de Degas

    Hace tiempo que han dejado de quererse y esto es una verdad como un templo. Ella prefiere sentarse esquinada para evitar rozarse con él. No lo soporta. Apesta a alcohol y tabaco. Le culpa de tirar su futuro de actriz por la borda y no se lo va a pasar por alto. Lo mismo ocurre en la cama cuando muerta de frío se acurruca en el borde dándole la espalda, mientras él, un tipo del carajo, duerme a pata ancha. 
 
 Se conocieron en ese café donde, una noche sin fin, se comieron a besos de forma salvaje bajo los efluvios de la absenta. Allí regresan cada tarde, siempre sentados en la misma mesa. Ella se siente vacía como la botella que tiene al lado. Con los brazos caídos y las piernas abiertas, puesto que ya nadie la mira, deja volar su mente en un caos de pensamientos arrastrada por el Diablo Verde. Él, en cambio, un hombre tan anodino como la ropa que lleva puesta, en cuanto siente que la borrachera sube por su interior como una ola, la sujeta con fuerza apoyando el brazo sobre la mesa para no perder la compostura. Sus ojos controlan lo que ocurre al otro lado del café, como si entre el bullicio de la gente fuera a surgir alguien que se digne a mirarlos, él está dispuesto a levantarse para charlar un rato. 
 
 Pero ya nadie se acerca a saludarlos como en los viejos tiempos. La atmósfera de silencio que los envuelve los hace invisibles. El fracaso de sus vidas alcoholizadas les ha convertido en dos sombras proyectadas en el espejo.

 © María Pilar
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10 noviembre 2020

Monólogo interior

    ¡No quiero y no quiero! Me niego a oír más noticias. Se acabó. No me hacen falta. Con lo que tengo alrededor me sobra. Prefiero seguir quitando el polvo de la casa, que ya sé que es una tontería porque nadie la mancha, me da igual. Y luego la vecina de enfrente, metiéndose donde nadie la llama. «¿Qué tal tu niña?» Si pudiera estamparle la puerta en la cara, pero claro, una se aguanta las ganas y tira de educación. «Está estupenda y le va fenomenal». A ella le voy a decir la tristeza que me embarga por la ausencia de mi hija, vamos hombre, que una tiene su orgullo. 
    
    El maldito covid nos está arruinando la vida. Ilusa de mí que creí que entre todos lo hacíamos desaparecer en un pis-pas. Me enferma este no saber, no pido certezas absolutas, un inicio, algo que nos vaya llevando, pero nada. Y ya hace nueve meses que ella se fue. Con qué entusiasmo me dio aquel abrazo tan impulsivo para darme la noticia. «Mamá, imagínate ingeniera de calidad en Hamburgo» Era el sueño de su vida y empezó a hacer planes, las semanas que vendría, los días que iría yo. La veía tan feliz, mira, solo con recordarlo me emociono. Oye, que ahora también la veo guapa y feliz; claro, por videollamada por wasap; que no es lo mismo, dónde vamos a parar, si en cuanto me abrazaba, al sentir su cuerpo junto al mío, yo ya sabía si estaba triste o alegre. Cómo echo en falta la suavidad de sus caricias, las risas que llenaban la casa. Al no podernos abrazar se pierden tantas cosas. 

    Me dice lo mucho que se alegra de verme tan bien, solo faltaba que mi hija me viera llorar a dos mil kilómetros de distancia. Los sinsabores que ocupan mis días y parte de mis noches se quedan para mí. ¿Y si ella está haciendo lo mismo que yo? ¿Y si no le va bien y no me lo cuenta por temor a preocuparme?

    © María Pilar

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