29 noviembre 2018

La niña de los tejados - Cuento -

—Mamá, ¿a que no sabes qué he encontrado en internet?
—Ni idea, María.
—Un concurso de la editorial Platea para ilustradores de cuentos. Hay que entregar el proyecto este mes porque van a publicar el libro en navidades. Es todo un reto, mamá, quiero ganarlo.

Por la noche, cuando la casa se llena de silencio, es el mejor momento para María que sueña con esa llamada que le confirma que es la elegida. En pijama y con el pelo recogido se sienta ante el ordenador iluminado por el flexo. Rodeada de pinceles, colores y diseños en aparente desorden, sus ojos castaños se concentran en la destreza de las manos creadoras que persiguen las imágenes que le bullen en la cabeza.

El cuento trata de una niña, Celia, que vive en un pueblo de España. Una tarde sube al desván y por la buhardilla sale al tejado. Al principio le cuesta mantenerse, pero poco a poco, con los brazos abiertos como si fuera a volar, lo logra. Ve el pueblo a vista de pájaro, pasa por chimeneas que duermen la siesta de verano, y de repente, descubre que un niño, con la nariz pegada a un cristal, la está mirando. Lo saluda. Él le da la espalda. Decepcionada comienza a desandar su recorrido cuando oye el crujido de la ventana que se abre. Se gira y ve que con expresión suplicante la invita a entrar. “Sin hacer ruido”, le dice atemorizado. Tiene que pasar las tardes allí solo, así su mamá no se enfada ni se pone enferma por su culpa. Se hacen amigos. Una tarde el niño del ático desaparece. El papel que ondea al viento atrapado en la ventana dice:
“Me llevan a un internado. Volveré el próximo verano. Gracias por ser mi amiga.”


Terminado el trabajo, María, con las manos en la cara, repasa detenidamente los diseños. El niño con ojos tan azules como inocentes; los de Celia, grandes y profundos, son en un primer momento el rasgo que más destaca de su belleza cautivadora. El encierro del pequeño le provoca una cara de enfado que te abofetea. En cambio cuando sonríe sus ojos brillan y se le marcan unos graciosos hoyuelos en las mejillas; parece la risa de una niña a la que le hacen cosquillas. En ese momento uno piensa que la totalidad de Celia radica en su sonrisa.

A María le gusta su trabajo, mucho. Ya puede enviarlo.

Y un día, por fin, llega la llamada que espera.
© María Pilar

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11 noviembre 2018

La caída de la hoja

Empiezo la mañana estrenando las botas de monte que me regaló mi hija hace dos años. Las tenía guardadas. ¿Para qué o para quién? Vaya usted a saber. Oye, son muy cómodas y calentitas. Las he conjuntado con un gorro y una bufanda que he tejido del mismo color, ese color calabaza tan de moda. Anda que si mi Faustino levantara la cabeza, con lo oronda que estoy seguro que me diría: “No me darás calabazas a estas alturas”.

Muy temprano, salgo de casa con el bastón en una mano y el cesto de mimbre en la otra. Crujen las hojas secas bajo la suela de mis botas nuevas, como si las engulleran. Tras dos días de lluvia, la brisa húmeda me trae el peculiar olor a tierra mojada. Hoy un sol tímido comienza a abrirse paso y el paisaje ofrece uno de esos momentos mágicos cuando las gotas de agua suspendidas en las ramas brillan como estrellas que sueñan en silencio. Me seducen y conmueven. Castañas hay muchas, pero tampoco se trata de que llene el cesto que después me pesa como un muerto. Oigo los tiros de los cazadores que silencian la naturaleza. Se ha abierto la veda del jabalí y ya la tenemos buena hasta enero o febrero que se cierra. Cómo echo en falta el acompañamiento de los trinos entre los árboles de otros días.

A dos kilómetros, llego a Ochate, un pueblo abandonado, lleno de leyendas; dicen que está maldito. ¡Tonterías! Dentro del espacio de lo que fue la iglesia, solo queda en pie la torre, me siento a descansar sobre unas piedras del derrumbe. De los troncos musgosos me llega el olor a hongos. Me agacho para recoger “boletus” y “cantharellus”, los que más me gustan, cuando oigo unos pasos. Se acercan. Primero aparece la sombra, de una largura considerable; después, ella. Es una joven muy alta, con una capa negra que le cubre de pies a cabeza. “Un extraño vestir”, me digo, “no es propio de estas tierras”. Pasa de largo, parece que algo urgente le hace acelerar el paso y su única preocupación fuera alcanzarlo con premura.

Siento el impulso de salir a su encuentro. Me contengo. Un segundo después el sonido de un tren irrumpe en el lugar. ¿Un tren por aquí? Miro por encima de matorrales y yerbajos y no oigo más rumor que el del viento, pero... Ahí está, parado. En el último vagón va la mujer de negro, sola. La joven, que ya no me lo parece tanto, de rostro lívido y expresión glacial de ira, es un espectro que me recuerda a... Mejor no pronunciar su nombre. El gesto despiadado le transforma el rostro en una horrible máscara y su mirada de órbitas vacías atrapa el pavor de la mía que no puede esquivarla. Arrebujada en mi parka, no dejo de sentir un frío intenso que me hace castañetear los dientes. Pone una mano gélida sobre el cristal y me aflige una presión insoportable en el hombro izquierdo. ¡Qué espanto! Mi agitada respiración porfía con la asfixia interior. Su dedo índice me señala y oigo mi propio quejido que me dobla con el corazón en tumulto. Me estalla... El tren se pone en marcha de nuevo.

Como si estuviera flotando, me veo espectadora de una representación que quiere hacerme protagonista a mi pesar. Turbada, miro al suelo un momento para ubicarme y veo que las castañas desde el cesto me hacen un guiño con el que consiguen sacarme del ensimismamiento. El aire huele a leña quemada que calienta los hogares.

Los cazadores regresan con la noticia del hallazgo de una señora muerta en las inmediaciones de Ochate. Una víctima más se une a la lista de los casos sin resolver.
© María Pilar
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02 noviembre 2018

La danza macabra

La inesperada visita de sus padres dejó atónita a Deseada. Le dolía su fría mirada y cómo se habían marchado sin dirigirle la palabra. El sentimiento de culpa la embargó y se derrumbó en un baño de lágrimas.
Cuando se enteraron los vecinos no les faltó tema de conversación. «La tuvieron pasados los cuarenta. ¡Qué contentos estaban! Y ahora ni le hablan. No hay quien lo entienda». Otros murmuraban: «Una niña nacida con las malas artes de su madre debe estar embrujada».
La noche de los difuntos, Deseada interpretó con su violín Danse macabre, de Saint-Saëns, con tanto dolor que desgarraba el alma. Veinte terroríficas sonrisas de calabaza y cuarenta ojos parpadeantes vigilaban. Las sombras estremecían, los gatos negros merodeaban y los gemidos de los tilos traían el olor que el miedo transpiraba. Al escuchar las doce campanadas, las amigas se deslizaron de sus camas y descalzas afrontaron temerosas la noche con el temor de ser captadas por los espíritus de los muertos que esa noche salen de sus tumbas. Ante la casa de Deseada cayeron los camisones y a la luz de la luna bailaron la danza de la muerte. Como esqueletos blancos entre grotescas sombras alargadas hacían rondas, corrían, saltaban, chocaban entre sí, se cacheaban; como los espíritus de los muertos que esa noche habían abandonado sus tumbas. De repente, el canto del gallo rompió la magia y corrieron a cubrirse.
—Los efectos del ritual aplacarán los ánimos de tus padres —le dijo Andrea.
—No te tortures más —añadió Clara—.Te quedaste soltera para cuidarlos y va para un año que celebramos los funerales de los dos. Tres curas trajiste y una misa de réquiem cantada.
—A la vista está que no quedaron contentos—dijo afligida Deseada.
—¿Ese gato negro no es el que acompañaba a tu madre en sus prácticas de curandera? —preguntó la ocurrente Celia—. No creo que te convenga su compañía.
—Yo pediría opinión al poeta —habló el sentido práctico de Julia—. Ya sé que tendremos que ingeniárnoslas para sacarlo del ensimismamiento de la lectura de sus libros en los que siempre está enfrascado. Su lenguaje es tan raro porque su madre era inglesa, pero vive aquí desde hace dos años y ya va siendo hora de que hable con alguien del pueblo y, de paso, le regalamos el gato.
El llamado «poeta» había abandonado la City londinense en un intento de proteger su cordura frente a la locura que le achacaron familiares y amigos cuando tomó la decisión de vivir en un pueblo del interior de España.
Al día siguiente, las jóvenes se asomaron con cautela y un tanto curiosas a su casa. Rodeado de libros, estaba absorto en un documento antiguo. Tardó en darse cuenta de la visita. Aturullado por lo embarazoso de la situación, les hizo un gesto para que hablaran.
—¿Por qué no les preguntas qué quieren? —propuso a Deseada. Y observó que la chica por primera vez sonreía al oír sus palabras.
—Una misa en la ermita de La Señora y dos velas blancas—le contestaron los padres a dúo cuando se le aparecieron de nuevo.
La ermita solo se abría una vez al año, el día de la romería en honor de la patrona. Allá se encaminaron de madrugada para recorrer la pedregosa y empinada senda como lo habían hecho sus antepasados.
Con la ermita abarrotada, una señora obesa y acalorada no podía aguantar más de pie e hizo el gesto de sentarse al lado de Deseada.
—¡Ahí está mi padre! —le gritó.
Cuando fue a fijar las posaderas al otro lado:
—¡Que está mi madre! —Tuvieron que intervenir las amigas para sacarla del banco de no muy buenas maneras.
Hubo insultos y reproches. Un confuso rumor de avispero se extendió por la ermita que fue cortado en seco cuando las palabras mágicas resonaron por todo el valle: In nomine Patris…
© María Pilar