28 octubre 2020

Un mundo de Ángeles Santos

Este cuadro ha sido restaurado recientemente y se puede ver en el Museo Reina Sofía de Madrid. «Un mundo», dijo la autora que representa. Por cierto, se llamaba Ángeles Santos y lo pintó con tan solo diecisiete años, una artista precoz donde las haya. ¡Qué no se hubiera dicho de ella en 1929 si hubiera sido un varón! Eran otras épocas; de la mujer se esperaba que se casara y fuera amante esposa y una madre solícita, no una artista del vanguardismo. De todas formas, el monumental lienzo de nueve metros cuadrados tiene tanto magnetismo que fue la obra que más sensación causó en el madrileño Salón de Otoño de 1929. Los especialistas se rindieron ante su genio precoz y recibió los elogios de la intelectualidad del momento.
 
 ¿Qué tiene esta pintura para que nos llame tanto la atención? ¿Es su aspecto de pesadilla? ¿Su monumentalidad? La miro desde la distancia. El cubo terráqueo está tan cargado de objetos que a duras penas se sostienen por la velocidad a la que se mueve; parece que va a salir despedido y estamparse contra el espectador. Me atrae como un imán. A medida que me acerco, su fuerza inquietante va dejando paso a un mundo culturalmente tan mío, que me sorprende gratamente. El mundo de Ángeles, es un cubo con aristas y vértices y no una esfera como vemos en los mapas. Eso sí, desprende soledad, una soledad infinita. 

 La parte de arriba describe Valladolid, la ciudad de la pintora. La cruza el río Pisuerga con sus barquitas de vela y zonas de esparcimiento. De las huertas acarrean los productos al mercado y hay personas comprando las verduras frescas producto de la tierra. En el vértice de la derecha, la iglesia, se oyen las campanas. Es la hora de la misa. Algún rezagado va corriendo. En el lado opuesto, el cementerio. Un coche fúnebre se acerca seguido en silencio por los familiares y conocidos que asisten al sepelio. Las casas sin una pared nos muestran su interior como esas casitas de muñecas: aquí el cine de barrio, allí una escena familiar cotidiana. No me pasa desapercibido el toque clasista de los jóvenes jugando al tenis. 
En la cara de enfrente, un tren con el traqueteo de los del pasado deja atrás los ondulados campos castellanos y serpentea por montañas inabarcables con sus silbidos envueltos en hollín. Desde sus ventanas se pueden ver los valles áridos y atormentados que va dejando atrás. Se mete en un túnel y sale en la estación de Portbou donde la autora pasaba las vacaciones con su familia. Huele a mar. Se palpa el ambiente de verano con ese relax de los que están tomando el sol en la playa. Un partido de fútbol se libra entre dos equipos muy competitivos. No sabemos quién salió vencedor. Lo que sí apreciamos es el gran contraste entre la austeridad vallisoletana y la relajada vida de vacaciones en la costa. 

 La atmósfera azul está ocupada por unos espíritus de naturaleza femenina que suben por una escalera para llegar al sol que está en lo alto. En él prenden sus varitas de madera y bajan corriendo hacia el lado contrario donde está la noche para encender las estrellas. ¿Hay algo comparable a tumbarse en un campo una noche de verano y contemplar un cielo estrellado? Y esa estrella entre miles de estrellas que nos hace un guiño es la nuestra. Sí, porque así lo decide ella y nadie nos la puede disputar. Es la de un ser querido que nos dice: «Ánimo, tira para adelante que yo estoy bien». Y entonces, nos fijamos en los ángeles, unas figuras aladas que se acercan al cementerio para acoger en sus brazos el alma del difunto y la llevan al cielo.

Esas mujeres-madres que están en la derecha parecen extraterrestres. Inundan la atmósfera de música y no tienen oídos. Miran sin saber a quién, puesto que tienen los ojos cerrados. Nosotros las miramos con los ojos abiertos sin comprender. Me producen desazón, desconcierto. Hasta que me fijo en sus entrañas y es allí donde descubro la luz que reconstruye un puente con nuestro mundo. Esta pintura habla de la importancia de la mujer, sea de aquí o de allá. La mujer portadora de la vida, la que hace girar el mundo. 

 © María Pilar

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13 octubre 2020

Garayo, el destripador

«Duérmete niña, que viene el coco y se come a los niños que duermen poco.» A los críos hay que cortarles las alas cuando son meones y que aprendan a estar calladitos. Lo dice esta nana, seguro que la conoces. 
Una nana que precipitó mi historia. Te la cuento porque no sé leer ni escribir. Llevo unos meses en esta cárcel de Vitoria y aquí paso los días sentado en la silla, junto a la mesa, con grilletes en manos y pies y una cadena que me une a la pared. Ya has oído los cerrojos al abrir la puerta. Fíjate en el ventanuco; ni alcanzo a ver lo que hay al otro lado, pero no importa porque todo sigue aquí, en mi cabeza. 

 Ya le he explicado al juez instructor cómo se desarrollaron los hechos, y me he dado cuenta por sus gestos que no lo he convencido a mi favor. ¡Joder! A ver si contigo tengo más suerte.  Tú eres galeno, un hombre de estudios, lo podrás explicar mejor que yo.
 Muchos son los curiosos que me visitan para que les cuente los asesinatos a cambio de unas monedas. Hasta me han hecho fotos, y una persona está dispuesta a escribir un libro. Siempre es agradable que alguien así se interese por uno. 

 Ay, la hostia. Quiero contarte mi historia, pero me aturullo como las vaquillas en el prado. Tú querrás que empiece por donde se debe empezar. 
Me llamo Juan Díaz de Garayo y nací el 1821 en una aldea a una hora en burro de aquí. Tengo sesenta años. Las malas lenguas van pregonando por ahí que soy más feo que Picio. Claro que, nunca se atrevieron a decírmelo a la cara. Ya ves que soy alto y corpulento; eso sí, huraño y terco como una mula, sin más educación que los palos de un padre violento y borracho. En mi trabajo de gañán no debía hacerlo mal porque mis paisanos me reclamaban. 

Casado cuatro veces, solo me fue bien con la primera, la Antonia, que me concedía alivio diario. Cuando murió no tuve suerte con las otras, unas vagas; eso que a mí se me iba la mano con facilidad, pero no conseguí doblegarlas. Por su culpa, con cincuenta años empecé a acechar a mujeres solas por caminos y veredas para saciar mis apetitos sexuales antes o después de acuchillarlas. 

El día que empezó todo fue el 2 de abril de 1870. Acababa de morir mi segunda mujer en extrañas circunstancias, que en los infiernos esté. Era mediodía y andaba txiquiteando por las tascas de las callejuelas del centro cuando me encontré en una esquina con la Melitona. Le propuse lujuriar en la vereda del río Errekatxiki. Allí, me pidió cinco reales. «¿Por qué pagar lo que puedo tener gratis?», le dije. Se le desató la lengua. Encendido de ira la agarré del cuello y apreté con firmeza. Sus brazos y piernas trataban de separarse de mí, pero seguí aferrado hasta que aflojó. Para asegurarme, la arrastré hasta el río y le metí la cabeza en el agua. Revivió. Me ayudé hincando una rodilla en su espalda y cargué en ella toda la fuerza de que fui capaz. ¡Cómo se había abultado lo de mi entrepierna! Hacía tiempo que no sentía una excitación semejante. La saqué del agua y la desvestí rasgándole la ropa. Era regordeta y de piel muy blanca. Mirándola, me bajé los pantalones, le separé las piernas, me tumbé encima y empecé a metérsela. Estaba caliente todavía. La cubrí como un toro en aquel lecho verde junto al río. Después, la abrí en canal con mi cuchillo de monte, le saqué las entrañas y un riñón.   

Así fue la primera vez y parecidas las siguientes a lo largo de casi diez años. Abordaba a las mujeres en cualquier sitio solitario y descargaba en ellas toda la rabia incontrolada que despertaban en mí: las forzaba, estrangulaba, destripaba o apuñalaba. ¿Acaso soy yo culpable? ¿No le parece que con su provocación llevan su destino marcado en la cara? No siento sobre mi conciencia sus muertes. Si no hubiera sido yo, cualquier otro las habría asesinado. Siempre pasa con esas mujeres. Cuando terminaba, las abandonaba sin más porque me había ido envalentonando con mi impunidad. Llegué a creer que nunca me cogerían. 

La fantasía de la gente, al conocer los detalles de mis crímenes por la Llanada Alavesa, me bautizó como el Sacamantecas, una figura monstruosa que se convirtió en el coco de las niñas y de todas las mujeres vitorianas a las que se les ponían los pelos de punta solo con mentarla. La gente no podía imaginar que actos tan brutales los estaba realizando el vecino de al lado que era yo. 

Un día, que caminaba por una calle bastante concurrida de la ciudad, fui descubierto por una niña a quien no había visto nunca. Sin duda en la cabeza de esa criatura yo era la representación de sus pesadillas. Le clavé mi mirada atravesada como una rapaz a un conejo. La niña siguió señalándome con el dedo, gritando: «¡Es él! ¡Es el Sacamantecas!» La gente se me fue arremolinando con intención de lincharme. Un alguacil se abalanzó sobre mí y me inmovilizó. 
 No le puse resistencia. 

© María Pilar

Este relato está publicado en la revista monográfico 1280 almas de El Tintero de Oro
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