27 septiembre 2020

Ray Bradbury

 


Este año se cumple el centenario del nacimiento de este gran escritor del género fantástico y ciencia ficción. Uno de mis autores preferidos. En la lista de mi blog sobre los mejores autores de relatos, lo tengo a él, claro, no podía faltar. 

Estaba pensando escribir algo para conmemorar esta fecha cuando me he quedado pegada a la radio con la voz del periodista Jacinto Antón. Da gusto escucharlo. No solo tiene un profundo conocimiento del autor y su obra, lo vive, y te lo transmite a través de las ondas. 

Ray Bradbury era un hombre con una gran capacidad de ternura, ingenuo, pero también tenía un lado muy sombrío, y esa mezcla de lo oscuro y lo inocente es lo que da valor a toda su obra. Para él era importante la belleza de la vida, pero también ese elemento perturbador de que todo se acaba. No nos predice el futuro, nos previene sobre él: nos alerta de la subordinación del ser humano a la hegemonía tecnológica, la pérdida de libertad individual, la destrucción del medioambiente, la muerte del libro como objeto físico, el ocaso de las bibliotecas y de las librerías y el receso de la libertad de expresión y creación. 

Un tipo divertido e inquieto como él, siguió toda su vida sin perder la visión del niño que llevaba dentro, le daba miedo la oscuridad y los aviones; le encantaban los gatos, los cohetes y la zarzaparrilla.

A diferencia de otros autores de CF, su obra no corre el riesgo de ser obsoleta porque su fuerza narrativa no se centra en lo tecnológic, sino que pone su acento en lo humano. Siempre he intentado escribir mi propia historia. Pónganles la etiqueta que quieran, llámelas CF, fantasía, policial o western. En el fondo, todas las buenas historias son de una sola clase: la de la historia escrita por un individuo con una verdad propia (Ray Bradbury).

¡Qué fantástico cuento hubiera escrito sobre esta situación de pandemia por el covid-19! Al igual que en su novela distópica Fahrenheit 451, donde estaba prohibido leer, que ahora no podamos abrazarnos ni besarnos, sería materia para una de sus grandes historias. En su lápida está escrito: autor de Fahrenheit 451, su novela preferida. Yo me imagino que allá habrá montado una biblioteca y regalará libros a todos diciéndoles: Leed, leed siempre y como tienen todo el tiempo del mundo se lo pasarán divinamente leyendo.
Aunque parezca contradictorio, porque en sus obras llega a Marte y Venus, a él no le gustaba viajar porque no le gustaba volar ni conducir, nunca tuvo carnet para hacerlo. Pero sí estuvo una vez en Madrid para participar en unos cursos de El Escorial que daba María Kodama sobre Literatura Fantástica. Y allí, lo conoció Jacinto que asistía a aquellos cursos. ¡Cómo lo envidio! Desayunaban juntos todos los días, Bradbury daba charlas, asistía a otras y un día, el periodista, le llevó todos los libros para que se los firmase. Desde siempre, era un fan del autor. 
Cuenta que le dedicó su libro favorito, El vino del estío, con el dibujo de un diente de león, porque en la novela, que pasa durante el verano, preparan el vino que se hace con esa flor. 
También le firmó las Crónicas marcianas, el libro fundamental del autor. Una colección de cuentos que fue a vender al principio de su carrera por separado y le dijeron que lo hiciera como novela porque todos tienen una línea que los une: la conquista de Marte, una conquista fantástica. Los marcianos tienen los ojos amarillos y una voz musical, tocan el arpa, es una civilización culta. Allí llegan los terrícolas con todo su poderío para colonizarlos al estilo de la conquista del oeste americano y la civilización marciana, tan mágica y maravillosa, desaparece dejando un rastro de canciones e historias.  
En La feria de las tinieblas, le escribió una frase muy bonita. Esta es una novela con una serie de misterios y terrores, pero también es la relación de un padre con su hijo, por eso, el periodista le pidió que se lo dedicara para su hija y cuando el autor le preguntó cuántos años tenía, le contestó que acababa de nacer. 

En algún momento del futuro, nos encontraremos, le escribió Ray Bradbury. 

¡Qué regalo tan estupendo!

© María Pilar
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23 septiembre 2020

Soledad y silencio

Siento que el mundo no es el mismo. Deseo verte de nuevo para contártelo, lo deseo con todas mis fuerzas. Llegar al pueblo, bajar del coche, correr hacia ti y abrazarte. Que todo vuelva a ser como entonces. Oír la calidez de tu voz, ver cómo tu sonrisa lo ilumina todo, acariciar la suavidad de tu piel y hasta escuchar tus silencios sabiendo que tú estás ahí. Durante esos momentos, ¡qué felices éramos!, sin ser conscientes de ello. Tu presencia me empujaba a sacar los mejor de mí misma y, contigo cerca, mi vida estaba en equilibrio. Tú hacías que yo brillara como una estrella.

Te contaría que ha aparecido un virus, se ha extendido por todas partes. Está sembrando miedo, dolor y muerte. El mundo se ha ido vaciando de besos, abrazos y cariños; se ha quedado gris y desolado y yo intento acoplarme a él. Ya no soy tan sonriente y radiante como antes. 

Vuelvo a mirar por la ventana por enésima vez. Las nubes grises se desploman sobre la ciudad y el día está tristón como yo. Me da por pensar en ti después de tantos años de tu ausencia. Lo tuyo era serenidad y sensatez, hasta que nos dijiste adiós. Entonces me di cuenta, mientras lloraba y te abrazaba con toda el alma, que te me ibas para siempre. Tú, mamá, que tanto me habías dado sin pedir nada a cambio. Y los pesares se me quedaron dentro. Cuántos momentos por vivir contigo se quedaron para un mañana que no llegó. Entonces, mientras tragaba las lágrimas, supe que lo había tenido todo mientras tú estabas aquí.  ¿Qué me quedaba ya?

Y un día, sin darme cuenta, me fui sintiendo mejor, y decidí que en adelante tenía que ser yo la que dejara esa impronta tan importante en los míos. Además, nadie se va del todo mientras alguien la recuerde y no solo estás en mis recuerdos, me basta cerrar los ojos para verte, sonríes y mis pesares se disipan. ¿Cómo puede el pensamiento tener ese poder? Tal vez se trate de otra dimensión que no se mide con el espacio o el tiempo que controlamos aquí. Gracias, mamá, por estar, por ser. Ya ves que estoy bien, pero hoy la nostalgia me ha pillado con el pie cambiado y me ha llevado por tristes derroteros. 

Un abrazo inmenso.

© María Pilar 
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Diario de un confinamiento

Vaya por delante que es la primera vez que escribo un microrrelato a partir de un disparador creativo. Ni sabía que existían tales artilugios. Alucino en colores.
Es una propuesta de David para el Tintero de oro
  •  Copia el argumento que te salga al hacer clic en el botón Generar nuevo argumento. 
  • Escribe un microrrelato de hasta 250 palabras como máximo basándote en todos o alguno de los elementos que os aparezca en el argumento generado. 
  • Publica el microrrelato en tu blog junto al argumento en el que te basaste. 
  • Explícanos qué elementos de ese argumento escogiste para escribir tu micro. 
  • Deja un enlace a tu micro en los comentarios de esta entrada para que pueda añadirlo a la lista y que todos puedan leerlo. 
  • Tienes de plazo hasta el 30 de septiembre.
 Al leer el argumentó que me salió, lo que más me llamó la atención fue esa mujer extraña, mantenedora del equilibrio natural. Sobre ella centré mi relato en una situación de confinamiento, la naturaleza es su confidente, muestra confianza en sí misma y capacidad de superación. Como en la historia tenía que haber elementos  fantásticos, se me ocurrió ese cactus que se muestra colérico al ver a su dueña hablando con otros cuando la ha tenido siempre para él.
Argumento:
Una arqueóloga que tiene problemas de alcoholemia y su mejor amiga que lo relaciona todo con programas de televisión, buscarán el libro de los Revividos, pero todo será diferente con la presencia de una extraña mujer que dice ser la mantenedora del equilibrio natural, donde la confianza en uno mismo y la capacidad de superación estarán presentes en una historia con elementos fantásticos.
RELATO:
Al otro lado de la plaza, un castaño de Indias luce vestido de frondosa primavera frente a mi balcón. Sus capullos blancos agrupados como sombrillas cerradas, de un momento a otro, se van a abrir para bailar el Vals de las flores de Chaikovsky. Con la flauta dulce, no tienen problemas, porque los trinos afinan de maravilla. Mi cuerpo ya se mueve al compás tres por cuatro y la vida me parece más bella. 
 —¿Qué tal está usted, señor Castaño? —le pregunto. 
 Y él se expande orgulloso con su envergadura de cuatro pisos. 
 
Hoy le he hablado de mi cactus, la única planta que tengo, la verdad. Me apena porque está tristón y llora en silencio. En lugar de lágrimas se le caen hojas. 
—¿Y no tienes a nadie a quirn preguntar? Yo no soy experto —me ha contestado muy atento. 
—¡¿A quién voy a preguntar?! Mi amiga, la arqueóloga, con sus problemas de alcoholemia, ya tiene bastante y la otra, ya sé lo que me va a contar: el último programa que estén echando en la televisión, se los sabe todos. Además, ahora no nos llevamos bien porque no he querido participar con ellas en la búsqueda del libro los Revividos que me parece un horror. 

 Cuando me he dado la vuelta para entrar en casa, lo veo y me estremezco. Mi cactus, desatado en una furia demoniaca, se extiende por la pared y no para de crecer entregado a un juego peligroso de celos y venganza.  

 © María Pilar
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18 septiembre 2020

Carta de un emigrante

                                                          

 
Heerbrug - Suiza, 15 de noviembre de 1965 
 
Querida madre: 
Espero que al recibo de esta esté bien, yo mu bien. 
El viaje en tren para llegar hasta aquí fue mu largo, todo el día y la noche completa, pero como estaba cansado, porque la verda madre, la noche anterior no pude pegar ojo, la mayor parte del tiempo lo pasé durmiendo y así se me izo más corto. 
Al llegar nos esperaba un autobús para llevarnos a la empresa y acernos el reconocimiento médico. Nos tuvimos que desvestir enteros y me acordé de uste madre, de los buenos consejos que me dio, como el de que fuera a bañarme al canal para quitarme la roña que se me pegaba trabajando con las ovejas. 
Ya e encontrado pensión, una señora mayor que vive en una casa mu grande con jardín. ¡Imagínese! Estoy solo en una habitación con cuarto de baño y una gran ventana que si te asomas ves los montes altos y nevados de este país, porque aquí no hay mesetas. 
El trabajo se me da de cine y gano diez francos al día, me han dicho que son casi quinientas pesetas al cambio. Fíjese, madre, toda una fortuna. Todavía no he comprado las telas para que les haga vestidos a mis hermanas ni el paño para el abrigo de usté. Me han aconsejado los compañeros comprar en Zurich que es una gran ciudad con tiendas muy bonitas y para eso tengo que esperar a tener un día libre. De vez en cuando veo a Carlos, el del pueblo, también está trabajando, pero como lo acemos a distintos turnos no nos vemos tanto como nos gustaría. 
Sin más, la quiere mucho, su hijo. 
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—Oye, Carlos, ¿puedes prestarme cincuenta céntimos? 
—¿Otra vez? Mira que tengo apuntado todo lo que te voy dejando. 
—Sabes que te lo devolveré, y con intereses. Es para algo mu serio, tío. Tengo que enviar una carta. 
—Si el encargado se entera de que te ocultas en mi barracón, nos pone a los dos de patitas en la frontera.

© María Pilar
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14 septiembre 2020

María, la hija de María

En las familias hay secretos que no se cuentan a viva voz, pero que son traídos y llevados entre cuchicheos por la gente del pueblo. Así, en voz baja, previo juramento de que no se lo diría a nadie, me llegó el gran secreto de mi familia por una compañera del colegio: Tu madre no es hija de tu abuelo. La llamé mentirosa y le di tal empujón que se cayó de culo. Sin embargo, me dejó preocupada y empecé a mirar a los míos de manera diferente. Investigué, pregunté. 

 La guerra había terminado, según dicen los libros, 10 meses antes de la llegada de mi abuelo al pueblo. Había caído herido y permaneció todo ese tiempo en un hospital. Regresó renqueante portando un simple capazo bajo el brazo. Mi abuela lo esperaba con un campo árido, cuarteado por la sequía, y dos vacas flacas que ni leche daban. 

 Esa noche, los vecinos escucharon el llanto de un bebé tras los muros de la casa. Las malas lenguas dijeron que María había tenido una relación extramarital en ausencia de su marido. Y Manuel, que había vuelto con la blancura del enfermo que ha pasado largo tiempo debatiéndose entre la vida y la muerte, se había encontrado la niña al llegar. Los calificativos que dedicaron a mi abuela prefiero callármelos, solo decir que al crecer mi madre, en parte, los fue silenciando con su mirada azul, la mirada de mi abuelo. Mas el dicho que se había creado: «María, la hija de María» corría de boca en boca y tal habladuría se impuso y así llamaban a mi madre en vez de Manuela, su verdadero nombre.

 El comedor con sus muebles de caoba y un gran balcón a la calle principal siempre permanecía cerrado. Aquel día se había abierto con gran solemnidad para la apertura del testamento de la abuela con la presencia del notario. Cuando nos leyó: «Como no he tenido descendencia se lo dejo todo a Manuela…» 

 —¡Qué falsa! —dijo por lo bajo mi tía que hervía de ira. 
 —¡Es mía! ¡Manuela es mi hija! —gritó el abuelo dando un golpe en la mesa. 
De repente, como si aquella voz suya, que había quedado flotando en la atmósfera del comedor, hubiera tocado el resorte para abrir una puerta cerrada durante muchos años, empezó a hablar: primero, entrecortado; después, todo fluyó como la seda.    
—Había sumado tantos años a mis veinticuatro. Los años de la guerra envejecen, endurecen. Solo tú, Manuela, me hiciste volver a creer en la vida. 
La joven que me salvó lo hizo de manera muy simple, un día llegó con un bebé envuelto en una mantilla tejida con mucho primor y me lo entregó: «Se llama Manuela, como tú»  
Al cogerte con mis brazos torpes, un zarpazo me rasgó por dentro, no quería tocarte por miedo a pasarte el horror, la crueldad y el miedo que llevaba conmigo. Tu fuerza pudo con mis temores. Eras la pureza sin contaminar por la guerra brutal y sucia, todo cuanto yo tenía en mi vida de viejo. Y cuando la existencia te ofrece algo así te aferras a ello y no quieres soltarlo. 
 «El tiempo que estuviste inconsciente hablaste de tu esposa, —decía la joven que me vio caer herido por la metralla y me había arrastrado hasta una cabaña de pastores para curarme— ella te estará esperando. Un día la rutina de esta subsistencia perdida entre montes y cabras te hará añorar lo que dejaste. No quiero presenciar ese momento ni que nuestra hija repita la vida que me ha tocado a mí.» 

Por sus ojos llorosos y la cara descompuesta, veía el sacrificio que hacía al desprenderse de ti. El corazón se le encogía de tristeza. Lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas y yo le acariciaba el pelo a la vez que le decía que siempre estaría con ella. Ella sorbiendo los mocos afirmaba con la cabeza. Y ambos sabíamos que nos estábamos despidiendo. Algo moría entre nosotros y se llevaba un pedazo de nosotros mismos. Muchos compañeros míos habían muerto de manera fulminante. Mi vida parecía ser una muerte a plazos.  
 
Así fue como con un bebé en un capazo y las cicatrices de las heridas de guerra que me han causado la cojera en la pierna izquierda, una noche llamé en el cristal de la ventana de casa. Un ¡toc, toc, toc!, que María conocía muy bien de nuestra época de novios. Y gracias a ella, a su amor, generosidad y valentía, las cosas tomaron el mejor rumbo que me habría podido imaginar. 
 —Si tuviéramos la oportunidad de empezar de nuevo, dime, ¿lo harías?  —le pregunté con el alma puesta en sus hermosos ojos color miel. 
 —Lo haremos, vaya que lo haremos. Esta niña será mía, no me importa el qué dirán. Solo tú sabes que yo no puedo ser madre. Y me miró con ternura, con esa ternura que tanto agradeces en los momentos más frágiles. 

 Quiero deciros algo más que para mí es importante. No lo olvidéis. Quizá algún día, tanto tú, Manuela, como tu hija podáis encontraros con la mujer que te dio la vida. Me gustaría que le llevaseis la mantilla con la que te envolvió. 

© María Pilar
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