24 febrero 2019

El cine de mis días


Cuando papá murió en el accidente ferroviario ocurrido en Álava en 1982, a mamá le adjudicaron la cafetería de la estación y el apartamento que estaba encima. Allí vivimos, en pleno centro de la ciudad de Vitoria, junto al tramo de vías que la cruza sin estar soterrado. En aquel pequeño habitáculo yo pasaba las horas entre ruidos de trenes, siempre esperándola.

Al fallecer mamá me quedé sola asomándome a la adolescencia y un montón de porqués sin respuestas. Los servicios sociales de la Diputación declararon mi situación de desprotección y me llevaron a un piso de acogida donde vivía con otras chicas en situación similar a la mía. Una tarde lluviosa, me metí en los cines Azul que la profesora de inglés nos había recomendado para ver clásicos en versión original. La película se titulaba: «Matar a un ruiseñor». Desde el principio vi en Atticus al padre que no había conocido. ¡Cuánto lo necesitaba! No pude contener las lágrimas. Siempre iba a su lado una niña maravillosa. Me parecía que vivía sin importarle el qué dirán de los demás que a mí tanto me preocupaba. La envidiaba, sí; porque ella tenía la protección y el cariño de un padre que a mí me faltaba. 

Le cogí afición al cine y gracias a él mejoré mucho mi inglés. Llegué a repetir una y otra vez la misma película, como «Los puentes de Madison», que por enésima vez iba a ver ese día.

En la penumbra de la sala, cuando apenas se perfilaba la sombra de los espectadores absortos en el mundo mágico de la pantalla, alguien me rozó con la yema de los dedos la rodilla izquierda. La carga electrizante del contacto me erizó la piel. «Aléjate», me dijo una vocecilla interior. Me quedé paralizada.

Ni parpadear podía al notar cómo esa mano se metía bajo mi falda y se abría camino entre mis piernas. El respingo que di en la butaca me lanzó hacia arriba cuando hurgó en mis profundidades húmedas. La sentía en lo más hondo. El ritmo constante de su caricia me llevó a agarrarme a la butaca con una fuerza irresistible. El corazón se me salía del pecho. Un placer jamás vivido empezó a crecerme dentro y se expandía más y más. Perdí el control. Respiraba a jadeos cuando con una mano enredada en mi cabello me atrajo hacia sí e introdujo la otra en la entrepierna de su pantalón. Cerré los ojos porque estar frente a frente me aterraba. Sonaba el tema Doe Eyes. Clint Eastwood empapado bajo la lluvia esperaba a que Meryl Streep se decidiera. Supongo que imaginé a la actriz abandonando el coche para encontrarse con él. El apremio se apoderó de mí y fue más fuerte que mi voluntad. Con una mezcla de vergüenza y nervios, respondí a esos labios ardientes con la boca entreabierta y la predisposición al cariño que delataban mis carencias. El beso de cine que esperaba no fue la experiencia particular y agradable que esperaba. Percibí el aliento cálido. La respiración agitada. El roce de labios. Hasta que su lengua me invadió y se abrió camino hacia las profundidades de mi vida. Demasiada lengua.

Sofocada, tardé algo más de lo normal en levantarme para salir. Cuando encendieron las luces, giré la cabeza porque quería ver a la persona que había estado conmigo. Se abría paso entre la gente que abandonaba el cine. Huía con mi corazón enmarañado entre sus besos y con la adolescente tutelada que me había acompañado hasta ese momento. Fue cuando creo que tuve conciencia de que había sido real, no un sueño. Una oleada bochornosa me recorrió el cuerpo. No era capaz de dominar los pensamientos oscuros que se me agolpaban. ¿Qué sería de mí si lo contaba? Me entró miedo. Miedo a las represalias. Lo silencié y cargué con la culpa de mi secreto.

En la salida, de nuevo alcancé a ver a lo lejos el pelo rubio, muy corto; los vaqueros ajustados, camisa blanca y fular a juego con el morado de los zapatos planos.

Era la orientadora del piso de acogida.

© María Pilar

Safe Creative #1903010100328

12 febrero 2019

El vecino de arriba

Por aquel entonces vivíamos en la zona del ensanche de Vitoria, el barrio más elegante de la ciudad, pisos amplios y soleados con sus típicos balcones y miradores blancos. 

No recuerdo exactamente cuándo empezó el vecino de arriba a jugar al balón en su casa. Tengo la impresión de que cuando estalló en mi cabeza la pesadilla que suponía soportar el ruido del dichoso balón ya llevaba tiempo escuchándolo.

Por las tardes, mi hija Maialen hacía los deberes y a veces me preguntaba algo que ella no entendía, para que se lo explicase. Era un momento entrañable entre nosotras. En ese preciso instante empezaban a resonar de manera incansable los boing, boing del balón de nuestro vecino, en nuestro techo. Me martilleaban la cabeza y me atacaban los nervios. Iba hacia la puerta dispuesta a subir y tener un sonado encuentro con los padres. ¿Acaso la madre no podía llevar a su hijo a un parque de la ciudad para que descargara adrenalina? Maialen me lanzaba unas miradas de extrañeza incomprensibles. Después seguía con sus tareas. Tal vez fuera lo mejor, hacer como si no pasaba nada.


Una tarde, subíamos la escalera de casa cuando lo vi en el descansillo entre su piso y el nuestro; botaba el balón, claro. El chaval, que podría tener alrededor de diez años, se cubría la cabeza con el gorro de un albornoz blanco, no tenía ni media bofetada y, sin embargo, a la vista estaba que si quería algo lo hacía y punto.


—¿Has visto qué desfachatez? —le dije a mi hija con una voz más alta de lo normal para que él lo oyera.
Ni por esas se inmutó.
Maialen miró furtivamente alrededor con los ojos muy abiertos como esperando que nadie me hubiera oído. Me tiraba del brazo intentando que entrara en casa. Parecía que se avergonzaba de mi actitud. «Ya madurará —pensé— y entenderá que hay cosas que no se deben aguantar».
Con un genio de mil demonios bajé los peldaños y me planté ante el portero que al verme tan exaltada se hizo todo oídos.


—Usted perdone señora, pero en el piso del que me habla hace años que no vive nadie. —Y, con una mirada astuta que confirmaba que valía más por lo que callaba que por lo que hablaba, con un halo de misterio añadió:
—¿Acaso no es una ganga lo que paga usted de alquiler en pleno centro de la ciudad?

Relato ganador en R.C.


Safe Creative #1903010100342

06 febrero 2019

Un gran regalo

Aquel día, el abuelo trajo un gatito precioso, bicolor: el lomo jaspeado y el resto blanco.

—Mira lo que te he traído. Toma, es para ti —le dijo—. Aprenderás a cuidarlo.

La niña estaba exultante de alegría. Lo cogió con mucho cuidado. ¡Qué suave! El minino abrió los ojos y la mirada azul que posó en la pequeña tenía el brillo de la grata acogida. La enterneció tanto que su corazón generoso se expandió lleno de felicidad. Le asignó un sitio junto al hogar, cerca del fogón donde borboteaba el puchero.

—Abuelo, este será su espacio.
—Me parece bien —asintió el abuelo a la vez que le guiñó un ojo como gesto de complicidad. Estaba orgulloso de su pequeña. Era él el que le había imbuido el amor a los animales.

Al minino le gustaba lo mullido que era su ropón y hecho una bola dormía haciéndose invisible con las paredes ahumadas; solo le delataban los ojos que abría al notar una presencia. Era esa misteriosa manera de hacerse visible lo que le daba a su mirada un poder mágico. Curioso y juguetón, saltaba al pavimento de losas de barro irregulares y no paraba de jugar ya fuera con su sombra, con su propia cola o con la pata de una banqueta. Cuando la niña se sentaba a la mesa para comer el tazón de sopa de ajo que le preparaba el abuelo, daba un brinco para acomodarse en sus rodillas. Los finos bigotes de felino le intrigaban a la pequeña. “Demasiado largos para su carita tan linda”, pensaba.

Atizó las brasas como hacía el abuelo. Las paredes de la vieja cocina salieron del gris para colorearse del rojo del atardecer que no tardó en reflejarse en sus mejillas. También el gatito mimado lo agradeció remolón. Le acercó el atizador encendido a los bigotes. “Solo un poquito”, pensó. Algún pelo del bigote chisporroteó y se enrolló como fina seda. Al sentir el peligro lanzó un maullido intenso, mostró sus pequeños dientes afilados y huyó despavorido dejando chispas a ras de suelo.

El corazón de la pequeña se estremeció. Aprendió con tristeza el poder que tiene el echar en falta a alguien. Por la noche no dormía. Su sueño se había perdido por los inusitados vericuetos nocturnos y no encontraba el camino para venir a consolarla. Si a ratos lo conseguía, se veía jugando feliz con su gatito de pelaje sedoso y bella mirada azul, para al despertar darse cuenta de que solo había sido una quimera. Aguardaba encogida entre las mantas. Y no se molestaba en secarse las lágrimas.