23 enero 2014

Inmune al desaliento

—¿Habéis visto al señor de los tulipanes?
Hace tiempo que no lo veo sentado en el banco de la gran explanada de la Plaza Mayor. Siempre llevaba la misma ropa, pero su aspecto era limpio y cuidado. Me llamaban la atención sus finas manos de excelente científico español hasta que la crisis puso el mundo al revés y se quedó sin fondos la universidad en la que trabajaba. El tiempo se quedó atrapado en la neblina y lloró lágrimas amargas. Él esperaba que esa bruma grisácea, que pintaba un cielo oscuro y huidizo, se rasgara y saliera de nuevo la luz por algún lado. Mientras, no sabía qué hacer con los tulipanes para regresar a casa con unas monedas. No los ofrecía a los que pasaban; le faltaba labia, poder de convicción. No, no era experto para eso. Lo suyo era el estudio que asocia las bacterias a la metástasis. Su mente seguía cavilando y más allá del negro horizonte, su firme mirada veía fórmulas y resolvía problemas que... ¡Cuántas vidas podría haber salvado!
—Yo sé donde está porque no lo pierdo de vista. Soy el poderoso capitalismo y para nada me interesa la gente que piensa. Aunque físicamente se encuentra muy cerca de mí, un abismo nos separa. La ciudad entera es mía y se debate entre la amargura y la desesperación que mi esfumado grisáceo le contagia, pero calla y acata lo que se le pone delante. Sólo él se me resiste delimitando con el rojo sangre de los tulipanes su espacio vital. "Por dignidad", dice. "Por ser fiel a sus principios". Ser grotesco encerrado en su mundo desde el que pretende despertar a la vida. Afino el grisáceo de mi paleta para difuminar su tozudez imperturbable. Resiste con indiferencia. Caerá.
© María Pilar

17 enero 2014

Aparece el chico perdido

Lorenzo volvía decidido a su pueblo como si la larga noche le hubiera dado alas.
Cuando un relámpago rasgó los cielos y el estruendo descargó la tromba de agua que empezó a inundar el chozo en el que se había refugiado, pensó que iba a morir.
Calado hasta los huesos con su blusón de rayas sin cuello y pantalón a media pierna, se cubrió los hombros con la talega vacía y se hizo un ovillo sobre el poyo de piedra. Con el fragor continuado y violento de los truenos interpretó que el fin del mundo estaba al llegar. El ulular del viento se metía entre los muros de piedra y le traía rumores del más allá. Las ráfagas serpenteantes de luz lo cegaban y lo envolvían en un miedo que le hacía castañetear. Después, vino el silencio, y agotado se durmió. Se despertó con el sol de la mañana entrando a raudales.
Salió del páramo tupido de encinas y en el camino no se encontró con nadie, ni ladridos de perros ni ruidos de carros ni hombres faenando, y tampoco los rebaños de ovejas estaban pastando… Atravesó viñedos encharcados rodeados de almendros, cereales asolados salpicados de encinas corpulentas y cuando se acercó al soto oyó un rumor desconocido que le aceleró el corazón. Siguiendo el camino alto bordeado de olmos centenarios, llegó por la parte de atrás de la majestuosa iglesia a una tapia baja que bordeaba el cementerio. Cuando giró la cabeza para ver desde el alto el valle en el que estaba encajado el pueblo, por primera vez la tragedia se instaló en su mente de niño. Las casas como barcos flotantes se tambaleaban en aquel mar sucio y murmurador. No podía creer lo que veía; hasta el cementerio le parecía más real y más vivo que aquello. Se apoyó en la tapia y la tensión contenida durante las últimas horas resbaló por sus mejillas.
Un traqueteo de carro tirado por una mula se acercaba por la pendiente del pueblo. Lo dirigía un joven de pelo alborotado del color de la mies mezclado con la amapola, desaliñado, pero de confiado mirar.
— ¿Eres tú? ¿Lorenzo?
— Pues claro, Felipe ¿quién voy a ser?
— Pero, ¿dónde te has metido? Te estábamos buscando.
Un pequeño grupo de hombres y mujeres lo seguía con aspecto deprimido y mirar ausente. Ellas cubiertas con tupidos velos negros, ellos con la boina en las manos. Algunos movían los labios como respuesta a los rezos en latín de don Valentín, el párroco. El calor abrasador de agosto les preocupaba, tenían que enterrar cuanto antes a los suyos.
© María Pilar

07 enero 2014

¿Crees que el nombre condiciona?

La parturienta, mi madre, estaba encogida por los dolores del parto cuando oyó a su suegra:
—Pánfilo de Cesarea y no se hable más. Está hoy en el calendario y esas cosas son sagradas.
—Pero… ¿Pánfilo?, madre —le dijo el hijo con la sumisión que le caracterizaba.
—Pánfilo de Cesarea, sí, en la iglesia, en el registro civil y para toda su vida.
El niño, o sea yo, hermoso, por cierto y ahí estuvieron de acuerdo todos, gritaba proclamando al mundo su vitalidad o tal vez su protesta ante semejante carga de por vida. Su primera y última pataleta ante la sargento de su abuela. En cuanto lo cogió en brazos supo lo dura e insensible que era.
En casa era la dueña de los caudales y la que daba las órdenes. Muy pronto, me vi relegado al lugar de los que obedecían, junto a mis padres. Enseguida fui consciente de las risitas que ocasionaba mi nombre en todos aquellos que lo escuchaban, ya me llamara mi madre, débil y enfermiza: "¡Mipanfi!"; Mi padre con su potente voz y débil carácter: "¡Pánfilo!" O mi abuela que tanto escatimaba en otras cosas y que no se reprimía nunca al llamarme con su histriónica voz: "¡Pánfilo de Cesarea!"
La entrada en la escuela, donde por fin iba a estar con niños de mi edad, me dio la puntilla.
—¿Su nombre? —me preguntó el profesor.
—Pánfilo —le respondí con un hilo de voz.
—Pan… ¿qué? Hable en voz más alta y diga su nombre completo.
Noté la expectación que se había creado en el grupo de niños. Habían dejado de hablar entre ellos y el silencio era sobrecogedor.
—Pánfilo de Cesarea —respondí. Y antes de acabar de hablar las risas, mofas y jolgorio ya eran generales.
—Siéntese —me respondió el profesor.
El miedo me había paralizado y sentí correr el pis por mis piernas hasta empaparme los zapatos. Caminé arrastrándolos hasta mi sitio dejando un rastro delator por el pasillo.
—Vaya, va a tener que traer pañales —añadió el profesor.
La carcajada que me acompañó hasta mi sitio, traspasó las paredes de la escuela y se extendió por todo el pueblo en el que fui la comidilla durante una larga temporada.
Si duro se me hizo estar en la clase sentado solo en la última mesa, cruel fue la actitud de los compañeros durante los recreos. Capitaneados por el hijo del guardabosques me hicieron odiosa la primaria hasta el último momento.
En el instituto no lo pasé mejor. Entonces vivíamos en otra ciudad mi padre y yo solos, pues mi madre y mi abuela ya habían muerto.
Todo ello condicionó mi carrera universitaria: Matemáticas, como primera y única opción. Con los números me había entendido siempre bien, los únicos que me permitían participar en sus juego. Operar con las matemáticas era mi máxima satisfacción, aunque mi vida era una incógnita de una simple ecuación cuyo resultado se me resistía.
Mi expediente fue brillante y creí percibir un destello fugaz en la mirada de mi padre. Por lo demás, como nos habían amasado a los dos en el mismo horno, no hablábamos mucho entre nosotros y nunca expresábamos nuestros sentimientos.
Salir al campo laboral y tener todas las puertas cerradas, fue algo que a esas alturas de mi vida no me sorprendió.
Deambulando por las calles vísperas de Navidad, la iluminación de una tienda de televisores captó mi atención. Un payaso con sus vistosos colores y su amplia sonrisa, se multiplicaba hasta el infinito en todas las pantallas. Sus ojos tristes de payaso, tras la máscara de pintura blanca, se iluminaban con los destellos que irradiaban los pequeños. Los niños lo miraban sin pestañear entregados por completo a todo lo que hacía o decía. Aplaudían y reían con esa sonrisa franca y auténtica que sólo los niños son capaces de ofrecer. 

Entré en unos almacenes y salí convertido en payaso con unos calcetines de rayas, una nariz roja de goma y una amplia sonrisa pintada. Las miradas ilusionadas y las sonrisas contagiosas de los niños abandonaban al histriónico Santa Claus para seguirme.
© María Pilar

En portada
💗Tu artículo ha sido localizado y seleccionado por el equipo editorial de Paperblog. Ha sido publicado en portada de :
la temática Sociedad el 8 enero 2014        
 Y yo ahora me entero, casi un año después 🙀🙀🙀 ¡Gracias! 😘😘😘 

04 enero 2014

Las cartas a los Reyes Magos de Arturo y Marina

El reto está repleto de cartas y todas ellas cargadas de maravillosos, originales y divertidos deseos. ¡Qué difícil se hace la elección!
Elijo la carta del blog: Pensamientos y opiniones de Arturo por lo breve, concisa y sobre todo desconcertante. Tanto me sorprendió, que en una primera lectura me dije: si no ha escrito lo que pide y por qué firma D. Carlos si él es Arturo.  Al leerla de nuevo me fui fijando en las pistas y al llegar a “otros 365 días”, ¡zás! por fin vi la luz. Me quedé reflexionando en lo importante que es contar con esos 365 días que son la base principal para que se cumpla todo lo demás. Este juego con el lector me pareció tan sublime y a la vez tan difícil de conseguir que tengo que decir: Arturo, ¡chapó!

Queridos Reyes Magos:
Como sucede todos los años, llegados estos días me pongo a redactar esta carta, donde les solicito mi regalo.
Ya saben de sobra lo que quiero, pues no soy muy original, ni materialista; aunque debo reconocer que soy bastante egoísta.
Aprovecho para agradecerles mucho por haberme concedido mi último pedido, aun dispongo de suficiente para la semana próxima, si Dios quiere.
Nunca me fallaron, pese a lo insólito de mi requerimiento.
Con gran esperanza, aguardo su regalo, que espero dure otros trescientos sesenta y cinco días.
Los quiere mucho.
Don Carlos


Elijo la carta del blog de Marina …EN EL UMBRAL DE LA NOCHE por la simpatía, la insolencia y el tono tan divertido que nos contagia. Siempre es bueno contar con una dosis de humor para afrontar los retos de la vida. Me he reído leyéndola y solo espero que Montoro no pase por aquí y nos cobre los impuestos de la risa. Marina: ¡Brindo por ti!

Hola Reyes o Señores Importantes, o lo que quiera que sean vuestras mercedes.
Tengo una larga lista de cosas que me gustarían. Cuando iba a enumerarlas y a intentar convenceros para que, al menos me dejariais alguna de ellas, me he acordado de aquella vez cuando yo tenía 9 años.
Mi hermana y yo escribimos la carta de rigor, bueno, la escribió ella porque a mi esas cosas me daban, ya entonces, la risa. Ambas pedimos una muñeca y recuerdo muy bien que mi hermana describió exactamente la muñeca que queríamos. ¡Qué sorpresa! Por la noche cuando mi padre nos despertó había dos muñecas, la de mi hermana, justo como ella la pidió y la mía… la mía…¡¡Mucho más pequeña!!
¡Qué asquerosos! ¡Mira que dejarme a mí una muñeca más pequeña! Pues esta carta es para deciros que mi hermana me cambió la muñeca y yo me quedé con la grande y que le puse el nombre de Mirinda y que vosotros hacéis estupideces, pero que los niños que son más listos y más nobles que vosotros, las cambian y las arreglan.
Evidentemente ya no os pido nada, porque después del mosqueo que tendréis conmigo sois capaces de dejarme una muñeca de pin y pon.
Jejejejeje, aquella vez gané yo y ésta también porque nada quiero.
Adiós señores Reyes, que tengan ustedes un buen viaje de vuelta.
Marina (Ahora ya os acordáis verdad?)
© María Pilar 

02 enero 2014

Carta a los Reyes Magos

A SS. MM. los Reyes Magos de Oriente:
Años ha que no os escribo una carta. Ya sabéis lo atareada que he estado estos últimos años haciendo de reina mediadora, poniéndome regalo hasta a mí misma para cubriros las espaldas, que con la ilusión de los niños no se juega.
A estas alturas no voy a entrar en disquisiciones existenciales, pero os podíais haber repartido un poco y no ir siempre los tres juntos. Así, ¿cómo vais a llegar a todas las casas? Por lo que año tras año habéis acrecentado el abismo entre las ilusiones cumplidas de algunos y el desencanto de tantos. ¡Ah! y os teníais que haber modernizado, porque mira que seguir viajando en camello con lo poderosos que sois, que ya son ganas de haceros esperar para nunca llegar.

¿No os parece que ya toca democratizaros? Teníais que haber ido incorporando a vuestro séquito a tanto personaje que estos días pulula haciéndoos la competencia. ¿Pensábais que un carbonero tiznado llamado Olentzero no era digno de la fastuosidad de vuestra comitiva que envuelta en aromas de incienso y mirra lanza destellos de oro? Y el gordinflón vestido de rojo y armiño, ¿temíais que brillase como un farol con luz propia?
Ahora ya es tarde, campan a sus anchas y son recibidos con la emoción contenida y las encantadoras sonrisas que sólo los niños son capaces de ofrecer.
Estos siguen gozando de la magia y de la fantasía. El problema, para los padres más bien, es esa duplicidad de personajes fantásticos que durante estos días traen regalos a los niños y, como las carteras no están muy abultadas, nos vemos obligados a elegir. Por sentido práctico, nos decantamos cada vez más por el día de Navidad. Los niños agradecen los regalos ese día porque tienen las vacaciones para disfrutarlos y los padres también. Los tiempos han cambiado y vosotros estáis quedando relegados. Para el día seis, vuestro día, nos reservaremos un pequeño detalle en vuestro nombre, que no por pequeño será menos ilusionante y supondrá el broche de cierre final de las fiestas navideñas, ¿no os parece bien?
Os ruego perdonéis mi osadía al enviaros esta carta que ha surgido de mi sinceridad al organizar la parcela familiar que a mí me toca, por lo que espero que no os lo toméis a mal y me dejéis sin regalo.
Os saluda atentamente
© María Pilar