30 enero 2015

La estrella y la luna

 RETO: UNA CANCIÓN, UNA HISTORIA
Título: La estrella y la luna
Autor: LA OREJA DE VAN GOGH
https://www.youtube.com/watch?v=6DAv9dXKmlA

En cada sonrisa mil "te quiero"
En cada destello un millón de besos
Aire puro anhelos secretos
Como guardan los ríos sus mejores recuerdos.
Los niños chiquitos olvidan sus miedos
Cuando cada noche
Creen poder tocarla en sus dulces sueños.
En la alborada del mar del amor
Conciben suaves melodías
Entre los lazos del viento.
Los ojos cuentan, la poesía escribe
Se enredan como folio y verso.
Agua, hielo, tierra, y fuego
Pesadilla de terror tornan los dulces sueños
Serpiente que no sabe de aromas ni besos
Pupilas de envidia, congeló el momento.
Si de llorar se tratara,
Se ahogaría el mar por dentro.
En un columpio se bambolea la estrella
Ha regresado a su cielo
© María Pilar

21 enero 2015

Amor en el Museo

Tres bellísimas jóvenes rebosantes de carnal picardía muestran con gozo sus cuerpos desnudos. Las tres están conectadas entre sí a través de los brazos, el velo y, sobre todo, la mirada. Es justo la complicidad de sus miradas lo que da unidad al grupo. Bailan al ritmo de una divertida música que canta la lira de Orfeo y con la elegancia y gracia que irradian, nos están invitando a participar.

La cascada de cabellos rubios que le cae a Áglae por la espalda tiene hechizado a Diego que las observa. Siente que adentra sus manos entra los rizos y percibe el cálido aroma que los envuelve. Tiembla excitado al contemplar la morbidez perlada de su cuerpo desnudo. Está pletórico y entona un soneto a la voluptuosidad  de su amada.

Las tres chicas cuchichean. "Ahí lo tienes, encendido de pasión", le susurra Talia. Y hábil le baja el brazo para que luzca la frescura de su pecho con el pezón turgente.

El fruición que experimenta Diego, intensifica su respiración y el sudor le cubre la frente.
Áglae aparenta seguir el juego de sus compañeras, pero le quema el roce de esas pupilas negras que acarician la suavidad de su piel y su efecto electrizante le recorre encendido en deseo. Su fogosa voz la estremece: "Ser viento que despeine tu melena, ser sol para provocarte un guiño, feliz penado si fueras mi condena."

Las muchachas ríen de forma jocosa.

A la deslumbrante Áglae el brillo de sus ojos la delata, desea corresponderlo. Colocada de perfil, se gira con un movimiento sensual para mostrarse seductora. Se siente mujer ardiente, ávida de placer. Anhela correr jadeante a una cita secreta, perderse en sus brazos y probar de sus labios la fruta prohibida.

El fuego sordo y oculto que los consume sonroja la moral de Don Faustino. Él nunca fue un fauno que corriera tras las ninfas como este poeta. No entiende esta locura de amor, aunque algo le recuerda sus tiempos mozos cuando la sangre le ardía en las venas. Aplacados los rigores de juventud, ¡qué sabe él de los placeres de la pasión! Carraspea. Se planta ante el visitante y le señala la hora.

Mucho se teme que este joven poeta de cabellos negros y porte aventurero esté embrujado. Oye el sonido de un beso procedente del cuadro y el poeta responde con un guiño cómplice a su amada.
Don Faustino —que Dios lo perdone— cruza los dedos.

© María Pilar

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14 enero 2015

Dulces cantos de sirena

Me encontré entonces, en medio de aquel océano amarrada a tu sombra para acallar mi rebeldía. Me ataste a ti con las cadenas de tu amor posesivo. Era lo que más querías y me esclavizabas, ponías el mundo a mis pies y solo me permitías esta jaula. Yo quería ser feliz, con derecho a equivocarme, pero ser feliz.
El día que me creíste segura y me diste la espalda, fue mi día; bueno, mi gran noche. 

Alegre zarpaste a recorrer las profundidades del mundo oceánico que tanto te gustaba y yo a los brazos del marinero de ojos azules que me estaba esperando. Aprendí a vivir esquivando tu mano férrea y todas las noches, transformada en una mujer nueva, desaparecía para volver antes del amanecer.
Hasta que una noche, el alba se vislumbraba en el horizonte. Con los zapatos de tacón en la mano, la blusa verde de seda desabrochada, las finas medias con agujeros y el recogido de mi peinado cayendo en guedejas, corría y corría pero las piernas me flaqueaban. Si la luz me iluminaba estaba perdida. 

Tiré los zapatos, me despojé de la ropa y empecé a correr para no ahogarme en aquella pena, pero no lo logré. Caí derrotada en la arena. Mientras la sequedad de mi cuerpo se agrietaba por el sol, mi pensamiento voló a las horas de pasión con el guapo marinero que me había cambiado la vida. Me dejé llevar por la nostalgia de la emoción y el cariño que había encontrado en sus brazos creyendo que era el final de mi vida.
̶ Abuelo, mira, produce destellos de colores.
̶ ¡Cáspita! Si es una… no, no puede ser. ¡Está viva! Trae agua con tu cubo para que no se roce con la arena. La llevaremos rodando hasta el océano.
Cuando el agua la cubrió la Sirena se sumergió con una rapidez vertiginosa desprendiendo una cegadora luz blanca. Encandilados quedaron abuelo y nieto al oír su dulce canto agradeciéndoles la vida.
© María Pilar 

03 enero 2015

Cómo cuidamos a nuestros mayores

En mi sueño volvía ensimismada del trabajo dejando que el sol de poniente me contagiara con su brillo. De repente se coló una casa solariega que había visto en una revista a la que habían premiado por su rehabilitación. Era el portal número 13 de la calle de las Angustias. ¿Qué hacía ese grupo de personas arremolinadas ante la casa? Me acerqué picada por la curiosidad y de súbito lo vi. Era un pie lo que provocó mi inquietud, el resto del cuerpo permanecía cubierto por una manta. Un pie descalzo, cansado de las muchas caminatas que había dado en la vida, marcado por las durezas a las que había hecho frente en la vida y al final, envejecido.

Enseguida aparté la vista. Fue un flash, un segundo que se quedó colgado en mi mente creándome un gran desasosiego. Ese pie desnudo, que en la caída en vertical de su dueño había perdido su zapatilla se liberaba del silencio al que seguramente durante largo tiempo había estado sometido.

En el grupo de personas la muerte había impuesto su silencio. A veces se oía algún murmullo sin dirigirse a nadie en concreto: “Pero, ¡cómo es posible! Si la casa lleva cerrada más de quince años”. “La hija se lo llevó con ella a la capital”

¿Y la zapatilla? Tal vez en un momento dado alguien se encuentre con ella. Pocas cosas hay tan inquietantes como encontrarse una zapatilla usada. Como esos zapatos usados que jalonan la orilla del Danubio. Cientos de judíos húngaros los dejaron en la orilla del río antes de que se les disparara un tiro en la nuca y fueran arrojados al agua.

Empecé a dar vueltas por un terreno escurridizo para encontrarla. De haberlo conseguido, se la hubiera puesto para cubrir esa desnudez que gritaba al mundo su soledad y así, hubiera metido ese pie en su propio ataúd para acallar tanta miseria y abandono al que sometemos a nuestros mayores.

O tal vez no.

Tal vez sea mejor que la terrible realidad se manifieste al igual que la proclaman esos zapatos usados al lado del Danubio ante los que guardamos un silencio vergonzante. La zapatilla fuera de su pie no solo nos haría sentir culpables si no que también nos avisaría de la triste soledad que nos espera.
© María Pilar
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