31 diciembre 2011

Al otro lado del río


Solo Felipe se quedó rezagado y con una navaja toledana talló una cruz en el tronco del chopo más cercano al lugar donde habían encontrado a la niña. Fijó su vista en la casa de piedra que se veía al otro lado, parecía ruinosa y estaba casi cubierta por la hiedra, pero el ruido renqueante que producía le confirmó que el viejo molino seguía en activo. Limpió la navaja pasándola por su pantalón de pana ajado, la cerró, y se dirigió hacia el grupo. 

Al salir a zona más amplia para cruzar el puente de regreso, echó un vistazo a la era donde una mula de talle alto, dirigida por un chaval cubierto con un sombreo de paja, daba vueltas tirando de un trillo. Un perro corría cerca y ladraba a los pardales que levantaban el vuelo. La emoción lo embargó y un punto de rabia brilló en sus ojos. Se sentó en una piedra y apoyó la cara en una de sus manos. Pasó tiempo y tiempo. Fue capaz de abstraerse del mundo exterior y pudo reflexionar sobre la encrucijada en la que se encontraba para buscar una salida que le permitiera avanzar. No se movió hasta que tomó la decisión más importante de su vida. Su boda programada para después de recoger la cosecha podía esperar. Se marcharía lejos, muy lejos, donde pudiera comenzar una nueva vida. Argentina era el país de las oportunidades, ¿por qué no iba a encontrar la suya? 

Declinaba la luz del día. El sol de poniente despedía destellos de sangre y oro que se confundían con su pelo. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Elena, su melena agitada por el viento y sus grandes ojos color avellana. Sintió una punzada interior. Tiró unas piedras al río y se entretuvo viéndolas saltar cada vez que besaban el agua. Escuchó su chapoteo hasta que percibió la leve brisa del atardecer. Era el momento cuando se oía el tintineo de los rebaños y las mujeres se sentaban a la fresca para coser o hacer punto. Pero ya nada era igual. Envuelto en esa magia de la puesta de sol que solo tienen las tierras castellanas, se reafirmó en su decisión «¡Lo haré por los dos!». 

 © María Pilar

20 diciembre 2011

Ya llega la Navidad


Se dice que las Navidades eran las de antes, que hoy se ha perdido su espíritu. Que ahora solo hay jolgorio, luces y colores en las grandes superficies que atraen a los consumidores. Todo se reduce a comilonas y botellas de champán con la consiguiente resaca del día después. 

Tal vez es que los que pensamos así nos hemos hecho mayores y hablamos desde la nostalgia de lo que vivimos. Sabemos que ese tiempo no volverá. Tal vez los niños de hoy sigan esperando la Navidad con toda la ilusión que para ellos encierra la magia de esa palabra. Ni mejores ni peores, las suyas, porque este es su tiempo y han de disfrutarlo. 

Para mí las mejores Navidades fueron cuando la niña era pequeña. Empezaban a primeros de diciembre, en concreto el fin de semana del 8 que siempre es fiesta en España. Enfundados en abrigos, con guantes, gorros y bufandas para protegernos del frío que hace en Vitoria esos días (algunos grados bajo cero), nos íbamos al monte a buscar musgo, piñas, ramas de abeto y rocas.

Leire tenía las mejillas rojas por el frío, pero parecía no importarle y reía feliz. Con todo ello montábamos el Belén que ocupaba un buen espacio porque cada año estaba más poblado. La niña era la que más entusiasmo ponía en ampliarlo. Además de las figuras del Misterio del Nacimiento”, un cocodrilo en el río, mi espejo redondo para hacer un lago, figuras de Pinypon… 

Yo siempre tenía el pegamento a mano desde el año que el niño Jesús se rompió un brazo y una pierna. Leire, con dos añitos, lo había sacado de la cuna para jugar un rato con él. Otro año fue un rey el que cayó con camello incluido, en fin, gajes del oficio. 

En otro lugar de la casa poníamos el árbol de Navidad con luces, guirnaldas y bolas. Al pie del mismo, un par de zapatos de cada uno para que el día de Reyes cayeran los regalos. Cuando terminábamos de prepararlo todo, dábamos al play para escuchar música navideña, cantábamos villancicos, brindábamos y probábamos el turrón como anticipo de lo que estaba por venir. 

Después, nos íbamos al pueblo porque era en la casa de los abuelos donde nos reuníamos toda la familia para celebrar la Navidad. Allí lo importante era el espíritu navideño que nos unía a todos, chicos y grandes pasándolo bien al hacer juntos un montón de actividades. Nosotros, que habíamos recibido la antorcha de la generación anterior, éramos conscientes de la huella que estábamos dejando a la siguiente y nos esforzábamos en que los más pequeños notasen que eran unas fiestas diferentes: donde la paz, la convivencia y la solidaridad eran posibles. Por eso las recordamos con tanto cariño.

Tal vez los niños solo valorasen las fiestas por los regalos, las largas comidas en familia en la casa de los abuelos del pueblo y los días tan locos viviendo al margen de los horarios habituales y permaneciendo despiertos hasta altas horas de la noche. Pero estoy segura de que ellos tienen un sexto sentido con el que perciben la energía que hay en el aire y las relaciones de convivencia entre todos. Cuando estas son sinceras y auténticas es el mejor ambiente en el que pueden vivir. Si no lo son, la falsedad quedará patente por más que nos esforcemos en entregarles el paquete navideño envuelto en el más brillante celofán. 

© María Pilar

16 diciembre 2011

El Pensador de Rodin

«Así es y así tenía que ser», se dice para sus adentros El Pensador de Rodin mirando hacia abajo a la gente que lo observa sin atreverse a molestarlo. Se encuentra en el centro de la ciudad. En medio de la plaza de la Virgen Blanca de Vitoria, interpela a la gente que pasa conversando animadamente y que, de pronto, al verlo se impone un brusco silencio.  

Al atardecer su figura queda perfectamente recortada con el sol de poniente. Parece quieto, pero el brazo derecho que sostiene la cabeza descansa sobre la pierna izquierda, lo que produce una importante rotación del cuerpo como dispuesto a marcharse a otro lugar en cuanto haya puesto punto final a sus reflexiones.  

No es normal en nuestra sociedad encontrarte por la calle con un hombre que sea capaz de abstraerse del mundo exterior y se detenga a reflexionar sobre la encrucijada en la que se encuentra en la vida para buscar una salida que le permita avanzar. 

«¡Claro que no es normal, si a los que lo hacemos nos mantienen encerrados!», piensa por los muchos años que ha pasado entre las paredes de un museo. 

«Hoy no interesa progresar, sino tener éxito. No espero encontrar al hombre perfecto. Me contentaría con hallar a un hombre de principios. Pero es difícil tener principios en estos tiempos en que la nada pretende ser algo y lo vacío pretende estar lleno». (Confucio).

09 diciembre 2011

El obrero poeta

No cabe duda que es una persona con gran atractivo y simpatía. Allá donde va no pasa desapercibido por su carácter abierto y su fácil comunicación. Mientras sus compañeros de trabajo, obreros de la siderurgia, dedican su tiempo de ocio a la familia, a los amigos o al deporte; él va más allá dedicándose a la lectura y sobre todo al desarrollo de su afición: la creación poética. Esa melodía que sale de su interior encadenando rimas y expresando ideas sin someterse a normas literarias nos emociona. Es lo que hace que sea conocido como "el poeta" y uno de los hombres hechos a sí mismos, En sus poemas transita por un mundo personal y cercano marcado por el zarpazo de las frustraciones, las alegrías y la mordedura de la enfermedad. Parece tener la intención de ser leído como algo inmediato, pero cobrará una nueva dimensión con el paso del tiempo cuando sea un legado en el que puedan bucear sus descendientes. Ahora la realidad que cuenta está muy unida a la vida del presente, por eso nos seduce mucho más ser testigos de cómo bucea en el idioma hasta encontrar la palabra adecuada, cómo presta su voz a sus poemas dándoles el énfasis requerido y poniendo el alma para canalizar situaciones muy críticas de la vida a través de la poesía.
© María Pilar

07 diciembre 2011

Emigración rural de los 50

Cuando la cosecha acaba hay que pagar a los obreros, vender el grano, apartar para vivir o malvivir el resto del año y otra parte para comprar simiente, minerales y herbicidas con los que comenzar el ciclo y mirar al cielo para que tenga a bien enviar el agua tan necesaria. Se arreglan trillos, se limpian y almacenan aperos, se enderezan hoces y cuchillas.
Cuando la cosecha acaba se va el sudor pero se instala un dolor en el alma que corta el aliento. Él sabe muy bien que las cuentas no cuadran y que ni la semilla fiada se va a poder pagar. Empeñar ¿qué? Si viste botas agujereadas, pantalones raídos de pana, camisa sin relevo y boina castellana, negra, bastante manoseada; todo ello uniformado con el color de su piel, color de la tierra agrietada y seca.
Vendió el par de mulas, malvendió los aperos, se desprendió de su fiel amigo el perro y se lanzó a esos caminos de dios en busca de una vida mejor; atrás dejaba mujer embarazada y dos pequeños con la promesa de llevarlos con él algún día.
Tumbos dio el abuelo trabajando en todo lo que encontraba. Hoy todos sus hijos son universitarios y sus nietos criados en la abundancia se ríen de las batallitas del abuelo. No ven el nubarrón negro que se cierne sobre ellos y que marcará sus destinos.
© María Pilar

03 diciembre 2011

La crisis económica

Aquel otoño saltaron todas las alarmas financieras de EEUU. Los bancos estadounidenses empezaron a exigir el pago de los préstamos que tan alegremente, a cambio de buenas comisiones, habían concedido a otros países y a personas individuales que no podían devolverlos. El problema se extendió desde Estados Unidos a Europa. Al mismo tiempo, aquellas personas que tenían depositado el dinero en los bancos perdieron la confianza y quisieron retirarlo. Al no tener dinero para devolver los depósitos, muchos bancos empezaron a quebrar. La escasez de dinero implicaba que había menos para invertir en las empresas y menos para comprar productos. Los valores de la bolsa cayeron bajo mínimos, cundió el pánico y nació la crisis y como las desgracias nunca vienen solas, en el mismo paquete se presentó una prima, de Riesgo dicen que era su nombre, y arrasó con lo que quedaba. La situación provocó grandes tasas de desempleo y desocupación y gran parte de la población empezó a vivir por debajo del umbral de pobreza.Tras hundirse sus entidades bancarias ningún banquero fue encausado por su mala gestión, más bien abandonaron el barco con los bolsillos llenos por los servicios prestados. ¡Uf! ¡qué vértigo! Menos mal que todo esto ocurrió en el año 1929.
© María Pilar

01 diciembre 2011

José Luis Sampedro Premio Nacional de Literatura

Hace unos días he tenido la suerte de ver a Héctor Alterio y Julieta Serrano representando en El Principal de Vitoria 'La sonrisa etrusca'. Una obra inspirada en la novela homónima de José Luis Sampedro.
Todo el potencial dramático que late en la novela lo transmite Héctor Alterio desde el escenario al transformarse en el viejo campesino calabrés que por motivos de salud tiene que viajar a Milán a casa de sus hijos. Allí va a descubrir y nosotros con él, el choque de dos mundos culturales diferentes, la sensibilidad y ternura tras la coraza de partisano que lo envuelve y también el amor que surgi en la llamada "tercera edad". Quedé prendada de este actorazo ¡Sublime!. Él mismo ha calificado esta adaptación teatral de "difícil y compleja" por los "continuos cambios en el tiempo, del pasado al presente y viceversa".
Hoy desayuno con la noticia de que el escritor barcelonés José Luis Sampedro ha gando el Premio Nacional de las Letras Españolas 2011. Escritor, economista y que a sus 94 años sigue muy comprometido socialmente como todos pudimos verlo apoyando el movimiento del 15-M.
Me encanta poder escribir esta entrada uniendo a dos personas que tienen mi admiración: Héctor Alterio y el profesor José Luis Sampedro.
¡Enhorabuena profesor!
© María Pilar

29 noviembre 2011

El peregrino: Sueños de niñez

El peregrino de lo blogosfera hoy ha parado en este blog y al marcharse me ha dejado el regalo de este precioso vídeo y el texto que lo complementa para reflexionar.  ¡Que sí! ¡Que sí! que es verdad. Al principio yo tampoco  me lo creía, de ahí mi grata sorpresa al entrar hoy en mi casa y encontrarme con él. ¡Qué genial idea! Gracias, por este regalo que yo ya sé que  es  un granito de arena en tu incansable peregrinar por la blogosfera. Pero este granito de arena es un eslabón más de la inmensa cadena a la que se va uniendo tanta y tanta gente gracias a tu actividad. 
El Peregrino de la Blogosfera llega a un lugar muy especial ya que la curiosidad por este largo viaje ha conseguido abrir sus puertas.
Hoy voy a contarles los sueños de niñez, aquellos días en los que los libros nos transportaban a islas misteriosas con tesoros escondidos, días en que la Luna hacía que el espacio fuera más accesible y soñáramos con llegar a las estrellas.
La fantasía estaba siempre en nuestra cabeza y lo mismo eramos exploradores de un mundo aún desconocido como nos adentrábamos en un viaje por el océano construyendo la ciudad de nuestros sueños después de saber que hay vida en el interior de la tierra.
Estos sueños de niñez eran producto de nuestras fantasías que nos llegaban con las lecturas y la poca televisión que podíamos ver.
Hoy mis hijos también tienen sueños de niñez, sus sueños son tan maravillosos como los que yo tenía, pero creo que son con gran diferencia más espectaculares, por lo que muchas veces gracias a sus sueños consigo entenderles mejor y con ellos me adentro en sus aventuras.
De siempre en nuestra historia el mundo ha ido muy rápido, recordando historias de los abuelos que por primera vez conocían la radio, de nuestros padres que descubrían la televisión y de nosotros mismos que veíamos nacer internet, esto va muy rápido, ¿Sabrían ustedes adivinar cual de los sueños de niñez de nuestros hijos se van a cumplir?
©Jose Senovilla (Peregrino de la blogosfera)

17 noviembre 2011

El otoño metáfora de la vida

Llega el otoño se quiebra la neblina y el sol inicia su poniente. Los rayos de sol reflejan su iris en las gotas de agua de las hojas y los charcos del suelo espejean todo su esplendor. La gama de verdes, dominante en otra época, se torna en una explosión de color y fuerza que da lugar a un abanico multicolor, es el álbum de la vida. Los castaños de indias motean sus hojas de almagre y los tilos del parque del Prado coronan ya de amarillo dorado, alternando con las pinceladas rojizas de los arces y el verde tardío de los fresnos. El suelo húmedo, salpicado con el ocre recién estrenado, va mostrando las huellas que se dejan al andar. La naturaleza se presenta con sus mejores galas otoñales con tantas historias que contar, que apetece sentarse en alguno de los troncos musgosos caídos y dejar que pasen las horas agudizando los sentidos a impresiones y sentimientos totalmente desconocidos en nuestra vida de urbanitas estresados.
© María Pilar

08 noviembre 2011

En el quirófano

Frío, frío es lo que notaba y dos enormes ojos bisojos, de neón, que se me acercaban y se alejaban desacompasados. Mi estado de ansiedad contrastaba con los comentarios jocosos y el ambiente de risas que pululaba entre el equipo de enfermeras en torno al cirujano cuya bata verde dejaba entrever su corpulencia. Este, sin piedad, ya me estaba clavando una enorme aguja directamente en el nervio de la mano derecha. “Tenía que inmovilizarla” decía, para poder operar. “Salvaje” “Salvaje”, pensé. La mayor de las enfermeras con una sonrisa burlona que se ensanchaba me preguntó:
—¿A que tú estás con nosotras?
—No, no; yo estoy con el doctor, en estos momentos no puedo decir otra cosa —le respondí modosita, más que nada por no contrariar al cirujano cuyos brutales instintos intuía.
La voz socarrona del doctor sonó como un eco deformado de mis palabras: “En estos momentos no puedo decir otra cosa”
Una vaga sombra empezó a aparecer por encima de la manta que me cubría. Fue creciendo y proyectándose por todo mi cuerpo hasta llegar a taparme completamente. Era la del doctor que quitándose la mascarilla, se inclinó ante mí con una mueca salvaje mostrando el trofeo:¡Un dedo sanguinolento que aún lucía mi anillo!
© María Pilar

05 noviembre 2011

Conflicto en la Educación Pública en la Comunidad de Madrid

Estos días han circulado por internet multitud de cartas abiertas de profesores tratando de explicar que no son dos horas, que no son ellos los más perjudicados. (https://goo.gl/Vdrvm2)
Que somos nosotros.
Me indigna ver cómo todo su esfuerzo no sirve para nada en cuanto algún político deja caer frente a los medios que son unos vagos y que sus protestas se deben a esas dos horas que no dejan de mencionar. Nos manipulan como quieren, sus medias verdades aparecen en las primeras planas de sus periódicos mientras los hechos, las cifras objetivas, quedan sepultadas bajo sus artimañas electorales.
Así que me gustaría compartir mi versión como alumna de secundaria de la escuela pública. No creo en partidos políticos ni me importa a quién le bajen el sueldo o le suban dos horas, me importa mi futuro y el de mi generación.
Hace una semana que comencé 1º de Bachillerato en un instituto de Getafe. No es una mala zona, no hay mucha pobreza y sé que debo considerarme afortunada. No puedo imaginar cómo está la situación en otros institutos de zonas más pobres aquí mismo, en Getafe. No sé si creerme las cosas que me cuentan sobre más de 40 alumnos hacinados en aulas sin material, con profesores más preocupados por salir vivos del aula que por conseguir un buen nivel.
En el mío somos 30, 37 y 33 alumnos de 1º de Bachillerato en las 3 clases. Pensábamos que habría 4 clases, porque hay cuatro opciones de Bachillerato, pero las letras puras (Griego y Latín) han sido desterradas. La profesora de Latín nos decía que estaban protegidas por ley, así que no entiendo cómo ella, junto con mis compañeros que querían estudiarlas, se han tenido que marchar del instituto. Esta semana no hemos dado prácticamente clases útiles, mi instituto está sumido en el caos. Hemos cambiado de tutor un par de veces por los desajustes en los horarios. Al no haber clase de tutoría no hemos podido elegir delegado, el que se encarga de cerrar el aula con llave durante los recreos, por lo que debemos llevar siempre encima la mochila para evitar los robos. No hay profesores de guardia para vigilar a los alumnos que están solos cuando algún profesor falta, ni siquiera a los más pequeños, recién llegados a secundaria. Los horarios son provisionales, cualquier nuevo cambio ordenado desde la Administración trastoca las clases de todos y exige rehacer toda la organización.
Tengo tres profesores, de lengua, mates e inglés, que en realidad son "medios" profesores. Trabajarán media jornada en mi instituto y la otra media en otro, aunque el descontrol es tal que todavía no han mandado ninguno desde la Administración.
Mientras tanto estamos parados durante estas tres horas, o a veces nos juntan en el aula grande a los tres bachilleratos (los 100 alumnos) con un solo profesor para que no perdamos el tiempo. Ni siquiera sabemos en qué grupo de matemáticas estaremos porque los profesores no pueden ponerse de acuerdo en qué sistema usar para dividir los grupos hasta que llegue el que falta. ¿Que tenemos peor nivel que la privada? ¿Acaso creen que en la privada se pierden tantas horas de clase por temas así, que tienen el mismo material, la misma treintena de alumnos por clase?
Los 'desdobles' de las únicas dos optativas que el instituto ha podido ofertar tienen, de nuevo, 30 alumnos por desdoble, incluida Ampliación de inglés oral. ¿Qué tal creen ustedes que funciona una clase de inglés oral con 30 alumnos? Tenemos oportunidad de hablar 1 minuto y medio cada alumno.
Me indignan las mentiras descaradas de Aguirre. Sí que ha habido recortes, lo notamos todos los alumnos, la precariedad y el descontrol generado por la falta de profesores. Todos están dando más de lo que pueden y aun así no es suficiente, no dan abasto con tanto por hacer en pleno inicio de curso escolar y tan pocos recursos.
Mis profesores no trabajan 20 horas. Nos dan 20 horas de clase y luego nos vigilan en el recreo, dan clases de apoyo, se encargan de cubrir las faltas de otros profesores, preparan las clases siguientes. Responden las dudas después de la hora de salida, se quedan ayudando a los alumnos que van peor en sus horas libres. Nos llevan a excursiones, a campeonatos de matemáticas, a concursos de poesía. Llegan los lunes a primera hora con ojeras de haberse quedado de madrugada corrigiendo. Les he visto en la manifestación hoy mismo, junto a sus alumnos, luchando por nuestro futuro. A pesar de todo el caos, las horas perdidas, la falta de material, ellos siguen siempre al pie del cañón, con su pizarra vieja y sus tizas (no todos tenemos la suerte de tener las pizarras digitales de la privada).
Estoy orgullosa de mi instituto y de mis profesores, que me han enseñado a no rendirme y a luchar por mi futuro. Gracias a la escuela pública este año pude optar al Bachillerato de Excelencia en el San Mateo (quedé entre los 50 mejores del examen para el premio extraordinario de la ESO, aunque por supuesto no gané: nadie de la zona sur ganó), pero he decidido seguir en mi instituto público sin presupuesto, que es el que ha hecho que quedase entre esos 50 mejores.
Así que no me voy a callar mientras nos arrebatan la educación pública y nos condenan a una sociedad de clases sin posibilidad de ascender. Si los ricos son los únicos con acceso a educación, los pobres siempre seguirán siendo pobres, eso aprendemos en clase de historia. Tal vez unos cuantos políticos deberían dejarse de propaganda y trapicheos y volver a la escuela a estudiar el Antiguo Régimen, las revoluciones y el movimiento obrero, antes de repetir los mismos errores del pasado.
M. L. G. Una alumna del IES José Hierro

02 noviembre 2011

Condición de mujer

Caras Ionut
Quiero compartir la alegría de la sorpresa
Queda y callada me acerco con ilusión

La voz del dolor ahoga mis emociones
Las sombras se encogen con desidia
Momento culpable de una tristeza infinita
El volcán escupe sus oleadas de fuego
Las heridas tardarán en cicatrizar

Quiero pintar una sonrisa en mi alma
Quiero regalarme una brizna de felicidad

Necesito tiempo para ensamblar el barco
Un encuentro con mi soledad
Olvidar los fantasmas que me acosan
Salir airosa de este vendaval

Quiero pintar una sonrisa en mi cara
Quiero mostrar alegría ante la dificultad.
© María Pilar

23 octubre 2011

¡Por fin! Se acabó la violencia de ETA en Euskadi




"Mil sueños se han roto mil vidas al sol
Hoy sufro tu llanto te doy mi canción
No me caben penas para tanto horror
Es tanta la rabia es tanto el dolor”
Gontzal Mendivil

Desde que se anunció su estado crítico la gente pasaba las horas en su quehacer diario esperando el comunicado anunciado. En las miradas y en los gestos se insinuaba un atisbo de esperanza. 

Estaba en fase terminal y todos esperaban el desenlace. Hora tras hora como cuentagotas se fue colando en su mente lo que era una agonía sin vuelta atrás. Avanzaba la tarde del jueves 20 de octubre cuando el corazón del terrorismo del País Vasco dejó de latir. 
¡Por fin! 
El alegre desenlace se había producido. Terminaba un proceso de violencia, un muy largo y doloroso proceso.
Hoy el sol brilla más, la gente parece más contenta y en cafés y terrazas se habla de manera animada.
© María Pilar

21 octubre 2011

Nostalgia de la luz y las estrellas

Conozco un lugar de la tierra de bellos atardeceres rojizos y violetas que perfilan la silueta de todo un pueblo que descansa acunado por sus cerros. Siendo el mismo paisaje luminoso que te acompaña durante el día, a esta hora cobra nueva vida: las personas salen a la fresca enredándose en tertulias interminables, los grillos cantan por doquier, el tintineo de las lejanas esquilas avisan del retorno de los rebaños de ovejas y el cielo se engalana de fiesta lanzando sus fuegos artificiales. 
Se abre la puerta a un escenario estrellado que te sobrecoge con su presencia grandiosa e infinita para anunciar el advenimiento de un nuevo día. Este se cuela por las rendijas de las persianas inundándolo todo con un derroche de luz que te hace saltar de la cama y abrir la ventana para que te acoja con todo su esplendor acompañado de una sinfonía de trinos.
Hay lugares que no son simples puntos geográficos en un mapa, encierran sentimientos, emociones y vida, pura vida. Tienen el alma de quienes han aprendido y vivido mucho entre ellos. 

Y este es un lugar de esos.
© María Pilar

11 octubre 2011

El médico rural

El pueblo dormía la siesta ese día de verano.
La madre con el delantal de la cocina puesto y las zapatillas de estar en casa cogió rápidamente a la niña en sus brazos y corrió hacia la casa del médico. De vez en cuando tenía que espantar algún moscardón que se acercaba al olor de la sangre a la vez que sujetaba a la niña.

Al llegar sudada y con la respiración agitada, lo que parecía apurarle era presentar al doctor así a su hija, envuelta en un revoltijo de trapos ensangrentados, sudor y lágrimas.

La niña, pálida por la sangre que había perdido, miró al médico con ojos desorbitados manifestandole el rechazo que le producía y se agarró fuertemente al cuello de su madre para impedir que la dejara en aquel cuarto que le dejó grabado en un lugar recóndito de su cerebelo un olor tan penetrante que no ha vuelto a percibir jamás.

El padre había dejado la segadora agrícola a la entrada de casa, mientras comía. La niña retó a su amiga Chelo a subirse a lo alto de la máquina. La amiga se acobardó y entonces ella empezó a subir con la seguridad de la que se cree ganadora. Como la máquina no tenía las mulas enganchadas, se desequilibró y volcó. Los hierros oxidados se le clavaron en una pierna y toda ella quedó izada como una bandera al aire, cabeza abajo. Tres manantiales de sangre en su muslo izquierdo no dejaban de brotar y la iban empapando el cuerpo.

El médico, con una bata blanca, no hizo ningún gesto para manifestar su primera impresión, simplemente musitó para sus adentros: «Habría que coser, habría que coser». Por alguna razón no lo hizo, pero sí un torniquete para detener la grave hemorragia.

Lo que más le impresionó fue verlo preparar la inyección en la mesita de al lado mientras su madre le bajaba la braga y la dejaba con el culo al aire tumbada en la camilla donde le habían hecho las curas. Vio cómo el médico iba llenando la jeringuilla de cristal pinchando con la enorme aguja en el tapón de goma de aquel frasco hasta dejarlo vacío y luego escuchó el sonido de los dedos en el cristal: clic, clic. Cuando se acercó a ella con la jeringuilla cargada en una mano y en la otra el algodón impregnado de alcohol, le pareció un monstruo y sintió tener la pierna inmovilizada por no poder echar a correr de tal forma que nadie la alcanzara. A continuación, le dio unos cachetes en la nalga antes de clavar la aguja y ella puso el culo tenso, pero la aguja entró hasta el fondo y el líquido no se acababa nunca, lo que le dejó la pierna sana dolorida.

Era el médico del pueblo y practicaba todas las especialidades según la necesidad del enfermo. Había traído al mundo a todos los niños del pueblo, cosía heridas, ponía inyecciones, exploraba y recetaba sin horarios ni cita previa. Se le llamaba y acudía a las casas a cualquier hora o el paciente se acercaba a su casa cuando la situación lo requería y siempre lo atendía.

Se anteponía un "don" al nombre cuando se hablaba de él como señal de respeto y reconocimiento de un ser especial que podía con todo y a todas las enfermedades sabía hacer frente. Nadie se podía imaginar que también se cansaba, que tenía preocupaciones como cualquier otro ser humano o incluso que la enfermedad estaba haciendo mella en su interior.

De ahí las lágrimas por el sentimiento de ausencia y vacío que todos los del pueblo sintieron cuando se fue.

© María Pilar

04 octubre 2011

Contra el maltrato infantil

Amedrentados por las sombras que sus propias figuras proyectaban en las tinieblas a la luz de la vela, los dos hermanos se arropaban para hacerse compañía. El vino producía un sonido metálico al caer en el garrafón de cristal. De pronto, una oscuridad taponó la boca de la cueva. La vela se estremeció, un viento frío agitó los toneles, las gotas de humedad lloraron suspendidas en la bóveda, el crujir de las maderas se silenció, tan solo un caballo desbocado por corazón y unos pasos que se acercaban. El niño se escabulló al instante. La niña no corrió la misma suerte.
© María Pilar

28 septiembre 2011

El primer día de clase

El primer día de clase, recibo a los alumnos con un breve saludo y comienzo a explicarles el contenido del curso y las normas para participar en el mismo. 
Un muchacho interviene para decir: “pero tú, ¿cómo te llamas?” Está mirando la hoja informativa que se les ha dado donde su tutora aparece con nombre compuesto, uno de los cuales coincide con el que yo me acabo de presentar. Agudo y listo, sí; a modo de presentación deja bien claro que él no se corta un pelo. 
Más tarde toma de nuevo la palabra: “¡porque un día lleguemos fuera de la hora no pasa nada!” Oigo algunas risitas que le hacen coro. 
Frente al resto de la clase que permanece expectante, me mira con todo descaro. Sé que intenta mantener un pulso conmigo para dejar bien claro quién va a ser el líder del grupo. Me interesa que vaya enseñando sus cartas. Muchos de los que actúan así ocultan circunstancias personales, familiares o de otro tipo que les impiden progresar. Tendré que ir descubriéndolo. 
Mi respuesta de momento es dirigirme a toda la clase y con optimismo, sí; pero también de manera contundente les presento la propuesta para este curso que, una vez revisada, incluirán sus aportaciones tras un debate previo. Que la identifiquen como suya es muy importante.
Son todos repetidores, algunos han estado fuera del sistema escolar durante varios años, lo van a intentar de nuevo voluntariamente, unos; obligados, otros. 

Antes de entrar en la clase me he encontrado con un compañero, “¿qué tal con tu grupo?” le he preguntado. “A sobrevivir”,  me ha respondido con la expresión del que ha tirado la toalla desde el primer momento.
El trabajo realmente importante de un profesor es conseguir cambiar una clase desmotivada y sin ganas en un grupo incentivado por los logros que vaya adquiriendo. Esto no se puede hacer en bloque, hay que individualizar a sus participantes y trabajar a ese nivel casi sin que se den cuenta. 

Un alumno motivado aprende más y uno que aprende más está más motivado. Cuando se consigue, que no es siempre; todo es mucho más fácil y satisfactorio. 
Yo espero lograrlo.
© María Pilar

23 septiembre 2011

El dolor de la ausencia

¡Cuántas veces me he quedado mirando tu foto intentando descubrir algo más! Y nada. ¿Estaba ya enferma y no nos lo decía para no preocuparnos? ¿Se sentía triste o cansada?
Eran las fiestas del pueblo y volvíamos a casa después de la misa mayor. Nos habíamos detenido en la plaza para ver los danzantes y respirar el ambiente tan animado de la fiesta. Lo recuerdo como un momento relajante, sin prisas ni agobios. Si sus preocupaciones eran otras, ella estaba ahí feliz y contenta, también parecía tranquila, intuyo que había dejado la comida preparada para todos. Mira a la cámara con una expresión muy natural en ella, es la que más alegría manifiesta y hasta aprecio un guiño de complicidad con el fotógrafo. Es justo esa forma de saber estar la que más confianza transmitía a los demás y que fue la base del cariño que le tenía la gente.
Un año después, el diagnóstico de su enfermedad desestabilizó todos nuestros anclajes. ¡Qué mazazo tanto por cruel como por inesperado! La enfermedad se cobró la factura por partida doble, se la llevó a ella y acabó con la placidez vital de nuestra existencia.
Cuando le llevé a Maite recién nacida ya estaba muy enferma, la acarició con una mirada tan triste y haciendo tantos esfuerzos para no parecer ausente, que tuve que desviar mi mirada empezaba a humedecerse. Me encontré con la máquina de coser apartada por inactividad y vi que los útiles de costura languidecían en un rincón.
¡Sentí la impotencia de un doloroso final anunciado!
© María Pilar

18 septiembre 2011

¿Aquellos maravillosos años?

¿Alguna vez pensaste que esto fuera tan brutal? dijo Mikel ya en la calle con la mano en las lumbares doloridas por los golpes de la porra policial.
Esto, ¡pero qué es esto! ̶ le contesté enojada enfundada en mi pantalón de pata ancha y mi chaquetón de cuadros.
Ese día de invierno nos vimos a la deriva de un destino incierto. 

En los alrededores de la universidad los "grises" se habían ensañado y habían cargado con contundencia. Las fuerzas de orden público parapetados tras los escudos se entregaban a fondo para disolver nuestra manifestación en apoyo de la lucha obrera. El humo de los botes nos envolvía impidiéndonos respirar; el ruido de los disparos de los antidisturbios nos estallaba los tímpanos y nos alteraba el ritmo cardiaco; las pelotas de goma, que caían por doquier, abatían a los que alcanzaban... Las toses y la irritación en los ojos hacían que buscásemos una salida y chocábamos con furgones policiales que cortaban las calles de escape y por el otro lado, armas, porras y cascos venían en nuestra dirección. Las barricadas ardían, los adoquines de las calles volaban por los aires y las sirenas de refuerzo se oían por toda la ciudad. Gritos, insultos, más disparos y por fin…, el silencio. Habían ganado. Nos expulsaron de la universidad y la precintaron hasta nueva orden.
Mi gesto de enfado cambió cuando vi el esfuerzo que hacía Mikel para seguirme.
̶ Podemos sentarnos en un banco del parque. ̶ Y le cogí la mano.
Se separó.
Siempre me decía que le encantaban esos gestos míos tan espontáneos, esa facilidad para hacer natural lo que en aquella época no lo era y quería evitarlo en público. ¿No éramos simples amigos? Pues así nos teníamos que manifestar.
Seguimos andando uno al lado del otro.
Días más tarde ocurrieron “los sucesos de Vitoria del 3 de marzo de 1976”. ¿Cómo fue posible la matanza de cinco trabajadores y más de 150 heridos de bala por disparos de la policía? —Un punto negro de la transición española que nadie ha pagado por ello—.
La ciudad entera se paralizó, nos faltaba el aire para respirar y como a cámara lenta fuimos saliendo de entre los escombros de una hecatombe que nos había tragado. Tras la asistencia a los funerales de los obreros caídos, el pesimismo se adueñó de nosotros, pero el coraje y las ansias de libertad se agudizaron con el dolor.
Mikel, que tenía unos ahorros de trabajar los fines de semana, me propuso salir unos días del país.
̶ París ̶ dijo él.
̶ Capri ̶ propuse yo.
Capri en mi memoria ocupaba el espacio de una canción, ya pasada de moda, que cantaba Hervé Vilard en los 60: “Capri c’est fini”
¡Cómo me gustaba la Chanson!, la primavera de Praga, la minifalda, el mayo del 68… Todo traía aires de libertad y nosotros los respirábamos ansiosos años más tarde. Tarareábamos las canciones de Nuestro Pequeño Mundo y Agua Viva, Víctor Jara y Joan Baez. Nos emocionábamos con los poemas de Miguel Hernández y Lorca, seguíamos a Neil Diamond y a Bob Dylan y disfrutábamos con Simon and Garfunkel.
Cuando pisé Capri, esa isla serena me contagió su luz y las palabras de la canción renacieron en aquel lugar paradisíaco. Con sandalias planas, vestido corto de tirantes y melena al viento, entre luces y sombras que juegan con jardines de ensueño y un perfume a limón embriagador, encontré el amor.
Tomábamos limoncello en un mirador de un jardín encantador en los acantilados y recuerdo que miraba ese mar de aguas cristalinas color turquesa cuando susurré:
̶ Creo que estoy poniendo en peligro nuestra amistad, me estoy enamorando.
Nuestras miradas vibraron al encontrarse.
© María Pilar

08 septiembre 2011

La tragedia de la niña de siete años

Hay entre el pueblo de Villamediana y el río Pisuerga un extenso valle que se ha ido formando por sedimentación tanto del arrastre y depósito de las aguas de escorrentía como de los arroyos que lo cruzan.
Théodore Géricault
La abuela, mujer de carácter, era la mejor amazona de la zona y montada en su caballo, aparecía en cualquiera de sus fincas cuando menos se lo esperaban para vigilar el trabajo de los obreros. Lo que en un hombre se hubiera visto como normal, en ella chocaba, era mujer y ¡vaya mujer! No se sometió al papel de esposa sumisa que marcaban los cánones de la época. Antes del nublado —los de la zona todavía hablan de antes del nublado como referencia temporal— estaba pletórica de salud y vida, y después salió de él envejecida y enferma.
El ama de llaves, enjuta y cargada de espaldas, musitaba un soniquete de oración para ahuyentar los malos espíritus. Envuelta en un halo de tristeza que embargaba su espíritu le susurró que seguía oyendo noche tras noche cantar al búho encima de la casa. La abuela la recriminaba: ¿Te parece poca desgracia la que ya estamos padeciendo? Cada vez que volvían los de la búsqueda los inquiría con un gesto acompañado de una enérgica mirada. Al ver la negación en sus rostros, se enojaba y maldecía: ¡mi nieta a merced de las alimañas! Sentada en su silla, con las uñas ennegrecidas por el trabajo de los últimos días, miraba las paredes húmedas de su casa. Con amargura se resignaba a todo menos a no encontrar a su nieta. Determinó salir ella con la cuadrilla. Ese día se vistió el carácter del que siempre había hecho gala y les habló muy claro: no tenemos más suelo que el que pisamos y si está lleno de lodo pues lo tendremos que secar.
Avanzaron bajo las sombras de los olmos que había a los lados del camino hasta llegar al otro lado del río. Allí se vivía la normalidad que ellos habían perdido, el sol brillaba con alegría sobre cerros pardos y campos dorados, los pardales trinaban entre las ramas de los árboles y el viento traía el olor de la cosecha que se estaba recogiendo en las parvas de las eras.
Cruzaron el puente romano y siguieron el camino angosto por donde se metieron en la densa orilla del río. La frondosidad de la maleza, matorrales y espinos hacía que fuera complicado moverse. Los tábanos los asaeteaban y los moscardones zumbaban por doquier. El encargado de los jornaleros que encabezaba el grupo parecía estar seguro de encontrar allí lo que buscaban.
—Mirad, mirad— dijo.
— ¿Qué pasa?— le preguntó Felipe.
—Allí, allí. ¡Hay algo!
Las chicharras no paraban de cantar y el río seguía con su grave rumor. Los del grupo se santiguaron y se quitaron el sombrero de paja. Donde el río hacía un gran meandro, allí, tras arrastrarla 11 kilómetros, se había cansado de ella y la había vomitado. Una sombra más negra que la noche los envolvió a todos. Un sapo saltó en el barrizal y sintieron el rozar de la culebra al deslizarse. Sí, era ella, ella que ya no miraba. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de la abuela que rápidamente la envolvió en su mantón negro, la cogió en brazos y sin más, tomó la vereda que le conducía a su casa y, aunque no pudo con las alimañas que tanto temía, sí se la arrebató a las garras de las aves rapaces que sobrevolaban la zona. El río zaíno cantaba la misma canción de siempre una vez calzado en su propio cauce. La abuela no quiso escucharlo, ni giró la cabeza para contemplar la placidez y relajación veraniega en la que vivían los pueblos del otro lado. Echó a andar con la cabeza alta y los ojos arrasados en lágrimas, sintió frío y percibió con inquietud su propio fin. 

Los demás, en silencio, la siguieron.
© María Pilar

05 septiembre 2011

Por la escuela pública - ¡No a los recortes!

Es una maestra de escuela, lista, resuelta y debidamente preparada. Ha vivido cogiendo el tren en su vagón de cola y sigue siendo la misma profesional de siempre. 
Apenas se levanta pinta una sonrisa en su cara y no la provoques que te responde con todo descaro. 
Sonríe al saludar a sus chavales cada día aun sabiendo que su trabajo pende de un hilo; una decisión política en nombre de la austeridad puede declararlo prescindible. 
Es una aguja en un pajar, un granito de arena ante las grandes cifras macroeconómicas. Lleva años de experiencia, de saber hacer, corrigiendo fallos de aprendizaje, celebrando éxitos. 
Lo que más admiro son sus ganas de seguir adelante, aunque por momentos pase por su mente el grito: "¡que se pare el mundo que quiero apearme!" 
Uno de esos momentos ha sido precisamente cuando se ha informado de que los recortes de la escuela pública pueden afectar a Proyectos de Educación Inclusiva como el suyo y que un montón de chavales va a perder el tren en marcha del Sistema Educativo. Hasta ahora ella y personas como ella son el único puente para que eso no ocurra.
¿Por qué los que han tomado decisiones que han servido para agrandar la deuda siguen en sus puestos sin merma de sus salarios? ¿Por qué hacen pagar a los que de verdad están trabajando y construyendo unas bases sólidas en este país?
© María Pilar

01 septiembre 2011

¡Cómo estaba la playa!

Todos a la búsqueda y captura del bronceado. Que para ello hay que pasarse buenos sofocones y grandes incomodidades, no importa. Arena por aquí, arena por allá. La pelota del niño que nos cae encima, la arena del que sacude la toalla, las gotas de agua que nos van dejando los bañistas, obstáculos en movimiento por doquier; todo se aguanta antes de volver al lugar de origen con el color pálido anterior a las vacaciones.
Uno puede estar pasando una crisis económica como la de este país ahora mismo, pero no tanto como para parecer pobre y provinciano. El color iguala y en este caso se busca el de los que viven bien y pueden permitirse muchas horas en contacto con la naturaleza. En una palabra, los de poder adquisitivo alto que siguen siendo los que marcan la pauta; aunque, también es verdad, que no siempre optaron por el mismo color.
Conocí a una señora, señorita decía ella porque no había conocído varón, que con muchos años sobre sus espaldas bajaba a la era y sentada en el trillo daba vueltas y vueltas hasta desgranar el cereal. A más de 30º aguantaba con botines y falda larga, guantes de cabritilla y pañuelo a la cabeza con sombrero de paja encima. Los tiempos ya habían cambiado, pero no para ella que a falta de búcaros de Estremoz para rumiar como en la Meninas de Veláquez, seguía resguardándose de los rayos solares para parecer lo que no era.
Aquí hay preciosas playas, como esta de Noja, paisajes verdes y agradables temperaturas. Es el reclamo que año tras año atrae a los veraneantes. Los hoteles, apartamentos y campings ya se han ido ocupando. Los chiringuitos están abiertos, las tumbonas preparadas y rebosan en las tiendas los productos playeros captando la atención de los turistas. Todos, con un ojo en la playa y otro en el cielo, están pendientes del tiempo cuyos representantes se han quedado anclados en un punto fijo como los discos rayados: “sol en toda España excepto la cornisa Cantábrica que…”
Empieza el sirimiri, viene acompañado de una fuerte brisa que hace que la sensación térmica sea unos grados por debajo de la temperatura ambiente. Pronto las toallas de playa se reconvierten en grandes mantas para protegernos del frío, lo mismo ocurre con las sombrillas que resguardan de la lluvia. Sigue el sirimiri azuzado por el viento. —Aquí todos le dicen sirimiri, no calabobos como en otros lugares— “Si a lo que venimos es a no pasar calor y poder dormir bien”, exponen algunos abiertamente para que los que están en retirada les oigan.
¡Quién no se consuela es porque no quiere!
© María Pilar

La noticia que nunca dan los noticieros

Una mañana serena, soleada, con una brisa fresca que terminará por barrer las nubes.
Empezar el día así, se hace más fácil la vuelta al trabajo y como he salido de casa con tiempo puedo ir tranquila observándolo todo.
¿Qué historia habrá en la vida de ese Cocker Spaniel que mea en el castaño de indias del parque? Su dueño se hace el despistado. Estoy segura que no lo pierde de vista. Algunos jubilados de poco dormir salen a andar en grupo, como cada día. Esos ciclistas que pasan por el carril bici con la mochila a la espalda, ¿van también a su lugar de trabajo?
¡Cuánta gente sube y baja en la parada del tranvía!
Una marea de jóvenes está entrando en el instituto; gritos y risas celebran el encuentro.Todas las tiendas ya están abiertas y la vida comercial fluye. La ciudad ha despertado del letargo de las vacaciones.
En contraste, los nubarrones de las noticias económicas y el ataque terrorista que han escupido los medios de comunicación esta mañana, nos envuelven en una atmósfera asfixiante. Estamos muy pendientes de los noticieros y con el sentido fatalista que nos inunda nos preguntamos quién será el siguiente asesinado, extorsionado o secuestrado. Vivimos en el País Vasco en un ambiente social tan enrarecido... 

Hoy quiero echarle coraje y detenerme en las pequeñas cosas que nos trae el día. Me complace comprobar el espíritu tan normal que impregna el ir y el venir de los habitantes de mi ciudad. Creo percibir que en esta hora de la mañana la vida de la gente transcurre en una convivencia armónica, lo que no es poco.
© María Pilar

25 agosto 2011

Sobre fosas y cunetas

«Por razones aún desconocidas, esta zona entre Villamediana y Valdeolmillos fue utilizada varias veces por los verdugos, ya que en los alrededores se ha constatado la presencia de, al menos, cinco fosas con cadáveres de diferentes pueblos del sur de la provincia». (Ángel Redondo, coordinador de la asociación para la Memoria Histórica de Palencia).

Hay noticias que como una ráfaga de viento sacuden el polvo de la memoria y dejan entrever retazos de conversaciones de los mayores que se colaban en la mente de los niños.
Estos días, al escuchar noticias sobre muertos en las cunetas, todos ellos víctimas de la represión franquista, aquellos retazos de conversaciones cobran su auténtico significado en personas ya adultas. 

Bisbiseos en la oscuridad de la noche con las puertas y ventanas cerradas. Era una época lejana donde imperaba el poder del miedo. Cualquier conocido, amigo o vecino podía ser un delator.
Hablaban de un grupo de personas que pertenecían a una saca nocturna de varios pueblos del entorno. Los llevaban a fusilar a una zona que llamaban San Millán.
Los paseantes nocturnos que se decían actuar para limpiar el país de indeseables, bebían y se carcajeaban lanzando exabruptos. Todo con la crueldad de alargar el sufrimiento de los que iban a matar. Las descargas podían oírse en el pueblo cuando el viento soplaba de cara en medio del silencio aterrador de la noche.
Uno de los que cayó herido de bala se hizo el muerto en el momento que pasaron dando el tiro de gracia. En la negrura de la noche, cuando los camiones de los paseadores asesinos habían regresado, se dejó caer rodando por la ladera. Los espinos secos y las duras hierbas aromáticas le rasgaban la piel, pero también le sirvieron de sepultura cuando lo echaron en falta. Desde abajo pudo sentir, por los gritos, las carcajadas y los juramentos, cómo el resto de la partida se pasaba la botella. Por fin escuchó lo que tanto temía: “¡Falta uno! “¡Falta uno!”. Lo enfocaron todo con los faros de los camiones, peinaron la zona dando golpes con las culatas de los fusiles y cuando ya mordía la tierra con la respiración contenida y las lágrimas rodándole silenciosas por las mejillas, alguien gritó: «¡Vámonos! Muerto y bien muerto tiene que estar. Habréis contado mal».
En ese momento habían lanzado al resto en la fosa común.
Envuelto en la tercera noche, alzó el brazo hacia la ventana oscura de la cocina de su casa. Por el roce en el cristal solo su mujer supo que era él.
Esposa de un fusilado por los defensores del régimen franquista, su vida era extremadamente difícil. Tal vez, ver esa noche a su marido herido, lastimado, arrastrado, pero vivo, cuando lo lloraba entre los muertos, le hizo desarrollar un instinto de supervivencia que la acompañó toda la vida.
Lo mantuvo escondido en un hueco abierto en la pared detrás de un armario durante 30 años. De allí salió abotargado, sin poder andar y pálido como un cadáver, para terminar de morir entre los suyos.
No faltó quien con gran sarcasmo en el funeral dijera:«mira de dónde los dos hijos de esta fulana».
© María Pilar

Cuento de Jean-Paul Sartre: https://ciudadseva.com/texto/el-muro-sartre/
El muro
Nos arrojaron en una gran sala blanca y mis ojos parpadearon porque la luz les hacía mal. Luego vi una mesa y cuatro tipos detrás de ella, algunos civiles, que miraban papeles. Habían amontonado a los otros prisioneros en el fondo y nos fue necesario atravesar toda la habitación para reunirnos con ellos. Había muchos a quienes yo conocía y otros que debían ser extranjeros. Los dos que estaban delante de mí eran rubios con cabezas redondas; se parecían; franceses, pensé. El más bajo se subía todo el tiempo el pantalón: estaba nervioso. 
Esto duró cerca de tres horas; yo estaba embrutecido y tenía la cabeza vacía; pero la pieza estaba bien caldeada, lo que me parecía muy agradable: hacía veinticuatro horas que no dejábamos de tiritar. Los guardianes llevaban los prisioneros uno después de otro delante de la mesa. Los cuatro tipos les preguntaban entonces el nombre y la profesión. La mayoría de las veces no iban más lejos, o bien, a veces les hacían una pregunta suelta: «¿Tomaste parte en el sabotaje de las municiones?», o bien: «¿Dónde estabas y qué hacías el 9 por la mañana?». No escuchaban la respuesta o por lo menos parecían no escucharla: se callaban un momento mirando fijamente hacia delante y luego se ponían a escribir. Preguntaron a Tom si era verdad que servía en la Brigada Internacional: Tom no podía decir lo contrario debido a los papeles que le habían encontrado en la ropa. A Juan no le preguntaron nada, pero, en cuanto dijo su nombre, escribieron largo tiempo. 
—Es mi hermano José el que es anarquista —dijo Juan—. Ustedes saben que no está aquí. Yo no soy de ningún partido, no he hecho nunca política. 
No contestaron nada. Juan dijo todavía: 
—No he hecho nada. No quiero pagar por los otros. 
Sus labios temblaban. Un guardián le hizo callar y se lo llevó. Era mi turno: 
—¿Usted se llama Pablo Ibbieta? 
Dije que sí. 
El tipo miró sus papeles y me dijo: 
—¿Dónde está Ramón Gris? 
—No lo sé. 
—Usted lo ocultó en su casa desde el 6 al 19. 
—No. 
Escribieron un momento y los guardianes me hicieron salir. En el corredor Tom y Juan esperaban entre dos guardianes. Nos pusimos en marcha. Tom preguntó a uno de los guardianes: 
—¿Y ahora? 
—¿Qué? —dijo el guardián. 
¿Esto es un interrogatorio o un juicio? 
—Era el juicio, dijo el guardián. 
Bueno. ¿Qué van a hacer con nosotros? 
El guardián respondió secamente: 
—Se les comunicará la sentencia en la celda. 
En realidad lo que nos servía de celda era uno de los sótanos del hospital. Se sentía terriblemente el frío debido a las corrientes de aire. Toda la noche habíamos tiritado y durante el día no lo habíamos pasado mejor. Los cinco días precedentes había estado en un calabozo del arzobispado, una especie de subterráneo que debía datar de la Edad Media: como había muchos prisioneros y poco lugar se les metía en cualquier parte. No eché de menos mi calabozo: allí no había sufrido frío, pero estaba solo; lo que a la larga es irritante. En el sótano tenía compañía. Juan casi no hablaba: tenía miedo y luego era demasiado joven para tener algo que decir. Pero Tom era buen conversador y sabía muy bien el español. En el subterráneo había un banco y cuatro jergones. Cuando nos devolvieron, nos reunimos y esperamos en silencio. Tom dijo al cabo de un momento: 
—Estamos reventados. 
—Yo también lo pienso —le dije—, pero creo que no le harán nada al pequeño. 
—No tienen nada que reprocharle —dijo Tom—, es el hermano de un militante, eso es todo. 
Yo miraba a Juan: no tenía aire de entender, Tom continuó: 
—¿Sabes lo que hacen en Zaragoza? Acuestan a los tipos en el camino y les pasan encima los camiones. Nos lo dijo un marroquí desertor. Dicen que es para economizar municiones. 
—Eso no economiza gasolina —dije. 
Estaba irritado contra Tom: no debió decir eso. 
—Hay algunos oficiales que se pasean por el camino —prosiguió—, y que vigilan eso con las manos en los bolsillos, fumando cigarrillos. ¿Crees que terminan con los tipos? Te engañas. Los dejan gritar. A veces durante una hora. El marroquí decía que la primera vez casi vomitó. 
—No creo que hagan eso —dije—, a menos que verdaderamente les falten municiones. 
La luz entraba por cuatro respiraderos y por una abertura redonda que habían practicado en el techo, a la izquierda, y que daba sobre el cielo. Era por este agujero redondo, generalmente cerrado con una trampa, por donde se descargaba el carbón en el sótano. Justamente debajo del agujero había un gran montón de cisco destinado a caldear el hospital, pero desde el comienzo de la guerra se evacuaron los enfermos y el carbón quedó allí, inutilizado; le llovía encima en ocasiones, porque se habían olvidado de cerrar la trampa. 
Tom se puso a tiritar. 
—Maldito sea, tirito —dijo—, vuelta a empezar. 
Se levantó y se puso a hacer gimnasia. A cada movimiento la camisa se le abría sobre el pecho blanco y velludo. Se tendió de espaldas, levantó las piernas e hizo tijeras en el aire; yo veía temblar sus gruesas nalgas. Tom era ancho, pero tenía demasiada grasa. Pensé que balas de fusil o puntas de bayonetas iban a hundirse bien pronto en esa masa de carne tierna como en un pedazo de manteca. Esto no me causaba la misma impresión que si hubiera sido flaco. 
No tenía exactamente frío, pero no sentía la espalda ni los brazos. De cuando en cuando tenía la impresión de que me faltaba algo y comenzaba a buscar mi chaqueta a mi alrededor, luego me acordaba bruscamente de que no me habían dado la chaqueta. Era muy molesto. Habían tomado nuestros trajes para darlos a sus soldados y no nos habían dejado más que nuestras camisas y esos pantalones de tela que los enfermos hospitalizados llevan en la mitad del verano. Al cabo de un momento Tom se levantó y se sentó cerca de mí, resoplando. 
—¿Entraste en calor? 
No, maldito sea. Pero estoy sofocado. 
A eso de las ocho de la noche entró un comandante con dos falangistas. Tenía una hoja de papel en la mano. Preguntó al guardián: 
—¿Cómo se llaman estos tres? 
Steinbock, Ibbieta y Mirbal, dijo el guardián. 
El comandante se puso los anteojos y miró en la lista: —Steinbock… Steinbock… Aquí está. Usted está condenado a muerte. Será fusilado mañana a la mañana. 
Miró de nuevo: 
—Los otros dos también —dijo. 
—No es posible —dijo Juan—. Yo no. 
El comandante lo miró con aire asombrado. 
—¿Cómo se llama usted? —Juan Mirbal. 
—Pues bueno, su nombre está aquí —dijo el comandante—, usted está condenado. 
—Yo no he hecho nada —dijo Juan. 
El comandante se encogió de hombros y se volvió hacia Tom y hacia mí. 
—¿Ustedes son vascos? 
—Ninguno es vasco. 
Tomó un aire irritado. 
—Me dijeron que había tres vascos. No voy a perder el tiempo corriendo tras ellos. Entonces, naturalmente, ¿ustedes no quieren sacerdote? No respondimos nada. Dijo: 
—En seguida vendrá un médico belga. Tiene autorización para pasar la noche con ustedes. Hizo el saludo militar y salió. 
—Qué te dije —exclamó Tom—, estamos listos. 
—Sí —dije—, es estúpido por el chico. 
Decía esto por ser justo, pero no me gustaba el chico. Tenía un rostro demasiado fino y el miedo y el sufrimiento lo habían desfigurado, habían torcido todos sus rasgos. Tres días antes era un chicuelo de tipo delicado, eso puede agradar; pero ahora tenía el aire de una vieja alcahueta y pensé que nunca más volvería a ser joven aun cuando lo pusieran en libertad. No hubiera estado mal tener un poco de piedad para ofrecerle, pero la piedad me disgusta; más bien me daba horror. No había dicho nada más, pero se había vuelto gris: su rostro y sus manos eran grises. Se volvió a sentar y miró el suelo con ojos muy abiertos. Tom era una buena alma, quiso tomarlo del brazo, pero el pequeño se soltó violentamente haciendo una mueca. 
—Déjalo —dije en voz baja—, bien ves que va a ponerse a chillar. Tom obedeció a disgusto; hubiera querido consolar al chico; eso lo hubiera ocupado y no habría estado tentado de pensar en sí mismo. Pero eso me irritaba. Yo no había pensado nunca en la muerte porque no se me había presentado la ocasión, pero ahora la ocasión estaba aquí y no había más remedio que pensar en ella. Tom se puso a hablar: 
—¿Has reventado algunos tipos? —me preguntó. 
No contesté. 
Comenzó a explicarme que él había reventado seis desde el comienzo del mes de agosto; no se daba cuenta de la situación, y vi claramente que no quería darse cuenta. Yo mismo no lo lograba completamente todavía; me preguntaba si se sufriría mucho, pensaba en las balas, imaginaba su ardiente granizo a través de mi cuerpo. Todo esto estaba fuera de la verdadera cuestión; estaba tranquilo, teníamos toda la noche para comprender. Al cabo de un momento, Tom dejó de hablar y lo miré de reojo; vi que él también se había vuelto gris y que tenía un aire miserable, me dije: «empezamos». Era casi de noche, una luz suave se filtraba a través de los respiraderos y el montón de carbón formaba una gran mancha bajo el cielo, por el agujero del techo veía ya una estrella, la noche sería pura y helada. 
Se abrió la puerta y entraron dos guardianes. Iban seguidos por un hombre rubio que llevaba un uniforme castaño claro. Nos saludó: 
—Soy médico —dijo—. Tengo autorización para asistirlos en estas penosas circunstancias. 
Tenía una voz agradable y distinguida. Le dije: 
—¿Qué viene a hacer aquí? 
—Me pongo a disposición de ustedes. Haré todo lo posible para que estas horas les sean menos pesadas. 
—¿Por qué ha venido con nosotros? Hay otros tipos, el hospital está lleno. 
—Me han mandado aquí —respondió con aire vago—. ¡Ah! ¿Les agradaría fumar, eh? —agregó precipitadamente—. Tengo cigarrillos y hasta cigarros. 
Nos ofreció cigarrillos ingleses y algunos puros, pero rehusamos. Yo lo miraba a los ojos y pareció molesto. Le dije: 
—Usted no viene aquí por compasión. Por lo demás lo conozco, lo vi con algunos fascistas en el patio del cuartel, el día en que me arrestaron. 
Iba a continuar, pero de pronto me ocurrió algo que me sorprendió: la presencia de ese médico cesó bruscamente de interesarme. Generalmente, cuando me encaro con un hombre no lo dejo más. Sin embargo, me abandonó el deseo de hablar; me encogí de hombros y desvié los ojos. Algo más tarde levanté la cabeza: me observaba con aire de curiosidad. Los guardianes se habían sentado sobre un jergón. Pedro, alto y delgado, volvía los pulgares, el otro agitaba de vez en cuando la cabeza para evitar dormirse. 
—¿Quiere luz? —dijo de pronto Pedro al médico. 
El otro hizo que «sí» con la cabeza: pensé que no tenía más inteligencia que un leño, pero que sin duda no era ruin. Al mirar sus grandes ojos azules y fríos, me pareció que pecaba sobre todo por falta de imaginación. Pedro salió y volvió con una lámpara de petróleo que colocó sobre un rincón del banco. Iluminaba mal, pero era mejor que nada: la víspera nos habían dejado a oscuras. Miré durante un buen rato el redondel de luz que la lámpara hacía en el techo. Estaba fascinado. Luego, bruscamente, me desperté, se borró el redondel de luz y me sentí aplastado bajo un puño enorme. No era el pensamiento de la muerte ni el temor: era lo anónimo. Los pómulos me ardían y me dolía el cráneo. Me sacudí y miré a mis dos compañeros. Tom tenía hundida la cabeza entre las manos; yo veía solamente su nuca gruesa y blanca. El pequeño Juan era por cierto el que estaba peor, tenía la boca abierta y su nariz temblaba. El médico se aproximó a él y le puso la mano sobre el hombro como para reconfortarlo; pero sus ojos permanecían fríos. Luego vi la mano del belga descender solapadamente a lo largo del brazo de Juan hasta la muñeca. Juan se dejaba hacer con indiferencia. El belga le tomó la muñeca con tres dedos, con aire distraído; al mismo tiempo retrocedió algo y se las arregló para darme la espalda. Pero yo me incliné hacia atrás y lo vi sacar su reloj y contemplarlo un momento sin dejar la muñeca del chico. Al cabo de un momento dejó caer la mano inerte y fue a apoyarse en el muro; luego, como si se acordara de pronto de algo muy importante que era necesario anotar de inmediato, tomó una libreta de su bolsillo y escribió en ella algunas líneas. «El puerco, pensé con cólera, que no venga a tomarme el pulso, le hundiré el puño en su sucia boca.»
No vino, pero sentí que me miraba. Me dijo con voz impersonal: 
—¿No le parece que aquí se tirita? 
Parecía tener frío; estaba violeta. 
—No tengo frío —le contesté. 
No dejaba de mirarme, con mirada dura. Comprendí bruscamente y me llevé las manos a la cara; estaba empapado en sudor. En ese sótano, en pleno invierno, en plena corriente de aire, yo sudaba. Me pasé las manos por los cabellos que estaban cubiertos de transpiración, me apercibí al mismo tiempo de que mi camisa estaba húmeda y pegada a mi piel: yo chorreaba sudor desde hacía por lo menos una hora y no había sentido nada. Pero eso no había escapado al cochino del belga; había visto rodar las gotas por mis mejillas y había pensado: es la manifestación de un estado de terror casi patológico, y se había sentido normal y orgulloso de serlo porque tenía frío. Quise levantarme para ir a romperle la cara, pero apenas había esbozado un gesto, cuando mi vergüenza y mi cólera desaparecieron; volví a caer sobre el banco con indiferencia. Me contenté con frotarme el cuello con mi pañuelo, porque ahora sentía el sudor que me goteaba de los cabellos sobre la nuca y era desagradable. Por lo demás, bien pronto renuncié a frotarme, era inútil: mi pañuelo estaba ya como para retorcerlo y yo seguía sudando. Sudaba también en las nalgas y mi pantalón húmedo se adhería al banco. De pronto, habló el pequeño Juan: 
—¿Usted es médico? 
—Sí —dijo el belga. 
—¿Es que se sufre… mucho tiempo? 
—¡Oh! ¿Cuándo…? Nada de eso —dijo el belga con voz paternal—, termina rápidamente. 
Tenía aire de tranquilizar a un enfermo de consultorio. 
—Pero yo… me habían dicho… que a veces se necesitan dos descargas. 
—Algunas veces —dijo el belga agachando la cabeza—. Puede ocurrir que la primera descarga no ingrese a ninguno de los órganos vitales. 
—¿Entonces es necesario que vuelvan a cargar los fusiles y que apunten de nuevo? 
Reflexionó y agregó con voz enronquecida: 
—¡Eso lleva tiempo! 
Tenía un miedo espantoso de sufrir, no pensaba sino en eso; propio de su edad. Yo no pensaba mucho en eso y no era el miedo de sufrir lo que me hacía transpirar. 
Me levanté y caminé hasta el montón de carbón. 
Tom se sobresaltó y me lanzó una mirada rencorosa: se irritaba porque mis zapatos crujían. Me pregunté si tendría el rostro tan terroso como él: vi que también sudaba. El cielo estaba soberbio, ninguna luz se deslizaba en ese sombrío rincón y no tenía más que levantar la cabeza para ver la Osa Mayor. Pero ya no era como antes; la víspera, en mi calabozo del arzobispado, podía ver un gran pedazo de cielo y cada hora del día me traía un recuerdo distinto. A la mañana, cuando el cielo era de un azul duro y ligero, pensaba en algunas playas del borde del Atlántico; a mediodía veía el sol y me acordaba de un bar de Sevilla donde bebía manzanilla comiendo anchoas y aceitunas; a mediodía quedaba en la sombra y pensaba en la sombra profunda que se extiende en la mitad de las arenas mientras la otra mitad centellea al sol; era verdaderamente penoso ver reflejarse así toda la tierra en el cielo. Pero al presente podía mirar para arriba tanto como quisiera, el cielo no me evocaba nada. Preferí esto. Volví a sentarme cerca de Tom. Pasó largo rato. Tom se puso a hablar en voz baja. Necesitaba siempre hablar, sin ello no reconocía sus pensamientos. Pienso que se dirigía a mí, pero no me miraba. Sin duda tenía miedo de verme cómo estaba, gris y sudoroso: éramos semejantes y peores que espejos el uno para el otro. Miraba al belga, el viviente. 
—¿Comprendes tú? —decía—. En cuanto a mí, no comprendo. 
Me puse también a hablar en voz baja. Miraba al belga. 
—¿Cómo? ¿Qué es lo que hay? 
—Nos va a ocurrir algo que yo no puedo comprender. 
Había alrededor de Tom un olor terrible. Me pareció que era más sensible que antes a los olores. Dije irónicamente: 
—Comprenderás dentro de un momento. 
—Esto no está claro —dijo con aire obstinado—. Quiero tener valor, pero es necesario al menos que sepa… escucha, nos van a llevar al patio. Bueno. Los tipos van a alinearse delante de nosotros. ¿Cuántos serán? 
—No sé. Cinco u ocho. No más. 
—Vamos. Serán ocho. Les gritarán: ¡Apunten! Y veré los ocho fusiles asestados, contra mí. Pienso que querré meterme en el muro. Empujaré el muro con la espalda, con todas mis fuerzas, y el muro resistirá como en las pesadillas. Todo esto puedo imaginármelo. ¡Ah! ¡Si supieras cómo puedo imaginármelo! 
—¡Vaya! —le dije—, yo también me lo imagino. 
—Eso debe producir un dolor de perros. Sabes que tiran a los ojos y a la boca para desfigurar —agregó malignamente—. Ya siento las heridas, desde hace una hora siento dolores en la cabeza y en el cuello. No verdaderos dolores, es peor: son los dolores que sentiré mañana en la mañana. Pero ¿después? 
Yo comprendía muy bien lo que quería decir, pero no quería demostrarlo. En cuanto a los dolores, yo también los llevaba en mi cuerpo como una multitud de pequeñas cuchilladas. No podía hacer nada, pero estando como él, no le daba importancia. 
—Después —dije rudamente—, te tragarás la lengua. 
Se puso a hablar consigo mismo: no sacaba los ojos del belga. Este no parecía escuchar. Yo sabía lo que había venido a hacer; lo que pensábamos no le interesaba; había venido a mirar nuestros cuerpos, cuerpos que agonizaban en plena salud. 
—Es como en las pesadillas —decía Tom—. Se puede pensar en cualquier cosa, se tiene todo el tiempo la impresión de que es así, de que se va a comprender y luego se desliza, se escapa y vuelve a caer. Me digo: después no hay nada más. Pero no comprendo lo que quiero decir. Hay momentos en que casi llego… y luego vuelvo a caer, recomienzo a pensar en los dolores, en las balas, en las detonaciones. Soy materialista, te lo juro, no estoy loco, pero hay algo que no marcha. Veo mi cadáver: eso no es difícil, pero no soy yo quien lo ve con mis ojos. Es necesario que llegue a pensar… que no veré nada más, que no escucharé nada más y que el mundo continuará para los otros. No estamos hechos para pensar en eso, Pablo. Puedes creerme: me ha ocurrido ya velar toda una noche esperando algo. Pero esto, esto no se parece a nada; esto nos cogerá por la espalda, Pablo, y no habremos podido prepararnos para ello. 
—Valor —dije—. ¿Quieres que llame un confesor? 
No respondió. Ya había notado que tenía tendencia a hacer el profeta, y a llamarme Pablo hablando con una voz blanca. Eso no me gustaba mucho; pero parece que todos los irlandeses son así. Tuve la vaga impresión de que olía a orina. En el fondo no tenía mucha simpatía por Tom, y no veía por qué, por el hecho de que íbamos a morir juntos, debía sentirla en adelante. Había algunos tipos con los que la cosa hubiera sido diferente. Con Ramón Gris, por ejemplo. Pero entre Tom y Juan me sentía solo. Por lo demás prefería esto, con Ramón tal vez me hubiera enternecido. Pero me sentía terriblemente duro en ese momento, y quería conservarme duro. 
Continuó masticando las palabras con una especie de distracción. Hablaba seguramente para impedirse pensar. Olía de lleno a orina como los viejos prostéticos. Naturalmente, era de su parecer; todo lo que decía, yo hubiera podido decirlo: no es natural morir. Y luego, desde que iba a morir, nada me parecía natural, ni ese montón de carbón, ni el banco, ni la sucia boca de Pedro. Solo que me disgustaba pensar las mismas cosas que Tom. Y sabía bien que a lo largo de toda la noche, dentro de cinco minutos, continuaríamos pensando las mismas cosas al mismo tiempo, sudando y estremeciéndonos al mismo tiempo. Lo miraba de reojo, y, por primera vez, me pareció desconocido; llevaba la muerte en el rostro. Estaba herido en mi orgullo: durante veinticuatro horas había vivido al lado de Tom, lo había escuchado, le había hablado y sabía que no teníamos nada de común. Y ahora nos parecíamos como dos hermanos gemelos, simplemente porque íbamos a reventar juntos. Tom me tomó la mano sin mirarme: 
—Pablo, me pregunto… me pregunto si es verdad que uno queda aniquilado. 
Desprendí mi mano, y le dije: —Mira entre tus pies, cochino. Había un charco entre sus pies y algunas gotas caían de su pantalón. 
—¿Qué es eso? —dijo con turbación. 
—Te orinas en el calzoncillo. 
—No es verdad —dijo furioso—, no me orino. No siento nada. 
El belga se aproximó y preguntó con falsa solicitud: 
—¿Se siente usted mal?
Tom no respondió. El belga miró el charco sin decir nada. 
—No sé qué será —dijo Tom con tono huraño—. Pero no tengo miedo. Les juro que no tengo miedo. 
El belga no contestó. Tom se levantó y fue a orinar en un rincón. Volvió abotonándose la bragueta, se sentó y no dijo una palabra. 
El belga tomaba algunas notas. Los tres lo miramos porque estaba vivo. Tenía los gestos de un vivo, las preocupaciones de un vivo; tiritaba en ese sótano como debían tiritar los vivientes; tenía un cuerpo bien nutrido que le obedecía. Nosotros casi no sentíamos nuestros cuerpos; en todo caso, no de la misma manera. Yo tenía ganas de tantear mi pantalón entre las piernas, pero no me atrevía; miraba al belga arqueado sobre sus piernas, dueño de sus músculos, y que podía pensar en el mañana. Nosotros estábamos allí, tres sombras privadas de sangre; lo mirábamos y chupábamos su vida como vampiros. 
Terminó por aproximarse al pequeño Juan. ¿Quiso tantearle la nuca por algún motivo profesional o bien obedeció a un impulso caritativo? Si obró por caridad fue la sola y única vez que lo hizo en toda la noche. Acarició el cráneo y el cuello del pequeño Juan. El chico se dejaba hacer, sin sacarle los ojos de encima; luego, de pronto, le tomó la mano y la miró de modo extraño. Mantenía la mano del belga entre las dos suyas, y no tenían nada de agradable esas dos pinzas grises que estrechaban aquella mano gruesa y rojiza. Yo sospechaba lo que iba a ocurrir y Tom debía sospecharlo también; pero el belga no sospechaba nada y sonreía paternalmente. Al cabo de un rato el chico llevó la gruesa pata gorda a su boca y quiso morderla. El belga se desasió vivamente y retrocedió hasta el muro titubeando. Nos miró con horror durante un segundo, de pronto debió comprender que no éramos hombres como él. Me eché a reír, y uno de los guardianes se sobresaltó. El otro se había dormido, sus ojos, muy abiertos, estaban blancos. 
Me sentía a la vez cansado y sobreexcitado. No quería pensar más en lo que ocurriría al alba, en la muerte. Aquello no venía bien con nada, solo encontraba algunas palabras y el vacío. Pero en cuanto trataba de reflexionar en otra cosa, veía asestados contra mí caños de fusiles. Quizá veinte veces seguidas viví mi ejecución; hasta una vez creí que era real: debí adormecerme durante un minuto. Me llevaban hasta el muro y yo me debatía, les pedía perdón. Me desperté con sobresalto y miré al belga; temí haber gritado durante mi sueño. Pero se alisaba el bigote, nada había notado. Si hubiera querido, supongo que hubiera podido dormir un momento: hacía cuarenta y ocho horas que velaba; estaba agotado. Pero no deseaba perder dos horas de vida: vendrían a despertarme al alba, les seguiría atontado de sueño y reventaría sin hacer ni «uf»; no quería eso, no quería morir como una bestia, quería comprender. Temía además sufrir pesadillas. Me levanté, me puse a pasear de arriba abajo y para cambiar de idea me puse a pensar en mi vida pasada. Acudieron a mí, mezclados, una multitud de recuerdos. Había entre ellos buenos y malos —o al menos así los llamaba yo antes—. Había rostros e historias. Volví a ver la cara de un pequeño novillero que se había dejado cornear en Valencia, la de uno de mis tíos, la de Ramón Gris. Recordaba algunas historias: cómo había estado desocupado durante tres meses en 1926, cómo casi había reventado de hambre. Me acordé de una noche que pasé en un banco de Granada: no había comido hacía tres días, estaba rabioso, no quería reventar. Eso me hizo sonreír. Con qué violencia corría tras de la felicidad, tras de las mujeres, tras de la libertad. ¿Para qué? Quise libertar a España, admiraba a Pí y Margall, me adherí al movimiento anarquista, hablé en reuniones públicas: tomaba todo en serio como si fuera inmortal. 
Tuve en ese momento la impresión de que tenía toda mi vida ante mí y pensé: «Es una maldita mentira». Nada valía puesto que terminaba. Me pregunté cómo había podido pasear, divertirme con las muchachas: no hubiera movido ni el dedo meñique si hubiera podido imaginar que moriría así. Mi vida estaba ante mí terminada, cerrada como un saco y, sin embargo, todo lo que había en ella estaba inconcluso. Intenté durante un momento juzgarla. Hubiera querido decirme: es una bella vida. Pero no se podía emitir juicio sobre ella, era un esbozo; había gastado mi tiempo en trazar algunos rasgos para la eternidad, no había comprendido nada. Casi no lo lamentaba: había un montón de cosas que hubiera podido añorar, el gusto de la manzanilla o bien los baños que tomaba en verano en una pequeña caleta cerca de Cádiz; pero la muerte privaba a todo de su encanto. 
El belga tuvo de pronto una gran idea. 
—Amigos míos —dijo—, puedo encargarme, si la administración militar consiente en ello, de llevar una palabra, un recuerdo a las personas que ustedes quieran. 
Tom gruñó: 
 —No tengo a nadie. 
Yo no respondí nada. 
Tom esperó un momento, luego me preguntó con curiosidad. 
—¿No tienes nada que decir a Concha? 
—No. 
Detestaba esa tierna complicidad: era culpa mía, la noche precedente había hablado de Concha, hubiera debido contenerme. Estaba con ella desde hacía un año. La víspera me hubiera todavía cortado un brazo a hachazos para volver a verla cinco minutos. Por eso hablé de ella, era más fuerte que yo. Ahora no deseaba volver a verla, no tenía nada más que decirle. Ni siquiera hubiera querido abrazarla: mi cuerpo me horrorizaba porque se había vuelto gris y sudaba, y no estaba seguro de no tener también horror del suyo. Cuando sepa mi muerte, Concha llorará; durante algunos meses no sentirá ya gusto por la vida. Pero en cualquier forma era yo quien iba a morir. Pensé en sus ojos bellos y tiernos. Cuando me miraba, algo pasaba de ella a mí. Pero creí que eso había terminado: si me mirara ahora su mirada permanecería en sus ojos, no llegaría hasta mí. Estaba solo.
Tom también estaba solo, pero no de la misma manera. Se había sentado a horcajadas y se había puesto a mirar el banco con una especie de sonrisa, parecía asombrado. Avanzó la mano y tocó la madera con precaución, como si hubiera temido romper algo, retiró en seguida vivamente la mano y se estremeció. Si hubiera sido Tom, no me hubiera divertido en tocar el banco; era todavía comedia irlandesa, sin embargo, encontraba también que los objetos tenían un aire raro; eran más borrosos, menos densos que de costumbre. Bastaba que mirara el banco, la lámpara, el montón de carbón, para sentir que iba a morir. Naturalmente, no podía dilucidar con claridad en mi muerte, pero la veía en todas partes, en las cosas, en la manera en que las cosas habían retrocedido y se mantenían a distancia, discretamente, como gente que habla bajo a la cabecera de un moribundo. Era su muerte lo que Tom acababa de tocar sobre el banco. 
En el estado en que me hallaba, si hubieran venido a anunciarme que podía volver tranquilamente a mi casa, que se me dejaba salva la vida, eso me hubiera dejado frío. No tenía más a nadie, en cierto sentido estaba tranquilo. Pero era una calma horrible, a causa de mi cuerpo: mi cuerpo, yo veía con sus ojos, escuchaba con sus oídos, pero no era mío; sudaba y temblaba solo y yo no lo reconocía. Estaba obligado a tocarlo y a mirarlo para saber lo que hacía como si hubiera sido el cuerpo de otro. Por momentos todavía lo sentía, sentía algunos deslizamientos, especies de vuelcos, como cuando un avión entra en picada, o bien sentía latir mi corazón. Pero esto no me tranquilizaba, todo lo que venía de mi cuerpo tenía un aire suciamente sospechoso. La mayoría del tiempo se callaba, se mantenía quieto y no sentía nada más que una especie de pesadez, una presencia inmunda pegada a mí. Tenía la impresión de estar ligado a un gusano enorme. En un momento dado tanteé mi pantalón y sentí que estaba húmedo, no sabía si estaba mojado con sudor o con orina, aun así, por precaución, fui a orinar sobre el montón de carbón. 
El belga sacó su reloj y lo miró. Dijo: Son las tres y media. 
¡Puerco! Debió hacerlo expresamente. Tom saltó en el aire, todavía no nos habíamos dado cuenta de que corría el tiempo; la noche nos rodeaba como una masa informe y sombría, ya no me acordaba cuándo había comenzado. 
El pequeño Juan se puso a gritar. Se retorcía las manos, suplicaba: 
—¡No quiero morir, no quiero morir! 
Corrió por todo el sótano levantando los brazos en el aire, después se abatió sobre uno de los jergones y sollozó. Tom lo miraba con ojos pesados y ni aun tenía deseos de consolarlo. En realidad no valía la pena; el chico hacía más ruido que nosotros, pero estaba menos grave: era como un enfermo que se defiende de su mal por medio de la fiebre. Cuando ni siquiera hay fiebre, es más grave. 
Lloraba. Vi perfectamente que tenía lástima de sí mismo; no pensaba en la muerte. Un segundo, un solo segundo, tuve también deseos de llorar, de llorar de piedad sobre mí mismo. Pero lo que ocurrió fue lo contrario: arrojé una mirada sobre el pequeño, vi su delgada espalda sollozante y me sentí inhumano: no pude tener piedad ni de los otros ni de mí mismo. Me dije: «Quiero morir valientemente». 
Tom se levantó, se puso justo debajo de la abertura redonda y se puso a esperar el día. Pero, por encima de todo, desde que el médico nos había dicho la hora, yo sentía el tiempo que huía, que corría gota a gota. Era todavía oscuro cuando escuché la voz de Tom: 
—¿Los oyes? 
—Sí. 
Algunos tipos marchaban por el patio. 
—¿Qué vienen a jorobar? Sin embargo, no pueden tirar de noche. 
Al cabo de un momento no escuchamos nada más. Dije a Tom: 
—Ahí está el día. 
Pedro se levantó bostezando y fue a apagar la lámpara. Dijo a su compañero: 
—Un frío de perros. 
El sótano estaba totalmente gris. Escuchamos detonaciones lejanas. —Ya empiezan —dije a Tom—, deben hacer eso en el patio de atrás.
Tom pidió al médico que le diera un cigarrillo. Pero yo no quise; no quería cigarrillos ni alcohol. A partir de ese momento no cesaron los disparos. 
—¿Te das cuenta? —dijo Tom. 
Quería agregar algo, pero se calló; miraba la puerta. La puerta se abrió y entró un subteniente con cuatro soldados. Tom dejó caer su cigarrillo.
—¿Steinbock? 
Tom no respondió. Fue Pedro quien lo designó. 
—¿Juan Mirbal? 
—Es ese que está sobre el jergón. 
—Levántelo —dijo el subteniente. 
Juan no se movió. Dos soldados lo tomaron por las axilas y lo pararon. Pero en cuanto lo dejaron volvió a caer. Los soldados dudaban. 
—No es el primero que se siente mal —dijo el subteniente—; no tienen más que llevarlo entre los dos, ya se arreglarán allá. Se volvió hacia Tom: 
—Vamos, venga. 
Tom salió entre dos soldados. Otros dos lo seguían, llevaban al chico por las axilas y por las corvas. Cuando quise salir el subteniente me detuvo: 
—¿Usted es Ibbieta? 
—Sí. 
—Espere aquí, vendrán a buscarlo en seguida. Salieron. El belga y los dos carceleros salieron también, quedé solo. No comprendía lo que ocurría, pero hubiera preferido que terminaran en seguida. Escuchaba las salvas a intervalos casi regulares; me estremecía a cada una de ellas. Tenía ganas de aullar y de arrancarme los cabellos. Pero apretaba los dientes y hundía las manos en los bolsillos porque quería permanecer tranquilo. 
Al cabo de una hora vinieron a buscarme y me condujeron al primer piso a una pequeña pieza que olía a cigarro y cuyo calor me pareció sofocante. Había allí dos oficiales que fumaban sentados en unos sillones, con algunos papeles sobre las rodillas. 
—¿Te llamas Ibbieta? 
—Sí. 
—¿Dónde está Ramón Gris? 
—No lo sé. 
El que me interrogaba era bajo y grueso. Tenía ojos duros detrás de los anteojos. Me dijo: 
—Aproxímate. 
Me aproximé. Se levantó y me tomó por los brazos mirándome con un aire como para hundirme bajo tierra. Al mismo tiempo me apretaba los bíceps con todas sus fuerzas. No lo hacía para hacerme mal, era su gran recurso: quería dominarme. Juzgaba necesario también enviarme su aliento podrido en plena cara. Quedamos un momento así; me daban más bien deseos de reír. Era necesario mucho más para intimidar a un hombre que iba a morir: eso no tenía importancia. Me rechazó violentamente y se sentó. Dijo: 
—Es tu vida contra la suya. Se te perdona la vida si nos dices dónde está. 
Estos dos tipos adornados con sus látigos y sus botas, eran también hombres que iban a morir. Un poco más tarde que yo, pero no mucho más. Se ocupaban de buscar nombres en sus papeluchos, corrían detrás de otros hombres para aprisionarlos o suprimirlos; tenían opiniones sobre el porvenir de España y sobre otros temas. Sus pequeñas actividades me parecieron chocantes y burlescas; no conseguía ponerme en su lugar, me parecía que estaban locos. 
El gordo bajito me miraba siempre azotando sus botas con su látigo. Todos sus gestos estaban calculados para darle el aspecto de una bestia viva y feroz. 
—¿Entonces? ¿Comprendido? 
—No sé dónde está Gris —contesté—, creía que estaba en Madrid.
El otro oficial levantó con indolencia su mano pálida. Esta indolencia también era calculada. Veía todos sus pequeños manejos y estaba asombrado de que se encontraran hombres que se divirtieran con eso. —Tienes un cuarto de hora para reflexionar —dijo lentamente—. Llévenlo a la ropería, lo traen dentro de un cuarto de hora. Si persiste en negar se le ejecutará de inmediato. 
Sabían lo que hacían: había pasado la noche esperando; después me hicieron esperar todavía una hora en el sótano, mientras fusilaban a Tom y a Juan, y ahora me encerraban en la ropería; habían debido preparar el golpe desde la víspera. Se dirían que a la larga se gastan los nervios y esperaban llevarme a eso. 
Se engañaban. En la ropería me senté sobre un escabel porque me sentía muy débil y me puse a reflexionar. Pero no en su proposición. Naturalmente, sabía dónde estaba Gris; se ocultaba en casa de unos primos a cuatro kilómetros de la ciudad. Sabía también que no revelaría su escondrijo, salvo si me torturaban (pero no parecían ni soñar en ello). Todo esto estaba perfectamente en regla, definitivo y de ningún modo me interesaba. Solo hubiera querido comprender las razones de mi conducta. Prefería reventar antes de entregar a Gris. ¿Por qué? No quería ya a Ramón Gris. Mi amistad por él había muerto un poco antes del alba, al mismo tiempo que mi amor por Concha, al mismo tiempo que mi deseo de vivir. Sin duda lo seguía estimando: era fuerte. Pero esa no era una razón para que aceptara morir en su lugar; su vida no tenía más valor que la mía; ninguna vida tenía valor. Se iba a colocar a un hombre contra un muro y a tirar sobre él hasta que reventara: que fuera yo o Gris u otro era igual. Sabía bien que era más útil que yo a la causa de España, pero yo me cagaba en España y en la anarquía: nada tenía ya importancia. Sin embargo, yo estaba allí, podía salvar mi pellejo entregando a Gris y me negaba a hacerlo. Encontraba eso bastante cómico: era obstinación. Pensaba: 
 «Hay que ser testarudo». Y una extraña alegría me invadía. 
Vinieron a buscarme y me llevaron ante los dos oficiales. Una rata huyó bajo nuestros pies y eso me divirtió. Me volví hacia uno de los falangistas y le dije: 
—¿Vio la rata? 
No me respondió. Estaba sombrío, se tomaba en serio. Tenía ganas de reír, pero me contenía temiendo no poder detenerme si comenzaba. El falangista llevaba bigote. Todavía le dije: 
—Tendrían que cortarte los bigotes, perro. 
Encontré extraño que dejara durante su vida que el pelo le invadiera la cara. Me dio un puntapié, sin gran convicción, y me callé. 
—Bueno —dijo el oficial gordo— ¿reflexionaste? 
Los miraba con curiosidad como a insectos de una especie muy rara. Les dije: 
—Sé dónde está. Está escondido en el cementerio. En una cripta o en la cabaña del sepulturero. 
Era para hacerles una jugarreta. Quería verles levantarse, apretarse los cinturones y dar órdenes con aire agitado. Pegaron un salto: 
—Vamos allá. Moles, vaya a pedir quince hombres al subteniente López. En cuanto a ti —me dijo el gordo bajito—, si has dicho la verdad, no tengo más que una palabra. Pero lo pagarás muy caro si te has burlado de nosotros. 
Partieron con mucho ruido y esperé apaciblemente bajo la guardia de los falangistas. Sonreía de tiempo en tiempo pensando en la cara que iban a poner. Me sentía embrutecido y malicioso. Los imaginaba levantando las piedras de las tumbas, abriendo una a una las puertas de las criptas. Me representaba la situación como si hubiera sido otro, ese prisionero obstinado en hacer el héroe, esos graves falangistas con sus bigotes y sus hombres uniformados que corrían entre las tumbas: era de un efecto cómico irresistible. 
Al cabo de una media hora el gordo bajito volvió solo. Creí que venía a dar la orden de ejecutarme. Los otros debían haberse quedado en el cementerio. El oficial me miró. No parecía molesto en absoluto.
—Llévenlo al patio grande con los otros —dijo—. Cuando terminen las operaciones militares, un tribunal ordinario decidirá su suerte. 
Juzqué no haber comprendido. Le pregunté: 
—Entonces, ¿no me… no me fusilarán? 
—Por ahora no. Después, no me concierne. 
Yo seguía sin comprender. Le dije: 
—Pero ¿por qué? 
Se encogió de hombros sin contestar y los soldados me llevaron. En el patio grande había un centenar de prisioneros, mujeres, niños y algunos viejos. Me puse a dar vueltas alrededor del césped central, estaba atontado. Al mediodía nos dieron de comer en el refectorio. Dos o tres tipos me interpelaron. Debía conocerlos, pero no les contesté: no sabía ni dónde estaba. 
Al anochecer echaron al patio una docena de nuevos prisioneros. Reconocí al panadero García. Me dijo: 
 —¡Maldito suertudo! No pensé volver a verte vivo. 
—Me condenaron a muerte —dije—, y luego cambiaron de idea. No sé por qué. 
—Me arrestaron hace dos horas —dijo García. 
—¿Por qué? 
García no se ocupaba de política. 
—No sé —dijo—, arrestan a todos los que no piensan como ellos. Bajó la voz: 
—Lo agarraron a Gris. 
Yo me eché a temblar: 
—¿Cuándo? 
—Esta mañana. Había hecho una idiotez. Dejó a su primo el martes porque tuvieron algunas palabras. No faltaban tipos que lo querían ocultar, pero no quería deber nada a nadie. Dijo: «Me hubiera escondido en casa de Ibbieta, pero, puesto que lo han tomado, iré a esconderme en el cementerio». 
—¿En el cementerio? 
Sí. Era idiota. Naturalmente, ellos pasaron por allí esta mañana. Tenía que suceder. Lo encontraron en la cabaña del sepulturero. Les tiró y lo liquidaron. 
—¡En el cementerio! 
Todo se puso a dar vueltas y me encontré sentado en el suelo: me reía tan fuertemente que los ojos se me llenaron de lágrimas.

Cuento de José Mancisidor: Mejor que un perro

La noche se nos había venido encima de golpe. El coronel ordenó hacer alto y pernoctar sobre el elevado picacho de la intrincada serranía. Por valles y colinas y en el fondo de cercano barranco, disparos aislados acosaban a los dispersos. A mi lado, los prisioneros, arrebujados en sus tilmas, dejaban al descubierto los ojos negros y expresivos que se extraviaban en insondables lejanías.
Una racha de viento helado sacudió mi cuerpo y un lúgubre aullido hizo crujir entre mis dientes la hoja del cigarro.
El coronel, mirándome con fijeza, me preguntó:
―¿Cuántos muchachos le faltan?
Llamé al oficial subalterno, le di órdenes de pasar lista y quedé nuevamente de pie, sobre la cúspide pronunciada de la sierra, como un punto luminoso en la impenetrable oscuridad de la noche.
El coronel volvió a llamarme. Me hizo tomar un trago de alcohol y me ordenó:
―Mañana, a primera hora, fusile a los prisioneros…
Luego, sordo al cansancio de la jornada, me recomendó:
―Examínelos primero. Vea qué descubre sobre los planes del enemigo.
A poco rato, el coronel roncaba de cara al cielo, en el que una luna pálida trataba de descubrirnos.
Los prisioneros seguían ahí, sin cerrar los ojos, sumidos en un hermetismo profundo que se ahogaba en el dramático silencio de la noche.
Encima de nuestras cabezas pasaba el cantar del viento y tenue, muy tenue, el susurrar de los montes que murmuraban algo que yo no podía comprender.
Se avivaron los rescoldos de la lumbre y los ojos de los prisioneros brillaron en un relámpago fugaz. Me senté junto a ellos y brindándoles hoja y tabaco, les hablé, con el tono fingido de un amigo, de cosas intrascendentes.
Mi voz, a través del murmullo de los montes, era un murmullo también. Brotaba suave, trémula por la fatiga y parecía dotada de honda sinceridad.
Los prisioneros me miraban sin verme. Fijaban su vista hacia donde yo estaba para resbalarla sobre mi cabeza y hundirla allá, en las moles espesas de la abrupta serranía. De sus ojos como aristas aceradas, surgía una luz viva y penetrante.
―¿Por qué pelean? ―aventuré sin obtener respuesta.
El silencio se hizo más grave aún, casi enojoso.
Me enderecé de un salto, llegué hasta el coronel y apoderándome de la botella que antes me brindara, la pasé a los prisioneros invitándolos a beber. Dos de ellos se negaron a hacerlo, pero el otro, temblándole el brazo, se apresuró a aceptar. Después se limpió la boca con el dorso de la mano sucia y me dirigió un gesto amargo que quiso ser una sonrisa.
Volví a sentarme junto a los hombres como esfinges, y obedeciendo a un impulso inexplicable, les hablé de mí. De mi niñez, de mi juventud que se deslizaba en la lucha armada, y de un sueño que en mis años infantiles había sido como mi compañero inseparable.
A veces tenía la impresión de locura. De hablar conmigo mismo y de estar frente a mi propia sombra, descompuesta en múltiples sombras bajo la vaga luz de la luna que huía entre montañas de nubes. Y olvidado de mis oyentes continuaba hablando, más para mí que para ellos, de aquello que de niño tanto había amado.
De repente una voz melodiosa vibró a mi lado y calle sorprendido de escuchar otra voz que no fuera la mía.
El más joven de los prisioneros, aquél que había aceptado la botella, con mano temblorosa, ocultando los ojos tras los párpados cerrados, musitaba:
―Es curiosa la vida… Como tú, yo también tuve sueños de niño. Y como tú ―¡qué coincidencia!― soñé con las mismas cosas de que has hablado. ¿Por qué será así la vida?
Tornó a soplar una racha helada y el aullido se hizo más lastimero y más impresionante.
El joven prisionero quedó pensativo para después continuar:
―Me sentí como tú, peor que perro… Acosado por todas partes. Comiendo mendrugos y bebiendo el agua negra de los caminos.
Calló y luego, quebrándose su voz en un gemido:
―Ahora seré algo peor ―dijo―. Seré perro muerto con las tripas al sol y a las aguas, devorado por los coyotes.
―¡Calla! ―ordené con voz cuyo eco parecía tiritar sobre el filo de la noche. Guardé silencio y me tendí junto a los prisioneros que pensaban quizás en la oscuridad de otra noche más larga, eterna, de la que nunca habrían de volver.
Poco a poco me fui aproximando a ellos y al oído del que había hablado repetí:
―¿Por qué peleas tú?
―No te lo podría explicar… Pero es algo que sube a mi corazón y me ahoga a toda hora. Un intenso deseo de vivir entre hombres cuya vida no sea peor que la vida de los perros.
Saqué mi mano de la cobija que me envolvía y buscando la suya la apreté con emoción profunda. Y luego, acercando mi boca hasta rozar su oreja, le dije velando la voz:
―¿Quieres que busquemos nuestro sueño juntos?
Los otros prisioneros adivinaron nuestro diálogo. Nos miraron con interrogaciones en la mirada, y enterados de nuestros planes, se apresuraron a seguirnos.
Nos arrastramos trabajosamente. Cerca, el centinela parecía cristalizado por el frío de la hora, sobre la verde montaña. Burlamos su vigilancia y nos hundimos en el misterio de la noche. La luna se había ocultado ya y mi nuevo compañero y yo, dando traspiés, corríamos por montes y valles en busca de un mundo en que los hombres, como en nuestro sueño de niños, vivieron una vida mejor que la vida de los perros…