Amedrentados por las sombras que sus propias figuras proyectaban en las tinieblas a la luz de la vela, los dos hermanos se arropaban para hacerse compañía. El vino producía un sonido metálico al caer en el garrafón de cristal. De pronto, una oscuridad taponó la boca de la cueva. La vela se estremeció, un viento frío agitó los toneles, las gotas de humedad lloraron suspendidas en la bóveda, el crujir de las maderas se silenció, tan solo un caballo desbocado por corazón y unos pasos que se acercaban. El niño se escabulló al instante. La niña no corrió la misma suerte.
Hace muchos, muchos años, Urjauzi y Otsoa, dos jóvenes pastores, vivían en la zona del monte Gorbea. Eran grandes amigos desde la infancia. Sucedió que cierto día Urjauzi oyó de pronto un dulcísimo canto mientras pastoreaba su rebaño por las campas de Gujuli. Se sintió tan atraído por aquella maravillosa melodía que se olvidó del ganado y raudo se adentró en la espesura del bosque. Los sonidos de sus pisadas sobre las hojas caídas rompían el silencio y ocultaban otros ruidos apenas audibles que hacían pensar en seres del bosque que lo observaban sorprendidos con los ojos bien abiertos. Los troncos de los robles centenarios adquirieron características de monstruos, tal como se relata en los cuentos, el olor a tierra húmeda hacía irrespirable el lugar y la espesura lo llenaba de misterio, pero Urjauzi no fue consciente de esas señales. Al final de una pronunciada pendiente, separó unas ramas de sauce y pudo contemplar la quietud de las aguas de la laguna Lamioxin, de la que procedía el ...

Muy bien relatado, pobrecita mi cielo, revuelve mi niñéz...no había escapatoria, cuando logré contar algo, peor fue.
ResponderEliminarBesitos!
Gracias Graciela por tu participación. Lo he escrito con el alma, pero nunca sabes la impresión que van a captar los demás.
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