La madre mira al padre. Se queda un rato de pie, sin decir nada. Por fin, se sienta a la mesa, baja la vista, mueve con la cuchara la comida del plato y come con desgana, en silencio.
Los movimientos del padre son bruscos y violentos. Resopla. El enfado y la ira van creciendo en él. Balbucea. Se le indigesta la comida. Levanta el plato con las dos manos y lo deja caer de golpe. La comida, miedosa, está a punto de huir. La madre levanta la vista asustada y de nuevo la esconde. El idioma de violencia no entiende de ojos tristes. Él aparta el guiso, golpea la mesa con el puño cerrado. La madre da un respingo.
Ese diálogo de sordos envenena el aire. Se despliega por toda la casa.
La hija sabe que el enfado es contra ella y la madre también. La quiere lejos, en la distancia. ¿A qué ha venido? Su cercanía golpea al padre, lo atraviesa por su lado cortante. No la soporta en su presencia. Ella sale de la escena. Dentro deja un universo de tensión y fuera el abismo. Empieza a verlo todo borroso. Pone todo cuanto le cabe de su vida en una vieja maleta de cartón y dicta sentencia. En esa casa no hay lugar para ella. Se marcha con rabia y tristeza, sin saber que un día volvería. Ese día, al verla, el padre, ya mayor, le manifestaría conmovido lo orgulloso que estaba de ella.


Siento el ruido de los platos al chocar con la mesa. Y , al final, orgulloso de su hija, a buenas horas.
ResponderEliminarEso digo yo, Sor, a buenas horas. A pesar de todo la hija volvió, seguro que para ayudarlo porque ya era mayor. Un saludo.
EliminarTriste realidad y poca implicación. Hay que atreverse cada uno en su casa. Fuera miedos.
ResponderEliminarA veces, huír es la mejor opción.
EliminarHay casos así, y es muy difícil de entender, pero seguro que la madre lo agradece.
ResponderEliminarBesos.
Tan difícil de entender que no pude dejarlo en el enfrentamiento y la distancia, alguien tenía que afrontarlo y pensé que esa persona sería la hija. Escribiendo todo es posible, no sé si en la vida real...
EliminarBesos, Alfred.
A veces conviene alejarse. El quid está en si es temporal o para siempre.
ResponderEliminarLa distancia puede dar tiempo a la reflexión y aclarar ideas.
EliminarPara mí, el texto retrata muy bien cómo la violencia y el silencio pueden llenar una casa hasta volverla inhabitable. Me transmite la angustia de esa hija que siente que sobra y decide marcharse, cargando rabia y tristeza. Pero también deja un resquicio de esperanza: a veces el reconocimiento llega tarde, pero aun así tiene fuerza para sanar algo del pasado. Un abrazo
ResponderEliminarHola, Nuria, qué gran análisis el que haces; es eso justamente lo que quería transmitir: la angustiante violencia machisa en la intimidad de los hogares, encerrada en una nube de silencio.
EliminarUn abrazo.
Sucede, si y muchas veces. Por desgracia los malos intuyen que los buenos son buenos, y casi siempre olvidan, o perdonan sin olvidar. Tu relato es tan fuerte y veraz que transporta. Un abrazo, Maria Pilar
ResponderEliminarGracias, Gil, por pasarte por aquí y dejarme tu comentario. Así he podido conocer tu blog de poeta. Me encanta leer poesía y te leeré, seguro.
EliminarUn abrazo.
Es real y eso ya es muy importante. La rabia contenida siempre es demasiado real.
ResponderEliminar¡Qué alegría Doctor Krapp! He estado bastante ausente del mundo bloguero y se agradece encontrarte de nuevo.
Eliminar¡Un abrazo!
Ay esos egos, cerrados e inflexibles, incapaces de dialogar, de empatizar, de ver más allá de su pensamiento...Ay esos egos, que todos sufrimos alguna vez...y que la vida los va cambiando, porque todo se mueve, se regenera y se renueva y al final...se entiende, se acepta y se ama...Un relato muy real, Pilar...Muchas familias sufren ese problema de comunicación y al final la vida todo lo pone en su lugar.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable y agradecido por tu cercanía y buenas letras.
Gracias, Mª Jesús, por dejarme este comentario tan pormenorizado. ¡Qué buena analista eres!
Eliminar¡Un abrazo!
En la realidad un padre así jamás estaría orgulloso de ella. Le exigiría que le cuidará porque era su obligación como hija y no reconocería que él no había cumplido la suya como padre.
ResponderEliminarCuántas situaciones así detrás de las puertas! Lo has dibujado!
ResponderEliminarUn saludillo :)
Si los muros de mucha casas hablasen… Un saludo, Xurxo.
EliminarSin duda que se envenena todo el ambiente de esa familia. Ojalá que el hombre en estos casos trate de compensar el daño causado, aunque sería como esperar un milagro, muy difícilmente se puede dar. Es muy estremecedor y real tu relato.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.