26 enero 2016

Bajo las alfombras del Congreso

Mi plan de vida era seguir el consejo de mi abuela, una matrona gordezuela que siempre me decía: “Mejor que aquí en ningún sitio, mi niña”. Lo suyo eran las alfombras del Congreso y esa fue mi escuela. “Tendrás que aprender de tus experiencias y elegir lo que te haga feliz. Esa ha sido mi trayectoria y así he conseguido la PAZ: de vida, de mente y de espíritu”. Tenía razón, si había un lugar con el aire rancio, el olor a abrillantamiento de madera y la transpiración humana que tanto nos deleitaba, era este; pero… ¡Ay si mi abuela levantara la cabeza!
Se abren las puertas del Congreso de una manera tan brusca que una corriente fría me encrespa los segmentos ¡Qué jauría tan variopinta! Empiezan a confirmarse mis peores pensamientos.
̶ Ya están aquí, ­̶ anuncio a los míos ̶ rápido, actuad como el gran ejército que somos con nuestra afilada uña de garfio, sus ojos son demasiado simples para vernos. Dejad que entre ellos se peleen, pero que no toquen ni a uno de los nuestros.
Las finas camisas, trajes y corbatas se mezclan con coloridas prendas, botas, panties y vaqueros. ¿Es este el barómetro de los nuevos tiempos? De repente, uno que lleva coleta habla con el de las rastas de al lado, me coloco en su hombro y escucho perfectamente su bisbiseo: “Hay que levantar las alfombras, esa va a ser nuestra misión”
̶ ¡No! ¡Ese mundo no os pertenece! ̶ El grito liberador se ahoga en mi garganta tras haber escuchado ese graznido de ave de mal agüero.
̶ Ácaros del Congreso ̶ digo con la fuerza vital instintiva de mi abuela ̶ la guerra ha comenzado. Provoquemos una crisis de alergia. Os aseguro que caerán y sus muertos velarán nuestra supervivencia. Somos más resistentes que ellos. ¡No nos moverán! ¡Por nuestros ancestros! No olvidéis nuestra condición de ácaros selectos. Tened presente que fuera, la crisis ha minado la industria textil, ya no hay alfombras, ni cortinones, ni terciopelos.
© María Pilar

15 enero 2016

El prestidigitador

Con más años vividos que los que le quedaban por vivir, los misterios se le desvelaron .
Al principio, Nerea no entendía nada. ¿Qué hacía ella en el camerino del gran ilusionista Cardini en el Madison Square Garden? ¿Y las joyas? Lo del viaje a Nueva York fue cosa de su hijo Aitor. ¡Cómo se arrepentía!
Fijó su vista en la puerta en ademán de espera. Al verlo entrar, ya sin maquillaje tuvo que ahogar un grito. Llevó las manos a la cabeza como si no pudiera creerlo. Pronto se rehízo y lo asaeteó a preguntas.
Él hablaba amontonando las palabras como si temiera ser rechazado.

—Al verte sentada en las gradas del pabellón he experimentado tal sacudida que me habría abalanzado para atraparte. En los metros que nos separaban estaban todos los kilómetros recorridos durante estos años. Me pareció que el tiempo daba marcha atrás. Tenía que retenerte. Por eso el truco de hacer desaparecer tus joyas. Aquí están, en mi maletín, como entonces. "Esmeraldas con brillantes", decían los periódicos del día después al robo. "Una banda organizada del este, muy peligrosa". Yo solito di el golpe con la habilidad de mis dedos. Te lo merecías todo. Te dije que era una herencia de una tía abuela viuda de un marino mercante. Perdóname. Las imágenes del periódico me obligaron a huir. Porque, ¿Qué pasaría cuando las lucieras cuando todo el mundo las conocía por la prensa? Me fui con el corazón oprimido y este tatuaje en el brazo. Mira, —se subió la manga de la camisa de seda— Nerea. Lo repetía cada noche antes de dormirme. Contigo se me hacían menos solitarios los lugares que visitaba. Siempre huyendo, siempre alejándome. 

—Juegas con artes de prestidigitador con los sentimientos. Difícil no sucumbir. El abismo de los años me ha acorazado el cerebro y el corazón. Agur, Aitor. —Cuando salía, se giró— ¡Ah! Tienes un hijo. Se te parece. .

© María Pilar