27 noviembre 2017

Las palabras cuentan historias

«El chino lleva coleta» fue la primera frase que leí de seguido en mi cartilla. ¿Un chino con coleta?, me pregunté. No podía ser. Las chicas llevábamos coletas y no los chicos que todos iban con el pelo corto. 

Tenía cuatro años y era mi primera escuela. Sentada en un banco corrido intentaba escribir la Ch entre las dos líneas marcadas en el cuaderno, pero por más que apretaba el lápiz la Ch rebasaba los límites. Se parecía a Alfonso, el compañero gordinflón que tenía al lado. Siempre ocupaba su sitio y parte del mío y yo tenía que hacer equilibrios para no caer al suelo por los codazos que me propinaba. 

Era por la mañana. Lo recuerdo muy bien. El sol entraba a raudales por los ventanales que daban al patio y la luz peleaba con la atmósfera cargada que te invadía al entrar en el aula. Olía a polvo de tiza y hollín, a madera encerada y libros viejos. El rosal blanco ya había abierto sus capullos y lucía espléndido. Soplaba algo de viento porque las rosas se movían. ¡Los bellos y espinosos rosales del patio! Una vara de uno de ellos tenía la profesora, Doña Alejandra, encima de la mesa. Levanté la vista para fijarme en la hucha de cerámica con la cabeza de un chino que también estaba en la mesa de la profesora. Mi distracción no le pasó desapercibida. Acababa de descubrir la coleta de pelo negro que aparecía bajo el gorro oriental cuando me nombró. Sentí frío al encontrarme con su severa mirada. Sus ojos pequeños y vivos me asaeteaban desde la tarima en la que se alzaba.
—¡Sal al encerado! El grito me hizo dar un respingo.


 Acoquinada empecé a andar en dirección al estrado con la vista fija en la punta de mis zapatos. La madera vieja del suelo parecía temblar y se quejaba con leves crujidos. El sol se nubló y percibí lo triste que era mi escuela con su inmensa pizarra negra bajo la foto de Franco y la cruz. Sabía que veinte pares de ojos me estaban observando. Y escuché el silencio. El silencio del miedo que te avisa que algo muy gordo va a ocurrir. Mi desasosiego crecía al compás de las pulsaciones que atronaban en mi cabeza: pum-pum, pum-pum. Estaba segura que los otros niños también las escuchaban y me avergonzaba no poder evitarlo. Mis pies se hicieron torpes al subir los tres escalones que marcaban la división de los dos mundos del aula. Me dolía la tripa. Doña Alejandra cruzó los brazos en actitud de tener todo el tiempo del mundo y dijo impaciente: 
—Vamos, que es para hoy —. Al menos no tenía la vara en sus manos huesudas. 

La mano me temblaba. Toda yo temblaba. Apreté los labios y escribí sin poder evitar el chirrido de la tiza. Supe lo mal que lo había hecho cuando al terminar sonó la bofetada que me estampó en la cara. No sé cómo regresé a mi sitio. Creo que bajé los tres escalones dando trompicones sorbiendo mocos y lágrimas. Algunos niños se tocaban la mejilla con gesto de dolor y hasta Alfonso se encogió para hacerme sitio. Sentada entre ellos pude ver lo que había escrito.

Las diminutas palabras, sudorosas por el arduo trabajo, formaban una cáfila que se empeñaba en escapar de una escuela que daba miedo. El chino se contoneaba, la coleta era zarandeada por el viento y las otras letras seguían dando tropezones. Todas ascendían tercas como mulas por lo empinado del cerro por el que intentaban huir. Su murmullo entrecortado me permitió escuchar: «El chino lleva coleta»

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26 noviembre 2017

Movida en el museo del Prado

Esa tarde de domingo flotaba una atmósfera especial en el museo. Los personajes desde sus cuadros me manifestaban una actitud inquieta y  al fondo había un runrún audible que me desconcertaba. El sonido de mis tacones apresurados se escucharon por los pasillos hasta llegar a la sala que me interesaba: Las meninas. Cuál no sería mi sorpresa al constatar que los focos de luz pintaban un cuadro de pared deshabitado. De la bella infanta, con su vestido blanco de princesita, aprendiendo los ritos del coqueteo que le enseñaban sus meninas, nada. 

El ángel de Fra Angélico le susurró a María el misterio: Las Meninas habían desaparecido. Los susurros cobraron eco y en El jardín del Bosco se preparó tal caos entre dimes y diretes que el vigilante se temió lo peor. Alguien gritó que esta situación los colocaría en el primer puesto en el ranking de visitas y esto, les animó a celebrar desnudos una bacanal al arrullo del agua que expande el aroma de la naturaleza fresca. 

Alberto Durero, sin mover la cabeza, giró los ojos hacia la derecha para indicar el camino por el que había salido corriendo el ladrón. Quién sabe si lo hacía para evitar que se supiera su complicidad en el tema. Esa dirección tomó el vigilante del museo que pasó como una exhalación. 
El caballero de la mano en el pecho, sin que nadie le preguntase, juraba por su honor de caballero que él atraparía al culpable. Paparruchas de princesas dijo La vieja friendo huevos entre el olor a fritanga. Pidió al niño que le alcanzase la crujiente hogaza recién horneada porque bien sabía ella que no hay nada comparable a esa costra calentita con la miga blandita a la hora de cenar. 

Las tres gracias, generosas y perfumadas, opinaban que ellas no tenían nada que ocultar y la Maja vestida con ropas de alto copete, tumbada en un diván sobre almohadones en postura insinuante y con los brazos tras la nuca para exhibir su sensualidad, proclamaba con voz meliflua: “A mí que me registren”. 

El vigilante, desesperado, claudicó y se unió al grupo de borrachos que bebían sin vacilar. Prefería esa controlada rigidez mecánica del borracho a caer en el estupor ante tanta habladuría enloquecedora.
© María Pilar
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