11 noviembre 2016

Niños de la llave

Papa, sigo llevando la llave colgada al cuello como me enseñaste. Desde que te fuiste se acabaron las caricias, los juegos en los que tanto peleábamos por ganar, las risas, los cuentos... Mamá miraba como ida, sin palabras y sin lágrimas. Parecía una estatua de piedra. Un día se acostó y no se ha vuelto a levantar. Todos las tardes le leo la nota del colegio y se la dejo en la mesilla por si la quiere repasar cuando yo me voy, pero nada. La profesora dice que si no voy más aseado no podré entrar en la escuela. Toda mi ropa está sucia, papá, y nadie quiere ponerse a mi lado. 

¿Por qué no vuelves? Recuerdo lo divertido que era cuando estabas aquí, y, como un cascabeleo, me llega el alboroto de los tres cuando no había riñas en casa ni mandaba el silencio. Por la noche cuando me entra el miedo, abro tu armario, cierro los ojos y te respiro por dentro. Pienso si tú te acordarás también de mí.
En el polvo del mueble de la entrada te he dejado escrito con el dedo: “Papá, si pasas por aquí déjanos algo de dinero”. Es lo primero que vas a ver cuando entres en casa. Lo repaso todos los días para que no se borre. Papá, necesitamos dinero. La señora de la tienda dice que o le pagamos o ya no nos fía más. Solo nos queda la media pizza que lleva días encima de la mesilla de mamá… Como ella no come… me la voy a comer yo. ¡Tengo tanta hambre!


Yo la cuido ¿sabes? ¡Siempre tiene frío! Es un bulto en un amasijo de mantas. Me siento a su lado y le digo: “Mamá por favor, háblame” y me limpio los mocos y las lágrimas con el puño del jersey para que no me vea llorar... Está tan pálida… Tiene los ojos muy abiertos…, pero no me mira… A veces me parece un poco como muerta…
Papá, ¡tengo miedo!
© María Pilar
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01 noviembre 2016

La santa compaña


La inesperada visita de sus padres dejó atónita a Deseada. Si se movía la seguían, si se paraba se paraban. Quiso hablar con ellos y se marcharon sin dirigirle la palabra. Se dejó caer en un sillón y lloró con desconsuelo.
Los vecinos comentaban asombrados: “Sus padres la tuvieron pasados los cuarenta. ¡Qué contentos estaban! Y ahora... le niegan la palabra ¿Quién puede entenderlo?”
La noche de los difuntos, al escuchar las doce campanadas, las amigas se deslizaron de sus camas y descalzas se encontraron camino del cementerio. Con las velas encendidas, avanzaron en procesión impregnando el aire de cera y misterio. Al frente iba Deseada con su preciado violín en las manos. Entre parpadeos de velas que atemorizaban y sombras terroríficas que estremecían, iban recitando las “Coplas de Manrique a la muerte de su padre”. Los gatos huían despavoridos y el viento expandía el resonar de las palabras. Deseada interpretó la “Danse Macabre” de Saint-Saëns con tanta pasión que sintió liberar su alma. Cayeron los camisones y bajo el influjo de la luna creciente todas bailaron fascinadas la danza de la muerte. Chocaban entre sí con gestos lujuriosos, se cogían las manos, se deseaban... El canto del gallo rompió el hechizo y rápidamente se cubrieron.
—Los efectos de este ritual aplacarán los ánimos de tus padres en sus tumbas — dijo muy seria Andrea —Y de esto, ni una palabra.
Aitor, el pastor, llegó a casa muy avanzado el día. El terrible miedo que lo atenazaba le hacía mirar desconfiado: “Anoche la Santa Compaña salió a mi encuentro por el camino del cementerio. El aspecto de la comitiva era aterrador, iba comanda por un espectro que portaba en sus manos huesos de muerto. Me produjo tanto temor y espanto que eché a correr y me refugié en el monte que conozco como la palma de mi mano. Esta noche he logrado esquivarla, pero yo sé que me está esperando. Siento el aliento de la muerte en mi nuca.”
Nunca volvió a ser el mismo después de aquel espanto. Un día lo encontraron flotando en el canal cercano al pueblo.
© María Pilar
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