06 diciembre 2013

La otra Navidad

 

Al anochecer en estos días de crudo invierno, Sergio se cubre con un gorro negro de lana y una chamarra ajada. Con una bolsa de compra en la mano sale de casa a su tarea en los contenedores de basura. 

Hoy hace un frío intenso y unas chiribitas de nieve pululan antes de posarse en la alfombra blanca que cubre la ciudad. El pisar de las personas cruje en la nieve. Como sombras en la noche, con grandes bolsas de regalos, pasan raudas mirándolo con desconfianza. Después el silencio solo es traspasado por las notas de un piano que desde un bar cercano perpetúa la canción «Oh, blanca Navidad». Con el cuerpo invertido rastrea con un palo las fauces del abismo donde espera encontrar un rayo de felicidad que alegre su hogar. Lo que ve bajo la lánguida luz de la farola le produce un estremecimiento: Cuento de Navidad de Charles Dickens. Lo coge tembloroso. El hielo interior empieza a resquebrajarse y da paso a un acogedor salón familiar donde un niño descubre los regalos navideños. 

—Mira mamá, ¡y un cuento! ¿Me lo lees? 
—Es tarde cariño, dormimos y te lo cuento mañana. 

Al recuperar su mundo infantil, se cubre los ojos con una mano gélida de mugre y las lágrimas ruedan al ritmo de sus espasmos. Solo le alivia el poder ahorrar a los suyos esa imagen de desamparo. El lamento de la melodía del piano arropa su impotencia hasta que le brota un arranque de valor; no está dispuesto a quedarse allí acurrucado. Levanta la vista y siente cómo la luz azul que impregna los magnolios de la calle más importante de su ciudad lo apremia. 

«Conozco esa calle llena de luz y color, ese bullicio de fiesta y hasta esa casa desde la que el codicioso Mr. Scrooge, negociante de finanzas ajenas para su propio enriquecimiento, mira con ojos saltones tras su ventana. Uno como él me ha puesto donde estoy, no se saldrá con la suya, tengo una familia que me espera». 

El viento azota, la nieve arquea las ramas de los abetos y los castaños de indias le arrojan lo que les sobra. Aparte de eso, lo único que lleva consigo es una determinación que va resquebrajando la opresión que se le había instalado en el alma. 
Antes de darse cuenta está ya en dirección a su casa. No tiene por qué fingir, como tantas personas en estas fechas, él tiene una buena razón para ello. 

Una hora más tarde, dos niños alegres y bulliciosos, de apenas tres años, no paran de reír con la boca llena de mazapanes. Es tan amplio el surtido de los productos degustación en esos grandes almacenes, que empezaron a comer con los ojos, pero, una vez que sus padres les dijeron que sí con la cabeza, la fiesta estaba garantizada. Con su encanto e inocencia entusiasman a cuantos pasan por allí. 

El padre, rejuvenecido, recién afeitado le dice a la madre: 
—Hace tiempo que no los veía tan felices. Me transmiten tanta fuerza que me siento capaz de crear algo esperanzador. Ella, con los ojos vivarachos, lo mira con admiración. 
—Estamos juntos los cuatro —contesta emocionada—. Haremos que disfruten de una noche inolvidable. Que nada ni nadie les borre su sonrisa. Tendrán el regalo de una mamá cuando antes de dormir los arrope en la cama y luego… 
—Luego yo les contaré un cuento de Navidad

28 noviembre 2013

La soledad de las personas mayores

Resiste con sus artríticos sonidos esa escalera de la que hoy se ha adueñado el fantasma de la soledad. Nerea, subiendo peldaño a peldaño hasta el 3º piso en el que vive sola, la equipara con el fluir de su vida y su memoria.
En los momentos que afloran sentimientos dolorosos ocultos entre los pliegues del alma, busca la compañía del agua, percibir como fluye por su piel hace que se sienta bien. Añade al baño sales de lavanda y se sumerge hasta el cuello cerrando los ojos para disfrutar de uno de los pocos placeres que se da en la vida. Cuando más relajada está oye un ruido apenas perceptible. ¡Están abriendo la puerta de su casa!
Las pisadas ya suenan por el pasillo. Siente el aliento de alguien que se acerca. Su corazón desbocado le hace encogerse sobre sí misma. A través de la mampara empañada nota que la puerta del baño se abre muy despacio. La tensión se hace irrespirable. Una sombra oscura ocupa aquel húmedo oasis absorbiendo todo el oxígeno. La sombra pasa una mano por el cristal para quitar el vaho. Ese ojo inmóvil que la observa le hiela la sangre. Cuando el hombre abre la mampara le descarga el spray de laca. Al echarse las manos al rostro es cuando Nerea escucha un sonido metálico contra el suelo y la hoja del cuchillo le da alas para zafarse de los manotazos que él le lanza.
Más tarde regresa acompañada de la vecina del 1º y la policía. La puerta está abierta y el silencio lo inunda todo. Una mancha de sangre va ennegreciendo las baldosas del baño. Allí está él, muerto al golpearse la cabeza contra el lavabo.

24 noviembre 2013

Alguien me sigue

Caras Ionut
La Avenida es una de las calles de entrada y salida a la ciudad dirección norte. Esta tarde grisácea del mes de noviembre, entretenida con la niña en los columpios del parque que están al lado, no me he dado cuenta del paso del tiempo. En esta época, los días son muy cortos y pronto se hace de noche. Voy con mi hija de la mano porque quiere ir andando; siempre quiere demostrar que es mayor de lo que en realidad es. Despacio, sigo el ritmo de sus pequeños zapatos camino de casa cuando comienzo a escuchar unos pasos. No veo a nadie, pero sé que alguien más está con nosotras. Acelero la marcha para llegar cuanto antes y, con ello, obligo a mi pequeña a avanzar a trompicones. Noto en mi nuca el aliento del que se nos acerca por detrás. Instintivamente aprieto a la niña contra mí y también el bolso que llevo en el hombro. ¡Veo la Avenida tan solitaria a estas horas! Me paro y, con disimulo, miro de reojo a la vez que me agacho para cogerla. Se detiene también, es un hombre con deportivas blancas y vaqueros. Empiezo a andar deprisa con mi hija en brazos. Él agiliza el paso. Siento que está a punto de alcanzarme. La violencia que percibo me bombea el corazón como un caballo desbocado. Me salgo de la acera a la calzada que es de doble sentido. Los pitidos de coches y gestos poco amables de los conductores me exigen que me quite de ahí. Corro todo lo rápido que puedo sorteándolos a la vez que aprieto contra mi cuerpo a la niña. En la esquina, tengo que volver a la acera para girar y entrar en la plaza que vivimos. De nuevo siento el acoso de su presencia. El sentimiento de indefensión me ahoga. El viento del norte me hace castañetear los dientes. Ya sabe que le temo y que me tiene en sus manos. No quiero gritar, no quiero asustar a mi pequeña, aunque creo que le estoy haciendo daño al apretarla tan fuerte. Casi está pegado a mí, si me vuelvo de repente, voy a chocar con él. ¡Imposible alcanzar la puerta! Alguien viene de frente. Es un vecino del portal de al lado. Apenas lo conozco. Me abalanzo sobre él. «Me están siguiendo», le digo angustiada. Los dos vemos cómo el otro se da media vuelta y se aleja. Un hombre fuerte, de unos 50 años, con los brazos caídos a lo largo de su cuerpo y los puños apretados.
© María Pilar

15 noviembre 2013

Intemperie de Jesús Carrasco

Es un libro de 224 páginas, se lee de un tirón y te atrapa con las vicisitudes que acontecen al niño protagonista acechado por los mil peligros que se va encontrando en su huida para ponerse a salvo de su perseguidor. Es un relato sobre la supervivencia y la solidaridad. Una vez leído, se te queda bullendo en la mente. Puede gustar o no, pero no deja indiferente.
Un niño y un viejo, las dos etapas más indefensas de la vida, se ven obligados a huir de un mundo gobernado por la violencia en el que son tratados de manera brutal y vejatoria. En su huida por la supervivencia, la naturaleza hostil con la que se encuentran les ofrece una sequía eterna y un sol abrasador. Todo ello hace que tengan que afrontar condiciones difíciles de soportar. No es una novela de ficción, la dura realidad que nos cuenta, aunque el autor no nos indica ni el tiempo ni el lugar, está muy pegada a la realidad del campo rural de la España interior hacia mediados del siglo pasado. Muy acertado el título de Intemperie porque refleja ese estar a expensas de lo que te sobrevenga sin techo ni protección alguna.
El lenguaje del narrador, que te ofrece de forma descriptiva la visualización de cada zona por la que pasan así como el cuidado de los detalles, contrasta con la desnudez y escasez de los personajes. El laconismo del lenguaje de estos, propio de las gentes de esa época y lugar, refuerza el realismo de la obra. A veces, las florituras y el lirismo del autor te hacen perder el hilo argumental para valorar una comparación descriptiva o el significado de alguna palabra. Todo el derroche lingüístico con el que te encuentras de parte del narrador/autor es de gran riqueza, pero pierde carga emotiva que sí te ofrecen los propios personajes de la obra.
Nadie tiene nombre propio, se les conoce como el chico, el viejo y el alguacil.
El viejo pastor representa el pasado, la miseria se ha instalado en su vida, pero es fiel a unos principios de solidaridad y justicia, honradez y lealtad. A pesar de las duras circunstancias intenta vivir con dignidad y su gran calidad humana queda perfectamente retratada.
El aguacil es un hombre maduro, nuevo rico, corrupto y dominante. Parece tener sometido a todo el pueblo que queda silenciado desde el primer momento. Representa el tiempo presente en la novela.
El niño representa el futuro. Es el auténtico protagonista. Tiene que aprender a sobrevivir en un territorio hostil y no cree que la bondad exista hasta que se la encuentra en el cabrero. Conoce las dos formas de afrontar la vida desde su infancia porque ha estado en contacto tanto con el pastor como con el alguacil.
A través del niño, el autor enciende un atisbo de esperanza. Esperanza que no es fácil de asimilar cuando el libro te pesa como una losa con los sufrimientos del niño provocados por la miserable naturaleza humana cuyos poderosos tentáculos llegan a cualquier lugar. Para sobrevivir ¿ejercerá la violencia que ha mamado? O por el contrario ¿crecerá con los rudimentos de la moral que ha visto en el pastor?
©María Pilar

06 noviembre 2013

Mujer leyendo en el vertedero de Dandora

Allí estaba ella, leyendo. En el centro del basurero más peligroso del mundo. Una mujer joven de piel morena que me atrajo como un imán. Sentada sobre bolsas y sacos de basura que había recogido a lo largo de todo el día, se la veía feliz con aquel libro en las manos. Parecía acariciar las hojas que mostraban las cicatrices del tiempo pasado bajo tierra. Lo había liberado del más ingrato de los destinos y en compensación él la envolvía con el hechizo de sus letras.
Me quedé más o menos a un metro de distancia intentando no estropear el mágico momento. Toda ella me transmitía autenticidad y no podría ni imaginar lo paradójico que a mí me resultaba su situación. Parecía sentirse una mujer más que, tras una jornada durísima de trabajo, se permitía un momento de ocio disfrutando del placer de la lectura. La dignidad y serenidad que transmitía contrastaba con el mundo carroñero del vertedero que la rodeaba. De todo era capaz de evadirse cuando podía permitirse un rato de descanso bajo la lluvia gris para poder leer. “¡Qué fuerza tiene el hábito lector que da esos apoyos en los que agarrarse!”, me dije.
Tal vez fue mi tos producida por el aire tóxico que me quemaba la garganta e irritaba los ojos lo que hizo que levantara la vista. Su serena mirada se cruzó con mis ojos anhelantes. No se sonrió ni frunció el ceño al verme cargado con mi equipo fotográfico en un lugar como aquel.
—¿Qué tal el trabajo?
—Trabajo es trabajo —me contestó con un tono de voz suave.
̶ ¿Y el libro?
—Me da algo que hacer durante el día además de recoger basura ̶ añadió con gran entusiasmo.
Y siguió buceando en las páginas de aquel libro salvado de uno de los incendios permanentes de la zona como si estuviera en una biblioteca, o mejor aún, en un banco de un parque rodeado de árboles. Y mientras leía, seguía soñando en parques verdes y su imaginación volaba por otras vidas que le pintaban una sonrisa. Y yo cavilaba sobre las paradojas del destino. ¿Cómo era posible que ese monte que con su silueta negra desafiaba al cielo no podía con la semilla lectora que alguien un día sembró en ella? El imparable mundo de la imaginación lograba, gracias a la lectura, que al volver cada día a su trabajo no se sintiera náufrago sino navegante.
Como si el haber cruzado unas palabras con ella me hubiera autorizado a acercarme, me senté a un lado en uno de los sacos. Inmóvil permaneció leyendo hasta que la oscuridad se impuso. Y se impuso el silencio de una ciudad cuando calla y se impuso el silencio entre un hombre y una mujer. ¿Para qué cosas profundas sirven las palabras? Hay silencios de amor y odio, y hay silencios de paz interior sobre los que se pone toda la esperanza.
Me había presentado allí a la búsqueda de la imagen terrible y desgarradora que impactase como reclamo y denuncia de ese vientre putrefacto de Dandora, y ella me regalaba un momento tranquilo de reflexión personal, una imagen tan llena de esperanza que me hizo replantear muchos prejuicios personales imbuidos por mi cultura occidental.
Como fotógrafo que sabe cuándo apretar el disparador, sentí el impulso que me arrastra por el mundo para conseguir la mejor foto de todas, abrí la cámara y disparé…, hacia mi interior. La mejor fotografía de las que traje fue la de mí mismo.
© María Pilar

28 octubre 2013

La casa de mis recuerdos

Tal vez porque la mayor parte de mi vida ha transcurrido en un piso de ciudad o tal vez porque en la mente de los niños todo se engrandece, lo cierto es que la casa de mis recuerdos es enorme.  

Lo que más llama la atención son las cinco robustas columnas de piedra tallada en redondo que sostienen la galería de la parte superior. La fachada principal da a una calle importante y la casa se alarga haciendo esquina con otra más pequeña. Este lateral, revestido de mampostería tosca, está abierto por un balcón que mira curioso al centro de la plaza. Es boca que deja entrar historias que se viven en el pueblo a la vez que permite salir voces y figuras que se asoman.  

La ventana, al lado de la puerta principal, no es muy grande, resiste el paso del tiempo y sigue dando la bienvenida a los visitantes. En ella se reconoce el aire familiar de los que habitaban. Deja ver a la abuela sentada a coser en la sala, la estancia más cálida, mientras la luz del sol, que parece detenerse en ella, le ilumina la vista a la par que le calienta las manos. Levanta la cabeza agradecida y ve la ola de polvo que levanta el traqueteo de un carro. Las ventanas no son solo los ojos o la boca de la casa, sino también sus oídos y su nariz. Se abren para ventilar y se cierran para evitar que los olores de la limpieza de pocilgas y cuadras se adueñen de la casa. Recogen sonidos que no hacen daño, como el paso de un rebaño de ovejas o el canto de los pardales, el de los vendedores ambulantes o el chiflo del afilador y también los que asustan, como los gritos de enfado junto al estrépito de un cristal roto. Hoy todos han quedado atenuados por el paso del tiempo frente al ruido dominante en el que vivimos.   

La cocina tenía una chimenea acampanada enorme, en el fuego siempre los pucheros desprendían el inconfundible olor de las comidas de casa que nunca te abandona. En la parte baja de una pared, estaba la hornacha para calentar con troncos de encina la gloria de la sala. Esa vida se me ha ido desdibujando, pero me queda el olor del humo de las chimeneas, el sonido del chisporroteo de la leña al quemarse, los colores tan vivos del fuego que me hipnotizaban y la caricia del calor en la piel.  

Al lado de la cocina, la despensa, con el frescor de una bodega y los olores propios de una tienda de ultramarinos. No los quesos, que las mujeres hacían de forma artesanal con la leche de las ovejas, estos tenían su fresquera, una sala propia. Su sabor exquisito se mezclaba con una cultura y un arte que solo estando lejos he aprendido a valorar.  

Por la puerta trasera, al atardecer, entraban las mulas a las cuadras, con los hombres que venían de trabajar los campos. En el corral picoteaban las gallinas y, en primavera, se oía el canto de los pardales que, a veces, armaban un gran escándalo por una miga de pan. La cochiquera era el reino de los cerdos. En torno a San Martín, los vecinos venían a ayudar. Yo me escondía detrás de una puerta y me tapaba los oídos con las manos, así y todo, nunca olvidaré los chillidos cuando el matarife les clavaba el cuchillo.  

La escalera de madera, con el barandal brillante de usarlo como tobogán sin que me viera el abuelo, nos lleva a las habitaciones de arriba. Las que daban a la calle eran muy grandes: una con alcoba, otra con vestidor, la de más allá con una sala aneja; las de la zona de atrás, eran más pequeñas y modestas. En cada habitación había un palanganero, unos de madera y otros de hierro forjado. Y en los armarios, entre la ropa, bolitas de naftalina. Recuerdo su olor fuerte que algunas personas extendían en la iglesia con su ropa de domingo.  

Debajo del tejado, el gran desván abovedado, con uvas pasas sobre hojas de periódicos viejos, por aquí; sacos de almendras por allá, estanterías abarrotadas de libros y fajos de papeles amarillentos, cajas, baúles; parecía el almacén de una tienda en el que me encantaría perderme si no fuera por los rincones oscuros y el misterio que lo envolvía, me amedrentaba. Crujidos que no sabías de dónde venían, la cortina del ventanuco temblaba, la puerta, que siempre dejabas abierta, se movía. Tal vez lo habitaban espíritus de antiguos habitantes de la casona que se habían quedado atrapados.  

Con la última luz del día, a veces, se oía el canto persistente de la lechuza. Cuando estaba cerca, los mayores se ponían muy serios. Decían que en el tejado que se posase, en unos días, alguien de esa casa iba a morir. Y tras su canto, el ulular del viento soplaba con tanta fuerza que llenaba la casa de misterios y los muebles se volvían más rígidos y mostraban su mirar pasmado. El abuelo se encogía en su mutismo, la abuela callaba y yo temblaba de miedo. Los tres callados al unísono, bajo la luz de las bombillas, subíamos a acostarnos por las escaleras de madera que rompían el silencio con sus crujidos.  

Cuántas veces mis emociones y fantasías brotan de ese mundo que ya pasó. Pero qué enigmática es la memoria. A veces te muestra los más bellos recuerdos y otras, te deja en el alma la inquietud del silencio y noches con funda de misterio. 

El beso de Gustav Klimt

Se celebraba la fiesta de la belleza y del erotismo. El cóctel, en el palacio Belvedere, se nos sirvió en el romántico jardín entre fuentes ornamentales y ajedrezados de césped. El grupo más numeroso se quedó en el paseo central que se pierde hacia un horizonte inabarcable y muy animados con sus copas en la mano disfrutaban del privilegio reservado a unos cuantos. Algunas parejas nos fuimos dispersando bajo la influencia de esa luz que matiza los alegres colores florales mientras la brisa nos envolvía con deliciosos aromas de plantas de los Alpes. Los surtidores con sus juegos de agua al precipitarse nos salpicaban la piel y todo avivaba los sentidos y te invitaba a formar parte del juego amoroso porque todo latía bajo el influjo erótico de los actuales dueños.
En el salón de baile los tules y las gasas se rozaban al ritmo del “Danubio Azul” que la orquesta interpretaba y allí Emilie, con la inequívoca sonrisa del amor en los labios, nos comentó que lo conoció en la boda de su hermana. “Él ya era un hombre de mundo y yo estaba en los albores de mi juventud, pero prendió en mí la llama de un irresistible amor ante el fuego de deseo que me lanzaban sus miradas. Recuerdo cómo se aceleró mi corazón cuando se me acercó. Ahí empezó nuestro idilio que ha dado lugar a nuestra eterna historia de amor. Él puso la pasión, yo la entrega más absoluta y mi sensibilidad ante un simple roce de su piel. Nos fusionamos con frenesí para vivir nuestro amor prohibido aferrándonos como el pie del equilibrista al alambre. Fui la eterna amante ̶ mujer fatal y pelirroja decían ̶ nuestra pasión estuvo por encima de normas y condicionamientos sociales y el vértigo al precipicio amenazante bajo nuestros pies fortaleció nuestro querer hasta la muerte y nos sobrevivió”.
Fue hermoso captar ese beso de la pareja de anfitriones cuando los dos abrazados, vestidos con sus coloridas túnicas de fiesta, se entregaban a la felicidad erótica de manera imperturbable con tal fuerza, que irradiaban fulgores dorados de un sol abrasador.
¡La eternidad de un beso!
© María Pilar

21 octubre 2013

Doblan las campanas

Cuando la brisa despliega la ambrosía
En un lugar de amables atardeceres
Las alas de sombra de los plátanos se alargan.
Cuando desflora su virginidad la primavera
En armonía con el trébol de la suerte
El peine del viento mece nuestros sueños.
Cuando recibe un ventanal velado
La absorbancia de la luz que nos deja
Gimen las paredes de una casa
Impregnadas de tristeza y soledad.
Doblan las campanas de la iglesia
Por el contador de historias
Que ya no está.

13 octubre 2013

Vendimia en La Rioja Alavesa

El otoño, con sus días soleados y sus noches frías, se detiene en el pueblo cuando la vendimia llama a su puerta. El ambiente sabe a grana y esperanza y el olor dulce del caldo se extiende por todos los rincones. Por las calles se ve ajetreo constante de gente y se siente el crujir de los sarmientos a su paso. Ruidos de tractores seguidos de pequeños remolques se oyen por doquier y voces de tierras lejanas se mezclan con las del lugar. Son los temporeros que dejan casa, tierra y familia para hacer la campaña de la vendimia.
El ritual cargado de arte, magia y fiesta se repite de generación en generación hasta perderse en la memoria de los tiempos. En cuanto amanece, los vendimiadores están a pie de cepa para empezar a tomar contacto con esos racimos de uvas rebosantes. Avanzan con cuidado, notan el fruto maduro en su mano y cortan con diligencia para no estropear el milagro. Sienten la cercanía de los demás, a veces algún roce cómplice que se celebra con sonrisas. La recogida de la uva también implica recogida de ilusiones. Para algunos el sustento de la familia de todo el año.
El sol se pone y al compás de su luz se suspende la tarea. La sintonía de voces, olores y colores se va sosegando. Cuando por la noche el silencio envuelve un merecido descanso, hay quien, antes de dormirse, saca emocionado una gastada foto familiar para rozarla con los labios.
© María Pilar

04 octubre 2013

Síndrome del nido vacío

Conservo la jaula en mis manos, les abrí la puerta para que pudieran volar. Yo misma había tejido sus alas, fuertes, brillantes y vigorosas y les había inculcado un sueño, el sueño de la libertad. Las he visto alejarse volando con la ilusión de la juventud recién estrenada. El atardecer me descubrió inmóvil, con la mano levantada, contemplando su silueta hasta convertirse en un punto en el infinito.
Fuera del nido en el que nacieron ¿qué peligros les pueden acechar? Tejo esperas ilusionadas que se me mezclan con hilos de decepción, oteo el horizonte ojo avizor, creo verlas en otros perfiles que siempre me engañan y he aligerado mi equipaje siempre dispuesta a una llamada.
Quisiera ser el faro del puerto que guíe su camino, quisiera ser la brisa que mueve y acaricia sus alas, quisiera ser el fuego que aniquile a todos que se les acerquen para hacerles daño, quisiera ser el consuelo a sus suspiros, quisiera ser… quisiera ser…
Ya no habrá quien me calme en mis desvelos, a quien le descubra mis inquietudes y tristezas, porque las encerraré en un lugar oculto bajo siete llaves forjadas con lágrimas y silencios. La noche se convertirá en juegos de memoria y al amanecer, le sonreiré al viento que es un gran mensajero, le sonreiré y le gritaré: “¡qué bien lo estáis haciendo!” y en su retorno, me traerá aromas conocidos de tierras extrañas.
© María Pilar

01 octubre 2013

He plantado un tulipán

Desde que se fueron las niñas me he convertido en jardinera, bueno jardinera es un decir porque solamente tengo una planta. Clara me trajo, de uno de sus muchos viajes, esta vez de Holanda, un bulbo de tulipán y he leído en internet que a partir de septiembre ya se puede plantar para evitar el tiempo de las heladas y lograr un buen crecimiento. He seguido las normas que indicaban para hacerlo en maceta, pero al regar la tierra se ha quedado prieta y no sé si es lo adecuado.
 
Lo tengo en la terraza porque es bastante soleada y lo contemplo cada día. Como no da señales, he empezado a hablarle para que no se le ocurra morirse porque me sentiría culpable y me moriría también yo; bueno no voy a morirme, pero se lo digo para presionarle y que se anime a nacer. Le digo que no se preocupe porque, de momento, está solo. Ya sé que están habituados a crecer rectos y apoyados unos en los otros porque les gusta vivir en familia numerosa. Pero eso tiene remedio.
 
¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que empiece a dar señales? no quiero saberlo, así me sorprenderá. Espero observar su asombroso crecimiento y disfrutar del colorido que me regale con su flor.

27 septiembre 2013

La caza

El crujir de una rama alertó a los dos cazadores que con el dedo en el tirador de las escopetas caminaban sigilosos entre la maleza. Atentos como iban a toda señal, creyeron percibir la sutil huida de la presa ante el olor a pólvora que emanaba de su presencia. “¡Maldición!”, murmuró uno impaciente. Ambos sabían lo bien que pagaría el amo si le llevaban la gran pieza. Nada menos que el líder que había sublevado a toda la manada.
Un nuevo chasquido.
Con un mero gesto acordaron la dirección. A medida que se acercaban pisando con la máxima cautela la alfombra de hojas caídas, el olor fétido que contaminaba el aire les obligó a ponerse el pañuelo para cubrirse la nariz y la boca. Al llegar al lugar, un sudor frío les recorrió la espalda y se quedaron sin palabras. Los rayos de sol que se colaban entre la fronda, descubrían la rama de encina que se desgajaba vencida por el peso del pingajo humano oscilante. Una turba de moscardas zumbaba alrededor de la lengua que, cianótica y mucho más grande de lo normal, se proyectada fuera de la boca. Aparte de ese sonido, un silencio extraño reinaba en el lugar. El silencio habitado por el que no había tenido otra salida para lograr su liberación. Todo un símbolo de rendición ante la batalla de la vida.
© María Pilar
3º Puesto en RC

19 septiembre 2013

Un tiempo para soñar-Mundos de Internet


¿Os habéis fijado en la frase con la que nos recibe Facebook cada vez que entramos en su página? Esa es la causante de todo.
— ¿Qué estás pensando?
— y a ti, “espíritu indiscreto”, ¡qué narices te importa!
—Soy creación del dueño de la página.
—Menos humos guapo, una voz en una diminuta ventana que actúa de “mosca cojonera”, eso es lo que eres.
—Formo parte de un prestigioso equipo de trabajo.
—Y yo una de tus “amigas”. ¿No es así cómo nos llamas? ¿Y no te da vergüenza cómo nos tratas? Vaya ínfulas que te gastas. Me fastidia que siempre me estés preguntando lo mismo señalándome con un dedo acusador: “¿Qué estás pensando?, ¿qué estás pensando?” A ti qué te importa. Oye, que tú no eres Dios.
—El Dios del más allá, ni lo pretendo; pero el de este mundo, no me negarás que me falta poco.
—Entonces, prepotente controlador del pensamiento, ¿por qué adoptas las formas del de más allá? Mira, una tiene reminiscencias de su época de estudiante en un colegio católico y esa pregunta, es que esa pregunta se las trae. Me recuerda lo de: “pensamiento, palabra, obra y omisión”. Palabras lapidarias. Cualquiera de ellas podía condenarte al fuego eterno.
—Pues vete soltando lastre. ¿Qué estás pensando?
— ¡Eres imposible cabeza de rectángulo! ¿Qué quieres conseguir con esa frase inquisitorial? Ah claro, que en inglés no lo es y como lo que haces es traducción literal. Ese es tu gran fallo. Si es que nada más abrir la página y leerlo, se me cortan las ideas.
— ¡Ah! era eso, que estás con el síndrome del folio en blanco.
— ¡Aaaggg! Te juro que conmigo vas a tener los días contados porque me largo.
—Volverás, te conozco. Estás enganchada, no soportarás el síndrome de abstinencia.
—Has acabado con mi paciencia. ¡Ah! Y a ver si aprendes idiomas. Te darías cuenta que hay otras expresiones como: “¿Tienes alguna sugerencia?” Esta sí que es una frase motivadora. Y mejor anfitrión serías si cuidases a los que te visitan: “Tómate tu tiempo para soñar, descubrir, disfrutar”.
Pero… ¡No me lo puedo creer! Si está roncando.
—Romromromrrrrrrr; zzzzzzzz.
© María Pilar

12 septiembre 2013

Maltrato infantil

Como todos los días la joven profesora saluda a los niños con una amplia sonrisa. Un grupo rodea a un niño pelirrojo de ojos color miel cuestionándole el porqué de su cara marcada.
—Me he caído en el parque con el monopatín —les contesta con una voz tímida ausente de toda gracia natural.
A la profesora no se le escapa el leve rubor de sus mejillas y la falta de chispa en sus ojos. Pronto los otros niños vuelven con su inocencia a su bullicio habitual.
Sentado ya en su sitio, la profesora recoge la mirada cargada de pesadumbre que él le lanza a la vez que con sus manos intenta cubrirse la cara. Al encontrarse con la mirada de ella, el niño aprieta los labios y unas lágrimas silenciosas, discretas y llenas de pudor corren por sus mejillas. Ni un hipo, ni un gesto que delate a los demás toda la angustia que le ahoga. Ella sabe lo que tiene que hacer, y vaya que si lo va a hacer, pero ahora lo más inmediato es hacerle sentir su compañía, que sepa que no está solo, que cuenta con su ayuda.
© María Pilar

04 septiembre 2013

¡Se acabó la siesta!

Jacob Riglin (@jacob)

¡Hola, hola! ¡Estoy de vuelta!

El tiempo de cierre ha durado más de lo que en un principio había pensado, pero hoy, por fin, abro el balcón de “observando la vida” para que entren los aires del exterior y le contagien su nueva savia con esos intercambios compartidos tan habituales en el mundo de los blogs. Lejos de encontrarme triste por volver a la rutina, me encanta poder saludaros a todos, agradezco vuestros cariñosos mensajes y poco a poco os iré visitando que me muero de ganas por curiosear las novedades que me he perdido.

Este grupo de blogs unidos en cadena forma un fantástico país: los que rayan la perfección en sus relatos conforman la bóveda azulada cuajada de estrellas; los que están bien asentados por su valía y constancia, modelan las altas cumbres donde las piedras firman su textura de roca; otros, van cohesionando un bello paisaje entre laderas, valles y riachuelos; los de más allá abren puertas y ventanas donde la luz y la gracia anima todo lo que acontece. La cultura está en ese paisaje que los ojos contemplan disfrutando de lo bello.

© María Pilar

28 agosto 2013

RABELADAS CON ORUJO DE VILLAMEDIANA


RABELADAS CON ORUJO DE VILLAMEDIANA 
 (Vida y milagros de la Pili con motivo de su jubilación) 

En un pueblo del Cerrato 
nace una chiguita maja, 
la quinta de diez hermanos, 
dicen que no hay quinta mala.

Va corriendo por las eras 
o a la escuela de la plaza. 
Si toca comer garbanzos, 
a por agua a la Legaña.  

Como era tan traviesa 
a los altos se subía, 
en sus piernas cicatrices 
si hablaran lo dirían. 

Ya se sabe la doctrina, 
la llevan a comulgar, 
solo tiene 5 años, 
el traje hay que rellenar. 

Hasta el pueblo han llegado 
unas monjas de Arceniega, 
las tiramos 4 piedras, 
pero a ella se la llevan. 

Con acento alemán 
y rezos en la capilla, 
se examina en Amurrio, 
tres nueves en la cartilla. 

Por las calles de Vitoria 
van los grises dando estopa, 
entre otros estudiantes 
iba corriendo una monja. 

Y después de noviciado 
la tocaba profesar, 
pero más que con las monjas 
le gustaba estar con Juan. 

Y mientras el aludido 
pensaba con desconsuelo: 
«A esta novicia ¡ahivá, hostia!». 
Yo me la llevaba al huerto. 

Los Moreno van de boda 
a la ciudad de Vitoria, 
se nos casaba con Juan 
la prota de esta historia. 

Su marido es un Sánchez 
de tierras de Salamanca, 
que un vasco como se sabe 
nace andé le da la gana. 

Al poco nos llega Leire 
y más tarde la Maitechu. 
Entonces el vasco dice 
el trabajo ya está hechu. 

En el curro con adultos 
le tocaba trabajar 
con moritos, rusos, chinos 
y alguno de Senegal. 

Sus hijas ya han volado 
y le sobran unos ratos, 
mientras «observa la vida» 
va escribiendo sus relatos. 

Han pasado muchos años 
y se quiere jubilar, 
pero el alcalde la manda 
al balcón a pregonar. 

Si otra vez que te jubiles 
no quieres escuchar esto, 
no te vayas de la Viga 
con prisas y antes de tiempo. 

 Fdo. Entre pocha y pocha un trago

28 julio 2013

La tristeza del anciano

Puso sus manos en la cara para cubrir la rotura del llanto e impedir que esa zona oscura y oculta, que llevaba en su interior durante los últimos días, aflorase. El ahogamiento ante el reclamo de una voz que machacona le surgía de lo más profundo y no lo dejaba en paz. Todo desde que había oído el rumor que era un clamor aquellos días. La residencia se cerraba. 
La idea de volver a su casa se le presentaba imposible. Por eso, a la angustia se le añadió el desconcierto de no saber a dónde ir cuando una mano le abrió la puerta para que saliera a la calle. 
Su mente estuvo vagando en medio de la nada. Se dio la vuelta y entró de nuevo sintiéndose un intruso, con el temor a ser descubierto vive oculto. 

24 junio 2013

No es más que un breve adiós

El sol tímido y vergonzoso por fin se deja ver por estas tierras del norte y con su suave caricia nos anuncia que el verano está al llegar. Un verano seguramente corto, no los tres meses que marcan los cánones para cada estación, pero me apetece romper la rutina diaria y hacer esas cosas que por falta de tiempo he ido aparcando, volar sin ataduras ni rígidos horarios de trabajo, viajar, leer, escribir, ver otros mundos que pueden estar lejos o al lado de mi casa y que con las prisas de la vida he pasado por alto.
Porque estáis ahí, porque he tenido la suerte de encontraros, no puedo marcharme sin despedirme, os habéis hecho especiales y ya ocupáis un lugar allí donde crecen los sentimientos. Gracias a todos los que me habéis leído y en particular a los que entrada tras entrada habéis dejado vuestros animados comentarios. Me gusta despedirme de vosotros como si se tratase de amigos que durante un tiempo no voy a ver. Me habéis dado mucho: risas, compañía, retazos de vida e historias compartidas que han ocupado gratamente parte de mi tiempo.
Con vosotros he encontrado ese arte de contar que cada vez aproxima más, he descubierto nuevas maneras de mirar y también yo he encontrado un hueco para aportar la mía. Paseos o miradas impregnados de humor, poesía, ironía, aventuras… me han llevado a apreciar y admirar al autor o autora que se esconde detrás y a diferenciar lo que cada uno tiene de particular y enriquecedor. Entre ese encadenamiento de historias coincidentes en el tiempo, pero dispares entre sí, se ha ido tejiendo esta bella amistad.
Para tod@s, mi más sincero abrazo y ¡hasta pronto!
© María Pilar

15 junio 2013

La abuela

La abuela era una mujer de carácter, luchadora, perseverante y con un gran afán de superación. 
Sin duda, la mejor amazona de la zona y montada en su caballo aparecía en cualquiera de sus fincas para vigilar el trabajo de los obreros. 
Lo que en un hombre se hubiera visto como normal, en ella chocaba: era mujer y ¡vaya mujer! No se sometió al papel de esposa sumisa que marcaban los cánones de la época. Antes del nublado—los de la zona todavía hablan de antes del nublado como referencia temporal— estaba pletórica de salud y vida, salió de él envejecida y enferma. En su rostro, los ojos seguían brillando con tenacidad, pero en su corazón se había instalado la idea de descansar para siempre y no seguir viendo tanta calamidad. Con la humedad, ella que nunca había estado enferma, empezó a sentirse mal, tosía mucho y tenía escalofríos. Se calentaba con piedras que habían acercado a la trébede.
El ama de llaves musitaba un soniquete de oración para ahuyentar los malos espíritus. Envuelta en un halo de misterio que embargaba su espíritu, le susurró a la abuela que seguía oyendo noche tras noche el canto del búho cerca de la casa. Ella la recriminaba diciéndole: ¿te parece poca desgracia la que ya estamos padeciendo?
Cada vez que volvían los de la búsqueda, los inquiría con un gesto acompañado de una anhelante mirada. Al ver la negación en sus rostros, se enojaba y decía: mi nieta a merced de las alimañas. Sentada en su silla, con las uñas ennegrecidas y los bajos de las sayas empapados, miraba alrededor las paredes húmedas de su casa y con amargura y tristeza decía que estaba resignada a todo menos a no encontrar a su nieta.
Determinó salir ella con la cuadrilla a rastrear más allá del río. Ese día se vistió el carácter del que siempre había hecho gala y les dijo: no tenemos más suelo que el que pisamos y si está lleno de agua, pues lo tendremos que secar.
© María Pilar

07 junio 2013

Microrrelatos al por mayor.

Aunque no soy muy dada a participar en otros blogs, alguna que otra vez me decido por alguno impulsada por el interés que despiertan sus propuestas. Esta vez, me he estrenado en Microrrelatos al por mayor (de Luisa Hurtado), con tres micros inspirados en dos fotografías de José Luis Rafael. Me ha parecido una interesante experiencia. 
¡Espero que os gusten!

LA DEMOCRACIA


Primera mirada:
La democracia con corazón ya no se lleva, la diosa de la economía bancaria es la que manda y ha dividido el cuerpo en 27 partes, aquella que no respire al ritmo que ella marque, será condenada al ostracismo más absoluto.

Segunda mirada:
Estábamos ciegos y nos creíamos felices viviendo en libertad, la realidad nos abrió los ojos y nos sacó los colores.


METAMORFOSIS
Se negaba a mirar la silueta de su sombra siempre pegada a ella recordándole su pasado de oruga. Ella era una preciosa mariposa, sus maravillosas alas así lo confirmaban y sus colores con aquel brillo de polvo dorado, le aportaban un toque de distinción y realeza.
© María Pilar

29 mayo 2013

Basta ya de violencia machista

Hay criminales que proclaman tan campantes ‘la maté porque era mía’, así no más, como si fuera cosa de sentido común y justo de toda justicia y derecho de propiedad privada, que hace al hombre dueño de la mujer. Pero ninguno, ninguno, ni el más macho de los supermachos tiene la valentía de confesar ‘la maté por miedo’, porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo.
                                                                        Eduardo Galeano

El día estaba claro y soleado en aquel pequeño pueblo. La estrecha calle por la que pasaba ella, con soportales y casas bajas a ambos lados, remarcaba su silueta con todo su esplendor. El reloj de la torre de la iglesia, que hacía tiempo que no marcaba las horas, sobresalía por encima de los tejados como ojo curioso que no quiere perder detalle. Su aspecto de alemana nos cautivó a todos. Alta, con media melena rubia, de ojos azules y piel transparente, llevaba un vestido ajustado que enmarcaba su figura. Andaba como una actriz de cine con un ramo de flores en las manos.  Tenía que darse cuenta de la curiosidad que despertaba su presencia por la cantidad de gente que se arremolinaba para verla, pero ella seguía con la mirada al frente sin manifestar desagrado. 
Había visto mujeres guapas del pueblo, con flores en las manos, pero ninguna con el porte que ella tenía. Irradiaba la luz del sol empequeñeciendo al pequeño séquito que la acompañaba rendido a sus pies. 
El hombre moreno que iba a su lado, de ojos hermosos y labios gruesos, le llegaba al hombro, pero mostraba en su semblante un orgullo desafiante, el orgullo de quien exhibe un trofeo a la gente de su pueblo. El traje marengo con camisa oscura y corbata a juego, le daba aires de gran señor, pero no le impedía el brillo del sudor en el rostro. Ella era tan ideal como etérea por aquel pueblo, y tenías ganas de tocarla con suavidad no como aquella mano ruda que la agarraba por la cintura de forma tan poco fina que en el raso del vestido le dejaba las marcas de su manoseado sudor.
En este amanecer de recuerdos, me interrumpen las noticias con el grave suceso de que un hombre gris y anodino, el dueño de aquella mano cargada de deseo, ¡ha sido su asesino!
© María Pilar

25 mayo 2013

Aroma de Vainilla

Mercedes Ortega Abellán cuenta de manera intimista, las vivencias de su familia a lo largo de tres generaciones en la Murcia de finales del XIX hasta los años sesenta del XX. Es de las novelas que se leen de manera relajada, para disfrutar. Se nota mimo y cuidado en los detalles, generosidad y abundancia cuando se ha creído necesario. La autora, Isabel Martínez Barquero, crea ambientes, atmósferas y situaciones con gran fluidez y es encomiable el esfuerzo que hace  para acercarnos de manera tan detallada al mundo de las plantas, piedras y aromas.
El título, es muy revelador de lo que ocurre en el eje vertebrador de la novela. Tras el cálido y envolvente aroma de vainilla, está un hombre al que conocemos joven, hermoso y noble, con grandes y expresivos ojos, timbre grave de voz, ademanes cautivadores en sus manos, atractivo como ninguno y con esa fragancia de vainilla que…
Ese aroma es algo distintivo de la familia, su hija y su nieta también lo heredan. Es el toque mágico que enlaza a las tres personas clave que conforman la saga.
Aromas, sabores, olores y colores no son elementos accesorios, conforman una cultura y una manera de vivir en la que están integrados los personajes. Alimentos y platos tan ricos, elaborados con las mejores materias primas, nos mueven las papilas gustativas así como se nos hacen extensibles a la pituitaria los aromas. Y es que la vida fluye por todos los poros de los personajes de esta novela con sus pasiones y sentimientos, rencillas, odios y frustraciones. Y de fondo, siempre un runrún de avispero: los chismorreos y cotilleos de la gente del pueblo. Las situaciones se canalizan de diferente manera si son ellos o ellas, según marcan los convencionalismos de la época que les ha tocado vivir. Solo unos pocos logran sortear esos convencionalismos encorsetados y se verán sometidos a las críticas hirientes, la venganza y en algún caso hasta la muerte. Los demás, intentan acallar las pasiones que les marca su interior con beaterías trasnochadas, llevando una vida hipócrita o sufriendo. Es curioso que en el pueblo donde viven en una atmósfera tan asfixiante, no sientan tanto los rigores de la intolerancia como los van a sufrir cuando vivan en la ciudad años más tarde.
Los personajes, al estar tan perfectamente definidos, se te quedan pegados después de leer el libro como si te los pudieras encontrar en un viaje a Murcia, lo mismo que la casa frente al parque en la que viven. Únicamente el cura queda desdibujado y no he llegado a entender bien sus verdaderas intenciones. Sentimos el humor que les guía, el gracejo del habla coloquial; cuchicheos que solo percibe la persona a la que van dirigidos, pero de los que somos cómplices y las entrañables emociones que afloran y nos erizan la piel. Con sus defectos y sus virtudes se les aprecia, a pesar de la crueldad de Julia que, enamoradísima de su marido, la noche de bodas lo expulsa del dormitorio y lo manda a dormir al burdel para el resto de sus días; o la dureza de él, que no manifiesta con su mujer, pero sí con la mujer que lo acoge y protege a la que abandona en terribles circunstancias.
Siendo los hombres más considerados socialmente, son ellas: las mujeres, las grandes protagonistas y brillan por méritos propios. Sobre todo, Mercedes, la narradora de la novela. No solo ha heredado de su padre el olor a vainilla sino también el  tozudo carácter familiar. Es autónoma e independiente, afronta la vida con fortaleza y entereza, tolerante y ecuánime, vivió su historia de amor y supo que la felicidad plena solo se vive por momentos. La España de  la posguerra, secretos que permanecen ocultos, amores frustrados, hijos fuera del matrimonio y un sinfín de situaciones más, hacen que merezca la pena leer este libro.
© María Pilar

16 mayo 2013

La venganza de la bruja

A veces queremos escribir simplemente sobre la primavera, pero las manos sobre el teclado nos llevan por otros vericuetos y, la primavera tendrá que esperar.
Villamediana
Cuando pasó el invierno, los vientos primaverales traían agradables susurros que todos los vecinos de aquel pueblo querían atrapar y abrían las ventanas y puertas de sus casas para recibir la suave caricia del sol. El sufrimiento de la vecina, que un día fue atacada por el gato, se puso en evidencia. Su casa seguía cerrada a cal y canto y si por alguna rendija entraba la luz, había clavado finas tablillas para evitarlo.
Las noches de luna llena, los reflejos de luz que se filtraban entre las ramas de la higuera proyectaban figuras florales en la pared de su cuarto. A ella le parecían magia y creía sentirse observada por algún espíritu maligno que había hecho acto de presencia en su casa. Entre insomnios y duermevelas el disco de la luna se le acercaba y en él podía distinguir rasgos de su vecina-bruja con una mueca sarcástica y una risa de ultratumba.
Con cada plenilunio de primavera, el desasosiego le aumentaba hasta que llegó a convertirse en obsesión. Durante el día lloraba atemorizada por los rincones de su casa y las noches, ¡ay las noches!, se habían vuelto en su peor tortura. Pesadillas nocturnas y angustiosos despertares la acosaban. Se veía perdida en lugares desconocidos, oscuros y terribles que le helaban la sangre. No había aire para respirar, ni persona viviente a la que pedir ayuda y de una u otra manera, siempre aparecía él con sus ojos verdes como chispas en la oscuridad y después, esa enorme masa oscura que se le acercaba para atacarla. A veces, le hacía señas con su pata vendada para que se acercase. Ella sólo gritaba: ¡Vete, vete! y corría y corría pero sus pies no avanzaban y la carcajada del gato negro le retumbaba en la sien.
Se estaba convirtiendo en una mujer consumida por la desesperación. Empezó a sugestionarse con la comida porque podía estar envenenada, a no encontrar algunos objetos que le eran imprescindibles o hallarlos en diferente sitio. Cualquier ruido la estremecía. Le inquietaba hasta el de sus propios pasos porque en ellos oía las pisadas de que la seguían, se tenía que detener y mirar atrás para cerciorarse. Comenzó a andar descalza, pero las tablas crujían bajo sus pies. Cuando el torrente de lágrimas se le había secado, empezó a esconderse en uno de los armarios, allí en cuclillas pasaba la noche.
Encendió velas a sus santos protectores para contrarrestar la brujería que la poseía, mas las sombras de la velas también dibujaban figuras grotescas que se burlaban de ella. El fuego de una vela prendió una cortina, ascendió hasta la caja de la persiana y el humo se hizo irrespirable en toda la habitación. Ardieron papeles, vigas, muebles y el crepitar del fuego envolvió los gritos primero y los gemidos después de la vecina que, desorientada, se sentía en un laberinto en su propia casa. Envuelta en humo huyó de la habitación y rodó por las escaleras. Su memoria cargada de fantasmas empezó a borrarse.
Los vecinos distinguieron claramente la silueta de un gato negro entre el denso humo que salía por la ventana. Fue un prueba tan evidente y absoluta que el asombro con el que lo contemplaron se mezcló con un sentimiento de temor y desasosiego. La ansiedad en sus miradas confirmaba lo que sus voces se negaban a pronunciar y cuando volvían a sus casas en silencio con pasos inquietos, sabían que el próximo podía ser uno de ellos.
© María Pilar

09 mayo 2013

La bruja


En aquel pueblo los sucesos no se catalogaban entre normales y paranormales.
Las hechos ocurrían y punto.
Las arpías de la vecindad decían que la bruja salía de noche en época de luna llena, que espiaba por las ventanas y que se las pasaba preparando brebajes para sus maleficios. Contaban los vecinos que se oían golpes en su casa hasta el amanecer y que siempre había luz de velas en las ventanas. Que los perros aullaban y los gatos se erizaban a su paso. Circulaban muchas historias, dimes y diretes y nadie se preocupaba de poner alguna lógica en todo aquello.
El reloj de la iglesia daba las 12 campanadas cuando la luna llena paralizada allá arriba congelaba la noche.
¡La hora de las brujas!
A Teresa este pensamiento le hizo temblar. Se quedó sin aliento cuando notó cómo alguien empujaba suavemente la ventana de su cocina. Un sudor frío le recorrió la espalda. La ventana se abrió y saltó un enorme gato negro. Fijó en ella sus pupilas verdes que la dejaron petrificada. Con la piel erizada maulló con furia y le cayó encima clavándole sus puntiagudos dientes en la mano con la que intentó protegerse a la vez que sintió el zarpazo de sus largas y afiladas uñas arrancándole la piel de la cara.
El grito prolongado que salió de su garganta huyó del lugar como un poseso y chocó contra puertas y ventanas de otras casas que cobardes permanecieron cerradas.
El dolor la exasperó y con coraje cogió el atizador y corrió enloquecida tras aquella bruja metamorfoseada lo que provocó un estropicio en la cacharrería de la cocina.
En lo alto de un armario, el astuto gato con la línea de sus pupilas que brillaban como luceros rasgados en la penumbra, se encrespaba y maullaba con furia y rabia. Temblando, no tanto por el dolor físico como por el espanto que aquel animal le inspiraba, lanzó por los aires el atizador y logró asestarle un golpe en la pata derecha. Al marcharse bufando por donde había venido dejó un halo con fuerte olor a podrido.
Entre el grupo de mujeres que se habían encontrado en la panadería de María esa mañana reinaba la excitación. Teresa contaba el insólito acontecimiento del que había sido víctima la noche anterior y como prueba mostraba las lesiones. Con los ojos brillantes desgranaba la información insinuando sin decir, callando porque ya me entendéis y con voz más baja, entre gestos de espanto y terror supersticioso, añadió: Por la noche se transforma en un terrible gato negro. Pero ella, que no tuvieran ninguna duda, ahí donde la veían débil y sola, se crecía ante las dificultades. Le había atizado un buen golpe en la pata derecha delantera.
La llamada bruja se acercaba sigilosa. Al oír parte de la conversación un rictus le cambió la cara. Estaba harta de que siempre hablaran de lo mismo. Tosió de manera fingida para hacerse notar. Llevaba vendada la mano derecha.
© María Pilar