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Mostrando entradas de octubre, 2014

El internado de chicas

Miren Madinabeitia (1954-1969)  Miren nació en Eguino en 1954, tenía quince años cuando la encontraron muerta en el patio del colegio de las Ursulinas donde estudiaba interna. Estaba descalza y vestía un camisón blanco. Amanecía un triste día de invierno, entre grises nubarrones, sin alma, que le hacían de sudario.  Dicen que el internado ya no es lo que era  Que el jardín está sin árboles,  Que la secuoya murió de tristeza.  Antes las niñas la abarcaban  Muchas niñas y muchas manos,  Estirando, estirando hasta lograrlo.  Dicen que todo es silencio y deterioro  Que solo queda la empinada escalera  Para contarlo  Dicen que los que contemplan  La tristeza inmensa de sus ruinas  Se santiguan a su paso.  Dicen que al anochecer  Sombras de culebras se arrastran  Peldaño a peldaño  Dicen que un rasgado visillo tiembla  En una de sus desvencijadas ventanas  Sombra del miedo  De la joven que al vacío fue arrojada. 

La casa que habitas

Desde la distancia he visto La casa que habitas No es la más grande, lo suficiente Me he acercado Su entrada está abierta El pastor alemán Vigila su puerta Dormida a voces nuevas El rumor de mis zapatos Del pasado aviva las huellas Cuando en los meses cálidos Entre la frondosa higuera Del rastrero mirlo Intentabas proteger tus cerezas Os veía jugar al escondite Un runrún entre hojas secas Para al final llevarse en su pico La grana de la carne fresca Son esas pequeñas cosas De los día lejanos En que éramos felices Sin saber constatarlo Cae la noche Salgo a tu puerta En la bóveda oscura Horadada por luciérnagas La Osa Mayor Me espera

El funeral fue en otoño

La mañana soleada de aquel día de otoño no maridaba con un atardecer tan gélido. La oscuridad se impuso y los cielos se abrieron para descargar una lluvia torrencial que lo enfangó todo. Los coches quedaron abandonados en el barro y los paraguas abiertos terminaron como mástiles quebrados ante una lucha desigual. Los del funeral, calados hasta los huesos, se agarraban entre sí para hacer frente a la escorrentía que bajaba trepidante arrastrando piedras y lodo. Muchos abandonaron. Solo los más afines al difunto siguieron apesadumbrados. El chaparrón tabaleaba sobre el féretro que cargaban los cuatro hijos del fallecido. Con coraje chapoteaban el barrizal para mantener el equilibrio. Sus rostros denotaban las penalidades en el empeño. Quizá fuera la vida ahogada en sombras lo que les infligía tanto dolor. Cuando se tambaleaban un grito unánime de angustia rasgaba el golpear del agua. La lluvia trazaba misteriosos caminos como los recuerdos vividos junto a su padre los habían inundad

Edgar Degas y el taller de escritura

Edgar Degas Por la oscura y crujiente escalera se extiende el fuerte olor a pintura. Al empujar la puerta de madera produce un chirrido que rasga el silencio del ático parisino. Antes de entrar, mis ojos escudriñan al hombre que busco, coincide con el nombre escrito en la placa de la puerta. Edgar Degas no se inmuta, hurga en una caja que tiene bajo el caballete, elige el pincel adecuado y se concentra en su obra. La luz de la única ventana ilumina una estela de polvo hasta detenerse en el lienzo que está pintando. Es esa luz la que colorea el cuadro dejando el resto del estudio en penumbra. Con mano diestra el artista maneja pinceles, mezcla colores, traza líneas, cuida el claro oscuro y la perspectiva. Emborrona y empieza de nuevo. Las figuras de dos jóvenes van cobrando forma, su pelo recogido y sus vestidos negros son manchas que resaltan sobre el fondo. El pintor lo mira detenidamente, se acerca y se aleja sosteniendo el pincel entre los dedos, duda. Por fin la inspiración