06 diciembre 2013

La otra Navidad

 

Al anochecer en estos días de crudo invierno, Sergio se cubre con un gorro negro de lana y una chamarra ajada. Con una bolsa de compra en la mano sale de casa a su tarea en los contenedores de basura. 

Hoy hace un frío intenso y unas chiribitas de nieve pululan antes de posarse en la alfombra blanca que cubre la ciudad. El pisar de las personas cruje en la nieve. Como sombras en la noche, con grandes bolsas de regalos, pasan raudas mirándolo con desconfianza. Después el silencio solo es traspasado por las notas de un piano que desde un bar cercano perpetúa la canción «Oh, blanca Navidad». Con el cuerpo invertido rastrea con un palo las fauces del abismo donde espera encontrar un rayo de felicidad que alegre su hogar. Lo que ve bajo la lánguida luz de la farola le produce un estremecimiento: Cuento de Navidad de Charles Dickens. Lo coge tembloroso. El hielo interior empieza a resquebrajarse y da paso a un acogedor salón familiar donde un niño descubre los regalos navideños. 

—Mira mamá, ¡y un cuento! ¿Me lo lees? 
—Es tarde cariño, dormimos y te lo cuento mañana. 

Al recuperar su mundo infantil, se cubre los ojos con una mano gélida de mugre y las lágrimas ruedan al ritmo de sus espasmos. Solo le alivia el poder ahorrar a los suyos esa imagen de desamparo. El lamento de la melodía del piano arropa su impotencia hasta que le brota un arranque de valor; no está dispuesto a quedarse allí acurrucado. Levanta la vista y siente cómo la luz azul que impregna los magnolios de la calle más importante de su ciudad lo apremia. 

«Conozco esa calle llena de luz y color, ese bullicio de fiesta y hasta esa casa desde la que el codicioso Mr. Scrooge, negociante de finanzas ajenas para su propio enriquecimiento, mira con ojos saltones tras su ventana. Uno como él me ha puesto donde estoy, no se saldrá con la suya, tengo una familia que me espera». 

El viento azota, la nieve arquea las ramas de los abetos y los castaños de indias le arrojan lo que les sobra. Aparte de eso, lo único que lleva consigo es una determinación que va resquebrajando la opresión que se le había instalado en el alma. 
Antes de darse cuenta está ya en dirección a su casa. No tiene por qué fingir, como tantas personas en estas fechas, él tiene una buena razón para ello. 

Una hora más tarde, dos niños alegres y bulliciosos, de apenas tres años, no paran de reír con la boca llena de mazapanes. Es tan amplio el surtido de los productos degustación en esos grandes almacenes, que empezaron a comer con los ojos, pero, una vez que sus padres les dijeron que sí con la cabeza, la fiesta estaba garantizada. Con su encanto e inocencia entusiasman a cuantos pasan por allí. 

El padre, rejuvenecido, recién afeitado le dice a la madre: 
—Hace tiempo que no los veía tan felices. Me transmiten tanta fuerza que me siento capaz de crear algo esperanzador. Ella, con los ojos vivarachos, lo mira con admiración. 
—Estamos juntos los cuatro —contesta emocionada—. Haremos que disfruten de una noche inolvidable. Que nada ni nadie les borre su sonrisa. Tendrán el regalo de una mamá cuando antes de dormir los arrope en la cama y luego… 
—Luego yo les contaré un cuento de Navidad