30 diciembre 2014

El libro de los deseos

Iba a cerrar mi ordenador y un símbolo rojo ha llamado mi atención. ¡Un libro! ¡El Libro de los Deseos de Territorio de Escritores! Mi mayor deseo se ha cumplido con creces, tener un libro... y es este... He empezado a leerlo y el formato me parece tan maravilloso, tan mágico el contenido, las palabras son tan bellas, que lo quiero compartir con todos vosotros para que se unan nuestros deseos con los vuestros y formemos un frente común para que este Nuevo Año 2015 marque una tendencia positiva en todos los sentidos. Dicen que el futuro pertenece a los que creen en la belleza de los sueños, que la magia de los mismos conspira para alegrar los corazones y hacerlos realidad.
¡Por soñar que no quede!
¡¡MUCHAS GRACIAS!! por haberme seguido un año más y me alegro de que nuestros caminos se hayan cruzado en esta travesía de los blogs donde espero que sigamos encontrándonos. Os deseo lo mejor para que podáis lograr todas las expectativas soñadas.
© María Pilar
El Libro De Los Deseos

20 diciembre 2014

La vida, el mejor de los regalos

Alguien me ha preguntado cuáles eran mis deseos para estos días y tras volcar en una hoja en blanco las más maravillosas aspiraciones que alguien puede desear y plasmarlas con la más bella de las escrituras:
—Pero, ¿qué estás haciendo? si ni tú misma te lo crees —mi yo interior cuando se pone insolente es insoportable. Estrujé el papel con la mano y lo tiré a la papelera. Es tan fácil caer en los tópicos que imponen los condicionamientos sociales...


Sinceramente creo que en algún lugar de mi infancia se quedaron encriptados mis ansiados deseos porque la realidad siempre supera la imaginación menos en el cumplimiento de las ilusiones tan anheladas como imposibles. Tal vez, esa fue una de las razones por las que empecé a soñar e inventar cuentos, porque tenía en mi mano el poder ilimitado de crear mundos, engendrar personajes, imaginar situaciones, ... Mas tarde, me hice lectora empedernida y fueron otros los que me hicieron vibrar y emocionarme, reír y llorar y desde entonces mi deseo siempre fue y sigue siendo tener un libro en las manos. 


La vida no se nos ofrece envuelta en papel de celofán con grandes lazos y tarjeta personalizada con libro de instrucciones incluido, pero creo que es el mayor regalo que hemos recibido. ¡Qué poco la disfrutamos y la valoramos! Como tantas "cosas" importantes que tenemos y que no son precisamente por las que más dinero hemos pagado... Anhelamos tener esto o aquello, sufrimos por conseguirlo, luchamos, lloramos y cuando lo logramos ya estamos embarcados en la siguiente ocupación. Aprender a vivir, a reflexionar y a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida de cada día es mi gran deseo. "Delante de nosotros hay mil vidas distintas que podríamos vivir, pero cuando llegue, sólo será una" —John Steinbeck—.


Deseo a todos los que han pasado por mi vida, a los que estáis en ella o aquellos que aún no nos hemos conocido, pero que a lo largo de este 2014 habéis ido construyendo a vuestro alrededor un mundo mejor, que os toque el gordo de la felicidad en el Sorteo de Navidad y a los demás, que agarren un gripazo emocional que les obligue a abrir su "caja de caudales" y empiecen a sacar, ¡pero ya! lo mejor de ellos mismos.
© María Pilar

07 diciembre 2014

La magia de París

A mi hermana le ha tocado en un sorteo del BBVA un maravilloso viaje a París para dos personas. Por cuestiones de trabajo no puede ir. ¿Te apetece acompañarme? 

En Orly nos esperará un chófer con un cartel en las manos donde leeremos nuestros nombres: Aitor y Marta. Nos daremos con el codo al verlo. Nos entrará la risa... Con su gorra de plato y en un flamante mercedes descubriremos la impresionante Ciudad de la Luz que enamora a todo osado que se atreva a mirarla como lo haremos nosotros.

Yo te comentaré que la ciudad de los bulevares con los parques, las brasseries y los tejados grises me parecen el más bello escenario que nos podíamos imaginar, pero que la nota de color se la ponemos los turistas. Me llamarás ilusa con esa sonrisa tuya que tanto me gusta. Y de repente, la veremos y diremos los dos a una: ¡la Torre Eiffel!

Disfrutaremos callejeando a nuestro ritmo —bonjour madame, bonjour monsieur—. Pasearemos entre la gente por el Barrio Latino y me divertirá la nariz de payaso que te dejará la textura suave de la crêpe. En venganza, a pesar de mi resistencia, me dibujarás un bigote con el chocolate de los macarons.

Apoyados en la barandilla de uno de los puentes del Sena oiremos el murmullo del agua y esperaremos a que los barcos paren su actividad para contemplar la belleza silenciosa de Notre Dame al atardecer, cuando engalanada con su aire de misterio se funde en un abrazo con su eterno acompañante: el río.
Cogidos de la mano nos pararemos a escuchar a los músicos callejeros que animan el lugar y me dirás bajito al oído que soy una mujer extraordinaria. Nos miraremos a los ojos y nuestras retinas brillarán más.

En la rosaleda del Jardín de las Plantas, las flores excitadas arderán en deseos de rivalizar para embriagarnos con su aroma y me declararás —¡por fin!—lo enamorado que estás de mí. Con voluptuosidad y loca energía nos abrazaremos durante una eternidad de delicias en la que nos olvidaremos de todo y de todos.

Haciendo cola para entrar en el Orsay empezará a llover, los vendedores de recuerdos se colarán por las alcantarillas y saldrán reconvertidos con el aspecto bohemio de vendedores de paraguas. “Oh, là là, —te diré sorprendida— nos envuelve la magia de París.”

Por las escaleras del metro descubriremos una ciudad oscura y subterránea con su propio ritmo. Te confesaré mis temores y tú podrás abrazarme y decirme esas "cosas" que sabes que me tranquilizan. Respiraremos el aire fresco de la noche y sentiremos el olor del miedo al subir por callejuelas oscuras hasta el Sacre Coeur. Arriba compartiremos las escaleras para sentarnos con cientos de personas que se esfumarán en la noche por arte de magia y la ciudad de la luz se pondrá a nuestros pies con su hechizo y seducción.

Por fin, nuestro candado del amor quedará prendido entre los adornados hierros que forjan el famoso puente de las Artes y tiraremos las llaves al Sena porque antes, nos habremos jurado amor eterno.

© María Pilar
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28 noviembre 2014

Ana Mato, la ministra de las tijeras

El día que miró por la ventana y vio que en su jardín había brotado un jaguar le pareció lo más normal del mundo. Era un día primaveral y el sol incidía en la chapa produciendo destellos de diamante.
—Jaguar y diamantes—susurró y su sonrisa de satisfacción expresó la alegre convicción de lo que aún estaba por llegar.
Se sabía favorecida por la magia y la magia no tiene límites. Los Elfos se divertían haciendo bien su trabajo para tener contento a su dueño y señor, el gran hombre que era su marido.
Los Duendes no se quedaban atrás preparando las fantásticas fiestas para sus hijos. ¡Cómo disfrutaban ellos! y ¡cuánto le gustan a ella las fiestas! 

Esa fantasía grácil y etérea como los globos de colores, le hacía retrotraerse a una infancia feliz de niña rica que tanto había anhelado. El juego de luces y colores que conseguía el gran gnomo con setas alucinógenas, le facilitaba la comunicación con una fluidez desconocida en ella. Y las hadas... Cómo envidiaba la belleza de las hadas y sobre todo la seducción que ejercían con el dulce aroma que dejaban a su paso. Eran el centro de la fiesta cuando envueltas en estrellas de purpurina, desfilaban ofreciéndole las desbordantes y deliciosas tartas de nata batida. —Lentamente se pasó la lengua por las comisuras de los labios degustando golosa el chantilly que le rebasaba—.
Un duende doméstico había dejado encima de la mesa los billetes de avión para ese gran viaje que tanta ilusión le hacía. Viajes y más viajes. Viajar gratis le encantaba. En la chaise longue, las cajas de regalos con los lazos de la firma Luis Vouitton reclamaban su atención. Y es que todos saben que a ella le chiflan los regalos. A los grandes regalos nunca dice que no. Hay que ser agradecida.
Su yo siniestro exigía más y más. Se calzaba el gesto hosco de ministra, la camisa sin cuello, la americana corta y los pantalones de aire formal y con su tez de un moreno terroso y su aspecto de pija remilgada, se presentaba en el Ministerio de Sanidad. Siempre llevaba en su mano el portafolios donde guardaba las enormes tijeras. Y allí se dedicaba a lo que tanto le gustaba hacer de pequeña con sus muñecas recortables. Sabía recortar y recortaba por la salud de los españoles, así no iban tanto a las consultas y las listas de espera bajaban. A la larga se lo agradecerían, que estaban muy mal acostumbrados. Su salud se fortalecería sin tanta medicación. La selección natural salvaría a los más sanos y la gente sería mucho más fuerte.
En su casa era otra cosa claro, porque ¿qué necesidad tenía ella de recortar si en su jardín brotaban jaguares?
© María Pilar
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26 noviembre 2014

Muñeca rota

Nada es lo que parece y se acentúa más y más cada día. Me obliga a que, delante de la gente, le llame papá. Él, se hace el sorprendido y me dice con la más agradable de las sonrisas:
— ¡Ah!, eres tú. ¿Qué quieres hija?
Mamá asegura que tengo el papá más maravilloso de todos. Me quedo mirándola con un profundo silencio que ella interpreta:
—Ves, es tan estupendo que al darnos cuenta nos quedamos sin palabras.
Desde la oscuridad de mi rincón donde me escondo acurrucada, miro por la rendija de la destartalada puerta. Mi corazón me golpea ante el temblor de las telarañas, el crujir de las tablas y la inquietante atmósfera que proyecta la luz del ventanuco. Todo me habla de misterios que el viejo desván custodia. Hoy algo llama especialmente mi atención, es una muñeca ajada y sucia a la que le falta un brazo. Lo demás: cajas y baúles, sacos y materiales indescriptibles por el polvo que los cubre, la acompañan y callan. Aprieto los brazos contra mi pecho y una voz de mi interior le dice que no tenga miedo que yo la protegeré.
De repente, su olor me sobresalta. Su cercanía me hace temblar. El miedo me ahoga. Sonríe y... Quiero morirme. Mis lágrimas resbalan silenciosas. Se enfurece y me hace daño. El pis me moja las piernas y mis dientes castañetean... Más tarde, soy yo la que está en el suelo maltrecha y dolorida como una muñeca de desván.
—Cariño, parece que oigo a un gatito gimiendo arriba, en el desván.
— ¿Si? ¡Qué raro! Voy a echar un vistazo.
© María Pilar


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19 noviembre 2014

¿Cuál es la palabra más bonita del español?

Hay palabras contundentes como noray que hostigadas por los vientos saben a óxido y huelen a mar, y hay palabras dotadas de gran fragilidad como felicidad que cual pompas de jabón todos queremos atrapar. Hay palabras irresistibles como cereza cuando el crujido de su carnosidad estalla en nuestra boca inundándola con su jugo, y hay palabras que nacen en Vitoria como naipe y recorren mundos elegantes y adinerados; también pasan por las manos de los indigentes que jugando matan las tediosas horas de su vida.
Y..., hay palabras a las que tú no eliges sino que son ellas las que te eligen a ti una tarde que decides quedarte en casa porque llueve. Está ante tus ojos y la lees una y otra vez: jacarandá

Es un flechazo a primera vista. 
Sin conocer su significado ya dices: me la quedo. En un primer momento engatusa con su sonoridad y enamora con su ritmo. Después, su tronco fortalecido con constancia y voluntad, su vistosa frondosidad y el atractivo que encierra, hacen que te enamores de ella.
Su sonido permanece en suspensión como esa fragancia dulce que emana de sus flores en primavera. 

Me gusta la graciosa cadeneta que forman sus aes, con la jota que empieza a ritmo de baile y la tilde que marca el paso. Me divierte la jácara que trasciende de sus ramas agitadas como músicas errantes en los labios del viento. Y me seduce esa jarana que tiñe el crepúsculo de azul formando una alfombra de pétalos refugio de enamorados.
© María Pilar
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13 noviembre 2014

La tierra enamorada

Cuando el Río fluía, La Tierra se dejaba querer luciendo sus mejores galas. Enamorados los dos cantaban y bailaban. En esa época, amigos no les faltaban. Las Nubes les visitaban con frecuencia, el Sol lucía orgulloso y retardaba su marcha, el Viento los envolvía con sus abrazos cada vez que pasaba. Y la Tierra les regalaba ramos de margaritas y violetas, de rosas y lavanda.
Él lo observaba todo tras los cristales de sus gafas que conferían a su figura una impenetrable mirada. Enfundado en su gabardina y cubierto con txapela vasca, un mutismo le envolvía sin participar en nada ¿Tenía acaso celos de La Tierra enamorada? ¿Presentía lo que estaba por venir?
Un día vio cómo el Río, pletórico en otros tiempos, languidecía y agonizaba. Un veneno químico le destrozaba las entrañas. Las Nubes ahora pasaban silenciosas y alejadas. El Sol no aparecía y los Vientos los azuzaban.
A Él le rompió el corazón al ver La Tierra abandonada. Había perdido el color y había perdido el alma. Era un triste despojo contagiado de bruma grisácea. Obstinado e impertérrito, con su torrente de lágrimas, regó día tras día esa tierra cuarteada. Y, con el frescor de esa humedad, renació un atisbo de esperanza.
© María Pilar

07 noviembre 2014

El veroño se convirtió en un gato rabioso

El pasado 31 de octubre el termómetro marcaba 29 grados. Con falda larga veraniega y camiseta de tirantes salí de casa para intentar captar con mi cámara los colores otoñales. La gama de verdes primaveral se había transformado en un abanico multicolor como corresponde a esta época del año. Los castaños de indias pintaban sus hojas de óxido y los abedules lucían de amarillo dorado, pero a mí lo que más me gustaba era el esplendoroso rojizo de los arces que con gran personalidad destacaba entre el verde tardío de los fresnos y el oscuro perdurable de los pinos.
De repente, un enorme gato negro se me cruzó por el camino. Cuando lo enfoqué fijó sus pupilas verdes en el objetivo, se le erizó el pelo y maulló con furia. Justo cuando apreté el botón del disparo se abalanzó sobre mi, me arañó la cara, se me enganchó en el pelo y me mordió en un hombro. Yo corría, gritaba, pedía ayuda porque me era imposible desprenderme de él. La gente que pasaba huía despavorida. Seguramente pensaban que el gato era mío y yo en esos momento parecía la segunda versión de las brujas de Salem. Casi arrastrándome llegué a casa, abrí la puerta y logré encerrarlo en la terraza. Me miré en el espejo, estaba hecha un cuadro y encima había perdido la cámara.
Sonó el timbre, por la mirilla pude ver que era la vecina cotilla del 5º, se me presentaban nuevas complicaciones. Ante su insistencia opté por abrir la puerta. Y lo primero que me dijo, haciendo la señal de la cruz, fue: ¡Dios nos guarde!, un gato negro cuelga ahorcado en los barrotes de tu terraza.
© María Pilar

21 octubre 2014

El internado de chicas

Miren Madinabeitia (1954-1969) 
Miren nació en Eguino en 1954, tenía quince años cuando la encontraron muerta en el patio del colegio de las Ursulinas donde estudiaba interna. Estaba descalza y vestía un camisón blanco. Amanecía un triste día de invierno entre grises nubarrones sin alma que le hacían de sudario. 

Dicen que el internado ya no es lo que era 
Que el jardín está sin árboles, 
Que la secuoya murió de tristeza. 
Antes las niñas la abarcaban 
Muchas niñas y muchas manos, 
Estirando, estirando hasta lograrlo. 
Dicen que todo es silencio y deterioro 
Que solo queda la empinada escalera 
Para contarlo 
Dicen que los que contemplan 
La tristeza inmensa de sus ruinas 
Se santiguan a su paso. 
Dicen que al anochecer 
Sombras de culebras se arrastran 
Peldaño a peldaño 
Dicen que un rasgado visillo tiembla 
En una de sus desvencijadas ventanas 
Sombra del miedo 
De la joven que al vacío fue arrojada. 

La casa que habitas

Desde la distancia he visto
La casa que habitas
No es la más grande, lo suficiente
Me he acercado
Su entrada está abierta
El pastor alemán
Vigila su puerta
Dormida a voces nuevas
El rumor de mis zapatos
Del pasado aviva las huellas
Cuando en los meses cálidos
Entre la frondosa higuera
Del rastrero mirlo
Intentabas proteger tus cerezas
Os veía jugar al escondite
Un runrún entre hojas secas
Para al final llevarse en su pico
La grana de la carne fresca
Son esas pequeñas cosas
De los día lejanos
En que éramos felices
Sin saber constatarlo
Cae la noche
Salgo a tu puerta
En la bóveda oscura
Horadada por luciérnagas
La Osa Mayor
Me espera

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El funeral fue en otoño

La mañana soleada de aquel día de otoño no maridaba con un atardecer tan gélido. La oscuridad se impuso y los cielos se abrieron para descargar una lluvia torrencial que lo enfangó todo. Los coches quedaron abandonados en el barro y los paraguas abiertos terminaron como mástiles quebrados ante una lucha desigual. Los del funeral, calados hasta los huesos, se agarraban entre sí para hacer frente a la escorrentía que bajaba trepidante arrastrando piedras y lodo.
Muchos abandonaron.
Solo los más afines al difunto siguieron apesadumbrados. El chaparrón tabaleaba sobre el féretro que cargaban los cuatro hijos del fallecido. Con coraje chapoteaban el barrizal para mantener el equilibrio. Sus rostros denotaban las penalidades en el empeño. Quizá fuera la vida ahogada en sombras lo que les infligía tanto dolor. Cuando se tambaleaban un grito unánime de angustia rasgaba el golpear del agua. La lluvia trazaba misteriosos caminos como los recuerdos vividos junto a su padre los habían inundado arañando el alma. Más que el peso que cargaban parecía que la pesadumbre del abandono del padre los aplastara.
Ululó el búho.
Los suspiros y llantos arreciaron.
La violencia del agua con su danza macabra no respetó ni al anciano sacerdote que aguantó estoico y recitó in memoriam las oraciones ante la imposibilidad de leer el libro sagrado convertido en un puñado de papel mojado. Los ramos de múltiples y vistosas flores lucieron su minuto de gloria esparciendo el aroma para terminar formando parte del fango como flores del olvido.
La lluvia creó tal atmósfera de soledad y pérdida que los allí reunidos se sintieron atrapados junto al difunto, elegidos para compartir con él la eternidad.
Acabadas las exequias, entumecidos y con dolor en las piernas, se dispersaron con la rapidez del que huye de la muerte dejando al finado en su mundo de silencio, abrazado a su soledad. Solo algún que otro raudo: "Te acompaño en el sentimiento" se unió al monótono y persistente caer del agua.
A la salida se quedaron petrificados ante la hecatombe. Los gritos se les ahogaron en las gargantas ante la furia de las aguas que sin piedad arrastraban una cáfila de personas que intentaban huir con sus permanencias. Algunos tejados parecían estirarse para sacar la nariz y no morir ahogados. Todo un pueblo engullido por un improvisado embalse les acercaba la tragedia.
La muerte había cambiado de lugar.
© María Pilar


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09 octubre 2014

Edgar Degas y el taller de escritura

Edgar Degas
Por la oscura y crujiente escalera se extiende el fuerte olor a pintura. Al empujar la puerta de madera produce un chirrido que rasga el silencio del ático parisino. Antes de entrar, mis ojos escudriñan al hombre que busco, coincide con el nombre escrito en la placa de la puerta. Edgar Degas no se inmuta, hurga en una caja que tiene bajo el caballete, elige el pincel adecuado y se concentra en su obra. La luz de la única ventana ilumina una estela de polvo hasta detenerse en el lienzo que está pintando. Es esa luz la que colorea el cuadro dejando el resto del estudio en penumbra.

Con mano diestra el artista maneja pinceles, mezcla colores, traza líneas, cuida el claro oscuro y la perspectiva. Emborrona y empieza de nuevo. Las figuras de dos jóvenes van cobrando forma, su pelo recogido y sus vestidos negros son manchas que resaltan sobre el fondo. El pintor lo mira detenidamente, se acerca y se aleja sosteniendo el pincel entre los dedos, duda. Por fin la inspiración irrumpe con fuerza y trabaja con frenesí. El taller de costura, que es el tema de la pintura, desborda los perfiles del cuadro para solapar por completo al propio taller de pintura.

Dos jovencísimas costureras que trabajan en el atelier con el pelo recogido y vestido oscuro entallado, son sorprendidas en un gesto espontáneo cuando dan con suma delicadeza los últimos retoques a unos elegantísimos sombreros, piezas exclusivas para ser lucidas por damas de lo más selecto de la aristocracia y de la alta burguesía. Señoras que saben desenvolverse entre el glamour de las grandes fiestas en palacios y mansiones. El sombrero es la pieza clave, puede engrandecerlas o por el contrario estropear toda su indumentaria.

No basta contar con los materiales más exquisitos, la seda más cara, el terciopelo más fino o el raso más brillante. Hace falta creatividad, originalidad, técnica, mezclar colores, formas, puntadas invisibles, paciencia y mucho trabajo. Y estas dos humildes costureras, obligadas a trabajar durante horas y horas sin descanso para poder mantenerse en la gran ciudad, poseen todo eso. Las telas, los pespuntes, los patrones, se convierten en sus manos en una obra de arte digna de La Dama de las Camelias.

Su trabajo es la imagen visible de la actividad en el taller de escritura. Una puntada, una palabra; un pespunte, una frase; un botón, el punto; un boceto, el esquema y el sombrero... ¡un bello relato!

© María Pilar

29 septiembre 2014

Soneto a la tierra herida

Resignada grandeza sorprendente
De la naturaleza tan ultrajada
Sometida, agredida y humillada
Desconcierta haciéndose emergente

Grandísima zozobra nos embarga
Atmósfera inquietante que la habita
Negra cicatriz ufana ilícita
Dorsal que profundiza lo que amarga

Pies encallecidos por el asfalto
Odalisca que bailas rutilante
Avergonzada de tal felonía

Auténtico poema el de tu canto
Impregnando tesón al caminante
Que en La Tierra, encuentra su valía
© María Pilar

13 septiembre 2014

Cuento infantil: Aventuras del conejito Huri

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena.
(José Saramago)
Aquel mes de julio toda la familia del conejito Huri fue de vacaciones al país de Juanconejeras. Cuando los chopos del soto movían sus ramas con la brisa del atardecer, los animales del lugar se reunían en torno a la charca y se contaban sus aventuras: las ranas con su croac-croac, los grillos con su cric-cric y los pájaros con su pío-pío. Entre todos formaban una algarabía que se podía escuchar por toda la zona.
Huri quería ser explorador, vivir aventuras y a su vuelta contarlas. Un día, con su pantalón de color azul, sus orejas bien tiesas y su pequeña mochila a la espalda, subió al monte. Empezó a deslizarse a la velocidad del viento por aquella tierra donde crecían plantas que olían muy bien. Saltando por aquí y por allá se metió por una zona de bosque. Se sentía feliz. Encontró una madriguera, se coló por ella y salió por el otro lado a una zona de campos de trigo. Le hicieron reír los saltamontes que brincaban como si tuvieran mucha prisa y no iban a ningún sitio.
De repente, oyó unos ladridos y un ruido de patas que golpeaban el suelo. Dos perros de caza, envueltos en una nube de polvo, corrían en su dirección. Huri giró sobre sí mismo y ¡patas para qué os quiero! "Corre Huri, corre". "¡Que te van a coger!", se decía. Vio unos matorrales al lado del camino y ¡zas! se metió por debajo. Los perros siguieron corriendo unos metros más allá y, al no verlo, se dieron la vuelta.
El dueño apareció en su caballo.
—Habéis fallado —les dijo con voz enojada— tenéis mucho que aprender. Hoy no hay premio.
Una urraca, subida en lo alto de un chozo de pastores abandonado, miraba al dueño muy enfadada desde sus gafas de sol y con voz furiosa le dijo:
—¡Qué está haciendo! ¡No le da vergüenza! ¡Está prohibida la caza en esta zona!
—¡Jajaja! Esto no es caza señora urraca, simplemente estoy entrenando a mis perros.
Aunque Huri vio desde la oscuridad de los matorrales que daban media vuelta y se iban por donde habían venido, su corazón seguía latiendo muy fuerte: toc-toc, toc-toc.
Pasaba el tiempo. Las chicharras cantaban con fuerza. El sol se iba escondiendo tras los cerros. Una bandada de aves cruzó por encima en dirección del estanque de Juanconejeras para pasar la noche. La mamá perdiz, seguida de sus polluelos, regresaba para descansar después de haber comido muy bien. Huri lo presenciaba todo temblando de miedo ante la oscuridad que se le echaba encima. En los bigotitos empezaron a formársele unas gotitas transparentes que brillaban como cristales. Eran sus lágrimas.
Unos mirlos con sus trinos despertaron al perro Blacky que dormitaba delante de la puerta de su casa y le contaron que Huri había desaparecido. Al principio no les quiso hacer caso, pero tanto insistieron que primero abrió un ojo, luego el otro, movió la cola y de un salto se levantó y empezó a correr. Con su olfato de sabueso, husmeaba en todos los arbustos, madrigueras y huecos que encontraba. Pronto cogió el rastro. Sí, eran las huellas de Huri seguidas por los zarpazos de los perros.
Al llegar al arbusto metió el hocico y a Huri le dio un vuelco el corazón. Asustado salió a campo abierto. La luna llena lo iluminaba todo. Como se iba en dirección contraria, Blacky le cerró el paso y le obligó a coger la orientación de Juanconejeras.
El zureo insistente de una paloma, desde lo más alto de un chopo, anunciaba "¡Huri ya está aquí, Huri ya está aquí!". Huri olfateó el terreno conocido e inició un trotecillo más animado. En la entrada del valle sintió el alegre bullicio de todos los animales por su llegada. Sus padres lo abrazaron emocionados. Hasta las estrellas titilaron con júbilo.
© María Pilar

07 septiembre 2014

Jaque mate o la partida de la vida

   Art Grigorious Panagiotis
La luz de la tarde va declinando en un atardecer de tonalidades de fuego. Mientras las hojas de los chopos suenan a fuerte lluvia bajo un cielo sin nubes, él pasea solo por el pueblo. Cada piedra y cada rincón le traen recuerdos perfectamente definidos en voces, aromas y colores que le refrescan la memoria. Recibe un estremecimiento de nostalgia y respira el aire denso de todo lo vivido.

Al regresar, se impone una de esas tardes casi mágicas ante el tablero de ajedrez.
Sigue con el ritual de jugar la partida todos los días. Una sombra de mujer lo acompaña. Sabe que no es ella, pero no le hace preguntas. Al terminar la partida, desaparece.
Juega negras. De momento la partida va muy igualada. Al mover su pieza cae el alfil contrario lo que inclina el lance a su favor. La dama negra observa el tablero y él queda completamente sorprendido cuando mueve el otro alfil.

— ¡Jaque!

Algo lo está distrayendo. La cortina se mueve y no hay viento. Una bandada de aves cruza por delante de la ventana. Alza la vista y lo que ven sus ojos es un agradable rostro de mujer cargado de experiencia, con esa expresión sonriente y jovial que tiene grabada en su memoria. El juego se le ha vuelto en contra.

“Concéntrate”, se dice a sí mismo. “Desde el principio he jugado mal esta partida, estoy descentrado y solo, no quiero seguir así, ya he jugado bastantes días negros y suficientes noches blancas. Me entregaría sin más, pero el juego es el juego y hay que atenerse a su reglamento”.

—Bueno, que es para hoy, vas a mover o me proclamas ganadora.

Mueve su rey a posición segura.
—Cuánto tiempo para hacer algo tan simple, le dice la dama negra a la vez que mentalmente repasa los movimientos posibles y sus consecuencias. De repente, ve la gran jugada. Mueve el caballo en forma de L.

— ¡Jaque mate! Por fin, vendrás conmigo. Apóyate en mi hombro para atravesar la noche. Ya sé que estás cansado y que tienes miedo a que al otro lado te espere la soledad y el silencio. Hoy te llevaré con ella.

Habrán empezado una nueva partida otra vez juntos. Sacará él, moverá ella...

30 agosto 2014

El color de tu piel

Unai era hijo único de una familia de la burguesía bilbaína. En sus astilleros se fabricaban barcos que navegaban por el ancho mundo. Hacía dos años se había casado con Begoña, una joven vizcaína de clase media y belleza deslumbrante. Ambos eran la imagen de la felicidad. Él la llevaba a los viajes de negocios y con orgullo la presentaba en las reuniones y fiestas a las que acudían.
En uno de sus viajes a Nueva York, Begoña se puso de parto. Llegaba el primogénito, el ansiado heredero. Cuando Unai, ¡por fin!, pudo entrar en la habitación, lo hizo precedido de un mar de flores cuyo aroma lo inundaba todo y dificultaba la respiración. Su alegría se truncó en un rictus de desagrado al ver al precioso niño.
̶ ¿Qué broma es esta? —preguntó con la dureza del granito y el cruel sarcasmo. En los ojos le latía el fuego de la ira y apretaba los puños hasta hacerse daño —¡Es negro! ¡Hija de puta, me has engañado!
Cuando se presentó solo en su casa familiar de Las Arenas, su padre le aclaró:
̶ ¡Qué has hecho! Es tu sangre. Siempre te he mentido al respecto porque ni por lo más remoto imaginé que tuvieras que pasar por esto. Tu bisabuelo emigró pobre y solo a América donde amasó la gran fortuna que nos dejó en herencia. Regresó con su hija, viva estampa de la gran belleza de su madre, excepto la piel.
La cara de Unai se descompuso como si los músculos se le hubieran aflojado y derramó lágrimas de impotencia con las que hubiera querido borrar su vergonzosa reacción en aquel hospital. Sentía la necesidad de enmendar el daño. Una mañana de crudo invierno se lanzó a buscarlos y los encontró en el Bronx. Begoña compartía buhardilla con otras dos chicas. Una de ellas, tan negra como el niño, limpiaba en el hospital y al verla abandonada se compadeció y le abrió su casa.
Begoña, seguramente porque no luchaba para ella sola, encontró el coraje para decirle con una calma glacial:
̶ Ahora ya es tarde.
© María Pilar

25 junio 2014

El loco de la casa gris


La primera vez que se subió a una bici, Laia empezó a pedalear manteniendo el equilibrio para no caerse sin ningún tipo de ayuda. Engatusaba a los gatos para quemarles los bigotes, los perros huían de ella y terminó por aparentar que le eran indiferentes. No tenía miedo a las alturas a pesar de los golpetazos que se había dado en sus vuelos sin red. En la oscuridad mantenía los ojos bien abiertos y los oídos atentos al menor ruido.
Anochecía cuando salió de casa con cautela. En compañía de su amigo Raúl, se dirigió a la casona que por su estado desvencijado parecía estar abandonada. La circundaba un jardín invadido por la maleza y los árboles eran tan altos que apenas asomaba el tejado de pizarra. Las arpías de la vecindad decían que vivían en ella dos hermanos, uno de ellos estaba loco, por lo que el otro lo tenía encadenado. Con sigilo la rodearon y decidieron meterse por debajo de la alambrada en la zona que el muro estaba en ruinas. A Raúl le pareció peligrosa la aventura y retrocedió muerto de miedo. Se volvió a su casa. La testaruda Laia optó por seguir sola.
Al acercarse a la única ventana iluminada por una vela, por un breve instante, se sobresaltó ante aquellos ojos saltones fijos en ella. La persona desgreñada y zarrapastrosa, grande como un gigante, sonreía babeando dejando entrever la dentadura mellada y sucia. Se quedó petrificada. Como si la conociera y la estuviera esperando, con movimientos torpes, sacó sus manazas por la ventana y cogió a Laia con sumo cuidado. La incorporó a su estancia.

*****
Está anocheciendo. Pronto vendrán a buscarnos. Desde que se llevaron a tu hermano un silencio de tragedia lo envuelve todo. ¡Si hubiera tenido tiempo para hacer las cosas como él quería! Esta mañana, cuando nos encontró juntos en tu habitación te lo dijo: "No te preocupes, esto lo arreglo yo". Claro, después del susto que se llevó al verme contigo, porque él es adulto y los mayores son muy raros y siempre ven problemas en todo. Solo tú eres diferente. Ahora él no hablará de ti, para protegerte; te quiere demasiado y tú estás a mi lado cuando lo que deseas es ir a buscarlo, pero sabes que no puedes salir, nunca lo has hecho... Sin él estás perdido. No llores... Me haces llorar a mi también. Se oye la jauría de perros y el trotar de caballos. Esta vez no servirá la oquedad de la vieja sequoya que se ve desde tu ventana para escondernos. Me la señalaste para indicarme que desde allí me veías cuando merodeaba por tu casa. No te asustes, no te golpees la cabeza contra la pared de esa forma. Mira, estás sangrando... Ya se acercan. Gritos e insultos acompañan los golpes en la puerta... Esa mirada de terror..., esa angustia... Me das miedo.
© María Pilar

19 junio 2014

El amante absorbente

Kandinsky

En cuanto lo vi me enamoró, era el perfecto compañero con el que una puede soñar en compartir su vida. De irresistible belleza y tacto suave te satisface en todo. Solidario él, te ayuda a estar más cerca de los tuyos, a capturar esos momentos irrepetibles que vives con ellos, a vivir experiencias jamás soñadas, a viajar a lo largo y ancho del mundo y a contar con millones de amigos. Es todo un caballero y empequeñece a todos los que había conocido hasta ahora. A cambio, te quiere con él las 24 horas del día y por supuesto que no compartas ni un minuto de tu tiempo fuera de él. Sí, es absorbente, absorbente y celoso. Me tenía obnubilada y a su lado viví una pasión desenfrenada hasta que empecé a añorar  la tranquilidad de mi vida anterior. El día que se agotó la batería se hizo el silencio.
© María Pilar

06 junio 2014

El desayuno del abuelo y las sorpresas de google

El olor del pan recién tostado impregnaba el ambiente y se mezclaba con el del café. Aromas inconfundibles que me llevaban a disfrutar de un desayuno en buena compañía. Al acercarme ya oía el tintineo que producía el abuelo al remover el azúcar ¡Siempre el vaso de agua con azúcar del abuelo!

Hoy el arroyo esconde su alegre rumor bajo el paseo enlosado, los plátanos que lo bordean alargan las ramas para abrazarse por su ausencia y la higuera protege a sus higos entre sus hojas de lija y tristeza porque ya nadie se ocupará de ella. Por todo el valle se escucha la pena inmensa del tañido de las campanas con el vaivén desconsolado del que las balancea. Tras el visillo de la ventana se refuerza con melancolía la luz agónica del día que nos deja.

El olvido es imposible mientras en un lugar exista un tintineo metálico sobre un vaso de cristal. Los cerezos en flor allá donde me los encuentre me dirán que está preparando la malla para protegerlos de los pájaros y así poder regalarnos un cesto de relucientes picotas. Sobre cada tablero de ajedrez lo veré concentrado para ganar la partida. En cada esquina, en cada calle, en cada lugar por los que ha pasado, lo recordaré.

Lo que no me podía imaginar era encontrármelo allí donde él nunca ha estado: paseando por los circuitos de banda ancha de internet. El nuevo Street View de Google Map lo ha captado en uno de sus últimos paseos por su pueblo. Lo veo por detrás, se me acelera el corazón, es él, su pasear pausado. Se protege de la luz tan generosa en estas tierras con un sombrero de paja. Está fuerte, guapo, saludable. Giro el mapa para verlo de frente. Lleva puesta una camisa de cuadros. Su pelo blanco, brillante, y su tez blanca de pelirrojo parecen negar que fue un hombre curtido por las duras tareas del campo. En ese momento levanta la cara y su mirada azul observa con atención el coche que pasa por su lado sin ser consciente que las cámaras lo están grabando. No le gustaban las fotos, no le gustaba que lo grabasen. Y ahora, en contra de su voluntad, solo porque la poderosa Google así lo ha decidido, su imagen camina sin descanso por los entresijos del ciberespacio encerrada en vida sin poder escapar.

¡Cómo me gustaría que lo dejasen descansar en paz!

Una voz interior —tal vez sea la suya— me dice que como persona anónima que fue, puede seguir paseando tranquilamente por su pueblo, porque le gusta. Ahora que es etéreo, es viento, es amapola, es luminosidad, es un hombre que está más allá del tiempo de Google: medible y caduco. Se mueve en el escenario de otro tiempo. Y es ahí, tanto en los campos cosechados como en el cerro o en la casa vieja que fue el origen de todo, donde sus hijos y nietos siempre pueden encontrarlo.

© María Pilar

31 mayo 2014

Primeras impresiones de Podemos

—Ama, el domingo hay elecciones al parlamento europeo, ¿irás a votar?
—Ya sabes que yo ya cumplí ampliamente con esas obligaciones, así que déjame en paz que hace frío y no voy a salir de casa.
— ¡Pero ama! ¡Así va este país! Mira, te llevo yo en el coche y puedes votar al PP como en la época de aita.
— ¡Cómo quieres que te diga que no!, los tiempos de meter en la urna el sobre que me daba tu padre ya han pasado.
— ¿Y si te traigo yo el sobre? Ya sabes que aita y yo en política nunca estuvimos de acuerdo. El nacionalismo puede ser buena opción porque...
— ¡Te he dicho que no y es no! Con tu padre ya tuve bastante.
¡Jijiji! Sí que hace frío y además llueve, pero con mi bastón en una mano y el paraguas en la otra... poco a poco. ¡Qué tendrá ese joven para sacarme a mí de casa! ¿Mi hijo? qué va, me refiero a ese de la coleta, el que habla tan bien, si hasta ha conseguido que no me quede dormida con la tele encendida. Parecía que estaba viendo una partida de ping-pong de uno contra todos, ¡qué bueno!, él solo era capaz de devolverles la pelota, y vaya pelotazos que los estampaba en la cara.
¡Qué cruzada se ha montado contra el chico de la coleta en este tiempo poselectoral! Ni el mejor culebrón puede superarlo. Ya no sé si es la reencarnación del diablo, el mismísimo Bakunin que se ha dignado visitarnos o un simple muchacho que pasaba por ahí. Los grandes y serios representantes tanto de los poderes políticos como del autoproclamado periodismo independiente y libre, lo califican de ególatra, chavista, bolivariano, populista, demagogo, relacionado con ayatolás,… No se dan cuenta que con tanta descalificación lo están encumbrando a los altares.
Y a mi edad, me han llamado friki por ser de las que se distrae escuchándolo, ¿friki yo? ¡Jajaja! Si, esto me está rejuveneciendo.
© María Pilar

22 mayo 2014

La artista y su obra

Johannes Vermeer
Se estaba haciendo el nudo de la corbata con la concentración requerida cuando se detuvo un momento para decir:
—No voy a volver.
Ella levantó sus grandes ojos ante aquel inmenso espejo que le devolvía su propia imagen tras la de él. Un halo de bondad la envuelve, de bondad y de estar en las nubes. Con la tranquilidad aparente en el rostro aún hermoso, pero con el corazón encogido, siguió haciendo lo que mejor sabía hacer: preocuparse de los pequeños y grandes detalles que lo habían llevado a él a ser un hombre de éxito. Mientras, en silencio iba deletreando su nombre como la que repite un viejo mantra para detener los fantasmas que la asfixiaban. En algún recóndito lugar de su interior quedaron reprimidas las lágrimas que luchaban por salir.
Ya no la buscaba como en sus primeros tiempos cuando quedó fascinado por su belleza, su ternura y su arte pictórico tan reconocido. Ese asumir el papel de mujer perfecta que tanto le había atraído en otro momento, se le hacía insoportable. Ahora era él quien tenía algo que ofrecer y necesitaba un amor diferente.
Si la viera asustada o confundida, insegura o débil por una vez en la vida, se desmoronaría  la tensión entre ellos como un azucarillo en el agua y podría acercarse a ella, abrazarla y no seducirla de nuevo, pero sí despedirse de otra manera. Todo menos ese maldito silencio y esa apariencia resignada. Un gesto apenas perceptible en su rostro, que solo él podía interpretar, manifestaba un “tranquila que volverá, como siempre”.
El portazo se prolongó como un eco martilleándole con sus últimas palabras:
— ¡Hace tiempo que vivo con otra!
© María Pilar

26 abril 2014

Objetivo Guernica

El Guernica de Picasso
Picasso volvió a Francia dejando el cuadro en América. En París, en 1940, se topó con el ejército nazi que había ocupado gran parte del país. Según se cuenta, un oficial alemán le preguntó a Picasso ante una foto del cuadro de Guernica:
—¿Ha hecho usted esto?
—No, han sido ustedes.

El Hotel Frontón de Vitoria-Gasteiz situado en el corazón del ensanche era un referente en aquellos años 20.
Aparte de artistas, toreros y famosos, la mayor parte de clientes eran familias de Madrid y sobre todo de Andalucía que en Vitoria buscaban “los espléndidos veranos del norte”.
El servicio que los atendía era de lo más selecto, a las camareras se les exigía 1,70 de estatura y tenían fama de ser guapísimas, aunque el gran atractivo del hotel estaba en los deliciosos aromas y ricos sabores de su cocina que traspasaban los límites de la provincia.
Para los vitorianos era todo un acontecimiento ver al comienzo del verano cómo enfilaban los flamantes coches de lujo conducidos por sus respectivos chóferes uniformados camino del hotel. El rugir de los motores, el sonido de los cláxones y las voces con acento sureño atraía a buena parte de los vitorianos que se arremolinaban para no perderse detalle. El trasiego de idas y venidas al hotel aportaba vida y “famoseo” a una ciudad que apenas contaba con 50.000 habitantes.
Llegó la guerra y pasaron como testigos mudos los ecos de sociedad.
El hotel Frontón ya no se despertaba a la vida todas las mañanas aireando su interior con ese viento norteño que le llegaba desde el Gorbea, ahora sus ventanas y puertas ocultaban secretos que lo hacían irrespirable. Los sofás chéster capitoné, las arañas de cristal, las molduras decoradas… Todo estaba en su sitio, pero como si le hubieran absorbido el alma empezó a envejecer y a parecer cansado.
Llegó la guerra y se llenó el hotel con la presencia de los oficiales alemanes de la Legión Cóndor y los uniformes de la Aviación Legionaria italiana.
El Coronel Wolfram von Richthofen jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor se alojó en una suite del piso superior. En la mesilla de noche guardó una edición de EL Dominio del Aire de Giulio Douhet en cuyas páginas podía leerse: "el mejor modo de romper la resistencia del enemigo es lanzar ataques aéreos muy detrás de la línea del frente, incluso contra la propia población civil".
El 26 de abril de 1937 amaneció sereno y claro. En Guernica había mercado y algunos carros animados por el buen tiempo o simplemente movidos por la inercia se arrastraban por las calles hasta la zona de costumbre. Latía la vida entre regateos y compras de las escasas verduras y la carne de conejo se decía; otros, sin recursos, se limitaban a comer con los ojos. Susurros sobre las últimas noticias de la guerra contaban que el enemigo en pocos días podría llegar. Algunos esperaban que la Ciudad del Árbol no fuera atacada.
El 26 de abril de 1937 el Coronel Wolfram von Richthofen reunió a su gente en la mesa del hall del hotel junto con los colaboradores italianos de la Formación Legionaria de Mussolini. De forma educada pero con aplomo y de manera implacable, con las palabras justas y la gestualidad precisa, les dio las órdenes del bombardeo sobre un plano. Al despegar del aeródromo de Vitoria debían rebasar el litoral y luego dando media vuelta atacar Guernica de Norte a Sur.
Algo rápido y limpio desde las alturas. Su misión era ultra secreta y la Legión Cóndor oficialmente no estaba en España, por lo que dejó en el buzón antes de salir camino del aeropuerto de Vitoria una carta para su mujer a una dirección desde la que se la harían llegar.
Eran las 16,30 cuando un fogonazo de luz profanó los cielos de Guernica y el estruendo lo levantó todo por los aires. Por la villa desolada se arrastró el terror.
El árbol se secó, el viento se convirtió en cenizas y la muerte adelantó la negrura de la noche. Ese día La villa de Guernica quedó convertida en un símbolo y memoria del horror.
Por la noche los pilotos se reunieron contentos y eufóricos en el hotel para evaluar la misión. No habían registrado nada en especial salvo que el humo y el polvo sobre la ciudad resultaron muy molestos.
Solo el hotel, donde se celebró una fiesta para celebrar el acontecimiento, iluminaba la negra noche vitoriana. Las estrellas, que avergonzadas se escondieron, fueron sustituidas por las arañas de cristal que brillaron con una energía espléndida sostenida por los comentarios jocosos de los participantes.
Al brillo de la fiesta se sumaron las doradas burbujas del champán, la música de Wagner y el perfume de las cortesanas del prostíbulo especialmente creado para la Legión Cóndor. El cuarto de hora con una chica española costaba cien pesetas, el precio incluía una latita de aluminio con dos preservativos y el uso de dos grandes toallas.
Cuatro días después, mientras las tropas nacionales ocupaban Guernica, Wolfram von Richthofen apuntaba en su diario de guerra: “Guernica, ciudad de 5.000 habitantes, prácticamente arrasada. Cuando llegaron los primeros Junkers ya había humo por todas partes, nadie era capaz de distinguir los objetivos carretera, puente, arrabal. Habitantes en gran parte fuera de la ciudad por una fiesta, la mayor parte del resto la abandonó ya al principio. Una pequeña parte murió en refugios por los impactos. Todavía visibles los agujeros que las bombas han dejado en las calles. Simplemente fantástico”.
© María Pilar

23 abril 2014

Día del libro 23 de abril

Un día alguien vino a visitarme para regalarme los oídos con el mejor piropo que me han dicho en mi vida: "tú eres la culpable de que haya leído mi 1º libro, las horas en el calabozo se me hicieron más cortas y además, el libro me gustó"
¡Felicidades a todos los que leen! 

©María Pilar

'Don Libro está helado'
Estaba el señor don Libro
Sentadito en su sillón,
con un ojo pasaba la hoja
con el otro ve televisión.
Estaba el señor don Libro
Aburrido en su sillón,
Esperando a que viniera... (a leerle)
Algún pequeño lector.
Don Libro era un tío sabio,
que sabía de luna y de sol,
que sabía de tierras y mares,
de historias y aves,
de peces de todo color.
Estaba el señor don Libro,
tiritando de frío en su sillón,
vino un niño, lo cogió en sus manos
y el libro entró en calor.
Gloria Fuertes.

16 abril 2014

Día Internacional contra la Esclavitud Infantil

En la Plaza de Correos de la ciudad de Vitoria-Gasteiz encontramos la escultura “El Pensador Niño” de Casto Solano en homenaje a Iqbal. El propio autor nos dice: "En cada lugar su tiempo, en cada tiempo un lugar. El tiempo del niño es breve y su lugar es jugar. Si robas el tiempo a un niño le estás robando algo más".
La pequeña figura de bronce, ubicada sobre un pedestal de piedra, presenta un niño desnudo, moreno, de triste mirada. Es su actitud pensante, abrazado sobre sí mismo, la que hace que nos preguntemos: ¿Qué le pasa a este niño? Parece que la preocupación que lo embarga fuera superior a lo que un niño puede soportar. Su actitud lleva al límite nuestra emoción. Se le ve tan abrumado…, te dan ganas de acercarte para hacerle sentir un cálido abrazo.
Era el 1 de mayo de 1995.
La iniciativa para erigir este monumento en recuerdo de Iqbal y como símbolo de todos los niños maltratados del mundo, fue impulsada por el alcalde de la ciudad en ese momento. Los centros de primaria, a los que se les cursó una invitación especial, la aplaudieron y se sumaron a ella sabedores de que la Educación en Valores es una tarea de la sociedad en su conjunto. Entre los niños reinaba la excitación ese día, orgullosos participaban en un acto de solidaridad con los millones de niños que sufren en el mundo alguna clase de abuso.
El alcalde, los concejales y muchos ciudadanos que estuvieron presentes, se mantuvieron en una actitud discreta para que los auténticos protagonistas fueran los niños y niñas de la ciudad y que con su voz se dirigiesen a esos millones de chicos de su misma edad que viven en las terribles condiciones que son obligados a trabajar.
La niña que leyó la carta que había escrito a Iqbal con convicción y entusiasmo proclamaba: "…Me dicen los mayores, ¡ya sabes! que tengo mucha imaginación y que ya estás muerto, ¡pobres! No se dan cuenta que es su falta de imaginación la que hace que yo y muchos niños de Vitoria y del mundo imaginemos ser de tu panda porque no nos gusta lo que están haciendo. Esa gran panda que tú capitaneas formada por los de nuestra edad…Ya somos mayoría los que queremos un mundo en el que las palomas, los árboles y los niños jueguen en paz. Los mayores piensan que te proteges de los castigos que te dieron, pero nosotros sabemos que te encoges porque observas nuestros sueños para proteger nuestro secreto. Si queremos arreglar la vida tenemos que hacerlo nosotros y trabajar hasta que las alfombras vuelvan a ser el vehículo mágico de nuestros sueños y no el trabajo forzado que encadene nuestros juegos…".
Aquel día se oyó en la ciudad de Vitoria el “Agur Jaunak” interpretado con txistu y tamboril por un grupo de niños mientras otros levantaban la bandera de la ciudad para descubrir, en una de las plazas más céntricas de Vitoria, el Pensador Niño en homenaje a Iqbal Masih. Sonaron los aplausos en su honor, le obsequiaron con claveles blancos y todos a una cantaron el “Himno a la Alegría – Miguel Ríos” sintiéndose portadores de la antorcha por la que él luchó. Allí pudieron observar, reflexionar, preguntar e indignarse sobre una causa que no les quedaba tan lejana al llegar a descubrir por ellos mismos esa realidad; bastaba palpar la ropa que llevaban puesta. ¿Quién, cómo y dónde se confeccionó? Iqbal, con tan solo 12 años, había sido asesinado quince días antes —el 16 de abril— por dos mercenarios contratados por la mafia de la industria alfombrera de su país, Pakistán. Se había convertido en un líder de los niños pakistaníes que trabajan en condiciones de esclavitud haciendo esas maravillosas alfombras que pisamos en nuestras casas, pero manchadas con la sangre de esos niños que son víctimas de todo tipo de abusos. En su recuerdo se ha elegido el 16 de abril como el día mundial contra la esclavitud infantil.
Cuando volvieron a casa, estos niños de primaria no habían ganado dinero, pero sí habían crecido como personas.
© María Pilar

02 abril 2014

Por el mar Adriático

Conduzco el coche siguiendo la sinuosa carretera de costa que desciende al Adriático. El sol de poniente me obliga a entrecerrar los ojos para poder ver bien las curvas encadenadas al borde del acantilado. Abajo, un mar cristalino se extiende entre islas con una quietud de espejo.
El crucero avanza abriendo una vía por las serenas aguas color turquesa que ocultan su profundidad tras el reflejo de los acantilados verdes. Así y todo me divierte una nereida engalanada con sus flores de nácar. Pronto me siento, a su vez, observada. Son los tritones con sus ojos coléricos los que recriminan mi intromisión en su mundo bajo el mar donde viven en palacios decorados con los restos de los naufragios. Con disimulo levanto la vista de las profundidades por el temor que me causa afrontarlos.
El barco sortea con dominio los islotes que salen a nuestro encuentro y deja atrás la Perla del Adriático con su imponente muralla y sus tejados rojos que delatan su reciente reconstrucción. En Dubrovnik se palpan las ganas de una nueva generación por pasar página de la guerra y dedicarse a vivir en libertad la independencia recién estrenada.
El perfil de la isla a la que vamos se va acercando por estribor con total precisión. Es una entre las muchas que sestean a esa hora bajo la vertical del sol; la convierte en especial el ser la elegida para hacer aquella parada. Cuando el motor se para al atracar en el pequeño embarcadero, sentimos el descanso del silencio. La brisa fresca que nos recibe nos hace respirar a pleno pulmón el olor a mar y naturaleza. 
Por el estrecho camino que sube entre pinos, crujen las hojas secas bajo nuestros pasos hasta llegar a una iglesia abandonada, testigo de que en un pasado la isla estuvo habitada. Tal vez su torre fue un día faro para indicar a los pequeños barcos el camino de vuelta. Una multitud de cigarras tiene la desvergüenza de ofrecernos un canto chillón y monocorde que nos aturde. Acaso sean las mismas que recibían a los marineros de los barcos rasgando las telarañas del aire en su honor.
La desdibujada vereda nos baja a una pequeña concavidad excavada en la base del acantilado que, a falta de playa, nos facilita el encuentro con el mar. Los rojizos del crepúsculo sacan destellos dorados a las aguas que envuelven nuestros cuerpos desnudos mientras disfrutamos de un baño placentero. 
La luna llena con actitud displicente comparece por encima del pinar y, aunque yo creo que nos ve encendidos de pasión entre los pinos, hace caso omiso de nuestra presencia. Porque eso de que la luna mira recelosa a los enamorados por no tener un amor igual, no es verdad. Se desliza en su barco de plata y el mar vestido de gala la recibe radiante en un mágico juego de luz y espejos que paralizan el mundo.

© María Pilar

25 marzo 2014

No es la gravedad lo que te sostiene

Todo aquello que permanece
Es lo que te sostiene
Ahora que el apagado telescopio
Es pan de desconsuelo
Marejada de una crisis
Huracán de tantos reveses
Eso que es solo tuyo
Tan íntimo, familiar y perenne
Eso que te agarra por dentro
Es lo que te sostiene
Porque es roca, viento y lluvia
Camino al que perteneces
Rumor del agua esa luz primera
Junto a lo que más quieres
Días de estudio y sueños
Juegos, risas y trueques
Es lo que te sostiene
Ese río que fluye y aviva
Más que nunca, para siempre
Se hace energía en tu cuerpo
Y saca al ser fuerte que eres
Para superar la tristeza
Para afrontar el presente.

15 marzo 2014

El regalo de su tiempo libre

Cuanto termina de colgar en las cuerdas del patio la colada de la ropa familiar para que se oreen sus rígidas costuras, se sienta en una piedra, y le saca a su flauta travesera  las más bellas melodías de un mundo de color y  magia con las que libera el alma.
Navegando en su flamante barquito de papel  por un mar dorado, las gaviotas le hacen los coros a una pleamar  en calma y la suave brisa viajera le trae de regreso la risa de jóvenes muchachas que alegres se adornan con flores silvestres y duermen abrazadas sobre la hierba, envolviéndose en  aromas y sabores de los que ella participa.
Ese secreto de su tiempo libre  le aporta la fuerza  para seguir viviendo con esa serenidad y alegría que todos los demás admiran.
© María Pilar

12 marzo 2014

Tiempo de cambio

Es tiempo de cambiar la dirección de la quebrada
Aunque razón y sentimientos anden divididos
En sumas y restas litigando
Por el resultado que pudo ser y no ha sido.

Es tiempo porque en las cuentas no hay misterio
Que sumando éramos uno y restando nos dividimos
El resto, es un rescoldo que abrasa
Multiplicando hasta el infinito el caudal invertido

Es tiempo de  hacer borrón y cuenta nueva
 que amalgame lo nuestro no hay ecuación
De las infinitas estrellas sólo miras a una
Y esa una, no soy yo

06 marzo 2014

Escuchar el silencio

Me han bastado dos días de paso por mi pueblo para constatar que sigue meciéndose en amplios campos de cereales que ya secos, le susurran sus nanas características ante la suave caricia del viento. Es el acompañamiento a tanta explosión cantarina de grillos, cigarras y mirlos. El viento nos trae aromas de tomillo, romero y espliego y en casa brillan en el cesto las cerezas recién cogidas.
El caserío evoluciona lentamente, pero dando una vuelta nos encontramos con casas, rincones y restos de murallas que como un libro abierto te retrotraen al pasado histórico que con la modernidad no ha sucumbido sino que se ha hecho más visible. No ocurre lo mismo con otros elementos de un pasado no tan lejano, a los que las telarañas y el polvo los están acallando.
Sólo algunos ojos pueden contárnoslo tal como ellos lo ven y digo ojos porque el grupo de personas mayores que se sientan en los bancos de la plaza a la sombra de los frondosos plataneros, pasan las horas rumiando sus silencios cargados de ausencias. No han necesitado a J.C. Onetti para aprender que las palabras sólo se usan si mejoran el silencio. Aun siendo vasos llenos a rebosar de sabiduría y de experiencia, no les sacas más que monosílabos y eso al principio porque después, con su silencio te invitan a quedarte o marcharte. Su silencio grita algo que no podemos oír porque estamos empeñados en la algarabía de nuestras voces, de nuestras palabras vacías, con la única pretensión de no afrontarlo. Es difícil poner en valor el silencio en esta nuestra sociedad que está caracterizada por la multiplicación de palabras hasta el infinito, aunque la mayor parte sean eco de lo que otros dicen. Como loros nos estamos convirtiendo en correas de transmisión sin reflexionar, sin aportar nada nuevo, porque todo vale menos escuchar el silencio
© María Pilar

01 marzo 2014

Ser o no ser: la eterna duda

Se pasaba el día deshojando la margarita: ser o no ser, hago esto o aquello. Siempre la duda le emborronaba los pensamientos y le incapacitaba para tomar decisiones. Esa actitud era tan irritante para los demás que comenzó a quedarse solo. Y solo siguió con su duda hasta tal punto, que su figura se fue doblegando para soportar la pesada carga. .
El día que logró ver la sombra de su caparazón soplándole en la nuca, comprendió que no merecía la pena seguir con ese lastre. Su cuerpo crujió al cambiar de postura para empezar a ser.
© María Pilar

22 febrero 2014

Os regalo mis deseos

Me ha pasado un huracán, un tsunami ha arrasado lo que me pertenecía: mi identidad. Han suplantado mi identidad para chantajear en mi nombre a familiares, amigos y conocidos. Saben que si es de un extraño no cuela, de un amigo toca la parte sensible y nadie va a desconfiar. Un delito del que se van de rositas ocultándose tras la maraña de lo virtual.
He hecho limpieza mental, he cambiado contraseñas, he vaciado agendas cargadas de superficialidades y ya más ligera de equipaje, en una noche fresca bajo un cielo callado, he pensado en lo que realmente es importante para mí y por tanto la fuente de mis deseos.
Deseo seguir confiando en la gente porque no quiero que mueva mis actuaciones un corazón frío y huraño. Deseo construir mi vida sobre un amor firme, una familia y unos amigos que son los que sacan lo mejor que hay dentro de mí. Deseo abrir la puerta y arrojar fuera a los que se mueven por apariencia y falsedad que no me dejan ver el brillo del atractivo de las auténticas personas. Deseo seguir riéndome de mí misma y de lo que merezca la pena, seguir con el optimismo y la positividad que siempre me ha caracterizado, disfrutar del grato compartir en torno a una mesa, de las agradables conversaciones en buena compañía, de la emoción de una mirada, de la lluvia fresca y de esas tardes soleadas, tumbada en una pradera de las que tenemos por aquí, con un buen libro.
Y ahora, si te atreves vas y lo cascas.
Porque deseo que la gente buena y entusiasta, que es la única capaz de apostar por un mundo mejor, aúne esfuerzos para lograrlo.
© María Pilar

19 febrero 2014

El abuelo


Por detrás de la torre de la iglesia 
Reloj anclado en el pasado 
Fuimos siguiendo sus huellas 
Por los senderos cercanos 
Cruzamos el arroyo 
De él íbamos hablando 
Su contar y su hacer 
Entre nosotros comentábamos 
Sienes plateadas, bastón en mano 
Como un transeúnte más 
Su sombra a nuestro lado 
Frente a su casa nueva 
Se quedó observando 
El tiempo se detuvo 
Él pasó de largo 

© María Pilar