29 mayo 2013

Basta ya de violencia machista

Hay criminales que proclaman tan campantes ‘la maté porque era mía’, así no más, como si fuera cosa de sentido común y justo de toda justicia y derecho de propiedad privada, que hace al hombre dueño de la mujer. Pero ninguno, ninguno, ni el más macho de los supermachos tiene la valentía de confesar ‘la maté por miedo’, porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo.
                                                                        Eduardo Galeano

El día estaba claro y soleado en aquel pequeño pueblo. La estrecha calle por la que pasaba ella, con soportales y casas bajas a ambos lados, remarcaba su silueta con todo su esplendor. El reloj de la torre de la iglesia, que hacía tiempo que no marcaba las horas, sobresalía por encima de los tejados como ojo curioso que no quiere perder detalle. Su aspecto de alemana nos cautivó a todos. Alta, con media melena rubia, de ojos azules y piel transparente, llevaba un vestido ajustado que enmarcaba su figura. Andaba como una actriz de cine con un ramo de flores en las manos.  Tenía que darse cuenta de la curiosidad que despertaba su presencia por la cantidad de gente que se arremolinaba para verla, pero ella seguía con la mirada al frente sin manifestar desagrado. 
Había visto mujeres guapas del pueblo, con flores en las manos, pero ninguna con el porte que ella tenía. Irradiaba la luz del sol empequeñeciendo al pequeño séquito que la acompañaba rendido a sus pies. 
El hombre moreno que iba a su lado, de ojos hermosos y labios gruesos, le llegaba al hombro, pero mostraba en su semblante un orgullo desafiante, el orgullo de quien exhibe un trofeo a la gente de su pueblo. El traje marengo con camisa oscura y corbata a juego, le daba aires de gran señor, pero no le impedía el brillo del sudor en el rostro. Ella era tan ideal como etérea por aquel pueblo, y tenías ganas de tocarla con suavidad no como aquella mano ruda que la agarraba por la cintura de forma tan poco fina que en el raso del vestido le dejaba las marcas de su manoseado sudor.
En este amanecer de recuerdos, me interrumpen las noticias con el grave suceso de que un hombre gris y anodino, el dueño de aquella mano cargada de deseo, ¡ha sido su asesino!
© María Pilar

25 mayo 2013

Aroma de Vainilla

Mercedes Ortega Abellán cuenta de manera intimista, las vivencias de su familia a lo largo de tres generaciones en la Murcia de finales del XIX hasta los años sesenta del XX. Es de las novelas que se leen de manera relajada, para disfrutar. Se nota mimo y cuidado en los detalles, generosidad y abundancia cuando se ha creído necesario. La autora, Isabel Martínez Barquero, crea ambientes, atmósferas y situaciones con gran fluidez y es encomiable el esfuerzo que hace  para acercarnos de manera tan detallada al mundo de las plantas, piedras y aromas.
El título, es muy revelador de lo que ocurre en el eje vertebrador de la novela. Tras el cálido y envolvente aroma de vainilla, está un hombre al que conocemos joven, hermoso y noble, con grandes y expresivos ojos, timbre grave de voz, ademanes cautivadores en sus manos, atractivo como ninguno y con esa fragancia de vainilla que…
Ese aroma es algo distintivo de la familia, su hija y su nieta también lo heredan. Es el toque mágico que enlaza a las tres personas clave que conforman la saga.
Aromas, sabores, olores y colores no son elementos accesorios, conforman una cultura y una manera de vivir en la que están integrados los personajes. Alimentos y platos tan ricos, elaborados con las mejores materias primas, nos mueven las papilas gustativas así como se nos hacen extensibles a la pituitaria los aromas. Y es que la vida fluye por todos los poros de los personajes de esta novela con sus pasiones y sentimientos, rencillas, odios y frustraciones. Y de fondo, siempre un runrún de avispero: los chismorreos y cotilleos de la gente del pueblo. Las situaciones se canalizan de diferente manera si son ellos o ellas, según marcan los convencionalismos de la época que les ha tocado vivir. Solo unos pocos logran sortear esos convencionalismos encorsetados y se verán sometidos a las críticas hirientes, la venganza y en algún caso hasta la muerte. Los demás, intentan acallar las pasiones que les marca su interior con beaterías trasnochadas, llevando una vida hipócrita o sufriendo. Es curioso que en el pueblo donde viven en una atmósfera tan asfixiante, no sientan tanto los rigores de la intolerancia como los van a sufrir cuando vivan en la ciudad años más tarde.
Los personajes, al estar tan perfectamente definidos, se te quedan pegados después de leer el libro como si te los pudieras encontrar en un viaje a Murcia, lo mismo que la casa frente al parque en la que viven. Únicamente el cura queda desdibujado y no he llegado a entender bien sus verdaderas intenciones. Sentimos el humor que les guía, el gracejo del habla coloquial; cuchicheos que solo percibe la persona a la que van dirigidos, pero de los que somos cómplices y las entrañables emociones que afloran y nos erizan la piel. Con sus defectos y sus virtudes se les aprecia, a pesar de la crueldad de Julia que, enamoradísima de su marido, la noche de bodas lo expulsa del dormitorio y lo manda a dormir al burdel para el resto de sus días; o la dureza de él, que no manifiesta con su mujer, pero sí con la mujer que lo acoge y protege a la que abandona en terribles circunstancias.
Siendo los hombres más considerados socialmente, son ellas: las mujeres, las grandes protagonistas y brillan por méritos propios. Sobre todo, Mercedes, la narradora de la novela. No solo ha heredado de su padre el olor a vainilla sino también el  tozudo carácter familiar. Es autónoma e independiente, afronta la vida con fortaleza y entereza, tolerante y ecuánime, vivió su historia de amor y supo que la felicidad plena solo se vive por momentos. La España de  la posguerra, secretos que permanecen ocultos, amores frustrados, hijos fuera del matrimonio y un sinfín de situaciones más, hacen que merezca la pena leer este libro.
© María Pilar

16 mayo 2013

La venganza de la bruja

A veces queremos escribir simplemente sobre la primavera, pero las manos sobre el teclado nos llevan por otros vericuetos y, la primavera tendrá que esperar.
Villamediana
Cuando pasó el invierno, los vientos primaverales traían agradables susurros que todos los vecinos de aquel pueblo querían atrapar y abrían las ventanas y puertas de sus casas para recibir la suave caricia del sol. El sufrimiento de la vecina, que un día fue atacada por el gato, se puso en evidencia. Su casa seguía cerrada a cal y canto y si por alguna rendija entraba la luz, había clavado finas tablillas para evitarlo.
Las noches de luna llena, los reflejos de luz que se filtraban entre las ramas de la higuera proyectaban figuras florales en la pared de su cuarto. A ella le parecían magia y creía sentirse observada por algún espíritu maligno que había hecho acto de presencia en su casa. Entre insomnios y duermevelas el disco de la luna se le acercaba y en él podía distinguir rasgos de su vecina-bruja con una mueca sarcástica y una risa de ultratumba.
Con cada plenilunio de primavera, el desasosiego le aumentaba hasta que llegó a convertirse en obsesión. Durante el día lloraba atemorizada por los rincones de su casa y las noches, ¡ay las noches!, se habían vuelto en su peor tortura. Pesadillas nocturnas y angustiosos despertares la acosaban. Se veía perdida en lugares desconocidos, oscuros y terribles que le helaban la sangre. No había aire para respirar, ni persona viviente a la que pedir ayuda y de una u otra manera, siempre aparecía él con sus ojos verdes como chispas en la oscuridad y después, esa enorme masa oscura que se le acercaba para atacarla. A veces, le hacía señas con su pata vendada para que se acercase. Ella sólo gritaba: ¡Vete, vete! y corría y corría pero sus pies no avanzaban y la carcajada del gato negro le retumbaba en la sien.
Se estaba convirtiendo en una mujer consumida por la desesperación. Empezó a sugestionarse con la comida porque podía estar envenenada, a no encontrar algunos objetos que le eran imprescindibles o hallarlos en diferente sitio. Cualquier ruido la estremecía. Le inquietaba hasta el de sus propios pasos porque en ellos oía las pisadas de que la seguían, se tenía que detener y mirar atrás para cerciorarse. Comenzó a andar descalza, pero las tablas crujían bajo sus pies. Cuando el torrente de lágrimas se le había secado, empezó a esconderse en uno de los armarios, allí en cuclillas pasaba la noche.
Encendió velas a sus santos protectores para contrarrestar la brujería que la poseía, mas las sombras de la velas también dibujaban figuras grotescas que se burlaban de ella. El fuego de una vela prendió una cortina, ascendió hasta la caja de la persiana y el humo se hizo irrespirable en toda la habitación. Ardieron papeles, vigas, muebles y el crepitar del fuego envolvió los gritos primero y los gemidos después de la vecina que, desorientada, se sentía en un laberinto en su propia casa. Envuelta en humo huyó de la habitación y rodó por las escaleras. Su memoria cargada de fantasmas empezó a borrarse.
Los vecinos distinguieron claramente la silueta de un gato negro entre el denso humo que salía por la ventana. Fue un prueba tan evidente y absoluta que el asombro con el que lo contemplaron se mezcló con un sentimiento de temor y desasosiego. La ansiedad en sus miradas confirmaba lo que sus voces se negaban a pronunciar y cuando volvían a sus casas en silencio con pasos inquietos, sabían que el próximo podía ser uno de ellos.
© María Pilar

09 mayo 2013

La bruja


En aquel pueblo los sucesos no se catalogaban entre normales y paranormales.
Las hechos ocurrían y punto.
Las arpías de la vecindad decían que la bruja salía de noche en época de luna llena, que espiaba por las ventanas y que se las pasaba preparando brebajes para sus maleficios. Contaban los vecinos que se oían golpes en su casa hasta el amanecer y que siempre había luz de velas en las ventanas. Que los perros aullaban y los gatos se erizaban a su paso. Circulaban muchas historias, dimes y diretes y nadie se preocupaba de poner alguna lógica en todo aquello.
El reloj de la iglesia daba las 12 campanadas cuando la luna llena paralizada allá arriba congelaba la noche.
¡La hora de las brujas!
A Teresa este pensamiento le hizo temblar. Se quedó sin aliento cuando notó cómo alguien empujaba suavemente la ventana de su cocina. Un sudor frío le recorrió la espalda. La ventana se abrió y saltó un enorme gato negro. Fijó en ella sus pupilas verdes que la dejaron petrificada. Con la piel erizada maulló con furia y le cayó encima clavándole sus puntiagudos dientes en la mano con la que intentó protegerse a la vez que sintió el zarpazo de sus largas y afiladas uñas arrancándole la piel de la cara.
El grito prolongado que salió de su garganta huyó del lugar como un poseso y chocó contra puertas y ventanas de otras casas que cobardes permanecieron cerradas.
El dolor la exasperó y con coraje cogió el atizador y corrió enloquecida tras aquella bruja metamorfoseada lo que provocó un estropicio en la cacharrería de la cocina.
En lo alto de un armario, el astuto gato con la línea de sus pupilas que brillaban como luceros rasgados en la penumbra, se encrespaba y maullaba con furia y rabia. Temblando, no tanto por el dolor físico como por el espanto que aquel animal le inspiraba, lanzó por los aires el atizador y logró asestarle un golpe en la pata derecha. Al marcharse bufando por donde había venido dejó un halo con fuerte olor a podrido.
Entre el grupo de mujeres que se habían encontrado en la panadería de María esa mañana reinaba la excitación. Teresa contaba el insólito acontecimiento del que había sido víctima la noche anterior y como prueba mostraba las lesiones. Con los ojos brillantes desgranaba la información insinuando sin decir, callando porque ya me entendéis y con voz más baja, entre gestos de espanto y terror supersticioso, añadió: Por la noche se transforma en un terrible gato negro. Pero ella, que no tuvieran ninguna duda, ahí donde la veían débil y sola, se crecía ante las dificultades. Le había atizado un buen golpe en la pata derecha delantera.
La llamada bruja se acercaba sigilosa. Al oír parte de la conversación un rictus le cambió la cara. Estaba harta de que siempre hablaran de lo mismo. Tosió de manera fingida para hacerse notar. Llevaba vendada la mano derecha.
© María Pilar

02 mayo 2013

El agente 007 frente a Rubén Bevilacqua


El agente 007
Se presenta con el apellido antes que el nombre: Bond, James Bond. Representa la elegancia británica. Es un perfecto caballero inglés amigo de las cartas, las copas y las señoras. Toma dry martins con vodka y puede beber lo que quiera sin perder el pulso. Revienta en el asfalto un Aston Martin si así lo marca el guion. No ama, folla con las mujeres más bellas —Úrsula Andress en bikini—. Su carrera está llena de éxitos que marcan su brillante trayectoria. Es capaz de pegar un tiro sin despeinarse. Sale indemne de todas las batallas porque el barniz que lo protege le hace carecer de sentimientos, solo cumple con el papel para el que ha sido programado. Sabe que es el único que salva al mundo cada poco tiempo de un villano. Tiene cuerda para rato porque no cumple años.

El brigada Rubén Bevilacqua
La ironía es lo que le ha ayudado a sobrevivir en ese mundo carente de sentido del humor. Hace bromas hasta con su propio nombre: Rubén Bevilacqua, conocido como Vila. “Soy sudaca de nacimiento, lo de la españolidad es un aprendizaje a posteriori”. El deber, incluso el más fastidioso, no tiene nada de opcional para él. Así entiende la vida porque se sabe picoleto, aunque se vaya pisando las ojeras. Con las restricciones que tienen en la unidad, usa vehículos requisados. Es un viejo zorro que sabe esperar a que escampe, los cafés le mantienen despierto en esas esperas. Aunque, después de comerse marrones a espuertas y lograr algún éxito, a veces, le arrastra una desazón peligrosamente colindante con la tentación de pedir la baja en el cuerpo. Pasa estrecheces económicas. Está divorciado, paga hipoteca y se encarga de su hijo adolescente. Con él va al cine los sábados, cenan en casa y salen a correr juntos la mañana del domingo. Planes de fin de semana que se van al garete ante la llamada de un inspector. Sabe que es un privilegio disfrutar de una pobreza moderada, garantizada por todos los impuestos de la ciudadanía en un país con 6,2 millones de parados. Es lector de novelas, lleva siempre su Macbook que se ha pagado de su bolsillo y es capaz de distraerse con música, alguna película y después dormir. El tiempo va pasando por él de forma inmisericorde, está al filo del medio siglo y su conformidad con la vida sería mayor si hubiera encontrado alguna caritativa mujer que lo soportara. Las crueldades a las que se enfrenta lo sobrecogen y siente que el pulso se le detiene. Cree en el tesón y el talento más que en la suerte. Reconoce que en su trabajo no siempre se hacen las cosas con la más pura ortodoxia y siente estupor ante la corrupción de sus compañeros. Agradece que la oscuridad de la noche sirva para ocultar sus lágrimas de viejo caimán. Despierta con jirones de sueño enredados en su mente. Carga con reveses de los que cuentan y mejor no llevar espejo retrovisor sobre su espalda.

¿Con cuál de los dos os quedáis?
© María Pilar