23 diciembre 2019

Nunca me abandones

La adolescencia de María es un tren con el traqueteo de los del pasado. Un tren que, con sus silbidos envueltos en hollín, deja atrás los ondulados campos castellanos y serpentea por las montañas inabarcables del País Vasco.

De mañana, su padre la lleva a la estación. Le coloca la maleta en el estante superior del compartimento y, mirando el billete, le indica el sitio donde tiene que sentarse; junto a la ventana.
—No me dejes —le dice ella.
—Nunca. Ya sabes lo mucho que te quiero —le contesta revolviéndole el pelo.
La atrae hacia sí y la abraza a la vez que le pregunta: «¿Lista para tu aventura?»
María hace un gesto afirmativo con la cabeza gacha.

La gente se arremolina en el andén para despedir a los que se van; raudos cargan bultos y maletas, los últimos abrazos y besos, otros dicen adiós con la mano. Con el sonido estridente del pitido, el tren se pone en marcha y la figura del padre se empequeñece hasta quedar reducida a un punto inexistente. A ella le invade una sensación extraña a la que aún no sabe ponerle nombre. Con el tiempo aprende que se llama vértigo.

El resuello anhelante de la locomotora la va alejando de su mundo mucho más de lo que pudo imaginar antes de partir. Sentada en el borde del asiento, con sus zapatos de colegiala y calcetines cortos, no puede parar de moverse. Está preocupada de que se le pase la estación de llegada; por eso mira detenidamente el nombre de cada parada por si coincide con el que lleva grabado en la memoria de tanto repetirlo. El revisor viene a mirar el billete y le susurra muy simpático: «¿Todo bien, señorita?» Respira aliviada y sonríe porque le gusta que no la trate como a una niña.

Por el ventanal, pasan árboles y postes de la luz a velocidad apresurada. Giran y huyen interponiéndose entre ella y su lugar de procedencia. Cuando se le caen los párpados cansados, las imágenes siguen rotando en su cabeza y rompen la calma tensa que entumece sus miembros. Agarrada al asiento se muerde el labio inferior para aguantar las lágrimas. Y, con los ojos empañados no logra leer el nombre de la estación que ya huye.

Atrapada entre aquellas montañas por las que discurre el tren, donde le espera un modo de vida tan diferente al que conoce, comienza a sentir una inquietud imposible de calmar. En el mundo que deja, sus pies, fieles a la manía de no pisar rayas, saltaban de losa en losa y el reflejo de un charco le devolvía una niña pizpireta que la entusiasmaba. Ahora se ve una hoja zarandeada por el viento hacia un destino incierto. Atrás queda su infancia con los trinos de los gorriones columpiándose en los cables de la luz y las nubes algodonosas que le contaban cuentos, el miedo a subir las escaleras a oscuras y los fantasmas invisibles que poblaban las noches. También, dos largas trenzas de sedoso cabello negro. «Para que puedas peinarte sola», le dice el rumor del arroyo en el que se encuentra con la sonrisa de su madre que ella guarda muy dentro. 

Bajo un cielo cubierto de oscuras y plomizas nubes, el convoy entra en la estación con un ruido ensordecedor. Algunos se agolpan en las puertas impacientes por bajar. Los esperan. El frío de despedida que recorre el andén la encuentra desprotegida y la va calando un olor húmedo a naturaleza que siempre la transporta a ese momento. El reloj de la estación marca las cuatro de aquel día gris de septiembre. Patea calles extrañas como se anda en los sueños y cada poco muestra la dirección escrita por su padre. Un señor la acompaña. Camina a su lado en silencio. Su destino acaba frente a unas puertas de hierro forjado que en ese momento están abiertas. Una vereda flanqueada por árboles muy altos lleva a la escalinata de un palacete que, como por arte de magia, asoma al fondo. ¡Fascinante si fuera un cuento! Con esa sensación paralizante que te impide moverte, se queda mirando, como una papanatas, la secuoya gigante de la entrada. El hombre que la ha acompañado la anima a entrar: «Etorri, neska!». Se hace la valiente y, con el corazón al galope, pone un pie dentro.
Mädchen Internat, lee en la entrada principal.

Cuando llega la Navidad, un runrún de maletas liberadas de los armarios recorre el internado. Entre velas rojas, coronas de abetos y la música del villancico O Tannenbaum, las adolescentes solo hablan de un tema: «¡Vacaciones!».
Muy circunspecta, Schwester Lidana, con una carta de su padre en la mano, le dice que se ha casado de nuevo y pronto va a tener un hermanito. Mejor que estas vacaciones se quede con ellas. Un jarrón de agua fría nunca le hubiera hecho tal efecto. A solas, hace trocitos a la mujer que está en la foto con su padre y a este, las lágrimas derramadas lo van desdibujando.

Una puerta le hace guiños y allí se cuela. Descubre libros, muchos libros. Con la intriga de Extraños en un tren de Patricia Highsmith, no puede dejar de leer; devora la historia página a página robándole tiempo al sueño. Conoce a los personajes, se siente atrapada por el relato, lo vive con tensión. Al final, le da pena terminarlo, pero esa emoción sentida la arrastra a descubrir otras historias que la hagan vibrar, sonreír, llorar.

La cortina de lluvia tras la ventana, idéntica al día que llegó, hace pensar que nada ha cambiado; pero, salvada por la lectura, es consciente de que ella sí ha cambiado. Mucho.
Llueve, pero María vuela.

© María Pilar

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01 diciembre 2019

Hubo un tiempo

Hubo un tiempo, en el que creí que Dios era un ojo atrapado en un triángulo equilátero. En ese tiempo pasado, pensaba que el ratoncito Pérez vendría con nocturnidad, a llevarse mi recién caído diente de leche, como el mío no se lo llevó dejé de creer en él. Llegaron después los años de catecismo, para hacer la primera comunión, durante los que supuse que había un cielo diáfano y feliz para los buenos y un infierno ardiendo en un fuego perpetuo para los malos. 

Durante mi infancia estuve convencida de que los Reyes Magos de Oriente dejaban regalos a los niños buenos por Navidad, a mí no me traían nada, ni siquiera arbón. ¡Qué descarados! También me contaban que las cigüeñas traían a los bebés, pero en mi casa, mamá se acostaba y después nacía un hermano sin que cigüeña alguna intermediase. Los mayores mentían mucho, lo que era un pecado venial, tal vez por eso se acercaban al confesonario donde el cura los escuchaba a través de una rejilla y los perdonaba si cumplían una penitencia. En el soto, por las eras o en la plaza, de repente, las chicas mayores desaparecían con los chicos, en pareja, y todos sabíamos que hacían cosas que también eran pecado, pero, como los temíamos, no se lo decíamos a nadie. 

Más tarde, cuando, por fin, se murió Franco y este país salió de la dictadura, hubo un tiempo en el que consideré que la democracia era la mejor forma de gobiernos y que nos traería progreso y libertades. Entonces opinaba que a la OTAN había que decirle «de entrada no» y que, ya para siempre, aunque sufriéramos sed o hambre, nos quedaría la palabra, como decía Blas de Otero. 

Ese fue también el tiempo en el que, ilusa, opinaba que la justicia era ciega, que hacienda éramos todos e incluso que todos remábamos a una en una misma dirección, para construir un país maltrecho. La realidad siempre me sorprendía con dolorosos puñetazos en plena cara que laceraban el corazón y me iban haciendo más suspicaz. «El hombre era un lobo para el hombre», que ya dijo Thomas Hobbes en el siglo XVII. 

El tiempo ha pasado raudo y veloz y, en una ventolera, me tiró del caballo como a San Pablo; en mi caso, del burro más bien. Me abrió los ojos a la cruda realidad de la existencia humana. Dios no estaba allá arriba, siempre justiciero, con un triángulo por corona. Acaso esté en ese paseo por los bosques otoñales cuando el viento acaricia las hayas que juguetonas exhiben con orgullo sus colores espectaculares. Quizá en tantas obras buenas de seres humanos anónimos y que nos sorprenden como una amapola que luce en un pedregal. Tal vez…

La justicia que nos trajo la democracia no es la de los ojos vendados, los tiene bien abiertos, la prueba es su debilidad por el poder y el dinero. Tampoco la hacienda somos todos, más bien los que menos tienen, porque los ricos y poderosos conocen el atajo de las cuentas offshore.  

Y de entrada dijimos sí a la OTAN con todas sus consecuencias. No llevo el registro de en cuántas guerras hemos participado. 

Después de todo, en conclusión, puedo decir que lo que más me duele es que en esta jungla donde abunda la hipocresía es difícil que crezca la inocencia de un niño. 

25 noviembre 2019

Mi número de la suerte

El tres apareció en mi vida en una concatenación de hechos que convirtieron mi frustración en alegría. La señal mágica más contundente que me ha ocurrido en toda mi existencia. Estaba claro que en el aire pululaban los números de la suerte y ese me tocó a mí.

Había encontrado un trabajo en la ciudad, una amiga me dejaba su apartamento a cambio de que se lo cuidara porque se iba a Camerún con una ONG, y yo, ¡por fin!, podía emanciparme. ¡Qué momento! Trabajo y piso que me aseguraba la independencia a coste cero. ¡No me lo podía creer! Llamé a todos los amigos para celebrarlo con pizzas y bebidas que pedimos al restaurante del bajo y el apartamento se llenó de música y jolgorio hasta el amanecer. Caí rendida nada más acostarme. La alarma sonó a las siete para recordarme que a las ocho tenía que estar en mi puesto de trabajo. En la nebulosa del sueño, recuerdo que saqué el brazo, la apagué y seguí durmiendo.
Me desperté con una sensación extraña, no sabía dónde me encontraba. Necesitaba un café bien cargado, pero mamá, que era la que siempre lo preparaba, no estaba allí, así que me froté los ojos para lograr vislumbrar que la pantalla del móvil marcaba las tres. ¡No podía ser! Mi primer día de trabajo y ni siquiera me había presentado. ¡Cómo había actuado de forma tan estúpida! Sentada en el borde de la cama, con los hombros caídos y sujetándome la cabeza con las manos porque me iba a estallar, sentía una rabia infinita contra mí misma. La elocuencia de aquel silencio me embargaba. Empecé a deambular por la habitación buscando una salida al caos mental que tenía. Y esa era mi cacareada independencia.
El tono de un mensaje en el móvil llamó mi atención. Una tienda de moda me invitaba a participar de grandes descuentos antes de las rebajas. Trato de clienta vip. ¡Qué rápido se habían enterado de que iba a tener pasta! Descubrí dos mensajes anteriores: en uno, me informaban de mi alta laboral en la Seguridad Social; y en el otro, la entidad bancaria me avisaba para que no acudiera al trabajo porque habían tenido aviso de bomba.
Respiré aliviada y entonces sonreí.
© María Pilar
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09 noviembre 2019

Un ramito de violetas

Ya sabes, Julián, lo brutos que son los del pueblo. Te llevaron a las bodegas, dispuestos a seguir la farra que habían empezado en los bares: «Veréis qué pronto le quitamos esos aires de señorito de ciudad», decían. 

Era noche cerrada, cuando volvíamos. Tus andares, haciendo eses, te retrasaron del grupo y nadie se dio cuenta de que me quedé contigo, para acompañarte. Por nada del mundo quería que los padres de tus alumnos te vieran en aquel estado. Es que yo ya me había fijado en ti, ¿sabes? Tan alto y despistado; con esa mirada tan bonita de miope que me embobaba. En el reducido habitáculo de la bodega, logré abrir un espacio para estar a tu lado con el corazón latiéndome a mil. ¡Cómo me gustabas! 

Nos detuvimos en la zona de El mirador. Te hacía bien el aire fresco. Y allí, invisibles, en la oscuridad que sonorizó nuestros gemidos, ocurrió lo nuestro. ¡Las veces que te lo he contado! Cuando te preguntaba si te acordabas, siempre me contestabas: «Que sí, mujer». Siempre, menos la primera vez que no recordabas nada. ¡Cómo te portaste cuando te dije lo de mi embarazo! No veía el momento de contártelo. Fuiste todo un caballero. Me ahorraste la vergüenza de los comentarios del pueblo. «Una boda sencilla», dijiste. Dado mi estado, era lo más lógico. 

Vida íntima entre nosotros, Julián, después de aquello, nada de nada. Conmigo nunca fuiste tierno. Eso que te gustaba escribir versos en aquellos cuadernos azules que guardabas con tanto misterio. Te ibas y me dejabas sola. Claro, que de quien estabas enamorado era de tu profesión. Cursos en verano, intensivos los fines de semana, campamentos con los chavales. Con ese ritmo, ya me dirás. Por eso sonreías cuando cada nueve de noviembre te mandaban flores, siempre sin tarjeta. Ni falta que hacía, qué menos que las madres te agradecieran el trabajo con los muchachos. 

En el pueblo empezaron a llamarme con ironía: «La señora del maestro». Yo bien sabía que algunas me envidiaban. Un poco de mal genio sí tenías, pero jamás me pusiste la mano encima. Tenía claro que nunca iba a dejar que me tratasen como a mi madre. La lastimosa imagen de mi madre.

Hoy todo está cubierto por un manto de nieve. Si pudieras verme, notarías el vaho que me sale al hablarte. Es el frío del pueblo, ya sabes. ¡Anda! ¿Y ese ramito de violetas en tu lápida? «En el día de nuestro aniversario, 9 de noviembre. Cecilia». ¿Cecilia? ¡¿Pero qué es esto?! ¡¿Tú, un amor secreto?! ¡¡Y vas a quedarte tan callado como siempre!! 

Unas pisadas recientes sobre la nieve se alejan de la tumba. Las sigo muy decidida y me llevan a la pequeña puerta de la parte de atrás del cementerio. Desde allí la veo alejarse. Es una señora elegante, con botas altas y abrigo de los caros, que yo de eso entiendo un rato. Al subirse al coche, se gira y su penetrante mirada se posa en mí. Me entra un miedo casi convulsivo. 

©María Pilar


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25 octubre 2019

El gran disfraz

—¿Cómo está, señora Marilla?
—¿¡Pero tú quién eres!?
— Soy «Catrina», la gran «Catrina». La noche de la fiesta mi cabeza se pone fosforescente e irradia luz por todo mi cuerpo. ¡Huy! ¡La fiesta! Se me olvidaba que he venido a invitarla.
—Para fiestas estoy yo, y de disfraces. Un respeto, niña. Lárgate y déjame tranquila.
—Que es muy divertida. Y No hacemos daño a nadie, ¿eh? Algún susto... Un susurro en el oído de alguien en particular. ¡Jijiji! Cosa de nada. Salimos de nuestras tumbas y recorremos las calles en tropel. Al oír el chocar de esqueletos, la gente huye espantada. Les aterra sentir que la muerte les pisa los talones y...
—Con que un susurro en el oído... ¡Ajá! Me has dado una idea estupenda. Mira por dónde, me voy a animar.
—¡Cómo me alegro, señora Marilla! Puede ir disfrazada de «Garbancera» que ese no lo ha cogido nadie.
—¿Pero qué dices, chiquilla? ¿Te parece poco disfraz el que llevo puesto? Se lo debo a la mujer de mi hijo. Mira mis cejas, artificiales; las pestañas, postizas; los coloretes, rojo carmín a juego con los labios. ¿Este pelo tan corto?, una peluca a lo «garçon» en consonancia con el vestido cargado de lentejuelas. ¡Cómo habrá disfrutado la muy pelandusca! Y el pánfilo de mi hijo diciéndome: «¡Qué guapa estás, mamá, pero qué guapa!»

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—¡Qué frío he sentido! ¿Eres tú, Marilla? No sé de qué me sorprendo, desde que cumplí mi venganza vistiéndote con la mortaja que te haría remover en la tumba, te esperaba; pero, caray, no tan pronto. Quieres asustarme, ¿verdad? Admite que no fue muy inteligente lo de venirte a vivir con nosotros. Espacio, nos sobraba; nos faltaba el aire para respirar. Ya sé que ni muerta serás un alma en pena. Tú y tu carácter. ¿Ves este equipaje? Nos mudamos a otra casa. Como todo espíritu está atado al lugar donde ocurrió el deceso, no podrás seguirnos, pero te dejamos esta. Contigo dentro estará encantada. ¡Ah!, y no incordies a los vecinos que tienen en el móvil la aplicación Caza fantasmas.

Cuando abrieron la maleta en la nueva casa, apareció Marilla dentro.
© María Pilar
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17 octubre 2019

Los juguetes viejos

A mis años, ya no participo en sus juegos, pero me gusta mirar por el ojo de la cerradura. La primera vez, pura casualidad, iba a acostarme cuando creí escuchar un suspiro proveniente del cuarto de los juguetes. Decidí echar un vistazo. Ahora, noche tras noche, mi ojo fisgón encara la puerta.

El soldadito de plomo, mutilado de guerra, sigue profundamente enamorado de la bailarina que con tanta delicadeza mueve los brazos al girar sobre un solo pie. A su vez, ella, lanza suspiros de amor por Ken, con el que no tiene nada que hacer porque es el novio florero de la famosa Barbie. La modelo mejor pagada del mundo, adicta a la dietas para adelgazar y a la cirugía estética para mantener la piel tersa y los pechos firmes a los sesenta años, también tiene su lado oscuro. Está colada por Tarzán y no para de hacerle seductoras caídas de pestañas. Antes se había encaprichado con el Dinosaurio al que intentaba seducir con sus encantos, pero un día, cuando se despertó, él ya no estaba allí. Tom y Jerry, rivales en tantas ocasiones, esta vez coincidieron en que le habían oído decir: «Me largo al Parque Jurásico que es mucho más divertido». Tarzán, en cambio, ha perdido la cabeza por el Gorila y anda frustrado porque, a pesar de su famoso grito, no consigue llamar su atención. El Gorila, tan grande como un castillo, es un tímido, y sufre en silencio su amor por Jane, que, con una sensibilidad especial, está profundamente enamorada del soldadito de plomo.
© María Pilar
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09 octubre 2019

JL y el gallo del corral

 Un mañana llena de sol y nubes espumosas, vieron aparecer por la calle que cruza el pueblo a un buen mozo, guapetón, trajeado a la manera de la capital, con una maleta en la mano. Dedujeron que habría llegado en el autobús que venía de la ciudad. Tenía que ser JL, el esperado novio de su hermana. Todos los hermanos salieron atropelladamente a la calle para recibirlo, más bien, para analizarlo con curiosidad. ¡La primera boda de la familia! Al verlos, JL se dijo para calmarse: «Bueno, la familia va en el lote, la puedes aceptar o no». Habían acordado casarse por esas fechas por algo tan emotivo como decisivo. Al cabo de seis meses iban a ser padres. 

 Así entró en la casa el cuñao a quien acaeció una historia digna de un relato, cuya memoria perdura aún en todos ellos como un hecho jocoso cuando, en realidad, fue duro y lamentable por culpa del gallo del corral. 

 El gallo hinchaba el pecho orgulloso, agitaba las alas y lanzaba su canto estentóreo: «kikirikiii». Pendenciero y escandaloso dejaba claro que él era el único que mantenía el linaje del gallinero. ¡Cómo venía hacia JL con el pico afilado y los ojos desorbitados! La gente no sabe lo furiosos que son cuando atacan, parecen perros salvajes. 

 JL no se sentía cómodo con aquel taimado animal que se le acercaba sigiloso para picarle en sus partes íntimas. Llevaba cuatro días en el pueblo sin poder hacer sus necesidades. Cada vez que lo intentaba, era un martirio tener que agacharse en el abono y, en esa incómoda postura, enfrentarse al sanguinario jefe del corral. Se le quitaban las ganas. Pero ese día ya no aguantaba más. Estuvo espiando. Las gallinas picoteaban con su parsimonia el suelo de estiércol traído de las cuadras. Podía oír los gruñidos y ver los morros del cerdo entre las rendijas de los tablones de la cochinera. No había peligro a la vista, el gallo bravucón estaba bastante alejado y de espalda mostraba solo su cola de plumas centelleantes. Convencido de que no lo vería, con sigilo se bajó los pantalones y cogió un palo en la mano, por si acaso, antes de agacharse. 

  Allí se le presentó el gallo mirándolo con el ojo atravesado y moviendo la cabeza de arriba abajo con su pico acerado y la cresta de color vivo. Era el momento previo al ataque. 
 —¡Me cagüen tus muertos! —le gritó. 
 Aquello no tenía remedio ni con palo ni sin él. Sin terminar de hacer su necesidad corporal, se subió el pantalón dejando una gran mancha en la entrepierna y salió corriendo, no porque fuera un gran atleta, la impotencia y la rabia le daban alas para desaparecer de aquel pueblo. 

 Se alejó de la casa a mediodía abrasado por el sol, sin visera. Era agosto. No había ni rastro de frescor en el ambiente. Tampoco personas yendo o viniendo por lo que no tuvo que andar evitando encontrarse con ellas. A esas horas el pueblo parecía desierto. A la salida del mismo, a uno y otro lado de la carretera, se extendían los rastrojos de los campos de trigo y cebada segados. Cuando por fin entró en la curva de Santiago que dejaba el pueblo atrás, aflojó el paso. Tenía delante unas lomas cultivadas de cereal con algunos almendros en las lindes. Se apoyó en el tronco de uno para cortar el resuello que llevaba. 

 De repente, oyó que sonaba el correr de agua. Abandonó la carretera comarcal y, dando tropezones, fue campo a través en pos de aquel sonido bajo el sol que le derretía la sesera. Llegó a la fuente de La Valduví. Un manantial donde el agua brotaba por un viejo tubo de metal. La sed lo devoraba. ¡No, no bebería! ¡Seguro que no era potable! Raudo metió las manos para refrescarse las muñecas. Miró con cautela a su alrededor. Ni un alma en aquel ancho campo de Castilla. Se quitó los finos zapatos italianos, ya echados a perder. El pantalón y los calzoncillos los remojó en la fuente para eliminar la peste que llevaba encima, y sin más, se vistió de nuevo. Sintió el frescor de la ropa mojada sobre su cuerpo. Le aliviaba. Otra cosa fueron los zapatos, no le entraban en los pies hinchados por el calor y descalzo no podía andar por aquella tierra de terrones y cardos. Desesperado, se sentó en una piedra y allí se agazapó a la sombra de una higuera. Él no había planificado ninguna aventura y se encontraba atrapado en una sin saber cómo salir. Temía que aquello le estropease todos sus planes, que le faltase valor para regresar. Cerró los ojos con fuerza y se tapó la cara con las manos para ocultar a los espíritus del lugar que estaba llorando.  

 La garganta había empezado a tensársele y la tirantez le agarrotaba el cuello causándole dolor. Emocionado, pensó en su chica. Ella volvió la cara, lo miró sonriéndole con los ojos y le borró sus pesares con besos caldeados por el sol. «Este calor te hace ver alucinaciones —se dijo—. Si no viene a buscarme, yo no seré capaz de volver». En aquel momento, oyó un motor que se acercaba. Levantó la vista y vio un tractor que daba la vuelta a la peligrosa curva de Santiago. Se le paró el corazón por el temor a ser descubierto en aquellas circunstancias. Se puso de pie y permaneció indeciso. El tractor paró en la carretera y bajó el conductor que era un labriego de la zona. Se le acercaba. ¡Era el padre de su novia! 
—¿Qué pasó? —le preguntó con voz seria. 
—Me perdí —le contestó JL intentando mostrar el aplomo suficiente. 
—¡Vamos! Llevo tres horas buscándote. 
 
 © María Pilar
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15 agosto 2019

Pasión por las aventuras

A veces me admira la capacidad que tuve a los ocho años para comprender el papel que se esperaba de mí en la vida y escapar de él. Era una niña en una sociedad rural acostumbrada a que cada uno respondiera a la presión de sus iguales. ¿De dónde saqué el valor para saltarme las normas y actuar como ellos? Lo hice y no me arrepiento. Me encanta esa niña de ocho años que sin ella no hubiera llegado a ser la mujer que soy hoy. Y no era que quisiera ser chico, no, simple y llanamente no entendía por qué tenían que ponerme tantos límites por ser chica, cuando era mucho más divertido hacer otras cosas. 

Así que respiré y empecé a andar despacio, pasito a pasito, por aquella montaña de paja, la más grande de todas. La de Félix, el tierras, porque era el más rico del pueblo. Los hombres habían acabado la cosecha, el trigo ya estaba guardado en los silos, la trilladora en la nave, tan solo quedaba en la era el colosal montón de paja. 

Muy bien, tú puedes. Deja atrás a todos esos chavales que apenas empiezan a subir, ya se dan la vuelta o caen rodando envueltos en pajas. Miedosos, nunca vivirán una experiencia como la tuya. Mirabas hacia arriba cegada por el sol. El corazón te bombeaba. ¡Qué alta era la montaña! Pero tú puedes. Solo tenías que cuidarte de la boca enorme que había dejado el tubo de la cosechadora, a un tercio del vértice. Al verla tan cerca, tus ojos desorbitados paralizaron el tiempo una fracción de segundo. ¡Aléjate de sus garras, puede tragarte! Seguiste subiendo, desviándote hacia tu izquierda para esquivarla. Lo estás consiguiendo. ¡No corras! ¡Controla tu entusiasmo! Te atraían las alturas. Unos saltan de cabeza desde un trampolín y a ti te gustaban las alturas. Sin aventuras la vida no tendría color. Experimentabas el riesgo y te sentías viva. Y, abajo, primero te animaban a grito pelado; después se impuso el silencio miedoso. Al final, el esfuerzo te supuso toda una experiencia de asombro contigo misma. Cuando desde lo alto giraste para verlos, ¡qué pequeños los viste! Te armaste de valor, elevaste los brazos y lanzaste tu grito de guerrera: ¡Siiii! ¡Qué feliz te sentías!

15 julio 2019

La vuelta a casa

La adolescencia había quedado atrás 
En esa casa nueva 
No reconoces el orden de las cosas 
Ni la lógica áspera de la sangre 
El silencio tenso se impone 
Sabes de situaciones 
En los que basta solo una palabra 
Para encender el fuego 
El desamor es ese tiempo 
En el que vuelves a casa 
Como la niña que se fue 
Tras doce años largos de ausencia 
Te preguntas cómo tratarlos 
Si son unos extraños 
Sientes el frío del rechazo 
Para ellos eres una extraña también  

08 julio 2019

Un nuevo amanecer

Todo fluye, todo cambia, todo se transforma, nada permanece. (Heráclito)

Innecesario ya el cobijo de tu dueño 
la naturaleza, firme acreedor, 
viene a cobrarse lo que es suyo. 
La tarde cae 
muy pronto te fundirás en la tierra 
de la que saliste 
para revivir un nuevo renacer. 

© María Pilar

27 junio 2019

El afinador de pianos

La tienda de pianos estaba enfrente de nuestra casa y, por extraño que parezca, era uno de los lugares más silenciosos del barrio. La campanilla de la puerta sonó cuando mi madre y yo entramos. El señor Carrión, con su sempiterno guardapolvo negro sin abotonar a causa de la obesidad, se apresuró a dejar unas partituras en el mostrador y levantó su mirada acuosa por encima de las gafas. Se aclaró la garganta con un carraspeo para preguntarnos con voz atiplada: «¿En qué puedo ayudarlas?»

De toda la vida vecinos, nunca habíamos entrado en contacto hasta ese día que mi madre le alquiló un piano para que yo pudiera dar clases particulares. Y salí convertida en empleada por horas. Él necesitaba una persona en la tienda y yo dinero para mis gastos. Con el caminar torpe de alguien que no está acostumbrado a moverse mucho nos acompañó hasta la puerta. Aunque hombre de pocas palabras, el aparente descuido en el vestir y su hablar pausado reforzaban su aspecto bonachón. Nos despidió con una leve sonrisa de tendero. La mía, en cambio, iba de oreja a oreja. Me sentía tan feliz con mi primer trabajo que lo hubiera abrazado.

El negocio podía ir mucho mejor, pero no hacía nada para modernizarlo. Una cortina corrida separaba el espacio en dos. En un lado, el pequeño local con atiborradas estanterías, la caja registradora del tiempo cuando lo abrió y el escaparate que exhibía un par de pianos con el cartel de «se alquilan». En el otro, la desordenada trastienda que olía a papel viejo con la escalera de caracol para subir a la vivienda. ¡Qué necesario era que un viento fresco se colara por algún resquicio e hiciera de las suyas con sus mofletes de travieso!

Pronto entendí por qué me había contratado: los temblores que padecía en las manos le impedían hacer con precisión los ajustes en las cuerdas por lo que, poco a poco, fue delegando en mí su trabajo de afinador de pianos.

A veces, hablaba algo más de lo normal con gente de su generación. En un corro de murmullos, sus palabras, dichas en tono de confidencias, despertaban la admiración de los otros que se deshacían en elogios. Yo, sin dejar de hacer mi tarea, era toda oídos, sorprendida; asombrada, más bien. Había vacilaciones, silencios, le temblaba la voz, se emocionaba. Le ponía más ímpetu al relato que contaba que a la vida que vivía. De esas conversaciones supe que su hijo era un importante director de orquesta en Alemania. Y por primera vez le vi el brillo de la ilusión en los ojos.

«¡Cómo había cambiado Raúl!», me dije. Con el pánico que tenía de niño a actuar en público. Él, tan callado, dado al ensimismamiento. ¡Si era tan vergonzoso que no se relacionaba con nadie de la clase! Coincidimos en el conservatorio los primeros cursos, después se fue a estudiar fuera. Al principio venía de vez en cuando; más tarde, dejó de hacerlo.

Cuando los conocidos se iban, el señor Carrión volvía a ser el hombre introvertido de mirada temerosa que hacía de la tienda el lugar triste que era. Como si la suerte de su hijo no fuera con él, continuaba la tarea de ordenar carpetas de facturas con aparente laboriosidad y poco provecho.

Una tarde de lluvia, regresé al establecimiento para coger el paraguas que me había dejado olvidado. Cuál fue mi sorpresa al ver un joven desaliñado sentado ante el piano con los cortinones del escaparate corridos. Parecía un desvalido que hubiera encontrado allí un refugio donde guarecerse. Con los ojos cerrados y el leve movimiento de su cuerpo, seguía el ritmo de la melodía que sus manos interpretaban sin llegar a tocar el teclado. Por suerte, no traspasé el marco de la puerta y la campana no sonó.
¡Era Raúl, el hijo del señor Carrión! Completamente calvo, demacrado, con zapatillas de casa. No me cabía la menor duda, era él, con sus hombros encorvados como un pájaro herido y las marcas indelebles que el acné de la adolescencia le había dejado en la cara. Tal vez había estado esperando a que me fuera para bajar. Me evitaba. Evitaba encontrarse con la gente y vivía encerrado arriba.
Su padre no era tan inocente como yo pensaba. ¿Recurría a artimañas, como esa historia de Alemania, para protegerlo o era el fracaso de las expectativas que había puesto en su hijo lo que se negaba a aceptar?
La imagen del corro de amigos en torno a mi jefe pasó por mi cabeza. Ese hablar suyo dejando caer como al descuido palabras acompañadas de gestos, no le pegaba nada. ¿Por qué no me sonó a falso? ¿Por qué no sospeché nunca que aquello era teatro? Tal vez porque, como tenor que había sido, él sí sabía interpretar muy bien una puesta en escena.

Cerré la puerta con cuidado para no hacer el menor ruido. Pensé que la vida era eso, un pálpito de verdad que nos deja perplejos. Me recogí en mi chaqueta y, como una silueta apresurada bajo la lluvia, crucé la calle.

© María Pilar
Relato publicado en el libro Tinta, papel y... acción de ETDO

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08 junio 2019

¿Dónde está Amina?



Hammed y su hijo de doce años, Abdel, viajaron a Marruecos para celebrar el Ramadán en su pueblo con parientes y amigos. Al regresar volvieron con el abuelo. Ocuparía la cama de la hija mayor, Amina. Esta, encantada, dormiría en la alfombra del salón. La presencia del abuelo los había alegrado a todos. Y Amina notaba que su padre parecía más feliz.
—Papá, las notas para la firma. Mira, tres notables y los demás sobresalientes. La tutora me dice que podré empezar Bachiller el próximo curso y que por las buenas notas me darán una beca para materiales y comedor. Así no tendrás que preocuparte.
—Ya podía estudiar tu hermano la mitad que tú, hija. Con dar patadas al balón ya tiene bastante. En cuanto tenga unos años más lo llevo conmigo a la carnicería halal.
— Me esfuerzo para ser profesora y poder volver a nuestro país a enseñar a los niños.
—¿Te gustaría volver al país?
— ¿Por qué no?
—El tío Mounir quiere una foto tuya. Como hace tanto tiempo que no te ve.
—Pues me hago un selfie y se lo mando.
—No, así no. Con un hiyab estarías mejor.
—Papá, siempre me has dicho que era libre de tomar la decisión del hiyab.
—Eso vale para España, hija. En el pueblo es diferente. Tu madre te enseñará a ponerte tanto el hiyab como el Kaftán. Te verás guapísima.
—Pero papá, tanto trabajo para una foto.
—Tu tío quiere casarse contigo. La boda será este verano. Lo he dejado todo arreglado. Has sido una buena hija, trabajadora y responsable. Ahora serás una buena esposa. Eres fuerte, Amina. Yo sé que tú puedes con el peso de la responsabilidad. Ya no eres una niña. El abuelo ha venido para quedarse, es parte del trato, y para nosotros una boca más. La ayuda recibida por tu boda la invertiré en la carnicería. No nos va a venir nada mal ahora que tú no podrás llevarme las cuentas.
Amina no podía dar crédito a las palabras de su padre. Agachó la cabeza, se dio media vuelta y se  ocultó en el baño. Lágrimas silenciosas surcaban su cara de niña morena.
Llegó la noche. Todos dormían. Todos menos ella.
A la mañana siguiente, la alfombra enrollada del salón proclamaba su ausencia.

© María Pilar

20 mayo 2019

Blanca y su gran familia

La noticia me la dio una llamada intempestiva que me sacó de la cama con un susto de infarto. Para entonces la ciudad era un hervidero de dimes y diretes sobre la muerte en extrañas circunstancias del poderoso señor marqués de Mendoza.

La gran preocupación de la familia, reunida en la biblioteca de su casa torre, era cómo decírselo a la joven Blanca que se quedaba viuda con 27 años. Envueltos en ese olor peculiar que liberan los libros viejos, consideraban que había que tener mucho tacto puesto que ahora el bienestar de todos estaba en sus manos. El Marqués la había nombrado heredera única con la condición de que no volviera a casarse.

El tío abuelo que vivía con el Gato de Cheshire, sujetándose su amplia sonrisa mientras miraba de soslayo, propuso que lo mejor sería ocultárselo. La tía Elisenda, a la que llamaban Sombrero Loco porque de joven fue cabaretera, era partidaria de que hiciera un viaje de ensueño. La Marquesa, hermana del finado, sin quitarse la mantilla de encaje de su misa diaria, con astucia sugirió llamar al padre Francisco del tribunal de la Rota. En anulaciones matrimoniales era muy eficaz. De repente, todos miraron con cara de sobresalto hacia uno de los sillones chéster de donde provenían los tres golpes de bastón en el suelo que imponían silencio. La tía abuela Lucía permanecía allí sentada, pero de espaldas; hacía años que no se hablaban. La Sota, que así la llamaban por su insolencia, despertaba antipatías de las que parecía sentirse orgullosa.

«Alguien tiene que hacer el trabajo sucio sin trampas ni paparruchas», se dijo. Con el frufrú del vestido de raso negro que le llegaba a los tobillos, los golpes de bastón al andar y los anteojos de mango de nácar en la punta de la nariz aguileña, se acercó al parterre donde en esos momentos holgazaneaba Blanca con el aire sofisticado de las niñas bien. Enamorada se entregaba a aquella espera con desespero juvenil. Los días inundados de luz, como aquel, le ayudaban a sobrellevarlo. Bajo la pérgola de las buganvillas, descalza y con un ligero vestido blanco, disfrutaba plácidamente de la suave caricia de la brisa. Así era más fácil dejarse llevar en el balancín por la corriente del tiempo.

—Blanca, querida, ¿sabes dónde está tu marido? —le preguntó Lucía al colarse de rondón en el lugar que ella elegía para ensimismarse.

—Pues claro tía, de mi marido lo sé todo —le respondió con una agradable sonrisa que se le fue congelando ante la terrible mirada de mal agüero. En voz más baja añadió—: Oficialmente se encuentra en Francia supervisando nuestras sociedades financieras, pero realmente está en Panamá para impedir que las empresas offshore de la familia salgan en los papeles.

—¡Ja, ja, ja!, Blanquita —dijo girando una mano sarmentosa al ritmo de las palabras y utilizando esa voz grave con la que hacía creer al interlocutor que poseía poderes ocultos de adivinación—. Tu marido, mi querida niña, habitual del prostíbulo más famoso de esta ciudad, ha ingresado de urgencia en el hospital unido a una ramera de la que no ha logrado separarse ni después de muerto. Ya ves, el abuso de Viagra y alcohol le ha llevado a la muerte más dulce que jamás hubiera imaginado.

—¡¿Queeeeeé?! ¡Idiota! —gritó Blanca que saltó como un resorte de la mecedora congestionada por la vergüenza a la que la exponía.

Una paloma que se pasaba el día zureando levantó el vuelo y las nubes se interpusieron rasgando la luz violeta del cenador. Blanca cayó en un ataque de nervios. Con rabia estampó contra el suelo la taza del té que le habían servido, la tetera de fina porcelana y con la bandeja de plata arrastró el mantel volcando lo que quedaba. Recorría la glorieta como gata enjaulada mientras gritaba embravecida por el dolor: «¡Cerdo! ¡Lo sabía! ¡Sabía que me estaba engañando! ¡Hijo de la gran…!» Se tiraba del cabello como si en sus rizos dorados estuviera enredado el eco del engaño, pataleaba, se arañaba los brazos, tenía cortes en los pies y los criados la tuvieron que sujetar para que no se lesionase la cara.

—Mi querida niña —siguió hablando La Sota segura de que en semejantes situaciones el oído no se pierde—, los pequeños detalles desde que tomó la pastilla hasta que la ramera, que estaba encima, alcanzó el móvil de la mesilla para llamar a urgencias, te los puedes imaginar.

—¡Que le corten el pene! ¡Que se lo corten! —repetía una y otra vez llorando de manera incontrolada porque la crisis le había consumido todas sus fuerzas.

—El desamor que nace de tus entrañas como hembra herida es una vieja historia en las mujeres de esta familia —prosiguió la voz neutra de Lucía incapaz de expresar piedad—. Siempre habrá alguien que te señale y recuerde con sarcasmo su muerte. Pero ahora es imprescindible que te prepares para ir a la capilla a recibir las condolencias. Es allí donde va a estar tu marido de cuerpo... no del todo presente. Su priapismo post mortem así lo exige. La gente sencilla te compadecerá al verte de luto y ojerosa. Tu personaje dejará atrás a tu sombra y comenzará a andar en solitario. Serás la Reina de Corazones.
© María Pilar
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17 mayo 2019

La llamaban loca


Antes de abrir la puerta del despacho del doctor Zulueta se detuvo un instante para ajustarse el nudo de la corbata. Se sentía satisfecho.
—Doctor, venía para llevarme a mi esposa.
—Si hace apenas dos meses que la ingresó con un cuadro agudo de ansiedad.
—Y que no hablaba, ¿se acuerda? —El doctor asintió —. La culpa de todo la tuvo el gato.
—¿El gato? En el informe de ingreso no mencionó ningún gato.
—Me contó que anochecía cuando lo vio cerca de nuestra casa. La siguió. Se le enredaba entre las piernas y ella le acariciaba el lomo con su pie descalzo. Tenía que ver cómo respondía zalamero a las carantoñas con su ronroneo. Mi esposa cambió, doctor, no era la misma. Su llanto desesperado llenó la casa durante tres días. Después, el silencio. Me miraba con ojos de espanto. La mujer que más he querido... Ahora participa en juegos de mesa, sonríe y habla. Puede volver a casa.
—Me queda una duda, ¿qué vio o qué sintió una mujer tan serena y cariñosa en el momento que rompió en aquel llanto?
—Un ligero hedor a vómito flotaba en nuestro dormitorio cuando fue a acostarse. Se me desató la furia, ¿sabe? En la manilla de la ventana aún se estremecía el gato ahorcado.
© María Pilar
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18 abril 2019

El reloj de la estación

Existen situaciones tan incomprensibles en la vida de los grandes personajes que a uno lo dejan perplejo. Era la persona más rica de España y uno de los multimillonarios más poderosos del planeta. Un potentado de la industria textil que había creado una marca con la que revolucionó el mundo de la moda. Dudé en ponerle un nombre para que pareciese el personaje principal de la historia que me estaba inventando; preferí dejarle en el anonimato. En su situación podía vivir una vida de ensueño. Pero no, sus intenciones siempre eran sibilinas. Aquel día me ordenó que lo llevase a un pueblecito de alta montaña. «Treinta casas y más de la mitad deshabitadas», me chivó el señor Google regodeándose.
Tras curvas y curvas flanqueadas de frondoso arbolado y luz primaveral, en medio de un enclave natural privilegiado, encontramos la pequeña aldea. Creí que empezaba a entenderlo. Seguro que quería perderse en aquel paraje para liberarse de la vida ajetreada que llevaba. Volvió a sorprenderme. Apenas giré el volante del Audi para enfilar la calle de entrada me dijo:

—Pare aquí. —Era una estación de tren varada en el tiempo—. Tómese la tarde libre.

La tarde libre en un lugar que lo recorres en un suspiro. ¡Qué ironía! Le abrí la puerta del automóvil para que bajara y, sin más, se dirigió con su pesada anatomía a la solitaria estación.
Saqué de mi bolsa el cuaderno donde escribía en esos momentos de espera. Si no era una catarsis a mi vocación frustrada de escritor, al menos me entretenía.

*******
El gran reloj congelaba la existencia en un punto exacto: las diez y doce. ¿De qué día? ¿De qué año?

La puerta lo recibió con un crujido lastimoso y un aire viciado le golpeó la nariz. Por los cristales sucios de la ventana entraba una luz pobre, obstinada luchaba contra el acoso de las sombras como él lo hacía por sus recuerdos ante el temor al olvido. Los elementos cubiertos de mugre y polvo mantenían una calma expectante, parecían saber de su venida. Cruzó casi de puntillas para que sus pisadas no sonaran irrespetuosas en las losas irregulares y se sentó en el banco de madera cuarteada, junto a la pared. De pequeño balanceaba las piernas porque sus pies no llegaban al suelo mientras esperaba ver a su padre entrar envuelto en la ventisca, soplándose las manos. Era su héroe enfundado en aquel uniforme con la gorra de plato calada y el bastón para dar la orden de salida a los trenes que rugían por aquellos montes.

Pasaba la mirada por las paredes desconchadas, se detuvo en la silla vacía y en la papelera oxidada donde cogía papeles viejos para encender la estufa. ¡La estufa! Permanecía inamovible adosada a la columna ennegrecida. Le dio un vuelco el corazón. Emocionado, sintió retroceder en el tiempo.
Su padre estaba allí. Con aquella manera que tenía de coger la barra de hierro para retirar la tapa. Oyó el chocar del metal y el chisporrotear del fuego iluminó la estancia cuando lo tizoneó. Añadió más carbonilla que tenía en un saco de esparto. No tiraba bien y el humo les irritaba los ojos, pero sentían calor.

—Con esto habrá suficiente hasta que pase el último tren. Después nos vamos a casa —manifestó el padre con la expresividad de la mirada que confirmaba sus palabras.

Y se puso a leer, una vez más, el libro manoseado —Peñas arriba— que un pasajero había dejado olvidado en la estación. A veces levantaba la vista y le contaba que trataba de un señorito de Madrid; regresaba a la casa familiar de la montaña porque añoraba sus orígenes.

—Papá, ¿podremos ir algún día a Madrid? —dijo una voz infantil al abrigo y seguro refugio de su padre.
—Escucha, hijo —le hablaba muy serio, no era de mimoserías—, sin mí la estación sería una locura. Los trenes chocarían y el sufrimiento alcanzaría a mucha gente. Tal vez tú, cuando seas mayor... Pero recuerda, uno siempre vuelve al lugar que ha sido feliz.

La luna con su luz ya aportaba a los bosques de la zona el espíritu mágico que los invade cuando de la estación del silencio salió el único viajero, callado, vencido por el desamparo.
© María Pilar
Relato publicado en el libro Tinta, papel y... acción de ETDO
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08 abril 2019

El abuelo

El día que cumplió ocho años, el abuelo le regaló un gatito gris jaspeado, precioso.

—Mira lo que te he traído, María. Toma, es para ti. Aprenderás a cuidarlo.

La niña estaba exultante. Lo cogió con mucho cuidado. «¡Qué suave!» El minino abrió los ojos y la mirada azul que posó en la pequeña tenía el brillo de la grata acogida. La enterneció tanto que su corazón generoso se expandió lleno de felicidad. «Te llamarás Dido», le dijo. Y le asignó un sitio junto al hogar, cerca del fogón donde borboteaba el puchero.

—Abuelo, este será su espacio.
—Me parece bien —asintió el abuelo con el rostro confiado, orgulloso de su pequeña.

Al minino le gustaba lo mullido que era su ropón y hecho una bola dormía haciéndose invisible con las paredes ahumadas; solo le delataban los ojos que abría al notar una presencia. Era esa enigmática manera de hacerse visible lo que le daba a su mirada un poder mágico. Enseguida perdía ese halo de misterio. Saltaba al pavimento de losas de barro irregulares y no paraba de jugar aunque fuera con su sombra. Cuando la niña se sentaba a la mesa para comer el tazón de sopa de leche que le preparaba el abuelo, daba un brinco para acomodarse en sus piernas. Los finos hilos de los bigotes de felino le intrigaban a la pequeña. «Demasiado largos para su carita tan linda», pensaba.

Atizó las brasas como hacía el abuelo. Las paredes de la vieja cocina salieron del gris para colorearse del rojo del atardecer que no tardó en reflejarse en sus mejillas. También el gatito mimado lo agradeció remolón. Le acercó el atizador encendido a los bigotes. «Solo un poquito», se dijo. Algún pelo del bigote chisporroteó y se enrolló como fina seda. Dido, al sentir el peligro, saltó del hogar a la vez que lanzaba un maullido y huyó aterrorizado dejando chispas a ras de suelo. Logró meterse bajo un armario, en la oscuridad pasó horas enteras erizado todo él, dando resoplidos, lavándose la herida con su pequeña lengua y durante horas lo miró todo con peligro sin atreverse a salir. Por la noche desapareció.

El corazón de la pequeña se estremeció. Aprendió con tristeza el poder que tiene el echar en falta a alguien. Por la noche, su sueño se había perdido por los inusitados vericuetos nocturnos y no encontraba el camino para venir a consolarla. Ella aguardaba encogida entre las mantas sin molestarse en secarse las lágrimas.

Al levantarse, el mundo se le nubló. Se desvaneció. La mirada del abuelo que se posó en la niña tenía la angustia de los gritos que no se dan. La tomó en brazos. Ardía de fiebre. La acostó y le puso paños húmedos en la frente.
Con pasos quedos se acercaba a verla. Lloraba hacia adentro con el corazón anegado y los ojos secos. Su voz dolorida empezó a llenar la casa.

La llamaba.

Surgirían otras voces que no lo creían capacitado para cuidar a la pequeña. «Demasiado mayor», decían. Se la quitarían. Como ya entonces lo intentaron. Tras el fatal accidente en el que murieron su hijo y su nuera. Una historia de dolor que iba para cinco años y permanecía lacerante todos los días de su vida.

María lo oía hablar, desde muy lejos. Aunque no podía abrir los párpados su respiración se iba sosegando. Fue cuando el abuelo salió a recoger tomillo y romero para hacerle infusiones. ¿Pero dónde diablos se había metido Dido? Le parecía inconcebible que desapareciera de sus vidas así, sin más ni más.

Taciturno pisaba la tierra áspera camino del cerro que daba a la era en la que trillaba, junto al arroyo. En la cima había un almendro. Sin hojas parecía seco, pero lo había visto luchar contra las inclemencias del crudo invierno y hacer frente a los vendavales del norte que lo doblegaban. Resurgía fortalecido y cada febrero se vestía en flor y soñaba en silencio.

En el instante que se agachó para recoger tomillo tuvo la impresión de que alguien se había parado cerca y lo estaba mirando. Pero no había nadie. Por alguna razón que se le quedaba oculta intuía que Dido merodeaba en su entorno sin dejarse ver. Pasó un rato intentando descubrir algún movimiento que le confirmara su corazonada; al no percibirlo, optó por poner junto al arroyo el pequeño tazón de leche en el que comía en casa. Y se sentó allí, en el muro de piedra que rodeaba la era, para vigilar.

Un atisbo de sorpresa brilló en los ojos del abuelo y a la vez qué pena sintió al verlo salir cauteloso por un ojo ciego del puente que estaba intransitable. Era un gatito infeliz, maltratado y parecía aterrorizado. «Lo han dejado hecho una lástima», se dijo. Sin atreverse a llegar a él, para no asustarlo, espiaba sus movimientos. Se acercó al cuenco y bebió ansioso la leche, después se relamió. Estaba tan flaco. Y sucio. En dos días había pasado a representar la viva imagen de un gato callejero. Apenas lo llamó por su nombre levantó la cabeza y empezó a ronronear con suavidad. La frente del abuelo se contrajo al descubrir que tenía chamuscadas las vibrisas del lado izquierdo. Quedó pensativo ante el desvalido gatito que esos días había estado quién sabe dónde «Tal vez le volverán a crecer», se dijo conmovido. Emocionado se fue aproximando, despacio. Lo cogió con sus manos rudas de hombre de campo y sintió lo fuerte que le latía el corazón, le acarició la cabeza para tranquilizarlo. Por su instinto increíble, Dido, al sentir el calor de aquellos brazos supo que estaba en su hogar, buscó una postura cómoda y se durmió.

La niña, que ya había abierto los ojos y parecía estar volviendo a la vida, lo recibió con una fascinación difícil de describir. El rubor le subió a la cara, se la tapó con las manos y sus hombros empezaron a sacudirse. Lloraba en silencio. El abuelo empezó a comprender: sabía que no hacía falta una razón para marchase, otra cosa era para seguir con ellos. Dido saltó de los brazos del abuelo a la cama de María y se quedó hablándole con la mirada, en un parpadeo lento. 
 «Él ya te ha perdonado», dijo el abuelo, con el tiempo aprenderás a perdonarte tú. Se inclinó hacia ella para besarla. Sus ojos azules brillaban por la emoción. 
«Abuelo, tú también lloras?» 
Tu pelo, que se me ha metido en el ojo al acercarme.

© María Pilar
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20 marzo 2019

Los días perdidos de la abuela

Ese día Sofía se levantó muy temprano. Los nietos la habían invitado a la celebración de su 90 cumpleaños y por nada del mundo iba a perdérselo. Con las ganas que tenía de volver a sentir a su alrededor el bullicio y alboroto de la familia. En aquel barrio había calles con poco tráfico, setos bajos, flores y mucho silencio. Demasiado. El vestido de raso negro con manga francesa ya había perdido el olor a alcanfor. Se ahuecó el pelo corto y ralo con sus manos de abuela y dio unos pasos. Se sintió etérea a pesar de los kilos de más. Le hizo un guiño al espejo que tenía en la caja y este le devolvió un destello de complicidad. Sonrió.

Tras la deliciosa tarta de cumpleaños, pura ambrosía, la nieta mayor se acercó al sillón de la abuela que presidía la mesa. La calidez de su mirada los envolvía a todos y sentían su acogida con alegría.
—Tu regalo, abuela —le dijo a modo de isagoge—. En este libro hemos recogido las incidencias de la familia. Ya verás qué divertido.
Los días perdidos de la abuela —leyó con los ojos casi cerrados por la falta de gafas—. En mi vida se me ha perdido un solo día.

—Déjame que te los enseñe, abuela, son esos días familiares en los que estuviste con nosotros, pero que no llevas en tu memoria. Queremos que los tengas para que te alegren tanto los crepúsculos como los amaneceres.

Fue pasando páginas. Dos preciosos churumbeles estaban chapuzando en una pequeña piscina hinchable. Eran sus bisnietos, los gemelos iker y Aitor, de tres años. Por causas ajenas a su voluntad no había podido conocer.

La segunda nieta bailaba con gracia el cancán al ritmo de la música de Jacques Offenbach sobre la superficie resbaladiza del Moulin Rouge. Un cabaré, no un prostíbulo como algunos creían. «¡Cómo se parece a mí!, pensó embelesada». Y no pudo evitar mecerse al compás de la música. El ser bailarina era uno de sus sueños no cumplidos que poco a poco fue perdiendo color como una imagen polaroid. Ahora estaba encantada con el derroche de entusiasmo que su nieta ponía al batir la falda para seguir la musicalidad hipnótica.

El joven con traje, alto como un castillo y de aspecto soberbio, era su nieto. Se casaba con una chica de un país exótico. La había conocido en internet. Todos estaban seguros de que la abuela, amante de los refranes, les diría: A ver si no empezáis la casa por el tejado. La pareja sonrió dándose con el codo mutuamente en un gesto de complicidad porque, internet aparte, se habían casado estando ella embarazada. El bebé, como si adivinase que se trataba de él, lanzó un vigoroso vagido. Raudos lo sacaron del moisés para enseñárselo. A pesar de su corta edad lo habían vestido con vaqueros, camiseta y unas diminutas deportivas en vez de los clásicos patucos. Al verlo, la sorpresa y la satisfacción brillaron en los ojos de la abuela.

Para dibujar un niño hay que hacerlo con cariño —les dijo guiñando un ojo a los padres—. Me gusta. Me gusta mucho que leáis a Gloria Fuertes.

La verdad es que ellos no entendieron la relación entre la ropa que llevaba su hijo y el poema que les citaba, pero como la vieron tan contenta lo celebraron y se prometieron leerlo en cuanto acabara la fiesta.

Teresa, la hija de Sofía, no daba crédito a lo que estaba viendo. Le parecía tan ambiguo todo, pura entelequia. Sin embargo, la actitud de sus hijos la emocionaba. Se le empañaron los ojos con lágrimas de ternura que intentó disimular ante ellos. No lo consiguió. Su hijo le pasó el brazo por los hombros y le dio un achuchón. En ese momento percibió en el cálido ambiente la dulce fragancia del jazmín. Su madre tenía una botellita de ese aceite en el aparador. La abría y se ponía un par de gotas en el cuello y las muñecas. Sí, ese olor era ella.

Aquella mañana había depositado con pesadumbre un ramo de flores en su tumba.

© María Pilar
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08 marzo 2019

Y dices que me quieres

Cuando estalló todo, Adela sintió que tamibién ella se hacía añicos. Tras el bochornoso episodio, se agachó para recoger los platos rotos. Desparramados por el suelo de la cocina parecían una hueste a la deriva. Entre los trozos, barrió despojos de pasión y apiló minucias de insultos que, como una lluvia ácida, contaminaban el universo de su vida.
La cuchara en un giro rocambolesco había volado a esconderse tras la pata de la mesa; y el tenedor, obediente arlequín, desde la esquina la señalaba como el lapidario dedo índice de su amo cabreado. Su sola presencia la irritaba, pero además, esa postura de señalarla como el dedo índice acusador de su dueño le llegaba hasta muy adentro como si le horadase el cerebro y eso la ponía frenética.
Todo terminó en la bolsa de basura.
Una esquirla se le había clavado en sus felices años de enamoramiento. Logró aprehender un extremo entre las yemas de los dedos índice y pulgar y tiró con suavidad hasta sacarla entera. Después, se chupó la sangre envenenada y la escupió. No pudo hacer lo mismo con la valiosa joya de su autoestima, se le quebró dentro. Recomponerla requería paciencia y tiempo, mucho tiempo. Tendría que recurrir a técnicas de orfebre para pulirla de nuevo.
Cuando se desprendió del lastre que la había tenido atenazada, vio claro lo prioritario: acabar con el infierno de vida que había soportado. Con el puño derecho en alto, como la Vivien Leigh de la película Lo que el viento se llevó transportada a nuestros días, juró con la firmeza de su rabia: "A Dios pongo por testigo de que jamás volverán a humillarme". Cerró con fuerza la bolsa para que no escapasen los demonios que llevaba dentro, la arrojó al contenedor de basura y se fue sin dejar seña alguna no fuera a encontrarla después.

© María Pilar
3º en el concurso de R.C.
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24 febrero 2019

El cine de mis días


Cuando papá murió en el accidente ferroviario ocurrido en Álava en 1982, a mamá le adjudicaron la cafetería de la estación y el apartamento que estaba encima. Allí vivimos, en pleno centro de la ciudad de Vitoria, junto al tramo de vías que la cruza sin estar soterrado. En aquel pequeño habitáculo yo pasaba las horas entre ruidos de trenes, siempre esperándola.

Al fallecer mamá me quedé sola asomándome a la adolescencia y un montón de porqués sin respuestas. Los servicios sociales de la Diputación declararon mi situación de desprotección y me llevaron a un piso de acogida donde vivía con otras chicas en situación similar a la mía. Una tarde lluviosa, me metí en los cines Azul que la profesora de inglés nos había recomendado para ver clásicos en versión original. La película se titulaba: «Matar a un ruiseñor». Desde el principio vi en Atticus al padre que no había conocido. ¡Cuánto lo necesitaba! No pude contener las lágrimas. Siempre iba a su lado una niña maravillosa. Me parecía que vivía sin importarle el qué dirán de los demás que a mí tanto me preocupaba. La envidiaba, sí; porque ella tenía la protección y el cariño de un padre que a mí me faltaba. 

Le cogí afición al cine y gracias a él mejoré mucho mi inglés. Llegué a repetir una y otra vez la misma película, como «Los puentes de Madison», que por enésima vez iba a ver ese día.

En la penumbra de la sala, cuando apenas se perfilaba la sombra de los espectadores absortos en el mundo mágico de la pantalla, alguien me rozó con la yema de los dedos la rodilla izquierda. La carga electrizante del contacto me erizó la piel. «Aléjate», me dijo una vocecilla interior. Me quedé paralizada.

Ni parpadear podía al notar cómo esa mano se metía bajo mi falda y se abría camino entre mis piernas. El respingo que di en la butaca me lanzó hacia arriba cuando hurgó en mis profundidades húmedas. La sentía en lo más hondo. El ritmo constante de su caricia me llevó a agarrarme a la butaca con una fuerza irresistible. El corazón se me salía del pecho. Un placer jamás vivido empezó a crecerme dentro y se expandía más y más. Perdí el control. Respiraba a jadeos cuando con una mano enredada en mi cabello me atrajo hacia sí e introdujo la otra en la entrepierna de su pantalón. Cerré los ojos porque estar frente a frente me aterraba. Sonaba el tema Doe Eyes. Clint Eastwood empapado bajo la lluvia esperaba a que Meryl Streep se decidiera. Supongo que imaginé a la actriz abandonando el coche para encontrarse con él. El apremio se apoderó de mí y fue más fuerte que mi voluntad. Con una mezcla de vergüenza y nervios, respondí a esos labios ardientes con la boca entreabierta y la predisposición al cariño que delataban mis carencias. El beso de cine que esperaba no fue la experiencia particular y agradable que esperaba. Percibí el aliento cálido. La respiración agitada. El roce de labios. Hasta que su lengua me invadió y se abrió camino hacia las profundidades de mi vida. Demasiada lengua.

Sofocada, tardé algo más de lo normal en levantarme para salir. Cuando encendieron las luces, giré la cabeza porque quería ver a la persona que había estado conmigo. Se abría paso entre la gente que abandonaba el cine. Huía con mi corazón enmarañado entre sus besos y con la adolescente tutelada que me había acompañado hasta ese momento. Fue cuando creo que tuve conciencia de que había sido real, no un sueño. Una oleada bochornosa me recorrió el cuerpo. No era capaz de dominar los pensamientos oscuros que se me agolpaban. ¿Qué sería de mí si lo contaba? Me entró miedo. Miedo a las represalias. Lo silencié y cargué con la culpa de mi secreto.

En la salida, de nuevo alcancé a ver a lo lejos el pelo rubio, muy corto; los vaqueros ajustados, camisa blanca y fular a juego con el morado de los zapatos planos.

Era la orientadora del piso de acogida.

© María Pilar

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