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Pasión por las aventuras

A veces me admira la capacidad que tuve a los ocho años para comprender el papel que se esperaba de mí en la vida y escapar de él. Era una niña en una sociedad rural acostumbrada a que cada uno respondiera a la presión de sus iguales. ¿De dónde saqué el valor para saltarme las normas y actuar como ellos? Lo hice y no me arrepiento. Me encanta esa niña de ocho años que sin ella no hubiera llegado a ser la mujer que soy hoy. Y no era que quisiera ser chico, no, simple y llanamente no entendía por qué tenían que ponerme tantos límites por ser chica, cuando era mucho más divertido hacer otras cosas. 

Así que respiré y empecé a andar despacio, pasito a pasito, por aquella montaña de paja, la más grande de todas. La de Félix, el tierras, porque era el más rico del pueblo. Los hombres habían acabado la cosecha, el trigo ya estaba guardado en los silos, la trilladora en la nave, tan solo quedaba en la era el colosal montón de paja. 

Muy bien, tú puedes. Deja atrás a todos esos chavales que apenas empiezan a subir, ya se dan la vuelta o caen rodando envueltos en pajas. Miedosos, nunca vivirán una experiencia como la tuya. Mirabas hacia arriba cegada por el sol. El corazón te bombeaba. ¡Qué alta era la montaña! Pero tú puedes. Solo tenías que cuidarte de la boca enorme que había dejado el tubo de la cosechadora, a un tercio del vértice. Al verla tan cerca, tus ojos desorbitados paralizaron el tiempo una fracción de segundo. ¡Aléjate de sus garras, puede tragarte! Seguiste subiendo, desviándote hacia tu izquierda para esquivarla. Lo estás consiguiendo. ¡No corras! ¡Controla tu entusiasmo! Te atraían las alturas. Unos saltan de cabeza desde un trampolín y a ti te gustaban las alturas. Sin aventuras la vida no tendría color. Experimentabas el riesgo y te sentías viva. Y, abajo, primero te animaban a grito pelado; después se impuso el silencio miedoso. Al final, el esfuerzo te supuso toda una experiencia de asombro contigo misma. Cuando desde lo alto giraste para verlos, ¡qué pequeños los viste! Te armaste de valor, elevaste los brazos y lanzaste tu grito de guerrera: ¡Siiii! 
¡Qué feliz te sentías!

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