28 julio 2016

Un gorro de colores

Mis ojos temerosos de niña no veían otro cielo que el gris húmedo en los de mamá, a la que últimamente le afectaba tanto lo que se le metía en ellos. Para papá eran días sin tiempo, tal vez porque en casa el tiempo se había roto como se rompen los juguetes viejos.
La abuela siempre se sentaba en su silla baja, junto al ventanal de la sala. Un cestillo de mimbre colocado a sus pies estaba lleno de ovillos de lana de diferentes colores. Ella entre tejer y devanar pasaba el tiempo, aunque más de una vez la había sorprendido con la mirada extraviada en un punto incierto, como si hilase pensamientos para construir un futuro más alegre que nos sacara del empantanado negro.
—Mantén los brazos así, sin perder la tensión de la lana, no los cierres.
Pronto cogí el ritmo de girar un poco una mano y luego la otra. Ella, con la destreza de su muñeca iba ovillando a la par que desenredaba la madeja de los recuerdos y me los iba contando, como siempre, sentada en su silla baja de esparto. Así, a través de mí los hizo vivir en el tiempo.
— ¿Qué estás haciendo, abuela?
—Un bonito gorro de colores, para cuando vuelvas al colegio. Una amapola de adorno en un lado te animará mucho.
Se me iluminó la cara al verlo. Sonriendo al verme feliz, me hizo un gesto de complicidad y añadió: “Será nuestro secreto”.
Atisbó tras la puerta para asegurarse de que nadie nos veía y me lo probó. Era muy suave y estaba impregnado de su aroma de lavanda, esa entrañable fragancia que me enseñó a identificarla y a quererla y que hoy cuando la percibo me trae de nuevo su presencia.
Llegó el primer día de vuelta al colegio. Con mi flamante mochila a la espalda, puesto el gorro con pompón rojo y mis guantes a juego, hice un gesto para sacarme el pelo. Mamá, con su alegría natural, me mostró la trenza que se había tatuado en el hombro izquierdo y rápidamente con un rotulador me dibujó una a mí, a modo de anillo, en un dedo.
A los niños les encantó mi mochila y a las niñas el anillo. A nadie le importó que estuviera siempre con el gorro puesto.

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Un paseo por Villamediana


Me han bastado dos días de paso por mi pueblo para constatar que sigue meciéndose entre amplios campos de trigo que le susurran nanas ante la caricia del viento. Es el lugar que, aunque yo tarde en volver, siempre sintoniza con mi presencia. El viento me acoge con un cálido abrazo y me cuenta tantas y tantas historias acaecidas en mi ausencia. 

De mañana salgo a dar una vuelta. Mis sentidos se agudizan con la curiosidad de la que está fuera de su rutina y quiere tomar el pulso al paraje en el que se encuentra. Se respira sano, aire limpio bajo un cielo azul y una luz brillante perfila los contornos. Me pregunto si el carácter de las personas que lo habitan participará de esa transparencia sin dobleces como la del cielo que los cobija. Me llega el olor natural del espliego. Inspiro la sonoridad de esta palabra que relaja a la vez que refresca. El rojo intenso de las picotas tiñe los cerezos y su carne apetitosa hace que las papilas gustativas entren en funcionamiento. Los frondosos plataneros, que recorren el paseo que cruza el pueblo, se alargan en un abrazo formando un arco donde una polifonía de trinos me dedican su mejor concierto. De trecho en trecho los bancos me invitan a sentarme y leer un rato. Hoy no toca, les digo. 

Miro los lugares que creía conocer perfectamente y cada poco me pregunto: ¿Es posible que me esté pasando a mí esto? Dicen que las ciudades cambian y que los pueblos permanecen. La imagen que durante tanto tiempo he guardado en mi memoria del sitio no coincide con la que estoy viendo. Algo me sobra por aquí y me falta por allá. Los jardines cuidados de unas casas de nueva construcción me confirman que están habitadas. Ninguno de sus visillos se estremece ante mi presencia. Las costumbres del lugar también han ido cambiando. El bar está cerrado a cal y canto a estas horas, no así sus muros que hablan de música del baile de los domingos enredada entre historias a ritmo de corazón. Suena el chapoteo del agua de los lavaderos y me llega la animada conversación de un grupo de mujeres, a veces confidencias porque bajan la voz. Me decido a entrar y… ¡Sorpresa! Me encuentro con un bonito parque infantil sin niños. Balanceo un columpio y desde el balcón del tiempo la risa de los niños se bambolea en una cuerda atada a dos chopos del soto a las afueras del pueblo. 

Actualmente, Villamediana tiene 185 habitantes. En casa me despertó el ruido de la maquinaria agrícola de los vecinos, a partir de ahí, ¡qué poca actividad he encontrado! Sigue siendo un lugar de doradas espigas y los que en él trabajan se dedican a la profesión del campo. La imagen que da es la de un bonito pueblo, de alma tranquila, el sitio ideal para desconectar del ritmo acelerado de la vida. Giro a mi izquierda y una casa solariega me hace un guiño ofreciéndose. No estoy en el Barrio Rojo de Ámsterdam, aquí son casas, esta fue la primera, no sería la única. Casas cerradas expuestas a las inclemencias del tiempo que intentan mantenerse con orgullo y dignidad. Forman parte   ̶si alguien no lo impide ̶ de esos elementos a punto de desaparecer llevándose toda la carga de la historia local que encierran entre sus muros. 

Cruzo la carretera que lleva a la ciudad y mecánicamente miro a un lado y a otro innecesariamente, parece que los que tuvieron que salir ya lo hicieron temprano y aún no han vuelto. En el pilón para los animales florecen rosales entre césped, arbustos y arbolado con riego automático en pleno verano. ¡Si los mayores levantaran la cabeza! El agua fue tan escasa en este pueblo… Era figura habitual ver mujeres acarreando cántaros de manantiales de las afueras del pueblo. Con los tiempos modernos se conectó la red al río Pisuerga y se acabaron los problemas. La fotografía en blanco y negro muestra este lugar embarrado y muy animado con el croar de las ranas y los gritos de los niños cogiendo renacuajos. Transformado hoy en un jardín tan romántico, lo único que le falta es el letrero: «Se acabó la tradición de tirar al pilón al joven que ose casarse con una chica del pueblo». 

Tomo el camino del camposanto como alma solitaria. El sol aprieta, se me derrite el tiempo. El chirriar de la puerta de hierro me sobrecoge porque puede perturbar el descanso de los que lo habitan. La muerte visita al pueblo con frecuencia, varios funerales se han celebrado este año, en general personas que han superado los 90 años. Con la ausencia de nacimientos, la población va mermando año tras año. Este ritmo agónico me desanima y opto por volver, buscando el bullicio de la gente. Paso por detrás de la iglesia que se alza orgullosa en un promontorio con su esbelta torre desde la que escudriña todo el pueblo. ¿Cómo ocultarán los que viven aquí sus desavenencias para no ser vistos por ese ojo que todo lo ve? Inmensa iglesia catedral varada en el tiempo, símbolo de la prosperidad del lugar en el lejano medievo. 

Por La Calleja, la calle más estrecha del pueblo, me presento en la plaza con una determinación que contrasta con sus dimensiones. ¡Qué pequeña se ha hecho en mi ausencia! ¿Será que las lluvias la han encogido? Dos mujeres, que vienen de la tienda con la bolsa de la compra, conversan antes de entrar en casa. Nos saludamos. No se me escapa su interés por saber sobre mi presencia por estas tierras. Me siento en un banco y compruebo en mi móvil que estoy en una zona wifi, pero mi atención se centra en el grupo de señores mayores con gorra, camisa de cuadros, pantalones oscuros y calzado cerrado. Unos sentados y otros apoyados en sus bastones conversan a la sombra de las acacias. También para ellos el pueblo es un juego de espejos. «¡Cómo han cambiado los tiempos!» Con el realismo escueto, sibilino y socarrón que caracteriza su manera de hablar van dejando un rastro de momentos vividos, ilusiones frustradas y cicatrices que supuran aferradas a una memoria que se resiste a olvidar. Quiero cazar al vuelo algunas palabras, pero vivas como liebres se me escapan. Por fin, un localismo como herrada (cubo de hierro) es el cabo que deshace la madeja enmarañada entre los entresijos del tiempo y a borbotones me surgen recuerdos relegados al olvido como esa herrada atada a una cuerda que saca agua fresca de las profundidades del pozo. Afloran los sentimientos en los ojos emocionados de esta letra perdida que busca un lugar en el texto, aunque sabe que, como la letra k, desentona. También sabe que a este pueblo le gusta que irrumpa de vez en cuando una nota discordante que le aporte una pincelada pintoresca, como cuando Bernardo Atxaga pasó en él una temporada escribiendo Obabakoak

Las campanadas del reloj del Ayuntamiento me sacan de mis reflexiones y me avisan que siguen marcando el ritmo de la vida de la gente que lo habita.

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La casa de ladrillos rojos

En aquel pueblo el vivir era lento y desesperado, hierbas altas, cardos secos y al fondo el soto de chopos que impedía ver más allá de la carretera bordeada de olmos. De ese más allá surgían de vez en cuando los carruajes para ser cargados: harina de trigo, corderos y cerdos eran los alimentos más preciados, los caballos de más valía quedaban confiscados y los mozos más fuertes eran llevados al servicio. Con la modernidad se talaron los chopos, se entubó el arroyo, se convirtieron las altas hierbas en césped y se abrieron nuevas vías por las que las cigüeñas se desvían para dejar los niños en lugares lejanos. Hoy no esperes escuchar el croar de las ranas porque todas han emigrado. Hasta el perro tiene chip a diferencia del peludo guardián de antaño.
¿Qué ven las pupilas de los ojos del abuelo casi ciego tras los visillos de la ventana si ya no hay geranios? Tal vez se adentran en los bodegones de sus recuerdos y allí se detienen ante una casa de ladrillos rojos con dobles techos y muros falsos a la que ya solo se llega por las grietas de su memoria. Los sentires que se le han quedado prendidos entre los pliegues del alma afloran con tal transparencia que la vida de entonces se despierta alborotada. La chimenea humea, le llega el rico olor del puchero; el gato se escabulle por la gatera no así el pastor alemán que corre hacia él con efusivos ladridos de reconocimiento. Envuelto en el viento sur que zarandea la ropa colgada entre la que distingue sus calcetines de lana vueltos del revés, siente que se aproxima una tormenta. "Terrible tormenta la que nos asola y nos dificulta tanto la supervivencia", le recuerda su madre. Está escondiendo unas desgastadas monedas en el respaldo de una silla a la vez que habla con su padre. Este, la observa con su traje oscuro y bigote negro sobre un fondo enmarcado en sepia. Le suena tan nítida la voz de la madre cuando dice: "Para el chico, las va a necesitar". Ya no llora de dolor ni grita de rabia, pero el miedo se le ha metido silenciosamente muy dentro y él, joven enérgico, aprieta los puños y se traga la cólera que le hierve las venas mientras se afana en ocultar unos sacos de harina entre un doble techo.
Las campanas de la iglesia suenan a desgarro, se hace el silencio, el sonido de los cascos de los caballos se acerca. Temblando y con los ojos empañados, la madre se encuentra con los suyos en una mirada que sabe a dolor y miedo. La de él, risueña, intenta darle ánimos ocultando sus propios sentimientos. Aparecen los carruajes de los militares para ser cargados, se respira una calma tensa. El cielo se torna gris y el viento seco narra el desespero en el que viven los del pueblo. Los impactos en el muro del ayuntamiento son testigos de los ejecutados en el último saqueo. A pesar de todo, los más arriesgados pasan la información con diferentes señales que solo ellos entienden. Hasta los gorriones, que habitualmente protestan trinando con todas sus fuerzas, se silencian avergonzados en cuanto ellos hacen acto de presencia. Moscas y mosquitos zumban sobre el grupo recién llegado. Algún ¡zas! en plena cara intenta atraparlos para terminar rascándose la picadura que se une como un plus al lote de lo arrebatado. En el lote de ese día, al abuelo se lo llevaron.
̶ Vamos a cenar abuelo.
Él, absorto en esas imágenes con carga sonora que le devuelven los plataneros del paseo zarandeados por el viento, solo escucha susurros de vida del paso del tiempo.