Me han bastado dos días de paso por mi pueblo para constatar que sigue meciéndose entre amplios campos de trigo que le susurran nanas ante la caricia del viento. Es el lugar que, aunque yo tarde en volver, siempre sintoniza con mi presencia. El viento me acoge con un cálido abrazo y me cuenta tantas y tantas historias acaecidas en mi ausencia.
De mañana salgo a dar una vuelta. Mis sentidos se agudizan con la curiosidad de la que está fuera de su rutina y quiere tomar el pulso al paraje en el que se encuentra. Se respira sano, aire limpio bajo un cielo azul y una luz brillante perfila los contornos. Me pregunto si el carácter de las personas que lo habitan participará de esa transparencia sin dobleces como la del cielo que los cobija. Me llega el olor natural del espliego. Inspiro la sonoridad de esta palabra que relaja a la vez que refresca. El rojo intenso de las picotas tiñe los cerezos y su carne apetitosa hace que las papilas gustativas entren en funcionamiento.
Los frondosos plataneros, que recorren el paseo que cruza el pueblo, se alargan en un abrazo formando un arco donde una polifonía de trinos me dedican su mejor concierto. De trecho en trecho los bancos me invitan a sentarme y leer un rato. Hoy no toca, les digo.
Miro los lugares que creía conocer perfectamente y cada poco me pregunto: ¿Es posible que me esté pasando a mí esto? Dicen que las ciudades cambian y que los pueblos permanecen. La imagen que durante tanto tiempo he guardado en mi memoria del sitio no coincide con la que estoy viendo. Algo me sobra por aquí y me falta por allá.
Los jardines cuidados de unas casas de nueva construcción me confirman que están habitadas. Ninguno de sus visillos se estremece ante mi presencia. Las costumbres del lugar también han ido cambiando. El bar está cerrado a cal y canto a estas horas, no así sus muros que hablan de música del baile de los domingos enredada entre historias a ritmo de corazón. Suena el chapoteo del agua de los lavaderos y me llega la animada conversación de un grupo de mujeres, a veces confidencias porque bajan la voz. Me decido a entrar y… ¡Sorpresa! Me encuentro con un bonito parque infantil sin niños. Balanceo un columpio y desde el balcón del tiempo la risa de los niños se bambolea en una cuerda atada a dos chopos del soto a las afueras del pueblo.
Actualmente, Villamediana tiene 185 habitantes. En casa me despertó el ruido de la maquinaria agrícola de los vecinos, a partir de ahí, ¡qué poca actividad he encontrado! Sigue siendo un lugar de doradas espigas y los que en él trabajan se dedican a la profesión del campo. La imagen que da es la de un bonito pueblo, de alma tranquila, el sitio ideal para desconectar del ritmo acelerado de la vida.
Giro a mi izquierda y una casa solariega me hace un guiño ofreciéndose. No estoy en el Barrio Rojo de Ámsterdam, aquí son casas, esta fue la primera, no sería la única. Casas cerradas expuestas a las inclemencias del tiempo que intentan mantenerse con orgullo y dignidad. Forman parte ̶si alguien no lo impide ̶ de esos elementos a punto de desaparecer llevándose toda la carga de la historia local que encierran entre sus muros.
Cruzo la carretera que lleva a la ciudad y mecánicamente miro a un lado y a otro innecesariamente, parece que los que tuvieron que salir ya lo hicieron temprano y aún no han vuelto. En el pilón para los animales florecen rosales entre césped, arbustos y arbolado con riego automático en pleno verano. ¡Si los mayores levantaran la cabeza! El agua fue tan escasa en este pueblo… Era figura habitual ver mujeres acarreando cántaros de manantiales de las afueras del pueblo. Con los tiempos modernos se conectó la red al río Pisuerga y se acabaron los problemas. La fotografía en blanco y negro muestra este lugar embarrado y muy animado con el croar de las ranas y los gritos de los niños cogiendo renacuajos. Transformado hoy en un jardín tan romántico, lo único que le falta es el letrero: «Se acabó la tradición de tirar al pilón al joven que ose casarse con una chica del pueblo».
Tomo el camino del camposanto como alma solitaria. El sol aprieta, se me derrite el tiempo. El chirriar de la puerta de hierro me sobrecoge porque puede perturbar el descanso de los que lo habitan. La muerte visita al pueblo con frecuencia, varios funerales se han celebrado este año, en general personas que han superado los 90 años. Con la ausencia de nacimientos, la población va mermando año tras año. Este ritmo agónico me desanima y opto por volver, buscando el bullicio de la gente. Paso por detrás de la iglesia que se alza orgullosa en un promontorio con su esbelta torre desde la que escudriña todo el pueblo. ¿Cómo ocultarán los que viven aquí sus desavenencias para no ser vistos por ese ojo que todo lo ve? Inmensa iglesia catedral varada en el tiempo, símbolo de la prosperidad del lugar en el lejano medievo.
Por La Calleja, la calle más estrecha del pueblo, me presento en la plaza con una determinación que contrasta con sus dimensiones. ¡Qué pequeña se ha hecho en mi ausencia! ¿Será que las lluvias la han encogido? Dos mujeres, que vienen de la tienda con la bolsa de la compra, conversan antes de entrar en casa. Nos saludamos. No se me escapa su interés por saber sobre mi presencia por estas tierras.
Me siento en un banco y compruebo en mi móvil que estoy en una zona wifi, pero mi atención se centra en el grupo de señores mayores con gorra, camisa de cuadros, pantalones oscuros y calzado cerrado. Unos sentados y otros apoyados en sus bastones conversan a la sombra de las acacias. También para ellos el pueblo es un juego de espejos. «¡Cómo han cambiado los tiempos!» Con el realismo escueto, sibilino y socarrón que caracteriza su manera de hablar van dejando un rastro de momentos vividos, ilusiones frustradas y cicatrices que supuran aferradas a una memoria que se resiste a olvidar. Quiero cazar al vuelo algunas palabras, pero vivas como liebres se me escapan. Por fin, un localismo como herrada (cubo de hierro) es el cabo que deshace la madeja enmarañada entre los entresijos del tiempo y a borbotones me surgen recuerdos relegados al olvido como esa herrada atada a una cuerda que saca agua fresca de las profundidades del pozo. Afloran los sentimientos en los ojos emocionados de esta letra perdida que busca un lugar en el texto, aunque sabe que, como la letra k, desentona. También sabe que a este pueblo le gusta que irrumpa de vez en cuando una nota discordante que le aporte una pincelada pintoresca, como cuando Bernardo Atxaga pasó en él una temporada escribiendo Obabakoak.
Las campanadas del reloj del Ayuntamiento me sacan de mis reflexiones y me avisan que siguen marcando el ritmo de la vida de la gente que lo habita.
Fantástico paseo por el pueblo de tus recuerdos y el actual que sin ser lo mismo es el mismo.
ResponderEliminarBesos.
Los pueblos tambien cambian cambian mientras no estamos por eso nos sorprenden las diferencias, pero tambien cambiamos nosotros, nuestra altura y nuestro corazón y muy especialmente nuestra edad. Abrazos
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