15 marzo 2020

Volar pegados es volar

                      
#cienciaficción

En aquel entonces no parecía haber límites para mi trabajo. Era esbelta, bonita y ágil como un insecto. La fotografía espacial a la que me dedicaba llenaba mi tiempo. Con puntualidad alemana enviaba las imágenes a los científicos de la estación DLR que dejaban los sensores acústicos abiertos para que oyera los aplausos con los que las recibían. Y sin pérdida de tiempo se concentraban en el trabajo para lograr el mapa tridimensional más completo de los realizados hasta ese momento del planeta Tierra. Supongo que para mentes tan cuadriculadas puede llegar a ser sencillo el tener una idea tan compleja y plasmarla. Lo mío era mucho más simple: transmitir momentos.

Llevaba tres años trabajando sola cuando un encuentro cambió el rumbo de mi vida. Recuerdo que había fotografiado unas pequeñas islas justo antes del atardecer. El mar empezó a agitarse y contemplé los apasionantes compases de tango entre las olas encrespadas y los acantilados vertiginosos. Ellas les lanzaban besos de espuma y ellos disfrutaban dejándose envolver en aquel abrazo salado. De pronto me pareció que yo, un ser solitario, estaba abandonada por todo el mundo en aquel espacio que orbitaba alrededor de la Tierra. No pude menos que preguntarme si tales asaltos de romanticismo surgían en mí por la influencia de alguna tormenta espacial o más bien porque añoraba ser la protagonista de aquel galanteo. Me dejé llevar por el vaivén del mar y había empezado a realizar unos pasos de danza cuando escuché una voz metálica:
̶ Mademoiselle, ¿me concede el honor de bailar conmigo?
¡Uf! ¡¿Qué era aquello?! Un vuelco me dejó en suspensión, al borde de sufrir un cortocircuito. Yo, que tenía respuestas para casi todo, me quedé muda. Mis ojos ambarinos se rozaron con los suyos con esa sensibilidad que tenemos en ellos para captar una belleza extraordinaria. Era hermoso y fuerte, parecía resuelto, de ojos color cobalto como las aguas profundas de un océano. Pestañeé y hasta creo que me sonrojé cuando caí en la cuenta de que estaba mandando un escáner de mí a esa carpeta de archivos que nunca enviamos.
̶ Soy TanDEM-X, estaba observándote. Me gustas, ¿sabes? —dijo en respuesta a mis pensamientos. «Seguro que utiliza diodos láser para leer la mente», cavilé.
̶ ¡Ah! Del grupo –X, como yo —le respondí—. Me llamo TerraSAR-X. Llevo en este vacío helado desde octubre de 2007. Siempre he creído que estaba sola por eso lo voy llenando con mis fantasías.
(En realidad quería decirle que era el ser más fascinante que había visto en mi vida y que hiciera el favor de enamorarse de mí antes de darse media vuelta)
̶ Acabo de llegar —contestó. Y su actitud me confirmó que era telepático porque se fue acercando tanto, tanto, que estuvimos a punto de fundirnos. Intenté decir algo ingenioso, pero solo sonreí hecha un manojo de cables.
Alguien había abierto el play musical y sonaba una preciosa melodía, una de esas piezas mágicas exclusivas de algún país encantado. El bello Danubio azul. Nunca podré olvidarlo porque empezamos a bailar con movimientos tan brillantes que hasta los abismos se quedaron pasmados, y no solo de frío. Desde ese momento algo retador se instaló entre nosotros: bailar pegados.

Fuimos dos almas gemelas recorriendo el espacio a ritmo de vals. Fotografiábamos la misma zona con una diferencia de tan solo unos segundos y no nos importaba repetir parajes porque sabíamos que un lugar tiene muchas visiones, solo está esperando a que alguien las encuentre. Fue arrebatador. A medida que nos robábamos el espacio para estar más cerca, la pasión aumentaba y con ella la intensidad del peligro. Para contenerla, nos acercábamos con disciplina circense, pero después nos movíamos a un ritmo electrizante. En los giros yo lo vigilaba, sabía que él hacía lo mismo conmigo, aunque de eso no hablábamos. Arriesgamos más y el vals espacial podía hacernos chocar en tan solo tres segundos. Era la adrenalina que nos cargaba las pilas. En un momento en que toda su energía me acariciaba con deseo, pese al pánico, pese al miedo, de pie los dos en medio de aquel espacio inmenso, tuvimos el primer intercambio eléctrico. Hubo chispas, un fulgor de fuegos de artificio que nos enrojeció. Fue mágico. Paramos justo al borde del precipicio.

Nuestra unión, tan única como rentable, dejó a los jefes maravillados. La agencia calificó de «sorprendentes» las espectaculares imágenes que enviamos. Y nos permitieron trabajar con aquellos arrebatos de amor que nos llevaron a bailar un chotis sobre la misma baldosa. Así lo quisimos, aunque fuese el último compás de baile. Flotamos a dúo con una fragilidad ingrávida que marcaba un solo punto en el universo. Para entonces teníamos asumido que el más mínimo error supondría la destrucción instantánea. Desapareceríamos los dos a la vez. ¿Acaso podíamos pensar en otra mejor forma de marcharse?

Algo se confabuló para salvarnos y el rastro visible que dejamos fue el del éxito, jamás un fallo ni la tragedia.

© María Pilar
Relato publicado en el libro Relatos asombrosamente asombrosos de ETDO

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01 marzo 2020

Un amor imposible

Urjauzi y Otsoa eran pastores de la zona del Gorbea y grandes amigos desde la infancia. Sucedió que cierto día Urjauzi oyó de pronto un dulcísimo canto mientras pastoreaba su rebaño por las campas de Gujuli. Se sintió tan atraído por aquella maravillosa melodía que se olvidó del ganado y raudo se adentró en la espesura del bosque. El sonido de sus pisadas sobre las hojas caídas que rezumaban humedad rompía el silencio y tapaba otros ruidos apenas perceptibles que hacían pensar en seres del bosque que lo observaban sorprendidos con los ojos bien abiertos. Los troncos de los robles centenarios adquirieron rasgos de monstruos como en los cuentos, el olor a tierra húmeda hacía irrespirable el lugar y la espesura lo envolvía todo con su misterio, pero Urjauzi no fue consciente de esas señales. Al acabar una pronunciada bajada, separó unas ramas de sauce y pudo contemplar la quietud de las aguas de la laguna de Lamioxin de la que procedía el canto que lo encandilaba. Sentada en una roca, con los pies en el agua, una bellísima joven se peinaba su larga melena rubia con un peine de oro mirándose en un espejo. Urjauzi se quedó embelesado contemplándola. Ella levantó la vista y al descubrirlo, se zambulló. Él se fue acercando muy despacio hasta la orilla. Quería verla otra vez, pero el agua le devolvía tan solo las tonalidades otoñales de un bosque que se adentraba en los abismos del silencio.
Esperó.
La joven asomó la cabeza por detrás de la roca. Se ocultó y volvió a asomarse. Por fin, se decidió a cantar para él y sucedió que envuelto en la magia de aquella voz Urjauzi se enamoró perdidamente de ella. Ella le preguntó: «¿Te casarás conmigo?». Él le contestó que era su firme propósito desde ese mismo momento en que la había conocido. Así, pues, la joven, cogió una pequeña caja lacada atada con un cordón de oro, lo desató, la abrió y sacó un anillo de compromiso para él. Urjauzi ya no era el mismo, amaba y se sentía correspondido, no se podía ser más feliz. «Me voy a casar con la joven que vive en el bosque, la más maravillosa de este lugar», decía por el pueblo a cuantos encontraba.
Otsoa cavilaba.
Un día se acercó a la laguna con sigilo y le sobrecogió lo que vio entre las ramas. Al sumergirse la joven en la laguna, sus pies quedaron al aire un instante y eran garras palmeadas. ¡Era una lamia!
Se lo contó a su amigo, procuró convencerlo de que se alejara de ella, pero nada logró; al contrario, Urjauzi lo llamó envidioso y le dijo que no quería volver a verlo. Otsoa se alejó entristecido.
A pesar de todo, Urjauzi pidió a su novia que le enseñara los pies. La dura y fría mirada que lo taladraba corroboró lo que su amigo había dicho. Había ido buscando respuestas en ella y le aplastó el peso de su silencio. Furioso se arrancó el anillo y lo tiró al agua. Desde aquel momento la tristeza se apoderó de él. Pisaba los mismos prados de siempre, veía los montes tan conocidos, se sabía en el mismo sitio donde desde pequeño había disfrutado tanto, pero ahora nada lograba distraerle; ya no encontraba su propia casa tan acogedora y hasta el entorno le parecía menos bello. Durante dos días y dos noches enloqueció llamando a gritos a su amigo del alma al que no había creído. Después trabajó sin descanso en una sucesión de días tan vacíos como la oquedad que lo llenaba por dentro.  
El crudo invierno trajo ataques de los lobos a los rebaños. Urjauzi en solitario les plantó cara, pero ver a sus mastines agonizar desgarrados le hizo sentir aún más la ausencia de Otsoa. Elevó los ojos al cielo y gritó desesperado. Entre el ramaje cubierto de nieve unos ojos lo estaban mirando. ¡Eran los ojos de Otsoa! Corrió hacia allí llamándolo. Solo vio un lobo atrasado que trotaba hacia la manada que ya alcanzaba la sierra del Gorbea.
El destino de su amigo le movió a buscar una solución. Le vino a la mente el espejo mágico de la lamia. Concedía todo lo que se le pedía mirándolo de frente. Se había jurado que jamás volvería a Lamioxin, pero por su amigo afrontaría sus dolorosos recuerdos y se lo robaría. Así podría hacer que Otsoa volviera a ser el de antes. Muchos días se acercó a la laguna hasta que la suerte lo acompañó y vio a la coqueta lamia. Quedó embelesado mirándola y casi se olvida de su cometido. Fue el descuido de ella al sumergirse para no ser vista, lo que le hizo reaccionar. Se acercó, cogió el espejo y se alejó lo más rápido que pudo. Sentado bajo un haya al lado del río Oiardo, no sabía cómo utilizarlo. Por más que lo miraba y le contaba lo de su amigo, no obtenía ningún resultado. Allí lo descubrió la lamia.
—¿Cómo te llamas? —le habló desde la distancia.
El chico miró al espejo pensando que era el que hablaba y le contestó: «Urjauzi». Y en ese instante se convirtió en la imponente cascada que domina el pueblo.

Urjauzi = cascada
Otsoa = lobo
© María Pilar
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