26 noviembre 2009

El precio del futuro de la ciudad de Vitoria

El precio del futuro es inevitable. La ciudad ya no es lo que era. Grandes esqueletos en construcción de edificios altos crecen por Zabalgana a pasos agigantados, acortando la distancia de seis kilómetros que separaban la ciudad del pueblo de Zuazo. 

Ha desaparecido el estrecho camino que serpenteando entre hayas, quejigos y robles nos llevaba andando hasta al pintoresco pueblo de Zuazo. Vamos campo a través por las tierras removidas que las potentes excavadoras, con un ruido ensordecedor, están preparando para nuevas construcciones. 

Antes de entrar en lo que queda del solitario bosque podemos apreciar mejor el contraste entre los ocres otoñales. La vegetación ya no es tan tupida y nos permite disfrutar de los rayos de sol abrillantando y reforzando el colorido. El cauce sinuoso de un arroyo con apenas un hilo de agua desemboca en un humedal natural cuyo entorno nos invita a descansar. Los sauces, plataneros y avellanos sombrean estratégicamente el entorno. La panorámica que abarcamos desde este lugar es de postal. Enfrente el pequeño pueblo sobre un promontorio y al fondo las lejanas tierras de la Sierra de Badaya. 

A través de un camino asfaltado que rodea la laguna, se accede al pequeño pueblo ajeno a todo lo que le rodea. Aunque no vemos a nadie, sabemos que está habitado porque nos recibe con sus casas recién pintadas, los jardines floridos y los huertos cultivados. Nos acercamos al mirador natural situado a un lado de la iglesia para deleitarnos con las hermosas vistas panorámicas del valle. En primavera, sus infinitos tonos verdes aportan mil matices a los prados y bosques. Hoy, nos dejaremos sorprender por el maravilloso fulgor de la naturaleza, que con su fantasía, torna el ropaje verde en el dorado, ocre, rojos y naranjas que en los atardeceres otoñales lo hacen idílico. En su lugar, un inmenso mar de brillos metálicos nos ciega. Es el polígono industrial de Jundiz que ha ocupado todo el valle.

25 noviembre 2009

El tiempo es oro

Dando vueltas y vueltas 
En la espiral de la vida 
Algo se va por la quebrada 
Perdiendo el candor 
De creerse infinita. 
Enmascarados te imponen 
En tu porfiar ritmo frenético 
El tiempo es oro 
Dicen 
De una vida que gotea en silencio. 
¡Pesadilla de vida! 
Tiempo sin oro quiero 
Solo tiempo 
Para oír al pájaro carpintero 
Y de la noche 
El manto de luciérnagas 
Mi refugio 
En paz y sosiego. 

 © María Pilar

24 noviembre 2009

Dejó la profecía en sus últimas palabras

Flotando en el canal lo encontraron
Entre ramas y hojas, destrozado
Larga barba y boca enmudecida
La profecía de sus últimas palabras
Ulula en el aire y rasga el alma
Prisionera de su soledad envejecida
Entre luces y sombras a la deriva
¿Por qué no se impidió?
¿Por qué nadie escuchó su desdicha?

© María Pilar

20 noviembre 2009

La higuera

Luna de agosto atrapada
En brazos de la higuera
Sus hojas la mecen
La oronda higuera se embelesa
Irradia luz de Luna
Se siente poderosa y bella
El viento entra en acción
Con sus giros la libera
Lágrimas de rocío brotan
De los suspiros de la chumbera
En la argentada pared, tatuadas,
Hojas de plata se cimbrean
Incandescencia de Luna
Que hace sonreír a la higuera


18 noviembre 2009

Tu foto de infancia

Llegaste a nosotros 
Con gran ilusión 
Llenaste nuestras vidas 
De alegría y amor 

 Esa mirada alegre 
De tu foto de infancia
 Me trae recuerdos
 Que embargan mi alma

 Me gustaba contemplarte
 Mientras dormías
 Y cuando abrías los ojos
 Ver tu sonrisa

 Desde que tú viniste
 Cambiaron nuestras vidas
 Tú eras el centro
 La guía de nuestros días

 Cuando con aita volvías
 Del paseo invernal
 Con las mejillas coloradas
 Todo lo querías contar

 Te subías a mis piernas
 Para hacer: Aserrín, aserrán
 El peligro no te asustaba
 Hasta el suelo querías llegar

 De trabajar me esperabas
 Tras la puerta te oía
 Corrías a esconderte
 Sabiendo que te buscaría 

 

15 noviembre 2009

"Mirando hacia atrás" de Piedad Isla

Estos días me he encontrado, en el blog no virtual de Piedad Isla, una excelente exposición de fotografías. 

Mujer de un pueblo de la Montaña Palentina, nacida en el 1926, un buen día dice a su familia que quiere ser fotógrafo profesional. ¡Qué locura! ¡Qué no comentarían en su entorno cuando la veían ir y venir en su vespa vistiendo pantalones como un chico! 

Fue valiente. Se salió con la suya. Tuvo más fuerza interior para hacer realidad su sueño que para ser arrastrada por las incomprensiones y críticas, por no cumplir con los cánones sobre la mujer en la época que le tocó vivir. Como mujer adelantada a su tiempo, no se quedó observando la vida sin más, sino que nos dejó el alma del pueblo al que pertenecía. Su fuente de inspiración fue siempre la condición humana: la admiración por los ancianos, la pasión por los niños y el respeto a su tierra. Para salvarla del anonimato la plasmó en sus obras y al contemplarlas podemos conocer la vida austera y cargada de dificultades de su región, en la que no falta la ilusión en su mirada. Son imágenes que juntas representan las manifestaciones cotidianas de todo un pueblo y separadas, cada una de ellas, nos narra una emotiva historia del discurrir de la vida en ese entorno. 

Adelantada a su tiempo, era muy consciente de que la vida cambiaba a ritmo de vértigo y quiso dejar a las generaciones venideras testimonio de aquello que formaba parte de la cultura de un pueblo que con el paso de los años iba a desaparecer. 
 
El tiempo le dio la razón. 

© María Pilar

14 noviembre 2009

Contra el terrorismo, por la paz en Euskadi

Esta mañana soleada, Vitoria luce espléndida con una atmósfera limpia poco frecuente en estas fechas. Los reflejos solares en sus miradores, el andar pausado de la gente y las terrazas de los bares al sol, invitan a pensar lo agradable que sería vivir en esta ciudad si hubiera paz.

Me siento a tomar un refresco en una de esas terrazas desde la que contemplo el trasiego de la gente por la Plaza de la Virgen Blanca y me dejo impregnar de su atmósfera seductora. Matrimonios mayores, vestidos de paseo, lucen su sonrisa de domingo. Jolgorio de cuadrillas de jóvenes, algunos con sus bicis. Niños que juegan a no ser mojados por los bajos surtidores que de manera intermitente brotan del suelo. Un grupo de turistas escucha a su guía ante el monumento de la Guerra de la Independencia de España. Si se fijan bien pueden leer todavía estas dos palabras que alguien ha intentado borrar. Jóvenes inmigrantes sentados en los bancos hablan en árabe; más allá, unos chicos negros se expresan en un idioma que desconozco. Un ir y venir de gente sin el habitual ritmo frenético de la jornada laboral.
 
Al pasar por delante de las grandes fotografías a todo color de la exposición Periscopio que están repartidas por la plaza, muchos se detienen, las contemplan, leen las reseñas…

Levanto la vista ante la única fotografía viviente que está al otro lado de la plaza. Es un grupo de un centenar de personas que realiza una concentración silenciosa en contra del terrorismo de ETA. Los de delante portan una pancarta que dice: Si te amenazan, nos agreden. Algunos paseantes miran de reojo a la vez que marcan la distancia con el grupo, la mayoría pasa de largo.

Me gustaría verme dentro de ese cuadro entre el señor de barba que mira al frente con entereza y la joven absorta en sus pensamientos. Yo tampoco me muevo del lugar donde estoy sentada. Es la actitud más cómoda en esta ciudad. El definirse puede salirte caro. Cuatro o cinco cámaras y otros tantos fotógrafos se afanan en grabar la imagen. Uno de los hombres deja la pancarta y ante el micrófono lee un texto en euskera. El resto aplauden. Después es una mujer la que habla, esta vez en castellano. Más aplausos. Manifiestan alto y claro que el tipo de violencia que vivimos en esta ciudad difícilmente nos puede dejar indiferentes. Animan a la participación contra la insensibilidad ante tanta tragedia. Un acto de denuncia y de solidaridad.

Su voz como un aldabonazo me llega a lo más hondo. Me habla a mí que soy una más de tantos sordos e indiferentes que seguimos con nuestra vida como si aquí no pasara nada o que lo que pasa no va con nosotros.

Y sabemos que sí, que lo que ocurre es muy grave, pero nos encerramos en nuestro miedo cobarde. El pesimismo nos aborrega frente a las pistolas.

Al tomar vida este cuadro viviente, parece haberse detenido en el tiempo todo lo demás. En mi fuero interno aplaudo su actitud tan valiente como minoritaria, pero sigo atenazada en mi silla y mañana mi silencio aparecerá en los medios de comunicación como un número más de los que apoyan la postura contraria. La del terror.

Tras el grupo veo una fila de señores recostados contra la pared. Parece que simplemente esperan a que acabe el acto. Visten de manera informal, calzan deportivas y llevan gafas de sol. Detalle que delata su profesión. Guardaespaldas. No es difícil imaginar que son las sombras, las 24 horas del día, de algunas personas que están en este grupo por el que se juegan la vida.

© María Pilar

13 noviembre 2009

Podía volar y voló

Cuando naufragó su mundo
El mar seco de su interior
Anegó la noche
Y ahogó ausencias.

Al levantarse,
Podía volar y voló.
Salió a la calle vestida de azul
El color del mar.

Eligió un barco cargado de sueños
En la maniobra chocó con otro
Era él
Esta vez no le importó.

11 noviembre 2009

La gastroenteritis de Amaia

Mi hermana mayor, Amaia, está ingresada en el hospital de Txagorrichu con gastroenteritis. El médico ha prescrito el uso de pañales, pero Amaia grita con su lengua de trapo que no es un bebé, que ella lleva bragas, ¡sus bragas! Ya no le quedan limpias y la enfermera le trae unas desechables. «Ni hablar», dice. Solo quiere las suyas y si no, pues nada.

A mi hermana, desde que nació, le consentimos todos los caprichos porque mis padres opinan que bastante tiene la pobre con lo que le ha tocado en la vida. 
—¿Por qué Amaia no es como las demás niñas? —les preguntaba de pequeña. 
—Porque una mujer bizca se acercó al cochecito en el que la llevaba recién nacida y como no se la dejé coger le echó el mal de ojo —me contestaba mi madre.
Me he pasado la vida cruzando los dedos y bajando la mirada atemorizada cada vez que me encontraba con un bizco por temor a su influjo maléfico.

Ahora Amaia tiene 41 años, está oronda y el hechizo que le ocasionó aquella mujer cuando tan solo era un bebé ha hecho que todos los que estamos a su alrededor nos sintamos víctimas de su tiranía; algo que, a estas alturas, tenemos estoicamente asumido.

Le doy de comer con dificultad desde la mesa de hospital porque se ha empeñado en sentarse en una silla bajita que es la que más le gusta. De repente, se le cambia el rostro, se levanta y se mira las piernas por las que se escurren los chorretones y al rebasar los calcetines caen al suelo haciendo ¡plof,plof! Un olor pestilente lo invade todo. La enferma que está en la cama de al lado empieza a devolver. Me tapo la nariz con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda porque en la otra tengo la cuchara. Mamá coge un rollo inmenso de papel y toallas mojadas, se arrodilla en el suelo, a pesar del dolor de huesos que padece, para limpiarlo todo, como siempre.

© María Pilar

10 noviembre 2009

La adolescencia

Qué le pasa a mi niña 
Que tras su larga melena 
Esconde la cara 
Qué le pasa a mi niña 
Que solo me grita 
Y ya no me habla 
Qué le pasa a mi niña 
Pantalones sin estrenar 
Y recalca no tener nada 
Qué le pasa a mi niña 
Que no la entiendo dice 
Y escucha música muy alta 
Qué le pasa a mi niña 
Envuelta en un gran desorden 
Parece estar a sus anchas. 
¿Qué le pasa a mi niña? 
Yo sé bien lo que le pasa 
A su edad me veo reflejada 

 © María Pilar

07 noviembre 2009

A un pueblo de La Rioja

Aquellos días había andado atareada con la vendimia, estaba sudorosa, pero satisfecha; todo había salido según sus cálculos.

Cuando se quedó sola después de haber despedido a los temporeros, se acercó a la ventana, protegiéndose los ojos con la mano a modo de visera, y miró al frente para contemplarlo. Allí estaba. El último regalo que le habían hecho sus hijos. Unas lágrimas emocionadas y silenciosas corrieron por sus mejillas. La vida dura del campo la había fortalecido dotándole de un aspecto austero, pero no había mermado ni un ápice su sensibilidad admirable.

Era un día caluroso, sin un soplo de aire que lo suavizase; pese a ello, le pareció que el nuevo regalo ondeaba al suave impulso de una alegre brisa. El sol reverberaba sobre las placas de titanio y parecía hacerlo fermentar irradiando destellos azulados, violetas y rosados propios de un buen vino. Dejó volar la fantasía y siguió extasiada largo rato.

El marco en el que se situaba le era harto conocido. Al fondo, ondulaciones extensas de terreno, hoy más vastas por la perfecta claridad del horizonte, con sus cepas austeras, rojizas, proclamando la recién terminada vendimia, y en las que la inexistente ligera brisa, encendía ramilletes de flores ardientes de luz solar.

Notó una sombra a sus pies. Las horas habían pasado y sabía que su fiel amiga, la Sierra de Cantabria, le avisaba, como siempre desde el comienzo de su existencia, de un nuevo anochecer. Se refugió en su manto y de la mano de ese mundo milenario de raíces profundas, se sintió más segura y se atrevió a hacer un guiño a la modernidad.

© María Pilar

06 noviembre 2009

El Castañero de Vitoria


Han embellecido la plaza del museo Artium con grandes esculturas de autores de reconocido prestigio. Y, como por arte de magia, ha surgido, un año más, la escultura viviente del Castañero.

Ahí está, en la esquina de siempre, con su carromato, desprendiendo el olor a humo caliente y ese inconfundible olor que nos anuncia la llegada del invierno. Solo, aterido de frío, con las manos en los bolsillos de su mono azul, el joven castañero se resguarda del viento y la lluvia recostándose sobre su viejo, aunque recién pintado, carruaje para sentir el calor de las castañas asadas.

No vocifera su mercancía al pasar los transeúntes, no se mueve ni un ápice de la baldosa del suelo que pisa, no entabla conversación con nadie ni nadie lo saluda al pasar. Parece una escultura viviente adornando la plaza en invierno y después, desaparece sin que se sepa exactamente cuando.

Languidece la luz azulada de la moderna farola bajo la que siempre se coloca el castañero. 
Y a mí, que me encantan la variedad de colores del otoño, que me embarga el ocre o me hipnotiza ese amarillo dorado, me inunda la tristeza al contemplar una imagen otoñal como la del castañero al que ya muy pocos se acercan a comprar. A veces, yo también apuro el paso o lo miro de reojo para no sentir su mirada en la mía que supongo tristísima y me digo: «otro día».

Son las diez de la noche. Hace un frío terrible. Salgo del trabajo y voy abstraída con un tema un tanto peliagudo que tenemos que resolver de inmediato. El olor de las castañas asadas me roza el olfato. Me acerco y le compro una docena, dos euros. Contemplo, bajo los azules de la iluminación, cómo saltan alegremente al asarse y acojo con gran placer el cucurucho de papel de estraza que me calienta las manos. 

Pelo la primera castaña. Me llena la boca. Riquísima, sabrosa, blanda, caliente. Echo a andar comiéndome glotona otra y después una más. Me gusta presentarme en casa con las castañas recién asadas. Incito a mi prole a que las prueben y se dejen llevar por su cálido olor y su riquísimo sabor. No tengo éxito. 

Creo que el castañero de Vitoria es un símbolo viviente de la cultura y la vida de nuestras generaciones anteriores. No quiero que desaparezca de la plaza porque lo suyo es algo más que una simple figura. Debe ocupar un lugar privilegiado en nuestra sociedad y en nuestro corazón y se merece un gran homenaje por ser historia viviente.

© María Pilar

03 noviembre 2009

Cumpleaños de Olga


El Principito (fragmento) 
De Antoine de Saint-Exupery 

«Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además ¡mira! ¿Ves allá los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…»  

 © María Pilar

01 noviembre 2009

Día de todos los Santos

Aprovechando el funeral de un vecino del pueblo, había pasado la tapia del cementerio al que no había vuelto desde que su esposa se fue. Su andar, con los brazos caídos y un tanto apesadumbrado, le llevó hasta donde ella estaba. Se quedó de pie a su lado. Su mirada fija parecía repasar el nombre que el cincel había tallado en el mármol de la lápida.

A un lateral, el grupo del nuevo entierro, flores frescas, sepulcro brillante, suspiros y algún llanto ahogado le pasaban desapercibidos.
El enterramiento se alargaba porque se había fundido la losa de mármol junto a su base y los sepultureros se esforzaban para poderla abrir, pero para él todo quedaba anulado y seguía absorto recogiendo en los susurros del viento las voces lejanas de vivencias que les pertenecían solo a ellos dos.

En aquella soledad, con tantas presencias silenciosas, el tiempo pasaba y ya se había quedado solo con su diálogo interior. Un rictus en la cara manifestaba que algo se le movía por dentro, algo que si ascendía y salía al exterior iba a romperse en mil pedazos entre gemidos y llantos. Se movió un poco, recompuso su figura, tomó aire y con un andar firme se dirigió hacia la salida.

La impresión que me produjo esta escena me embargó de emoción y en un día como hoy la quiero compartir con vosotros.