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A un pueblo de La Rioja

Aquellos días había andado atareada con la vendimia, estaba sudorosa, pero satisfecha; todo había salido según sus cálculos.

Cuando se quedó sola después de haber despedido a los temporeros, se acercó a la ventana, protegiéndose los ojos con la mano a modo de visera, y miró al frente para contemplarlo. Allí estaba. El último regalo que le habían hecho sus hijos. Unas lágrimas emocionadas y silenciosas corrieron por sus mejillas. La vida dura del campo la había fortalecido dotándole de un aspecto austero, pero no había mermado ni un ápice su sensibilidad admirable.

Era un día caluroso, sin un soplo de aire que lo suavizase; pese a ello, le pareció que el nuevo regalo ondeaba al suave impulso de una alegre brisa. El sol reverberaba sobre las placas de titanio y parecía hacerlo fermentar irradiando destellos azulados, violetas y rosados propios de un buen vino. Dejó volar la fantasía y siguió extasiada largo rato.

El marco en el que se situaba le era harto conocido. Al fondo, ondulaciones extensas de terreno, hoy más vastas por la perfecta claridad del horizonte, con sus cepas austeras, rojizas, proclamando la recién terminada vendimia, y en las que la inexistente ligera brisa, encendía ramilletes de flores ardientes de luz solar.

Notó una sombra a sus pies. Las horas habían pasado y sabía que su fiel amiga, la Sierra de Cantabria, le avisaba, como siempre desde el comienzo de su existencia, de un nuevo anochecer. Se refugió en su manto y de la mano de ese mundo milenario de raíces profundas, se sintió más segura y se atrevió a hacer un guiño a la modernidad.

© María Pilar

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