31 mayo 2014

Primeras impresiones de Podemos

—Ama, el domingo hay elecciones al parlamento europeo, ¿irás a votar?
—Ya sabes que yo ya cumplí ampliamente con esas obligaciones, así que déjame en paz que hace frío y no voy a salir de casa.
— ¡Pero ama! ¡Así va este país! Mira, te llevo yo en el coche y puedes votar al PP como en la época de aita.
— ¡Cómo quieres que te diga que no!, los tiempos de meter en la urna el sobre que me daba tu padre ya han pasado.
— ¿Y si te traigo yo el sobre? Ya sabes que aita y yo en política nunca estuvimos de acuerdo. El nacionalismo puede ser buena opción porque...
— ¡Te he dicho que no y es no! Con tu padre ya tuve bastante.
¡Jijiji! Sí que hace frío y además llueve, pero con mi bastón en una mano y el paraguas en la otra... poco a poco. ¡Qué tendrá ese joven para sacarme a mí de casa! ¿Mi hijo? qué va, me refiero a ese de la coleta, el que habla tan bien, si hasta ha conseguido que no me quede dormida con la tele encendida. Parecía que estaba viendo una partida de ping-pong de uno contra todos, ¡qué bueno!, él solo era capaz de devolverles la pelota, y vaya pelotazos que los estampaba en la cara.
¡Qué cruzada se ha montado contra el chico de la coleta en este tiempo poselectoral! Ni el mejor culebrón puede superarlo. Ya no sé si es la reencarnación del diablo, el mismísimo Bakunin que se ha dignado visitarnos o un simple muchacho que pasaba por ahí. Los grandes y serios representantes tanto de los poderes políticos como del autoproclamado periodismo independiente y libre, lo califican de ególatra, chavista, bolivariano, populista, demagogo, relacionado con ayatolás,… No se dan cuenta que con tanta descalificación lo están encumbrando a los altares.
Y a mi edad, me han llamado friki por ser de las que se distrae escuchándolo, ¿friki yo? ¡Jajaja! Si, esto me está rejuveneciendo.
© María Pilar

22 mayo 2014

La artista y su obra

Johannes Vermeer
Se estaba haciendo el nudo de la corbata con la concentración requerida cuando se detuvo un momento para decir:
—No voy a volver.
Ella levantó sus grandes ojos ante aquel inmenso espejo que le devolvía su propia imagen tras la de él. Un halo de bondad la envuelve, de bondad y de estar en las nubes. Con la tranquilidad aparente en el rostro aún hermoso, pero con el corazón encogido, siguió haciendo lo que mejor sabía hacer: preocuparse de los pequeños y grandes detalles que lo habían llevado a él a ser un hombre de éxito. Mientras, en silencio iba deletreando su nombre como la que repite un viejo mantra para detener los fantasmas que la asfixiaban. En algún recóndito lugar de su interior quedaron reprimidas las lágrimas que luchaban por salir.
Ya no la buscaba como en sus primeros tiempos cuando quedó fascinado por su belleza, su ternura y su arte pictórico tan reconocido. Ese asumir el papel de mujer perfecta que tanto le había atraído en otro momento, se le hacía insoportable. Ahora era él quien tenía algo que ofrecer y necesitaba un amor diferente.
Si la viera asustada o confundida, insegura o débil por una vez en la vida, se desmoronaría  la tensión entre ellos como un azucarillo en el agua y podría acercarse a ella, abrazarla y no seducirla de nuevo, pero sí despedirse de otra manera. Todo menos ese maldito silencio y esa apariencia resignada. Un gesto apenas perceptible en su rostro, que solo él podía interpretar, manifestaba un “tranquila que volverá, como siempre”.
El portazo se prolongó como un eco martilleándole con sus últimas palabras:
— ¡Hace tiempo que vivo con otra!
© María Pilar