27 junio 2018

Violencia en el baño

Resiste con sus artríticos sonidos esa escalera de la que hoy se ha adueñado el fantasma de la soledad. ¡Ay, si hablase! Vivió su época dorada de besos furtivos y de amores inconfesables de escalera. María, al subir peldaño a peldaño hasta el 3º piso en el que vive sola, la equipara con el fluir de su vida y su memoria. Mentalmente sigue contando los escalones como hacía desde niña, aunque hoy se han vuelto tan pesados que casi no le alcanzan las fuerzas: siete..., diez..., diez más... ya está ante su vivienda.

En los momentos que le afloran sentimientos dolorosos que lleva ocultos entre los pliegues del alma, María busca la compañía del agua, percibir como fluye por su piel hace que se sienta bien. Añade al baño sales de lavanda y se sumerge hasta el cuello cerrando los ojos para disfrutar de uno de los pocos placeres que se da en la vida. Cuando más relajada está, oye un ruido apenas perceptible para sus oídos. ¡Están abriendo la puerta de su casa!

Las pisadas ya suenan por el pasillo. Siente el aliento de alguien que se acerca. Su corazón desbocado le hace encogerse sobre sí misma. A través de la mampara empañada nota que la puerta del baño se abre muy despacio. La tensión se hace irrespirable. Una sombra oscura ocupa aquel húmedo oasis absorbiendo todo el oxígeno. La sombra pasa una mano por el cristal para quitar el vaho. Ese ojo inmóvil que la observa le hiela la sangre. Cuando el hombre abre la mampara, ella, rápidamente, le rocía  los ojos con el aerosol de laca. Al llevarse las manos a la cara, entre los exabruptos que le grita, María escucha un sonido metálico contra el suelo y la hoja del cuchillo le da alas para zafarse de los manotazos que le lanza.

Más tarde regresa acompañada de la vecina del 1º y la policía. La puerta está abierta y el silencio lo inunda todo. Una mancha de sangre va ennegreciendo las baldosas del baño. Allí está él, muerto al golpearse la cabeza contra el lavabo.

© María Pilar
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26 junio 2018

El abuelo


Por detrás de la torre de la iglesia
Reloj anclado en el pasado 
Fuimos siguiendo sus huellas 
Por los senderos cercanos 
Cruzamos el arroyo 
De él íbamos hablando 
Su contar y su hacer 
Entre los dos comentábamos 
Sienes plateadas, bastón en mano 
Como un transeúnte más 
Su sombra a nuestro lado 
Frente a su casa nueva 
Se quedó observando 
El tiempo se detuvo 
Él pasó de largo

15 junio 2018

La flor del rododendro

A pesar de mi timidez, no pasaba desapercibido, al menos no tanto como me hubiera gustado. En el colegio dijeron que lo mío se llamaba dislexia. No era buen estudiante. Demasiado lento. Para hacer algo bien tenía que emplear mucho más tiempo que los demás. En consecuencia, fui un chico perdido en los estudios y me convertí en un muchacho problemático.
Los compañeros me llamaban el Jumeras, por la cogorza que cogí en los carnavales cuando tenía doce años. La chivata de Teresa, cuya cojera era también centro burlas, quiso hacer méritos a mi costa y corrió la voz de que me había visto en el desfile a la altura de la cafetería Río. Allí me rodearon. Eran los cuatro matones de la clase. Se me acercaron riéndose a carcajadas, empezaron a darme empellones y me arrastraron tras las columnas de la Plaza Nueva. Sentí el impulso de abrirme un hueco y escapar. Forcejeé. Pero mientras unos me sujetaban, otros me tiraban del pelo para que mantuviera la cabeza hacia atrás y tragara a borbollones el calimocho que me volcaban en la boca. La garganta empezó a tensárseme y me agarrotaba el cuello. No podía tragar. Me faltaba el aire. Me ahogaba. Llorar habría sido una señal de derrota aún mayor. Cerré los ojos con fuerza e intenté ingerir aquel brebaje.
Mi madre, desconsolada, al ver el estado en el que llegué a casa quiso saber lo que había ocurrido. La vida había empezado a exigirme mentiras para poder vivirla, pero con ella era diferente. Mi silencio la exasperó. Desesperada porque no podía controlarme colgó una raíz de mandrágora en mi cama para que me sanase sin necesidad de pasar por un psiquiátrico.
En la adolescencia, la soledad avivó mi pasión por la papiroflexia. Me gustaban mis barquitos de papel con los que me veía navegando por anchos mares. Cuando iba a la tienda del chino del barrio a comprar papel para mis barcos veía a la hija del dueño al fondo en un cuarto con la puerta semiabierta, estaba concentrada en su móvil. Un día levantó la cabeza y se giró para mirarme de frente, sonrió con dulzura. Mientras construía barcos fantaseaba que éramos amigos y que venía a verme.
Mi tío me contrató en la empresa familiar, comprobé que allí no había ni un solo papel; ordenadores, sí, muchos. Sentado ante el mío, solo veía las espaldas de los otros administrativos mientras en el aire permanecía el sonido persistente de los teclados que trabajaban al servicio de la empresa de mi tío, me asfixiaba. ¡Cómo añoraba un barco para poder sortear aquel naufragio!
Atraído por la belleza de la flor del rododendro que, entre árboles mucho más altos, se desplegaba tras la ventana de manera espectacular; después de darle muchas vueltas, tomé la decisión de meter un barco camuflado en la oficina. Lo guardé en el primer cajón de la mesa de trabajo. Al abrirlo olía a mar y escuchaba el romper del oleaje en los acantilados.
© María Pilar 
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