20 septiembre 2021

El joven librero

Proyecto Bradbury: 
«Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos». (2)

Miró a su mujer como si fuera la primera vez que la veía. Tras un momento de perplejidad, le preguntó titubeando, con desasosiego: 
 —¿Y tú, quién eres? 
 —Soy aquella joven apasionada por la pintura. El amarillo era mi color, por eso pintaba girasoles como Van Gogh. La que sentía predilección por los atardeceres otoñales y las puestas de sol sobre el pantano. La que te contaba historias, de noche, cuando tendidos de espaldas contemplábamos el cielo estrellado. Esa que no quería joyas y se puso una luciérnaga de anillo que producía en mi dedo destellos de luz. La que se despertaba a tu lado echa un ovillo porque tenía pesadillas. La adolescente con trenzas que compraba libros a un joven librero que vestía traje azul. 
 —Vaya —le contestó él—. Ha sido verte y sentir como si lleváramos toda la vida juntos. 
 
«Es cuestión de tiempo que coree mi nombre de nuevo», pensó ella con la fuerza tenaz en la que basaba su propia fe momentáneamente agitada. Esa fuerza con la que acumulaba vivencias para cimentar su desmoronado viaje de vida en pareja, mientras, en la mochila escondía las lágrimas inevitables de cada día. 

Tiempo era lo que le faltaba al anciano librero.

©María Pilar
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13 septiembre 2021

Intemperie

Proyecto Bradbury: 
«Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos». (1)

 Era un mediodía del mes de agosto. Acompañaba a mi hermana mayor a la botica que estaba en otro pueblo, a cuatro kilómetros. En el camino nos topamos con Perico, el burro del vecino, atado por el ronzal a una piedra. Con cautela nos lo llevamos. 
 «Móntate. Yo te ayudo», dijo mi hermana. Me lanzó con tanta fuerza que fui a caer al otro lado. «No creo que sea tan difícil. ¡Agárrate a la crin!», insistió. «¡Venga, arriba!» Me agarré fuerte, pero Perico, con un trote desmañado, acabó conmigo en el suelo. 
 Entonces, con la cabeza gacha y las patas esparrancadas, se negó a dar un paso más. Desesperadas con aquel asno, bajo los ardientes rayos del sol, nuestros pies se arrastraban pesados levantando el polvo del sendero. El campo alrededor, hasta donde la vista nos alcanzaba, se veía encendido de luz, sin una brizna de sombra. En el momento que bajábamos la loma enfrente de la botica, Perico nos adelantó. Despechado con nosotras, iba a trote borriquero y nos hizo correr detrás hasta alcanzarlo. 
 Atardecía cuando regresamos. Vimos al vecino sentado en la piedra donde lo ataba. Bajo la boina negra, su cara era la de un viejo irascible con ganas de golpearnos con la fusta que tenía en la mano. Se levantó renqueante y agarró el ronzal con una sacudida. Se subió a la piedra y montó erguido a Perico, hizo un chasquido y el burro empezó a avanzar a trote ligero orgulloso de llevar a su dueño. 

 © María Pilar 
 (250 palabras)

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