27 junio 2019

El afinador de pianos

La tienda de pianos estaba enfrente de nuestra casa y, por extraño que parezca, era uno de los lugares más silenciosos del barrio. La campanilla de la puerta sonó cuando mi madre y yo entramos. El señor Carrión, con su sempiterno guardapolvo negro sin abotonar a causa de la obesidad, se apresuró a dejar unas partituras en el mostrador y levantó su mirada acuosa por encima de las gafas. Se aclaró la garganta con un carraspeo para preguntarnos con voz atiplada: «¿En qué puedo ayudarlas?»

De toda la vida vecinos, nunca habíamos entrado en contacto hasta ese día que mi madre le alquiló un piano para que yo pudiera dar clases particulares. Y salí convertida en empleada por horas. Él necesitaba una persona en la tienda y yo dinero para mis gastos. Con el caminar torpe de alguien que no está acostumbrado a moverse mucho nos acompañó hasta la puerta. Aunque hombre de pocas palabras, el aparente descuido en el vestir y su hablar pausado reforzaban su aspecto bonachón. Nos despidió con una leve sonrisa de tendero. La mía, en cambio, iba de oreja a oreja. Me sentía tan feliz con mi primer trabajo que lo hubiera abrazado.

El negocio podía ir mucho mejor, pero no hacía nada para modernizarlo. Una cortina corrida separaba el espacio en dos. En un lado, el pequeño local con atiborradas estanterías, la caja registradora del tiempo cuando lo abrió y el escaparate que exhibía un par de pianos con el cartel de «se alquilan». En el otro, la desordenada trastienda que olía a papel viejo con la escalera de caracol para subir a la vivienda. ¡Qué necesario era que un viento fresco se colara por algún resquicio e hiciera de las suyas con sus mofletes de travieso!

Pronto entendí por qué me había contratado: los temblores que padecía en las manos le impedían hacer con precisión los ajustes en las cuerdas por lo que, poco a poco, fue delegando en mí su trabajo de afinador de pianos.

A veces, hablaba algo más de lo normal con gente de su generación. En un corro de murmullos, sus palabras, dichas en tono de confidencias, despertaban la admiración de los otros que se deshacían en elogios. Yo, sin dejar de hacer mi tarea, era toda oídos, sorprendida; asombrada, más bien. Había vacilaciones, silencios, le temblaba la voz, se emocionaba. Le ponía más ímpetu al relato que contaba que a la vida que vivía. De esas conversaciones supe que su hijo era un importante director de orquesta en Alemania. Y por primera vez le vi el brillo de la ilusión en los ojos.

«¡Cómo había cambiado Raúl!», me dije. Con el pánico que tenía de niño a actuar en público. Él, tan callado, dado al ensimismamiento. ¡Si era tan vergonzoso que no se relacionaba con nadie de la clase! Coincidimos en el conservatorio los primeros cursos, después se fue a estudiar fuera. Al principio venía de vez en cuando; más tarde, dejó de hacerlo.

Cuando los conocidos se iban, el señor Carrión volvía a ser el hombre introvertido de mirada temerosa que hacía de la tienda el lugar triste que era. Como si la suerte de su hijo no fuera con él, continuaba la tarea de ordenar carpetas de facturas con aparente laboriosidad y poco provecho.

Una tarde de lluvia, regresé al establecimiento para coger el paraguas que me había dejado olvidado. Cuál fue mi sorpresa al ver un joven desaliñado sentado ante el piano con los cortinones del escaparate corridos. Parecía un desvalido que hubiera encontrado allí un refugio donde guarecerse. Con los ojos cerrados y el leve movimiento de su cuerpo, seguía el ritmo de la melodía que sus manos interpretaban sin llegar a tocar el teclado. Por suerte, no traspasé el marco de la puerta y la campana no sonó.
¡Era Raúl, el hijo del señor Carrión! Completamente calvo, demacrado, con zapatillas de casa. No me cabía la menor duda, era él, con sus hombros encorvados como un pájaro herido y las marcas indelebles que el acné de la adolescencia le había dejado en la cara. Tal vez había estado esperando a que me fuera para bajar. Me evitaba. Evitaba encontrarse con la gente y vivía encerrado arriba.
Su padre no era tan inocente como yo pensaba. ¿Recurría a artimañas, como esa historia de Alemania, para protegerlo o era el fracaso de las expectativas que había puesto en su hijo lo que se negaba a aceptar?
La imagen del corro de amigos en torno a mi jefe pasó por mi cabeza. Ese hablar suyo dejando caer como al descuido palabras acompañadas de gestos, no le pegaba nada. ¿Por qué no me sonó a falso? ¿Por qué no sospeché nunca que aquello era teatro? Tal vez porque, como tenor que había sido, él sí sabía interpretar muy bien una puesta en escena.

Cerré la puerta con cuidado para no hacer el menor ruido. Pensé que la vida era eso, un pálpito de verdad que nos deja perplejos. Me recogí en mi chaqueta y, como una silueta apresurada bajo la lluvia, crucé la calle.

© María Pilar
Relato publicado en el libro Tinta, papel y... acción de ETDO

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08 junio 2019

¿Dónde está Amina?



Hammed y su hijo de doce años, Abdel, viajaron a Marruecos para celebrar el Ramadán en su pueblo con parientes y amigos. Al regresar volvieron con el abuelo. Ocuparía la cama de la hija mayor, Amina. Esta, encantada, dormiría en la alfombra del salón. La presencia del abuelo los había alegrado a todos. Y Amina notaba que su padre parecía más feliz.
—Papá, las notas para la firma. Mira, tres notables y los demás sobresalientes. La tutora me dice que podré empezar Bachiller el próximo curso y que por las buenas notas me darán una beca para materiales y comedor. Así no tendrás que preocuparte.
—Ya podía estudiar tu hermano la mitad que tú, hija. Con dar patadas al balón ya tiene bastante. En cuanto tenga unos años más lo llevo conmigo a la carnicería halal.
— Me esfuerzo para ser profesora y poder volver a nuestro país a enseñar a los niños.
—¿Te gustaría volver al país?
— ¿Por qué no?
—El tío Mounir quiere una foto tuya. Como hace tanto tiempo que no te ve.
—Pues me hago un selfie y se lo mando.
—No, así no. Con un hiyab estarías mejor.
—Papá, siempre me has dicho que era libre de tomar la decisión del hiyab.
—Eso vale para España, hija. En el pueblo es diferente. Tu madre te enseñará a ponerte tanto el hiyab como el Kaftán. Te verás guapísima.
—Pero papá, tanto trabajo para una foto.
—Tu tío quiere casarse contigo. La boda será este verano. Lo he dejado todo arreglado. Has sido una buena hija, trabajadora y responsable. Ahora serás una buena esposa. Eres fuerte, Amina. Yo sé que tú puedes con el peso de la responsabilidad. Ya no eres una niña. El abuelo ha venido para quedarse, es parte del trato, y para nosotros una boca más. La ayuda recibida por tu boda la invertiré en la carnicería. No nos va a venir nada mal ahora que tú no podrás llevarme las cuentas.
Amina no podía dar crédito a las palabras de su padre. Agachó la cabeza, se dio media vuelta y se  ocultó en el baño. Lágrimas silenciosas surcaban su cara de niña morena.
Llegó la noche. Todos dormían. Todos menos ella.
A la mañana siguiente, la alfombra enrollada del salón proclamaba su ausencia.

© María Pilar