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Mostrando entradas de enero, 2010

¿Cuál es el símbolo que identifica a tu pueblo?

Los pueblos tienen marcas que los identifican y a la vez los diferencian de los demás. ¿Cuál es el símbolo que identifica a tu pueblo?  Al mío, su grandiosa iglesia. Es la representación perceptible que lo representa. Está en un alto y para acceder a ella hay que subir una imponente escalera de piedra.  ¿Cuánto tiempo y trabajo costaría levantar esta escalera hace más de cuatro siglos? ¿Cuántos hombres trabajarían en ella? Piedras blancas, brillantes en un principio, a las que el paso del tiempo ha ido dando esa pátina de obra antigua, aunque sólida. ¿Cuántos vientos la han azuzado? ¿Cuántas personas habrán subido y bajado por ella aportando un desgaste con sus pisadas?  Se ensancha en la base y a medida que se estrecha crece el misterioso silencio que imponen los gigantescos muros sagrados. Las cabezas se agachan, las conciencias se avivan. Los danzantes las bailan cuando todo es fiesta. La parca arrastra peldaño a peldaño el pesado silencio de los que se van para no volver. Al

La noche de los tiempos

El autor, Antonio Muñoz Molina, a través de las 958 páginas del libro, nos lleva a ver, oler, oír y palpar de una manera detallista y minuciosa, como pintor de un gran cuadro del arte flamenco, la sociedad madrileña y por extensión la española de los años 1935 – 36.  A la par que vamos viviendo la furtiva historia de amor de su protagonista, en una sintonía intercultural, asistimos a la destrucción de personas de una misma cultura. Esto se va incrementando de forma vertiginosa y cruel, donde todo se les va de las manos. De manera insensata, cantando proclamas de victoria y triunfo inflamadas de odio, se lanzan a los abismos del infierno con el consiguiente caos, dolor y muerte que te llega a lo más íntimo. Después de las cien primeras páginas, el libro me atrapó y no he podido dejar de leerlo, he saboreado el párrafo largo, su discurrir pausado y su cuidada puntuación que yo tanto agradezco. He sentido pisar los escenarios del protagonista aún después de haberlo terminado. © Marí

Fábula sobre perros y gatos

Comenzaba un nuevo día alegre y soleado tras una temporada en que las jornadas se habían sucedido grises y húmedas. En aquella ciudad blanca, solo por algún extraño conjuro, brillaba alguna vez una chispa de luz que le hacía parecer grande y hermosa. Una gata, intrépida y curiosa, salió a la calle feliz, contenta con su juguete nuevo. De pronto, sintió el frío de una sombra que la cubría y se alargaba en una mueca horrible propia de la peor pesadilla. Al levantar la vista, ¡cuál no sería su espanto! Se encontró frente a frente, con dos monstruosas caras de pitbull que prontos a atacar le mostraban sus grandes y feroces dientes. La gata quedó inmóvil, petrificada. Estaba perdida. Movió la cabeza a ambos lados de la calle. Hileras de humanos: hombres y mujeres, con aspecto cadavérico, la observaban con miradas fijas, de ultratumba, sin hacer nada. El montón de despojos en que quedó convertida en un segundo hubiera sido reducido a la nada más absoluta si no fuera porque apareció él.  Un p

¿Por qué escribes?

“Para mí, el mayor placer de la escritura no es el tema que se trate, sino la música que hacen las palabras” Truman Capote ¿Por qué escribes? Me pregunta mi hija.   ¿Por qué escribes? Me pregunto yo.  Porque quiero, me gusta, y siento un impulso interior, una necesidad imperiosa que no me deja tranquila hasta conseguir juntar las palabras con las que liberar mi pensamiento. Por lo tanto, escribo en primer lugar para mí misma, porque me ayuda como efecto catártico a elaborar y expresar reflexiones, a liberar emociones y sentimientos sin la máscara de la ficción, a canalizar mi imaginación y desarrollar mi creatividad, a sorprenderme conmigo misma y transmitir al que me lea mi manera de ver la vida. Así, me voy destapando sin las deliberadas opacidades que con frecuencia se tejen en la conversación oral.  Son momentos y recuerdos vividos con ilusión y los quiero atrapar, otras veces frustraciones y decepciones que parecen menos al escribirlas y pasan al olvido y sobre todo creación i

Día de aniversario

Sí, hoy es nuestro aniversario de bodas. Le digo que no quiero ir a ningún sitio, que me apetece quedarme en casa. Prepararé una comida como a nosotros más nos gusta: entremeses, redondo de ternera asado, puré de patatas, todo ello regado con un buen vino, macedonia de frutas, dulces variados y solo para mí un café negro. Mientras lo ayudo a poner el mantel, le miro las manos enérgicas, tan suaves cuando rozan mi piel; el perfil de su rostro serio y concentrado en lo que está haciendo para que le quede bien, la frente amplia y despejada, los ojos entrecerrados por la necesidad de gafas, la nariz contundente, la boca de finos labios y besos apasionados…  En sus actos transmite quietud, aunque dentro de esa quietud bulla una mente inquieta, activa e incansable, que se manifiesta por cómo frunce el entrecejo. Unos ojos azules como el mar en un día de sol se encuentran con los míos que sienten perderse en el interior de esas aguas. «¿Está todo?», me pregunta. Son estas palabras las que

La italiana Renata

Se llama Renata, estaba cursando segundo de Historia del Arte en la universidad de Florencia. Allí conoció a su novio, Piero, hijo de un industrial de Turín. Lo suyo fue amor a primera vista. Él no pudo resistir sus grandes ojos verdes y su belleza mediterránea. A los dos les gustaba  mucho  viajar. Un día Piero le comunicó que había solicitado una plaza de Erasmus en una universidad de España, en concreto en la facultad de filología de Vitoria (País Vasco). Animó a Renata para que lo acompañase, aunque ella no tuviera beca, contaban con la suya y sus pingües ingresos familiares.   Renata, como era muy inquieta, dedicaba sus horas libres en una ONG por los derechos de los Saharauis, se sentía útil organizando campañas para buscar ayuda para los campamentos de Tinduf. Introdujo a Piero en este mundo para él tan desconocido y al principio se sintió encantado.  Pronto el visado de Renata caducó y al quedarse en España en situación irregular, pasó a formar parte del grupo de extranjeros

La escalera mecánica

Estaba de pie en la escalera mecánica de unos grandes almacenes y no me decidía a dar el paso. Los peldaños, que habían de conducirme a la salida, se precipitaban en su caída y se ocultaban en los abismos de la tierra. Desde arriba, empecé a sentir los rigores del vértigo. Y al vértigo al vacío de otras ocasiones se añadía ahora el de ser atrapada por esa sierra mecánica con su filo dentado. Me quité las gafas para disimular, conté hasta tres, y me lancé a volar. © María Pilar 

Pensamiento rumiante

La salida de la consulta me empequeñece y me aplasta a la vez que la congoja se implanta en mi pecho. Haga lo que haga o esté donde esté siempre mi cabeza está dando vueltas a lo mismo, me siento atrapada y la bola se va acrecentando. Paso como flotando por los asuntos de mi vida diaria. Quiero sacármelo, pero vuelvo al punto de partida una y otra vez. De momento no puedo comentar el hecho con nadie si no quiero mostrarles un torrente de lágrimas que llegaría a inundarme. Para frenar los pensamientos me pongo a hacer una tortilla de patatas con toda mi concentración y ganas. Al cortar la cebolla lo intuyo, lo percibo y abuso de su inhalación. —¿Qué te pasa mamá? —me pregunta entristecida mi pequeña. —Nada, hija, estas cebollas del pueblo son tan auténticas que me hacen llorar. ©María Pilar

Imágenes de Vitoria Nevada

La Vitoria verde lleva tres días cubierta por un manto blanco bajo el que yace una peligrosa placa de hielo. Las previsiones han acertado de pleno. Se han reforzado los albergues utilizados para situaciones de emergencia y se aconseja mantener la calefacción de forma permanente para evitar roturas de tubería por el hielo. Realmente la situación responde a las características del invierno de toda la vida en la ciudad, pero, como los últimos años han sido más suaves, nos pilla desacostumbrados. El paisaje es de foto, el inconveniente es que nos complica bastante la vida.  Miro a través de los cristales de la ventana y me quedo ensimismada viendo cómo cae la nieve sosegada, aunque perseverante. Los edificios de enfrente se ven difuminados tras una cortina movible de copos. La nieve lo uniforma todo y absorbe hasta los sonidos diarios de la ciudad. Un manto blanco la cubre de silencio y quietud.  En la plaza los abetos, magnolios y castaños de indias apenas se diferencian. Unos niños

Vitoria, ciudad verde

Un reciente estudio sobre ciudades ha llegado a la conclusión de que a los vitorianos les falta el orgullo de ciudad. Dice que muy pocos al ser preguntados definen a su ciudad como una ciudad industrial. Es verdad que nunca he oído a un solo vitoriano hablar de su ciudad en ese sentido, para eso ya está la cercana Bilbao; pero cualquiera de ellos reconoce que Vitoria es una ciudad tranquila y verde.  Los vitorianos elogian y valoran el color de su ciudad, el verde que le dan sus parques y jardines bien distribuidos por todos sus barrios. Presumen de color y con fundamento porque es la ciudad a la vanguardia de España en cuanto a espacios verdes, 26,3 metros cuadrados por habitante. (La OMS aconseja entre 10 y 15 metros cuadrados por persona) © María Pilar

El Olentzero no está solo

Días antes de Navidad, de paseo por el parque de Salburúa nos lo encontramos. Estaba sentado en el tronco de un chopo, reponiendo fuerzas para la tarea que le esperaba en el reparto de los regalos la noche del 24 de diciembre. Era el Olentzero, figura inconfundible por estas fechas, con su pipa, su boina y su saco repleto de carbón, castañas y regalos. Hombre grueso que vive aislado de la sociedad, dedicado a hacer carbón vegetal en el bosque y cada invierno baja de las montañas a los pueblos. Se cuela por la chimenea de las casas la noche del 24 de diciembre para dejar, junto al abeto iluminado, los regalos que los niños le han pedido. Otros niños vascos, vecinos de los anteriores, reciben regalos esa misma noche de Papá Noel, regordete e histriónico, vestido de rojo, con barba blanca, botas altas y gorro de armiño. Días más tarde, el cinco de enero, les toca el turno a los Reyes Magos, con sus carrozas, pajes, brillo y fantasía, no hay niño que se les resista. Vienen cargados de r