25 noviembre 2021

Reseña de Casas Vacías de Brenda Navarro

El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, establecido por la ONU en 1981 para concienciar y prevenir la violencia física, sexual, psicológica y económica que se perpetua contra mujeres y niñas todos los días. La fecha coincide con el asesinato de las hermanas Mirabal, quienes realizaban activismo político en República Dominicana.



  
 FICHA TÉCNICA
Título: Casa vacías
Autor: Brenda Navarro
Idioma: Español
Editorial: Kaja Negra, marzo 2018
Género: Novela
Páginas: 164



La portada de la editorial Kaja Negra es muy simbólica. Los gorriones están posados en los cables, todos menos uno. Una mano lo ha cogido. Mientras, un paraguas rojo, abierto, rueda por el suelo. Es el de la mujer que se llevó al niño. 

 Casas vacías es la primera novela de Brenda Navarro. Un libro desgarrador que trata muchos temas. Demasiados, creo, para tan solo 164 páginas. Me quedo con los dos más importantes:  los desaparecidos y la maternidad.

 Un niño de tres años es raptado mientras jugaba en un parque de Ciudad de México. La madre estaba allí, cuidándolo. Mira el móvil y cuando levanta la vista ya no está. 
 A partir de ese hecho, la autora, construye el relato con dos voces muy potentes que se van alternando: la de la madre que perdió a su hijo y la mujer que se lo llevó para criarlo como propio y así tener una familia. Más tarde, a esta le ocurriría la misma desgracia. 

Fluyen los monólogos interiores de las dos mujeres contados en primera persona del pasado. Porque los hechos ya ocurrieron, pero ellas siguen ahí sin poder coser la herida de la culpa que supura. 

 No sabemos sus nombres, algo que he echado en falta por la importancia que tiene, aunque solo sea el hecho de poder nombrarlas. Sí distinguimos perfectamente cuando habla una o la otra. Conocemos la personalidad un tanto atormentada de la madre y el entorno familiar violento de la otra protagonista. Pertenecen a diferentes clases sociales: Las clases sociales no se rozan. O eres blanco o eres rico, no hay matices. Esto se nota en el vocabulario que utilizan. La mujer que se llevó al niño habla con modismos mexicanos y vocablos difíciles de entender si no recurres al diccionario. Por un lado te dicen que le eches ganas, que mejores la raza, que no te quedes pobre, pero si le buscas, te dicen arribista, pinche arribista que te avergüenzas de los tuyos, pero si te quedas en donde dicen que es tu lugar, pues entonces que luego luego se te nota lo india, lo quesadillera, lo verdulera, lo totonaca
 A pesar de ello, o debido a ello, me resultó la más humana, la más auténtica. Te dan ganas de sentarte a su lado y acompañarla en su desamparo. 

 Además de estas dos madres: la biológica y la que quiere serlo sin poder dar a luz un hijo propio, transitan la novela la madre asesinada por su esposo, la malvada y rencorosa que barre el patio, la nacida de un incesto. Todas ellas figuras que podemos encontrar en los medios de comunicación y que en “Casas vacías” adquieren una vida literaria. 

Queda muy cuestionada la maternidad asociada a la felicidad para convertirse realmente en una pesadilla. Y, sobre todo, cuestiona la figura tanto del padre como del esposo. La violencia física, sexual y psicológica sobre la mujer es constante por parte del hombre.
 
 Una parte del relato se desarrolla en España. Es la más floja, parece un tanto forzada, como metida con calzador. Se puede prescindir de ella y la novela no perdería nada de su mensaje.
 
 El final estremece de forma devastadora. Ahí se quedan las dos madres como «dos contenedores viejos que han sido deshabitados para siempre» «¿Llorarán algún día o seguirán guardando las lágrimas como síntoma de negación?» Lo desgarrador de la desaparición de un hijo es que siempre está presente: «¿Cómo atrevernos a llegar al descanso eterno si nuestro hijo no está muerto? Los muertos somos quienes les buscamos, ellos siempre seguirán vivos»
 
©María Pilar

16 noviembre 2021

Para Elisa

Proyecto Bradbury: 
«Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos». (7)

Éramos niñas y estábamos a un paso de comernos el mundo.

 Un día, en la puerta del colegio, alguien entregó a mi amiga Elisa una tarjeta: «Adelgaza sin dejar de comer». Un nuevo médico endocrino se había instalado en Vitoria. 
 
 A Elisa le recetaron una sola pastilla que tenía que tomar antes de las doce horas siguientes, de lo contrario, perdería su eficacia. Y surtió efecto. Perdió dos kilos, después ocho… Al principio, estaba feliz. Y eso que cada vez tenía más hambre y comía más que nunca. Se fue quedando muy flaca. Cayó enferma. No quería ver a nadie. 

 Decía sentir el movimiento de la serpiente que crecía en su interior. Esto le producía tal repugnancia que devolvía sin parar y el dolor intestinal le era insoportable. El tratamiento de bulimia no funcionó, siguió empeorando. El dolor y la frustración hicieron mella en ella. La tristeza se posó en sus ojos para no abandonarlos jamás. 

 En uno de esos vómitos intensos que la ahogaban, su madre vio que le colgaba por la nariz algo viscoso y cuando fue a limpiárselo se metió para dentro como si tuviera vida propia. Alarmada llamó a urgencias.

 La pastilla que había tomado era un huevo congelado de una tenia solitaria. 

 © María Pilar
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Este relato ha sido publicado aquí

02 noviembre 2021

En el camino de regreso

Proyecto Bradbury: 
«Durante un año escribe un cuento corto cada semana. No es posible escribir 52 cuentos malos consecutivos». (6)

 En la basta cocina, la anciana se calienta ante los leños encendidos. Los resplandores del hogar danzan por todo el espacio en un juego de luz y tinieblas. Su cara llamea con el fuego. Con las manos artríticas sostiene el cuenco humeante de leche en el que flotan los trozos de pan. Sorbe tenaz con la boca sin dientes y se limpia el rebosar del líquido por la barbilla con la punta del delantal. 

 De repente, las llamaradas del fogón se silencian. Solo se oye el sonido de unas pisadas que se acercan. La anciana observa una sombra en la ventana, la está espiando. No la estremece. Es alguien a quien hace tiempo espera. 

—Mucho has tardado —le dice con voz resuelta —En un santiamén estoy lista. Mientras, puedes calentarte al fuego y servirte sopa del puchero que borbotea. 

Delgada y encorvada, con pañuelo negro, madreñas y toquilla, se echa un cuévano a la espalda con pan y queso y sale de casa. Da suelta a las siete cabras que tiene en  el redil y, triscando por los senderos a la vez que hace frente al aire cortante de la sierra, sortea riscos hasta llegar a un lugar resguardado con un chozo de pastor. Allí las deja. Espera que pronto pase alguien pastoreando su ganado y se las lleve. 

 En el camino de regreso, se siente sin fuerzas, las piernas se le doblan y el relente del anochecer le entra hasta los huesos. Abatida, desea dejarse caer allí mismo haciendo caso a la voz sagrada de la tierra que la llama, pero sabe que en casa la esperan y ella ha dado su palabra. Con un esfuerzo supremo logra llegar. Remueve las brasas con el badil para ver algo. A medida que su poca vista se adapta a la penumbra, comprueba que la parca, cansada de esperar, se ha ido. 

©María Pilar
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