26 diciembre 2018

Se armó el belén

En el belén no había guirnaldas ni espumillón navideño, pero sí una estrella de purpurina que flotaba sobre un cielo estrellado. Su misión era la de guiar a los Reyes Magos hasta el portal porque los camellos jorobados que los traían no sabían el camino. El niño Jesús en pañales temblaba de frío en el pesebre. La Virgen, sentada a su lado, no se cansaba de mirarlo; en cambio San José, de pie y con las manos en el cayado, parecía ausente. Mientras un ángel desde un árbol hablaba a los pastores que hacían gestos como si fueran a desmayarse, las ovejas bobaliconas seguían pastando en el musgo que todavía estaba fresco. A la joven lavandera la dejamos donde se encontraba siempre: junto a las aguas heladas del río de papel de aluminio. Desde lo alto, el soldado que vigilaba el palacio de cartón pintado del rey Herodes, no le quitaba los ojos de encima. Se había enamorado. Al otro lado del río, apenas dos docenas de casas de pueblo con las luces encendidas y gallinas, conejos y perros por aquí y por allá. Muy cerca, una señora con un cántaro de agua fresca en la cabeza escuchaba el golpear del metal incandescente que el herrero intentaba moldear. Y más adelante percibía el olor del pan crujiente que el panadero hacía en el horno tradicional.

Leire, la pequeña de la casa, lo miraba todo con curiosidad. Tenía solo dos años y se le ocurrió poner a la pareja de Pin y Pon en el sendero de serrín que llevaba al portal. De vez en cuando los acercaba un poco como hacía mamá con los Reyes. Los del belén se mosquearon. No les pareció nada bien y  se armó la marimorena. Decían que eso era una intromisión a su identidad y a su imagen. "¡Fuera! ¡Fuera! Que se vayan a su tierra". Acordaron que un grupo iría a hablar con el rey Herodes para que los expulsase del belén. Herodes, que no se andaba con contemplaciones, ordenó que los cortaran la cabeza.
Retumbaron los tambores y el sueño estrellado se quebró.
Tan solo un gato vagabundo se atrevió a olisquear uno de los zapatitos cercenados.

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29 noviembre 2018

La niña de los tejados - Cuento -

—Mamá, ¿a que no sabes qué he encontrado en internet?
—Ni idea, María.
—Un concurso de la editorial Platea para ilustradores de cuentos. Hay que entregar el proyecto este mes porque van a publicar el libro en navidades. Es todo un reto, mamá, quiero ganarlo.

Por la noche, cuando la casa se llena de silencio, es el mejor momento para María que sueña con esa llamada que le confirma que es la elegida. En pijama y con el pelo recogido se sienta ante el ordenador iluminado por el flexo. Rodeada de pinceles, colores y diseños en aparente desorden, sus ojos castaños se concentran en la destreza de las manos creadoras que persiguen las imágenes que le bullen en la cabeza.

El cuento trata de una niña, Celia, que vive en un pueblo de España. Una tarde sube al desván y por la buhardilla sale al tejado. Al principio le cuesta mantenerse, pero poco a poco, con los brazos abiertos como si fuera a volar, lo logra. Ve el pueblo a vista de pájaro, pasa por chimeneas que duermen la siesta de verano, y de repente, descubre que un niño, con la nariz pegada a un cristal, la está mirando. Lo saluda. Él le da la espalda. Decepcionada comienza a desandar su recorrido cuando oye el crujido de la ventana que se abre. Se gira y ve que con expresión suplicante la invita a entrar. “Sin hacer ruido”, le dice atemorizado. Tiene que pasar las tardes allí solo, así su mamá no se enfada ni se pone enferma por su culpa. Se hacen amigos. Una tarde el niño del ático desaparece. El papel que ondea al viento atrapado en la ventana dice:
“Me llevan a un internado. Volveré el próximo verano. Gracias por ser mi amiga.”


Terminado el trabajo, María, con las manos en la cara, repasa detenidamente los diseños. El niño con ojos tan azules como inocentes; los de Celia, grandes y profundos, son en un primer momento el rasgo que más destaca de su belleza cautivadora. El encierro del pequeño le provoca una cara de enfado que te abofetea. En cambio cuando sonríe sus ojos brillan y se le marcan unos graciosos hoyuelos en las mejillas; parece la risa de una niña a la que le hacen cosquillas. En ese momento uno piensa que la totalidad de Celia radica en su sonrisa.

A María le gusta su trabajo, mucho. Ya puede enviarlo.

Y un día, por fin, llega la llamada que espera.
© María Pilar

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11 noviembre 2018

La caída de la hoja

Empiezo la mañana estrenando las botas de monte que me regaló mi hija hace dos años. Las tenía guardadas. ¿Para qué o para quién? Vaya usted a saber. Oye, son muy cómodas y calentitas. Las he conjuntado con un gorro y una bufanda que he tejido del mismo color, ese color calabaza tan de moda. Anda que si mi Faustino levantara la cabeza, con lo oronda que estoy seguro que me diría: “No me darás calabazas a estas alturas”.

Muy temprano, salgo de casa con el bastón en una mano y el cesto de mimbre en la otra. Crujen las hojas secas bajo la suela de mis botas nuevas, como si las engulleran. Tras dos días de lluvia, la brisa húmeda me trae el peculiar olor a tierra mojada. Hoy un sol tímido comienza a abrirse paso y el paisaje ofrece uno de esos momentos mágicos cuando las gotas de agua suspendidas en las ramas brillan como estrellas que sueñan en silencio. Me seducen y conmueven. Castañas hay muchas, pero tampoco se trata de que llene el cesto que después me pesa como un muerto. Oigo los tiros de los cazadores que silencian la naturaleza. Se ha abierto la veda del jabalí y ya la tenemos buena hasta enero o febrero que se cierra. Cómo echo en falta el acompañamiento de los trinos entre los árboles de otros días.

A dos kilómetros, llego a Ochate, un pueblo abandonado, lleno de leyendas; dicen que está maldito. ¡Tonterías! Dentro del espacio de lo que fue la iglesia, solo queda en pie la torre, me siento a descansar sobre unas piedras del derrumbe. De los troncos musgosos me llega el olor a hongos. Me agacho para recoger “boletus” y “cantharellus”, los que más me gustan, cuando oigo unos pasos. Se acercan. Primero aparece la sombra, de una largura considerable; después, ella. Es una joven muy alta, con una capa negra que le cubre de pies a cabeza. “Un extraño vestir”, me digo, “no es propio de estas tierras”. Pasa de largo, parece que algo urgente le hace acelerar el paso y su única preocupación fuera alcanzarlo con premura.

Siento el impulso de salir a su encuentro. Me contengo. Un segundo después el sonido de un tren irrumpe en el lugar. ¿Un tren por aquí? Miro por encima de matorrales y yerbajos y no oigo más rumor que el del viento, pero... Ahí está, parado. En el último vagón va la mujer de negro, sola. La joven, que ya no me lo parece tanto, de rostro lívido y expresión glacial de ira, es un espectro que me recuerda a... Mejor no pronunciar su nombre. El gesto despiadado le transforma el rostro en una horrible máscara y su mirada de órbitas vacías atrapa el pavor de la mía que no puede esquivarla. Arrebujada en mi parka, no dejo de sentir un frío intenso que me hace castañetear los dientes. Pone una mano gélida sobre el cristal y me aflige una presión insoportable en el hombro izquierdo. ¡Qué espanto! Mi agitada respiración porfía con la asfixia interior. Su dedo índice me señala y oigo mi propio quejido que me dobla con el corazón en tumulto. Me estalla... El tren se pone en marcha de nuevo.

Como si estuviera flotando, me veo espectadora de una representación que quiere hacerme protagonista a mi pesar. Turbada, miro al suelo un momento para ubicarme y veo que las castañas desde el cesto me hacen un guiño con el que consiguen sacarme del ensimismamiento. El aire huele a leña quemada que calienta los hogares.

Los cazadores regresan con la noticia del hallazgo de una señora muerta en las inmediaciones de Ochate. Una víctima más se une a la lista de los casos sin resolver.
© María Pilar
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02 noviembre 2018

La danza macabra

La inesperada visita de sus padres dejó atónita a Deseada. Le dolía su fría mirada y cómo se habían marchado sin dirigirle la palabra. El sentimiento de culpa la embargó y se derrumbó en un baño de lágrimas.
Cuando se enteraron los vecinos no les faltó tema de conversación. «La tuvieron pasados los cuarenta. ¡Qué contentos estaban! Y ahora ni le hablan. No hay quien lo entienda». Otros murmuraban: «Una niña nacida con las malas artes de su madre debe estar embrujada».
La noche de los difuntos, Deseada interpretó con su violín Danse macabre, de Saint-Saëns, con tanto dolor que desgarraba el alma. Veinte terroríficas sonrisas de calabaza y cuarenta ojos parpadeantes vigilaban. Las sombras estremecían, los gatos negros merodeaban y los gemidos de los tilos traían el olor que el miedo transpiraba. Al escuchar las doce campanadas, las amigas se deslizaron de sus camas y descalzas afrontaron temerosas la noche con el temor de ser captadas por los espíritus de los muertos que esa noche salen de sus tumbas. Ante la casa de Deseada cayeron los camisones y a la luz de la luna bailaron la danza de la muerte. Como esqueletos blancos entre grotescas sombras alargadas hacían rondas, corrían, saltaban, chocaban entre sí, se cacheaban; como los espíritus de los muertos que esa noche habían abandonado sus tumbas. De repente, el canto del gallo rompió la magia y corrieron a cubrirse.
—Los efectos del ritual aplacarán los ánimos de tus padres —le dijo Andrea.
—No te tortures más —añadió Clara—.Te quedaste soltera para cuidarlos y va para un año que celebramos los funerales de los dos. Tres curas trajiste y una misa de réquiem cantada.
—A la vista está que no quedaron contentos—dijo afligida Deseada.
—¿Ese gato negro no es el que acompañaba a tu madre en sus prácticas de curandera? —preguntó la ocurrente Celia—. No creo que te convenga su compañía.
—Yo pediría opinión al poeta —habló el sentido práctico de Julia—. Ya sé que tendremos que ingeniárnoslas para sacarlo del ensimismamiento de la lectura de sus libros en los que siempre está enfrascado. Su lenguaje es tan raro porque su madre era inglesa, pero vive aquí desde hace dos años y ya va siendo hora de que hable con alguien del pueblo y, de paso, le regalamos el gato.
El llamado «poeta» había abandonado la City londinense en un intento de proteger su cordura frente a la locura que le achacaron familiares y amigos cuando tomó la decisión de vivir en un pueblo del interior de España.
Al día siguiente, las jóvenes se asomaron con cautela y un tanto curiosas a su casa. Rodeado de libros, estaba absorto en un documento antiguo. Tardó en darse cuenta de la visita. Aturullado por lo embarazoso de la situación, les hizo un gesto para que hablaran.
—¿Por qué no les preguntas qué quieren? —propuso a Deseada. Y observó que la chica por primera vez sonreía al oír sus palabras.
—Una misa en la ermita de La Señora y dos velas blancas—le contestaron los padres a dúo cuando se le aparecieron de nuevo.
La ermita solo se abría una vez al año, el día de la romería en honor de la patrona. Allá se encaminaron de madrugada para recorrer la pedregosa y empinada senda como lo habían hecho sus antepasados.
Con la ermita abarrotada, una señora obesa y acalorada no podía aguantar más de pie e hizo el gesto de sentarse al lado de Deseada.
—¡Ahí está mi padre! —le gritó.
Cuando fue a fijar las posaderas al otro lado:
—¡Que está mi madre! —Tuvieron que intervenir las amigas para sacarla del banco de no muy buenas maneras.
Hubo insultos y reproches. Un confuso rumor de avispero se extendió por la ermita que fue cortado en seco cuando las palabras mágicas resonaron por todo el valle: In nomine Patris…
© María Pilar

29 octubre 2018

El anticuario y la joven Griet

Paisaje de Delf pintado por Vermeer
Sentado junto a la ventana de un bar, al otro lado del agua,  disfrutaba de una Heineken cuando la vi asomarse por la buhardilla de la casa de enfrente. Fue un momento mágico. Un tímido rayo de luz que se colaba entre las nubes amenazantes realzaba su osadía. Era hermosa, mucho; con un halo de misterio.

El exótico turbante azul ultramar que llevaba  potenciaba la belleza de su rostro. Los labios le brillaban con un toque sensual irresistible. Y qué decir de los destellos que desprendía el pendiente que le colgaba del lóbulo izquierdo… Me dejaron obnubilado, a mí, un hombre pragmático, que nunca ha prestado demasiada atención a los sueños de amor. Giró la cabeza hacia el lado en el que me encontraba y nuestras miradas se encontraron: la mía anhelante de información y la suya tan transparente y seductora que lo ocupó todo. Me atrapó en su inmensa profundidad y se paró el tiempo.

Había llegado a Delf, una ciudad a medio camino entre Rotterdam y La Haya, para adquirir unos lotes de piezas de cerámica y esmaltes que tan buena salida tienen en mi tienda de antigüedades de Madrid. Mi idea era abandonar la ciudad una vez hechas las gestiones, pero mi ofuscación por la joven ha hecho que desvíe mi atención de las responsabilidades de anticuario.

Cómo saber si es criada o mujer libre. Amante de Vermeer, dicen. No duermo pensando en ella. Los desvelos me hablan de la felicidad de la pasión que puedo disfrutar a su lado y me sorprendo de la fluidez de mis palabras cuando le juro amor eterno. Alargo la mano para acariciar su tez tan fina y al rozarle con suavidad los labios, todo mi yo se sobrecoge de excitación. Mi agitación se revuelca como un náufrago entre las sábanas. Y día tras día, entre campanadas matutinas,  la ansiedad me lleva, cual perturbado, al bar donde paso las horas mirando la ventana.

Para conseguir información he recurrido a mi fiel criado Ferucci al que he entregado una buena bolsa para hacer indagaciones. Se desenvuelve entre la gente de su nivel como pez en el agua y en pocos días ha conseguido entablar conversación con Agnes, la cocinera que lleva años sirviendo en la casa. Es discreta, me dice, se debe a los que le pagan. Me comenta que hace unos postres de mantequilla para chuparse los dedos. Con lo mujeriego que es, me imagino que los habrá probado, los postres y algo más.

La dueña de la casa, ¡maldita sea!, le ha arrancado la perla rasgándole el lóbulo de la oreja y la ha echado de su casa de muy malas maneras. Agnes y Ferucci se han preocupado de esconderla en una despensa hasta el anochecer. Salen con sigilo por una puerta trasera ante la que espero con impaciencia. La brisa fresca que sopla esparce el aroma de los tulipanes que tanto me recuerda al de las nueces de mi tierra. Las sombras aumentan, pero puedo escudriñar la imagen de una joven criada, parece extraviada y sola.

Sonrío. Bien sé yo que mi ojo de anticuario no me engaña. ¡Cuántos tesoros he conseguido a un precio tirado porque la gente piensa que son trastos cargados de mugre! Le cedo mi brazo para que se agarre. Al tocarme noto que su mano tiembla. Toda ella tiembla. Como no soy de requiebros galantes, me intereso por su nombre. Con un hilo de voz responde: “Griet”. Percibo que echa una ojeada a la buhardilla que está completamente cerrada. Al darse cuenta de mi observación, confusa añade: “Él fue el que me pidió que mirara por la ventana aquel día gris de invierno”. La atraigo hacia mí para que sienta mi cálida acogida y nos vamos cogidos del brazo. Agnes y Ferucci nos están mirando, intuyo que este último está negando con la cabeza. No logra entender.

Ahora que la he encontrado la mantendré bien guardada como a mi joya más preciada. Nadie podrá ver más allá de la tapia de mi residencia. Abriré una ventana igual que la holandesa en mi palacio de Madrid y todas las tardes me sentaré en un banco del jardín y la contemplaré con el turbante lapislázuli y el pendiente de perla.
© María Pilar
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14 octubre 2018

Crecen en silencio, las niñas

Las niñas susurran entre ellas palabras calladas, y con sus vestidos de niñas miran al infinito donde tejen sueños que crecen de día en día. La madre las observa y calla. Se ríen de manera alborotada y lo contagian todo con su frescura. Cogen a su madre para enseñarle los pasos del baile de moda y como es una patosa se parten de risa e inundan hasta el último rincón de la casa con su jarana y música pachanguera. 

Hay momentos en que las risas se tornan lágrimas, que se derraman en un mar de desconsuelo. Amores adolescentes que creían eternos. La madre tiene ganas de estrujar al verdugo causante de tanto desconsuelo; en cambio, le quita hierro al asunto mientras espera que llegue su aliado, el tiempo. 

Ya no se ponen los zapatos de tacón de mamá ni se pintan con su barra de labios. Las niñas coquetean con el tiempo. Ahora sacan sus zapatos nuevos, de carmín pintan sus anhelos y no es a mamá a la que ven en el espejo. Aunque ellas aún no lo saben, qué bien comprende la madre lo que significa todo eso. Las contempla con orgullo, y con el temor de madre les abre la puerta. Le dicen como siempre: hasta luego, mamá. Y siente en la mejilla el roce cálido de un beso. Feliz les da ese achuchón que esperan de niñas, aunque ya no lo sean. 

Un día el padre se emociona al verlas y cree que es el único en darse cuenta: ¿te has fijado en lo guapas que están nuestras hijas? La madre se hace la sorprendida. Oculta el secreto de su infancia y adolescencia que con nostalgia ha revivido a través de ellas. Las mira con una sonrisa cómplice y le dice lo que esperan que diga: son tan solo unas niñas.

12 octubre 2018

Sentimiento de culpa

Imagen de internet
Le di una bofetada a mi hija. El que me contestara de tan malas maneras hizo que me encolerizara. Mis dedos habían quedado tatuados enrojeciendo su cara. Me quemaba la mano. Me pesaba en el alma. Rompí el silencio con palabras imprecisas de perdón y arrepentimiento. Quise cobijarla, abrazarla, como cuando era pequeña y que tanto le gustaba. "Déjalo ya, mamá", me dijo con los ojos húmedos sin derramar una lágrima. Lloraba hacia dentro y mi alma de madre se quebró al ver el dolor de la decepción en su mirada. Se dio media vuelta y, se alejó de mí. En mi interior la frustración aullaba.
De puntillas y con el corazón encogido me acerqué a su habitación. Escuché un silencio tenso. No me atreví a rozar la puerta, a pedirle: "hablemos", por no enojarla más, por lo mucho que la quiero.

Sigo disimulando el dolor que me quema por dentro porque sin ella mi vida ya no es mi vida y empiezo cada mañana con esa esperanza inconformista de que se vuelvan a encontrar nuestras miradas de madre e hija.

Sé que no me lo perdona. Y yo tampoco.
© María Pilar
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08 octubre 2018

Cuando uno dice blanco, el otro... blaugrana

Va a ser un día complicado, se dijo Aurora al despertar pensando en que se jugaba el Clásico. Su preocupación eran sus hijos Raúl y David. Cuando nacieron todo fue caos en su entorno y nadie, excepto ella, se fijó en los ojos tan abiertos con los que se observaban sin pestañear. Aunque le decían que los recién nacidos no ven, esa mirada gélida de un gris opaco fue el presagio que acabó con sus sueños de madre. 

La crueldad sistemática entre los hermanos confirmó sus sospechas. Parecían dos gatos en continua pelea. Si uno necesitaba luz, el otro oscuridad; si uno quería dormir, el otro berreaba y si uno decía blanco el otro… blaugrana. Era un sinvivir que a ella le tenía agotaba.

—Os vamos a machacar —decía Raúl con la camiseta blanca.
—¡Qué dices, idiota! Hoy comeréis el barro bajo nuestras botas.
—De idiota nada, mamón. 
¡Pum! Arrojó un derechazo al ojo de su hermano.
—Te arrancaré la nariz, imbécil. —Y el zurdazo lo dejó sangrando.
—¡Ay!, me ha mordido.
—¡Basta! —gritó Aurora tratando de sujetarles los brazos mientras sus ojos se velaban de lágrimas—. Me tenéis harta, harta y muy cansada.
—El idiota ha hecho llorar otra vez a mamá.
—¿Qué he dicho? —Atajó la madre imponiendo silencio con el dedo índice en los labios. 

Recorrió el campo de batalla con el botiquín de primeros auxilios: un tapón en la nariz de David; hielo para el ojo amoratado de Raúl que se iba cerrando como cerrada tenía la mano izquierda apretando los pelos que había arrancado a su hermano. Cuando acabó, fijó la mano derecha de David a la silla con esparadrapo y lo mismo hizo con la izquierda de Raúl.
—Así estaréis hasta que mañana llamen del hospital donde os van a operar para  separaros.
La palabra mañana fue el resorte que los afectó por igual.
Mañana era ya, después de hoy. Ambos querían hablar, pero se embrollaban. Por primera vez los dos se balanceaban acompasados con las cabezas bajas.
—Mamá… —dijo David completamente demudado. Algo lo ahogaba y no pudo seguir.
—¿Nos harán mucho daño? —Terminó Raúl con voz temblorosa.
—Cariños. —Los abrazó emocionada. Nunca los había visto tan frágiles y necesitados—. Yo estaré siempre con vosotros y no consentiré que os hagan daño. 

©María Pilar
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La musa de la escritura

Hoy hace un año que te fuiste…
Digo a gritos que no te necesito, que ojalá no vuelvas.
Miente mi orgullo para cubrir el dolor de mi impotencia. Ya sabes que mi cabeza es un cóctel de ideas encontradas, letras sueltas y sensaciones indefinidas. Qué diferencia con las composiciones escritas a golpe de vértigo, las notas de recuerdos con ilusión vividos, la actividad nerviosa, el febril pensamiento desbocado, todo un mundo que se diluía en la página en blanco.


Mi imaginación no se resigna a esta inactividad actual y sigue alimentándome: me trae el choque de olas acunando a otros muchos en sus aguas, el espectáculo de un gnomo sibilino junto a una princesa destronada, un bello alfiler ensangrentado en el escenario de una explosión en Yakarta, hasta me tienta con el aroma de la riquísima sopa de la abuela.


Miro tu hermética bola de cristal donde encierras la energía en un tiempo y un espacio diferente al que reclama el reloj para sí mismo. Te miro y tu fulgor me deslumbra y pienso si será hoy el día de tu regreso para que diluyas la gama de grises dominantes con tu soplo de aire fresco.
Mientras te espero, me siento perdida en un laberinto sin fin ni comienzo. Veo tus destellos y deseo que alguno se detenga en mí e ilumine esas huellas que marcaron en mi mente tu presencia en otros tiempos.
A ti, que bulles en ideas, que llevas el ritmo de las emociones y fabulaciones, que alimentas a tantos con tu magia, te espero vigilante calzada con los zapatos de la imaginación sin dar pábulo a otras voces que, cuando estás en horas bajas. te prometen cómodos puentes para aligerar la travesía del desierto.
©María Pilar

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31 julio 2018

La casa vieja

Cuando todos os vais
Me quedo sola, deshabitada
Cobijo de tantas historias
En mis muros tatuadas
Lloran hacia adentro
Me inundan el alma
Tejados de teja hispana
Agónico crujido en sombras
Me desmorona y desarma.
Hoy he vuelto a renacer
Al sentir tus pisadas
Pardales de marzo primaveral
Revolotean en mi ventana
Qué sosiego volver a verte
Abrazándome con tu mirada
Vencido por el tiempo
Vienes a quedarte
Esta siempre fue tu casa
© María Pilar

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13 julio 2018

Las cinco hermanas

Antes del amanecer, cuando los gallos aún dormían, un hermano lego del monasterio de San Millán de la Cogolla oyó un balbuceo de bebé. Ávido por saber qué era aquello, siguió aquel sonido y lo llevó a un bulto que se movía envuelto en una manta de arpillera. Eran cinco niñas recién nacidas que alguien había dejado abandonadas en la puerta. Se dejó llevar por su intuición de protección y las introdujo en el convento sin pensar que las mujeres lo tenían prohibido. “En el chamizo de la huerta, junto a la chimenea, estarán calentitas”, se dijo. Ordeñó una vaca con las manos y empapó un trozo de tela en la leche diluida en agua que les fue dando a chupar a las criaturas.
El secreto era difícil de guardar por lo que muy pronto la comunidad entera estaba alborotada con la noticia. Todos los monjes corrieron a verlas y entre exclamaciones se santiguaban. Sus caras adustas y serias se suavizaban y sonreían por la ternura que les inspiraban, aunque sus palabras contradecían esa expresión al hablar con el sentido de la responsabilidad: había que buscar una solución para sacarlas de allí, darlas en adopción o entregarlas a las autoridades; pero lo primero de todo, cristianizarlas. Parcos en palabras, las llamaron: a, e, i, o, u. El amanuense glosó el hecho en el margen de un libro.
Pasó el tiempo y, por alguna razón, siguieron en el monasterio de aquel hermoso valle rodeado de bosques y tierras de labranza. La “a”, minúscula como sus hermanas, tenía un rostro francamente bonito con el pelo recogido en una cola, creció muy responsable, la que más, sobre todo de la traviesa “e” que jugaba al travestismo y le gustaba cambiar su posición física para parecer un 9. La “i”, fina y presumida, caminaba erguida con su punto de distinción. La “o” era tímida y miedosa y la “u” la asustaba todo el tiempo con su grito de guerra: "¡uuuhhh!", hasta que la hacía llorar.
Un día llegó al monasterio un notario que les traía el testamento de su padre, un noble muy rico que hablaba latín y que había fallecido en Roma. Les nombraba herederas de sus bienes. Tan solo la villa que tenía en Corfú se la dejaba a su otra hija natural nacida de un amor de juventud. Era una joven muy acogedora y equilibrista, caminaba erguida con una sola pierna, se la conocia como la “i griega”.
© María Pilar 
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27 junio 2018

Violencia en el baño

Resiste con sus artríticos sonidos esa escalera de la que hoy se ha adueñado el fantasma de la soledad. ¡Ay, si hablase! Vivió su época dorada de besos furtivos y de amores inconfesables de escalera. María, al subir peldaño a peldaño hasta el 3º piso en el que vive sola, la equipara con el fluir de su vida y su memoria. Mentalmente sigue contando los escalones como hacía desde niña, aunque hoy se han vuelto tan pesados que casi no le alcanzan las fuerzas: siete..., diez..., diez más... ya está ante su vivienda.

En los momentos que le afloran sentimientos dolorosos que lleva ocultos entre los pliegues del alma, María busca la compañía del agua, percibir como fluye por su piel hace que se sienta bien. Añade al baño sales de lavanda y se sumerge hasta el cuello cerrando los ojos para disfrutar de uno de los pocos placeres que se da en la vida. Cuando más relajada está, oye un ruido apenas perceptible para sus oídos. ¡Están abriendo la puerta de su casa!

Las pisadas ya suenan por el pasillo. Siente el aliento de alguien que se acerca. Su corazón desbocado le hace encogerse sobre sí misma. A través de la mampara empañada nota que la puerta del baño se abre muy despacio. La tensión se hace irrespirable. Una sombra oscura ocupa aquel húmedo oasis absorbiendo todo el oxígeno. La sombra pasa una mano por el cristal para quitar el vaho. Ese ojo inmóvil que la observa le hiela la sangre. Cuando el hombre abre la mampara, ella, rápidamente, le rocía  los ojos con el aerosol de laca. Al llevarse las manos a la cara, entre los exabruptos que le grita, María escucha un sonido metálico contra el suelo y la hoja del cuchillo le da alas para zafarse de los manotazos que le lanza.

Más tarde regresa acompañada de la vecina del 1º y la policía. La puerta está abierta y el silencio lo inunda todo. Una mancha de sangre va ennegreciendo las baldosas del baño. Allí está él, muerto al golpearse la cabeza contra el lavabo.

© María Pilar
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26 junio 2018

El abuelo


Por detrás de la torre de la iglesia
Reloj anclado en el pasado 
Fuimos siguiendo sus huellas 
Por los senderos cercanos 
Cruzamos el arroyo 
De él íbamos hablando 
Su contar y su hacer 
Entre los dos comentábamos 
Sienes plateadas, bastón en mano 
Como un transeúnte más 
Su sombra a nuestro lado 
Frente a su casa nueva 
Se quedó observando 
El tiempo se detuvo 
Él pasó de largo

15 junio 2018

La flor del rododendro

A pesar de mi timidez, no pasaba desapercibido, al menos no tanto como me hubiera gustado. En el colegio dijeron que lo mío se llamaba dislexia. No era buen estudiante. Demasiado lento. Para hacer algo bien tenía que emplear mucho más tiempo que los demás. En consecuencia, fui un chico perdido en los estudios y me convertí en un muchacho problemático.
Los compañeros me llamaban el Jumeras, por la cogorza que cogí en los carnavales cuando tenía doce años. La chivata de Teresa, cuya cojera era también centro burlas, quiso hacer méritos a mi costa y corrió la voz de que me había visto en el desfile a la altura de la cafetería Río. Allí me rodearon. Eran los cuatro matones de la clase. Se me acercaron riéndose a carcajadas, empezaron a darme empellones y me arrastraron tras las columnas de la Plaza Nueva. Sentí el impulso de abrirme un hueco y escapar. Forcejeé. Pero mientras unos me sujetaban, otros me tiraban del pelo para que mantuviera la cabeza hacia atrás y tragara a borbollones el calimocho que me volcaban en la boca. La garganta empezó a tensárseme y me agarrotaba el cuello. No podía tragar. Me faltaba el aire. Me ahogaba. Llorar habría sido una señal de derrota aún mayor. Cerré los ojos con fuerza e intenté ingerir aquel brebaje.
Mi madre, desconsolada, al ver el estado en el que llegué a casa quiso saber lo que había ocurrido. La vida había empezado a exigirme mentiras para poder vivirla, pero con ella era diferente. Mi silencio la exasperó. Desesperada porque no podía controlarme colgó una raíz de mandrágora en mi cama para que me sanase sin necesidad de pasar por un psiquiátrico.
En la adolescencia, la soledad avivó mi pasión por la papiroflexia. Me gustaban mis barquitos de papel con los que me veía navegando por anchos mares. Cuando iba a la tienda del chino del barrio a comprar papel para mis barcos veía a la hija del dueño al fondo en un cuarto con la puerta semiabierta, estaba concentrada en su móvil. Un día levantó la cabeza y se giró para mirarme de frente, sonrió con dulzura. Mientras construía barcos fantaseaba que éramos amigos y que venía a verme.
Mi tío me contrató en la empresa familiar, comprobé que allí no había ni un solo papel; ordenadores, sí, muchos. Sentado ante el mío, solo veía las espaldas de los otros administrativos mientras en el aire permanecía el sonido persistente de los teclados que trabajaban al servicio de la empresa de mi tío, me asfixiaba. ¡Cómo añoraba un barco para poder sortear aquel naufragio!
Atraído por la belleza de la flor del rododendro que, entre árboles mucho más altos, se desplegaba tras la ventana de manera espectacular; después de darle muchas vueltas, tomé la decisión de meter un barco camuflado en la oficina. Lo guardé en el primer cajón de la mesa de trabajo. Al abrirlo olía a mar y escuchaba el romper del oleaje en los acantilados.
© María Pilar 
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11 mayo 2018

El afinador de pianos -microrrelato-

La tienda de pianos estaba enfrente de nuestra casa y por extraño que parezca era uno de los lugares más silenciosos del barrio. La campanilla de la puerta sonó cuando entramos mi madre y yo. El dueño, señor Carrión, con su sempiterno guardapolvo negro sin abotonar a causa de su obesidad, se apresuró a dejar unas partituras y levantó la mirada para fijar sus ojos en nosotras por encima de las gafas. De toda la vida vecinos, nunca habíamos entrado en contacto hasta ese día que mi madre le alquiló mi primer piano. Y salí convertida en empleada por horas. El señor Carrión necesitaba una chica y yo dinero para mis gastos.
El negocio podía ir mucho mejor, pero no hacía nada para modernizarlo. Una cortina corrida separaba en dos el espacio: en un lado, el mostrador y el rincón donde exhibía algún piano; y en el otro, el desordenado almacén con una escalera que subía a la vivienda. Pronto entendí por qué me había contratado: padecía temblores en las manos y poco a poco ocupé su lugar como afinadora de pianos.
A veces, el señor Carrión hablaba algo más de lo normal con gente de su generación. De esas conversaciones supe que su hijo era un importante director de orquesta en Alemania. "Cómo había cambiado", me dije. Con el pánico que tenía de niño a actuar en público. Coincidimos en el conservatorio los primeros años, después se fue a estudiar fuera. Al principio venía de vez en cuando; más tarde, dejó de hacerlo.
Un día que llovía, volví por el paraguas que me había olvidado y vi a un joven desaliñado ante el piano. Con los ojos cerrados y el leve movimiento de su cuerpo, simulaba seguir el ritmo de la melodía que sus manos interpretaban sin llegar a tocar el teclado. Por suerte no traspasé el marco de la puerta y la campana no sonó.
¡Era Raúl, el hijo del señor Carrión! Completamente calvo, demacrado, con zapatillas de casa... No me cabía la menor duda, era él, cargado de hombros y con las marcas indelebles que el acné de la adolescencia le había dejado en la cara. Tenía que haber bajado de la vivienda en cuanto yo había salido. Tal vez había estado esperando tras la cortina del almacén a que me fuera. Me evitaba. Evitaba encontrarse con la gente y su padre lo protegía inventándose la historia de Alemania. Cerré la puerta con cuidado para no hacer el menor ruido, me di la vuelta y atravesé la calle bajo la lluvia.

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06 mayo 2018

Día de la madre

Anoche me preguntaste: «¿Qué es la felicidad, mamá?» Con esa pregunta avivaste en mí recuerdos imposibles de olvidar.
Mira, hija, también yo fui adolescente un día y también, como tú, lo cuestionaba todo. ¿Cómo encontrar la felicidad en un mundo tan injusto? A pesar de todo la perseguía, pero como una mariposa difícil de atrapar se posaba en algún lugar inalcanzable para mí. Por eso ahora te insisto tanto que la felicidad no es una meta, que es una opción de vida, una manera de andar por el mundo que nos ayuda a dar sentido a lo que nos ocurre y a disfrutar de las pequeñas cosas.
Solo a veces experimentamos lo que es tocar la felicidad con los dedos y para mí, el primer encuentro contigo fue uno de esos momentos mágicos.
Nunca olvidaré el instante en el que te vi, más bien, en el que oí tu corazón por primera vez. Tenías tan solo cinco semanas. Eras tan diminuta que parecía imposible verte con los ojos, pero ahí estaba latiendo rapidísimo, una luz enérgica que parpadeaba en el centro de la ecografía; me encandiló. Entre sístoles y diástoles oía tu voz que me llamaba: mamá, mamá. Y toda esa ternura que brotó de pronto me inundó los ojos de lágrimas. Te aferrabas a mí con unas ganas locas por vivir y yo me aferré a ti. Sí, me aferré a ti porque en tu pequeñez descubrí emocionada la fuerza necesaria para adaptarme a la nueva vida. Y allí se selló esta unión entre las dos, el nexo más fuerte que puede darse entre los seres humanos y que dura de por vida.
Al salir de la consulta me sentía ingrávida, como flotando. Aún estaba envuelta en la experiencia que acababa de vivir cuando la mirada temblorosa de tu padre se encontró con el brillo especial de la mía. No necesité decirle nada. Lo leyó en mi cara radiante de felicidad. Sin tiempo para recuperar el aliento, sus brazos me atrajeron y nos fundimos en un inmenso abrazo. Fue el primer abrazo que nos dábamos conscientes los tres.
Y sonreímos de felicidad por y para ti.

¡Feliz día de la madre!
© María Pilar
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03 mayo 2018

En manos del destino

Hoy hace un año me dejaron tetrapléjico en esta cama del hospital de Toledo.
Había llamado a la mejor amiga de mi mujer:
—Hola, Isabel, ¿puede ponerse Blanca?
—¿Blanca? ¿Pasa algo?
—No, nada. Quería ponerme la americana gris marengo y tal vez la ha llevado a la tintorería. Como me dijo que iba a pasar la noche contigo… por lo de tu madre. A propósito, ¿qué tal está?
—Mi madre…, ya sabes…, achaques de la edad. Bueno…, Blanca se ha quedado dormida. Estaba muy cansada. En cuanto se despierte le digo que has llamado.
Era noche de sábado. Salí a tomarme una copa.
Caminaba entre el tumulto por las estrechas calles del Casco Viejo de mi ciudad cuando creí reconocer a mi mujer en una de las parejas que se hacían arrumacos. Me apresuré, pero le perdí la pista entre la aglomeración de gente que inunda esas calles los fines de semana. «Cosas de la imaginación», me dije.
De regreso a casa, en la solitaria zona del ensanche donde había dejado mi automóvil aparcado, aceleré el paso porque había notado que alguien me seguía. Cambié de acera, mi sombra hizo lo mismo. En el momento que intentaba abrir la puerta del coche, un fuerte golpe en la cabeza con un objeto contundente me hizo caer desplomado en la calzada. Allí tirado sentí que la cabeza me estallaba, todo me daba vueltas y la sangre se abría paso por mi cara. Percibí una bocanada de olor a pescado podrido de los contenedores cercanos. Unos pasos rompieron el silencio antes de detenerse sobre mí. Alguien hurgaba en el bolsillo interior de mi americana y se llevaba la cartera con mi dinero y la documentación. En vez de seguir en el suelo como me pedía el cuerpo, hice un esfuerzo sobrehumano por levantarme para enfrentarme al tipo que me estaba atracando. Aturdido intenté que mi vista se adaptara a la penumbra en la que estaba sumergida aquella parte de la ciudad a consecuencia de la la poca iluminación por la crisis económica y, atónito, me encontré con los ojos de mi amigo y compañero de trabajo. De pie frente a mí, me miraba con la expresión de un odio feroz cuando siempre me había halagado por el éxito que había alcanzado en la vida. Fue la voz de mi mujer la que, a sus espaldas, protegida por la oscuridad, dijo: «Ramiro, te ha conocido».
—Espera que será la última cara que vea en su vida.
© María Pilar

30 marzo 2018

Mi pueblo

Siempre decía que mi pueblo sintonizaba con mi presencia. Que cada vez que venía, el viento me acogía con un cálido abrazo y me contaba todas las historias que habían ocurrido en mi ausencia. Defendía que las ciudades cambiaban, pero que los pueblos permanecían. La verdad era que la imagen que durante tanto tiempo había guardado en mi memoria del lugar que me había visto nacer, no coincidía con la que me encontraba cada vez que lo visitaba. Algo me sobraba por aquí o me faltaba por allá. Imposible acoplar las líneas que conformaban el pueblo de mis recuerdos con el que tenía delante. Era, sí, pero… ¡Cuánto había cambiado! ¿Y yo? Apenas un niño cuando me fui. Acaso no había oído a mi paso murmullos preguntando: ¿Y ese quién es? Temía tanto convertirme en un proscrito y no ser de aquí ni del lugar al que mi familia había emigrado hacía ya tantos años...
Hoy los contornos coinciden perfectamente, se ensamblan tan bien que no puedo menos que sonreír al contemplarlo. Celebro el encuentro con el pueblo que tanto he buscado. Se respira sano, aire limpio bajo un cielo azul, con el aroma primaveral de los lugares donde se dan plantas aromáticas.
—¿Pero dónde te habías metido en todo este tiempo que te he buscado? —le pregunto— Ahora que te he encontrado me quedaré aquí contigo para siempre. Ya nunca me iré.
En mi paseo subo la pequeña colina del cementerio. Desde allí miro hacia atrás para contemplar una de las mejores vistas de todo el pueblo: pequeño, acogedor, encajado en el valle con sus casas alineadas y arropado por el color verde brillante de sus campos inconfundible de la primavera. (Mi pueblo cambia de color con las cuatro estaciones del año. Las casas no, las casas permanecen; pero participan de su entorno y eso les hace más luminosas y alegres o más apagadas y tristes).
La pesada puerta de hierro que custodia el camposanto está abierta. Un grupo doliente arropa un panteón. Desconsolados lloran la pérdida de un ser querido. El tiempo se detiene y la vida se vuelve silencio porque el muerto, soy yo.



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16 marzo 2018

Su vida con un perro fue más feliz

Solo el conticinio aplacó el nerviosismo de las niñas envolviéndolas en un apacible descanso. El abuelo, defensor recalcitrante de los perros abandonados, nos había convencido y al día siguiente teníamos la cita para realizar la adopción. Con el fulgor de un sol calcinante, salimos hacia el centro de acogida en la gandola sin remolque. Pronto empezamos a cantar: “Una sardina, dos sardinas…”
Ya lo habíamos visto en la visita anterior: "Un cachorro mezcla de Golden con hermoso pelaje dorado que despedía destellos flamígeros".
Cuando llegamos estaba solo, una bolita peluda, un tanto triste, en un montón de arena dentro de su espacio vallado. Levantó la cabeza al vernos. El abuelo, se acercó y le habló con cariño. Se lo fue ganando poco a poco. Al principio temblaba; pero pronto, una luz radiante iluminó sus ojos y empezó a dar saltos de alegría como si entendiera que habíamos ido a buscarlo. Nos contagió la risa.  De una pequeña maleta que llevaba sacó un peine especial que facilitaba el cepillado y él, zalamero y juguetón, lo agradeció subiéndose con sus patas delanteras por el pantalón del que ya consideraba su dueño.
El apocalipsis se hizo presente en la entrevista con la joven directora del centro de adopción.
— ¿Quién lo va a cuidar?
—Mientras trabajamos y las niñas están en el colegio, el abuelo.
—¿Cómo? ¡Si es un señor mayor! ¿Y qué lugar de la casa va a ocupar?
—Le hemos preparado una caseta en el jardín.
—¡En una caseta! ¡Un miembro más de la familia! Eso sí que no lo consiento. Para que se muera de frío. Aquí no hay cultura de cómo tratar a los animales. Tienen que aprender de las personas extranjeras, ellas vienen hasta aquí para adoptar a su perro y saben cómo tratarlo.
Con una palidez que contrastaba con el arrebol de la tarde, ante la falta de cordura de la directora me dijo: "Vámonos". Y lo vi alejarse para ocultar una lágrima furtiva que se le escapaba. El cachorro también se refugió en un rincón para llorar su pena. Las copas de ambrosía tendrían que esperar para ser libadas. No teníamos nada que celebrar.
Entonces, lo vimos salir corriendo tras él. Empujó con la cabeza la maleta que llevaba en la mano, cayó al suelo y se abrió. Se coló dentro. Se puso travieso y peleón frente a la directora que quería cogerlo. Le mordió una mano cuando estaba regañándolo.
Claudicó.
Nos lo llevamos.
© María Pilar 
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12 marzo 2018

Gabriel

Me gusta tu mirada picarona, las sonrisas que siembras
De “pescaítos” de colores el mundo que sueñas
Donde no hay pérfidas madrastras de niñas buenas

Me gusta escuchar tu voz, participar de tu contento
El roce de tu mano, tus abrazos en mis sueños
El fragor de tus luminosas alas alzando el vuelo

Me gusta tu bufanda azul, dormir en tu almohada
Saberte libre en el océano, sin pozos ni cavernas
En el ruido de la caracola, camuflado tras la palmera

Me gusta perderme en tu sur de Las Negras
Dialogar en silencio, pintar tu nombre en la arena
Gritarlo al viento y sentirte muy cerca.

Me gusta cuando me miras con tu candor e inocencia
En un mar de girasoles la más brillante estrella
Aprender a andar de nuevo porque tengo tu fuerza

© María Pilar 


02 marzo 2018

Me llamaban Libertad

Hacía cuatro meses que se habían celebrado las pompas fúnebres del dictador Franco con tanta repercusión mediática que habían paralizado el país. Y dos meses que malvivíamos con la ciudad paralizada por la mayor huelga de su historia. Los precios subían, los impuestos subían y los flacos salarios se estancaban. Eran días tristes en Vitoria con grandes tensiones que ocasionaban los ya dos meses sin cobrar. Las tiendas cerradas, rebuscadores en la basura, se liquidaban las cajas de resistencia y la intransigencia patronal se mostraba inamovible. Las manifestaciones obreras llenaban las calles demandando mejoras salariales con el aliento frío de los antidisturbios en la nuca. Se olía el miedo.
—¿Alguna vez pensaste que esto fuera tan brutal? —me dijo Mikel con la mano en las lumbares doloridas por los golpes policiales. 

—Esto... ¡Pero qué es esto! —grité enojada— ¡Cabrones! Y los medios de comunicación dirán que han sido cuatro exaltados. 
Antes de abordar el barrio de Zaramaga, ya nos llegaba un rumor que se iba acrecentando.
Eran muchos.
Caminaban hombro con hombro con el entusiasmo del grito acompasado que me acompañará siempre: "¡Libertad! ¡Libertad!"
Los “grises”, parapetados con sus cascos y escudos, se ensañaron cargando con contundencia. El humo nos impedía respirar. Gritos desgarradores de los que eran golpeados de forma tan salvaje. El estallar de disparos nos dejaba sordos. Con los ojos irritados por los gases lo veíamos todo nublado. ¿O eran lágrimas que escocían? Las barricadas ardían, los adoquines volaban por los aires y las sirenas de refuerzo se oían por toda la ciudad. El lugar era impracticable.
Por fin, una voz: “¡A la iglesia!”
Y la iglesia fue nuestra perdición. Primero la gasearon con miles de personas dentro. Presos de la asfixia y el pánico intentamos salir. 

—¡Fuego! 
Relámpagos con estampidos como fuegos de artificio nos estaban matando. Cayeron los primeros compañeros. Y luego más y más. Había sangre, sangre que se extendía. Sangre pisoteada del salvaje asesinato cometido en una iglesia de barrio. Se levantó un rabioso clamor generalizado: "¡No disparen!"
Los gritos callaron. Solo quejidos.
Después, silencio.
Los latidos en mi cabeza eran fuertes y rápidos.
Vi a Mikel sollozando sin cesar. Me acerqué para consolarlo. Lo abracé y mis brazos atravesaron su cuerpo. Entonces comprendí el porqué de sus lágrimas. 

Yo era una de las asesinadas. Me llamaban Libertad.
© María Pilar

Mi amiga es una okupa

Hoy hace un año que una okupa se instaló en mi casa. Compartimos habitación. Ella, con tal de tener su pequeño espacio, se conformaba. No la oí llegar. Tal vez para pasar al lado de mi cama, se quitó los zapatos. Cuando me levanté, al estirarme bostezando, la descubrí. Me acerqué. Me miraba.
—Saludos —dijo
—¿Saludos?
Ella estaba en un lugar desconocido y yo no sabía de sus mañas. 
Había colocado en la pared un delicado encaje de seda, a modo de hamaca. Se columpiaba. Me hizo una caída de párpados como avergonzada.
—Saludos, es mi forma de decir: “Hola, ¿qué tal?”
Me encantó. Le sonreí. 
Todos los días, cuando me levantaba ella ya tenía arreglada su cama y se estaba limando las uñas para que no se le enganchasen en las finas mallas. Más de una vez la sorprendí mirándose coqueta en una gota de rocío de las que perlaban su hamaca. A veces observaba tras la ventana con una mirada cargada de añoranza. Tal vez un viejo amor la reclamaba.
—Me gusta que seamos amigas le dije
—Lo somos, pero… La vida es tan incierta…
Era tan menuda que me fascinaba la energía incansable con la que tejía con hilos de plata, blondas de encaje tan sutil como lo era ella misma. ¿Qué trataba de mostrarme con ello? ¿Quizá el esfuerzo para lograr lo que se quiere en la vida?
Ñanduti, su amiga, le trajo la noticia: “Es maravilloso, Carlota. Te han concedido el 1.º premio de diseño de mantillas. Tienes que ir a recogerlo”. 
Se subía por las paredes. Las recorría como un atleta preparando una maratón. Iba, venía. Abría los diminutos cajones de su cómoda que tenía colgada en lo alto. Rebuscaba… Se probaba… Mallas negras, blazer femenino con motivos rojos, sombrero de plumas de ácaro, el pequeño bolso de alas de mosca. ¡Los zapatos! ¡Cuánto le costó elegir los zapatos! Por fin dio con unos negros de salón. Les pegó en la parte superior unas florecitas rojas que había tejido. Parecía más esbelta. 
No ha vuelto. 
Atrapada en su red, la espero.

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20 febrero 2018

El grafitero

Era un joven diseñador gráfico en paro. Se creía con carisma de artista y esperaba que un día los demás también lo reconocieran como tal. Con su aspecto bohemio, estaba sentado en un banco de la estación cuando lo vio entrar.
«Es él», se dijo.
Con el idealismo que lo caracterizaba, entendió que era su oportunidad y no la podía dejar pasar. Su objetivo era conseguir una obra que fuera admirada por los entendidos, los que sabían de qué iba aquello. Los mismos para los que, si resultaba un fiasco, le darían la espalda y por añadidura lo reducirían a escoria. De eso ya sabía un poco.
Plasmarlo le llevaría toda la noche. Se cubrió la cabeza con la capucha, fue sacando los aerosoles de diferentes colores de la mochila y se puso manos a la obra. Al principio su trazado titubeaba, pero muy pronto se dejó llevar por la pasión que lo llenaba por dentro y proyectó al exterior una explosión de colores como nunca antes lo había hecho. El impulso de la inspiración hacía que sus muñecas bailaran a ritmo de vértigo. Se reconocía en cada trazo, en cada volumen, en cada color. Ya amanecía cuando en la parte baja de la derecha dejó su firma: IBAI.
Se alejó para observarlo y el resultado le pareció impresionante: la imagen abstracta, dolorida, con gran fuerza de trazo y color, era un grito de desgarro y denuncia. Sonrió satisfecho. Sacó la cámara que se había afanado en unos grandes almacenes e hizo una foto para el recuerdo.
Estaba profundamente dormido cuando un timbre insistente le obligó a abrir los ojos. Oyó a su madre que hablaba con alguien. Creyó entender la palabra policía. Hablaban del tren AVE..., constitutivo de delito... Se tapó hasta la cabeza y se hizo el dormido.
Golpearon en la puerta de su dormitorio. Su madre le retiró la ropa de cama a la vez que le decía:
—Pero, ¿qué has hecho?
—Nada, mamá, te lo juro que esta vez no he hecho nada malo.
—Levántate y díselo a los que están esperando.
© María Pilar 


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17 febrero 2018

Cuando yo me vaya



Cuando yo me vaya, no quiero que llores, quédate en silencio, sin decir palabras, y vive recuerdos, reconforta el alma.

Cuando yo me duerma, respeta mi sueño, por algo me duermo; por algo me he ido.

Si sientes mi ausencia, no pronuncies nada, y casi en el aire, con paso muy fino, búscame en mi casa, búscame en mis libros, búscame en mis cartas, y entre los papeles que he escrito apurado.

Ponte mis camisas, mi sweater, mi saco y puedes usar todos mis zapatos. Te presto mi cuarto, mi almohada, mi cama, y cuando haga frío, ponte mis bufandas.

Te puedes comer todo el chocolate y beberte el vino que dejé guardado. Escucha ese tema que a mí me gustaba, usa mi perfume y riega mis plantas.

Si tapan mi cuerpo, no me tengas lástima, corre hacia el espacio, libera tu alma, palpa la poesía, la música, el canto y deja que el viento juegue con tu cara. Besa bien la tierra, toma toda el agua y aprende el idioma vivo de los pájaros.

Si me extrañas mucho, disimula el acto, búscame en los niños, el café, la radio y en el sitio ése donde me ocultaba.

No pronuncies nunca la palabra muerte. A veces es más triste vivir olvidado que morir mil veces y ser recordado.

Cuando yo me duerma, no me lleves flores a una tumba amarga, grita con la fuerza de toda tu entraña que el mundo está vivo y sigue su marcha.

La llama encendida no se va a apagar por el simple hecho de que no esté más.

Los hombres que “viven” no se mueren nunca, se duermen de a ratos, de a ratos pequeños, y el sueño infinito es sólo una excusa.

Cuando yo me vaya, extiende tu mano, y estarás conmigo sellada en contacto, y aunque no me veas, y aunque no me palpes, sabrás que por siempre estaré a tu lado.

Entonces, un día, sonriente y vibrante, sabrás que volví para no marcharme.

Autor: CARLOS ALBERTO BOAGLIO

13 febrero 2018

Y la llamaban loca

—Sr. Director, perdone las molestias, quería llevarme a mi mujer.
—Si hace apenas dos meses que la trajo con un cuadro agudo de ansiedad —respondió el doctor sentado tras la mesa del despacho.
—Y que no hablaba, ¿se acuerda? —El director asintió—. La culpa de todo la tuvo el gato.
—¿El gato? En el informe de ingreso no mencionó ningún gato.
—Sí, el odioso gato. Propiedad de nadie y rico en piojos y pulgas. Me contó que anochecía cuando lo vio como a diez minutos de nuestra casa. Estaba hurgando entre bolsas de basura que la gente no había metido en los contenedores. Levantó la cabeza y dos luceros en medio de la penumbra se clavaron en ella.
La siguió.
Al principio, venía, comía y desaparecía. Después se quedó. Se le enredaba entre las piernas y ella le acariciaba el lomo con su pie descalzo. Tenía que ver cómo respondía zalamero a las carantoñas con sus ronroneos. Parecía una relación de pareja o más bien materno filial. Claro, como no tenemos hijos. Para qué, le decía yo.
Cambió, ya no era la misma.
Sentí su llanto desesperado por la casa durante tres días. Después, el silencio. Hacía las cosas como una autómata, sin hablar ni una palabra. Me miraba con ojos de espanto, como si me temiera. La mujer que más he querido… Siempre la he tratado como a una reina.
Si la ingresé en el centro fue para que reaccionara. Ahora veo que le ha vuelto el brillo a los ojos, participa en juegos de mesa con amigas y  sonríe y habla. Puede volver a casa.
—Habrá que preguntárselo a ella.
—Si usted da la orden no hace falta.
—¿Se lo ha preguntado?
—Sí, le he dicho que venía para llevarla conmigo. ¿Sabe que me ha contestado? Que de ninguna manera, que yo no mando aquí.
—Me queda una duda, ¿qué vio o qué sintió una mujer tan serena y cariñosa, como usted la describe, en el momento que rompió en aquel llanto tan desesperado?
—Un ligero hedor a vómito flotaba en nuestro dormitorio cuando fue a acostarse. Se me desató la furia, ¿sabe? En la manilla de la ventana aún se estremecía el gato ahorcado.
© María Pilar

Texto ganador en Relatos Compulsivos

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