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La caída de la hoja

Empiezo la mañana estrenando las botas de monte que me regaló mi hija hace dos años. Las tenía guardadas. ¿Para qué o para quién? Vaya usted a saber. Oye, son muy cómodas y calentitas. Las he conjuntado con un gorro y una bufanda que he tejido del mismo color, ese color calabaza tan de moda. Anda que si mi Faustino levantara la cabeza, con lo oronda que estoy seguro que me diría: “No me darás calabazas a estas alturas”.

Muy temprano, salgo de casa con el bastón en una mano y el cesto de mimbre en la otra. Crujen las hojas secas bajo la suela de mis botas nuevas, como si las engulleran. Tras dos días de lluvia, la brisa húmeda me trae el peculiar olor a tierra mojada. Hoy un sol tímido comienza a abrirse paso y el paisaje ofrece uno de esos momentos mágicos cuando las gotas de agua suspendidas en las ramas brillan como estrellas que sueñan en silencio. Me seducen y conmueven. Castañas hay muchas, pero tampoco se trata de que llene el cesto que después me pesa como un muerto. Oigo los tiros de los cazadores que silencian la naturaleza. Se ha abierto la veda del jabalí y ya la tenemos buena hasta enero o febrero que se cierra. Cómo echo en falta el acompañamiento de los trinos entre los árboles de otros días.

A dos kilómetros, llego a Ochate, un pueblo abandonado, lleno de leyendas; dicen que está maldito. ¡Tonterías! Dentro del espacio de lo que fue la iglesia, solo queda en pie la torre, me siento a descansar sobre unas piedras del derrumbe. De los troncos musgosos me llega el olor a hongos. Me agacho para recoger “boletus” y “cantharellus”, los que más me gustan, cuando oigo unos pasos. Se acercan. Primero aparece la sombra, de una largura considerable; después, ella. Es una joven muy alta, con una capa negra que le cubre de pies a cabeza. “Un extraño vestir”, me digo, “no es propio de estas tierras”. Pasa de largo, parece que algo urgente le hace acelerar el paso y su única preocupación fuera alcanzarlo con premura.

Siento el impulso de salir a su encuentro. Me contengo. Un segundo después el sonido de un tren irrumpe en el lugar. ¿Un tren por aquí? Miro por encima de matorrales y yerbajos y no oigo más rumor que el del viento, pero... Ahí está, parado. En el último vagón va la mujer de negro, sola. La joven, que ya no me lo parece tanto, de rostro lívido y expresión glacial de ira, es un espectro que me recuerda a... Mejor no pronunciar su nombre. El gesto despiadado le transforma el rostro en una horrible máscara y su mirada de órbitas vacías atrapa el pavor de la mía que no puede esquivarla. Arrebujada en mi parka, no dejo de sentir un frío intenso que me hace castañetear los dientes. Pone una mano gélida sobre el cristal y me aflige una presión insoportable en el hombro izquierdo. ¡Qué espanto! Mi agitada respiración porfía con la asfixia interior. Su dedo índice me señala y oigo mi propio quejido que me dobla con el corazón en tumulto. Me estalla... El tren se pone en marcha de nuevo.

Como si estuviera flotando, me veo espectadora de una representación que quiere hacerme protagonista a mi pesar. Turbada, miro al suelo un momento para ubicarme y veo que las castañas desde el cesto me hacen un guiño con el que consiguen sacarme del ensimismamiento. El aire huele a leña quemada que calienta los hogares.

Los cazadores regresan con la noticia del hallazgo de una señora muerta en las inmediaciones de Ochate. Una víctima más se une a la lista de los casos sin resolver.

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