29 diciembre 2016

Entre amigas

—¡No te lo vas a creer, María!
—Pero, ¿qué te ha pasado?
—Pues la caldera de la calefacción. Esa que puse tan moderna, carísima, último modelo de una marca extranjera famosísima, pues que ha dejado de funcionar justo un día después de acabarse la garantía.
—Ya te digo, que nos las venden programadas, las meten un chip o algo y en cuanto se acaba la garantía, a gastar en arreglos.
—Calla, que he llamado al técnico y cuando ha venido, ha aflojado un tornillo, ha soplado, lo ha vuelto a apretar y me ha dicho: "esto ya está señora, son 150 euros".
—¿150 euros?
—Eso le he dicho yo: "150 euros por soplar, caros vende usted sus soplidos." Y me contesta: "Oiga señora, que hay que saber donde se sopla y para eso hay que ser un buen técnico del sector y además, mire usted la factura. Por ser la primera vez le cobro solo la salida, la mano de obra se la dejo gratis."
—¿La primera vez? ¿Entonces piensa que vas a tener que llamarle más veces? Si te digo yo que ahora todo lo programan para sacarnos las entretelas. Y si tienes suerte y no les llamas, vienen a hacerte la revisión y te dicen que tienes que cambiar el electrodoméstico, que más de diez años no pueden seguir funcionando, que si contaminan, que... rollos que se inventan para enriquecerse a costa del consumidor.
—Se lo he comentado a mi "santo" y va y me dice: "Hay que mover el consumo interno del país para salir de la crisis". ¿Puedes creértelo? Si es que tiene una cachaza que me exaspera.
—Ese santo tuyo será eso, un santo, pero yo no me creo que a base de soplidos se pueda sacar de su sillón a tanto político corrupto, banquero irresponsable, estafadores de cuello duro y malversadores con título nobiliario. Como no cambiemos de mentalidad, vaya futuro que vamos a dejar a nuestros hijos.
© María Pilar
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20 diciembre 2016

Lita Cabellut

La lluvia cae sin cesar desde hace días en la ciudad de Barcelona y los pies descalzos de Lita se hunden en el lodo. El humo de las chimeneas que calientan los hogares se mezcla con la llovizna haciendo más negra la triste vida de la pequeña. La gente va y viene malhumorada bajo el paraguas sin fijarse en sus pequeñas manos amoratadas por el frío que extendidas han de seguir mendigando por las Ramblas y en el mercado de la Boquería. Es un ser invisible para los que pasan, alguien que pertenece al mundo de los olvidados. Niebla sucia y húmeda que le hace toser y se le incrusta en el alma. Niebla que envuelve la mirada de la abuela con un corazón de hielo, la codicia le corroe por dentro y desconfiada le arranca hasta el último céntimo. ¡Ay el día que regrese sin el jornal completo!
Y no es fácil conseguirlo, nunca ha sido fácil la vida de Lita desde que su madre, prostituta, la abandonó al nacer para dejarla con una abuela que la utiliza como moneda de cambio. No conoce el calor de un abrazo, nunca le han dado un beso ni ha sentido el más leve roce de una mano comprensiva, no sabe de palabras como “te quiero”. Es niña de la calle y no se queja. Se sorbe las lágrimas que silenciosas surcan sus mejillas morenas cuando sus ojos negros se quedan absortos ante esos niños que con sus libros, van camino del colegio. A ella se lo ha prohibido su abuela y es lo que más desea.
La vida dickensiana de Lita empezó a cambiar cuando a los ocho años fue internada en un orfanato al fallecer la abuela. Y la suerte, por fin, le dio la cara cuando a los 13 una familia la adoptó y la llevó a visitar el Museo del Prado. Su duende gitano se despertó, levantó las telas negras y grises que le atenazaban por dentro y por primera vez vio la vida en color al descubrir ese medio de expresión visual que lleva a plasmar lo que un artista está sintiendo. ¡Sería pintora! Y con la determinación del carácter propio de una superviviente, era analfabeta y disléxica, luchó por conseguir su sueño.
Su pintura impacta por el desgarro que conlleva. Los perdedores e invisibles de esta sociedad son los que protagonizan sus cuadros. Es la voz de los sin voz. Siempre sus pinturas tienen líneas, grietas, marcas que estorban para apreciar la delicadeza y finura con que pinta a sus personajes. Son esos brochazos que señalan las cicatrices que a cada uno le va dejando la vida. “Pero no creo que mi pintura sea pesimista. Al contrario, intento acariciar con ternura y belleza al feo para convertirlo en terciopelo” decía en una entrevista en El Confidencial.
Hoy, afincada en La Haya, Lita Cabellut es la artista española mejor pagada y uno de los artistas más cotizados del planeta. ¡Pero qué poco conocida es en su tierra!
“La verdad es que no lo entiendo. Mi arte es muy español y yo soy profundamente española. Siempre en todo el mundo me presentan como la pintora española. Pero en mi casa, España, todavía no reconocen mi nombre”.
© María Pilar

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15 diciembre 2016

Fin de Año


La noticia ha aparecido hoy en todos los medios de comunicación. A pesar de que tenía días negros y días rojos en su haber, él todos los había vivido con el mismo afán hasta el último segundo de sus 24 horas, era lo único que verdaderamente se había tomado en serio. Podía decirse que había merecido la pena.  Mientras los días se le pasaban asumiendo horarios que otros habrían rechazado, las actividades siempre le estaban esperando y tenía que darse prisa para que no se le acumulasen. No se dio cuenta que el tren de la vida se le escapaba como un suspiro volando entre las muchas hojas del calendario, y ahora sus manos le temblaban mientras sujetaba la última, la que le avisaba de su cese. Un sudor frío le cubrió el rostro. No había disfrutado. ¡No sabía hacer otra cosa!
Era tarde, tarde para empezar una nueva vida, tarde para aprender a vivir la vida de forma diferente, tarde porque hasta su neurona más profunda estaba entrenada en una sola dirección, era tarde para rebobinar y cambiar tantas cosas que se le habían torcido. La desazón empezó a rumiar su interior. ¡Quedaba tanto por hacer! El abismo se abrió a sus pies. El 2017, brillante, nuevo, con toda una vida por delante, se acercó ilusionado con las esperanzas puestas en la flamante vía por estrenar que le estaba esperando.


"Queridos amigos blogueros: a todos los que lleguéis a este lugar que os encontréis algo de mí es lo que espero: mis deseos de paz y felicidad, con todo mi cariño, es lo que hoy os dejo"

© María Pilar

La sombra del maltratador es alargada

Era joven y bella, de piel delicada y grácil figura; con apellidos importantes de Bilbao y mejores genes. En ellos llevaba la herencia de esas familias que han sido bien alimentadas incluso en épocas de necesidad y que generación tras generación han disfrutado de un estatus que otros no han podido ni soñar. Se la veía tan necesitada de cariño que te daban ganas de envolverla con un abrazo.
Resaltaba en aquel ambiente sórdido del psiquiátrico de las Nieves de Vitoria de largos pasillos y camarillas corridas, como la pequeña flor del Guernica de Picasso. Sus finas manos enrojecidas y las uñas partidas delataban el duro trabajo que le habían adjudicado desde su llegada en las cocinas. El resto del tiempo canalizaba su tensión pintando.
Su mundo coloreado era un misterioso espacio con figuras inconexas, desprotegidas y desamparadas. Expresionismo puro cargado de ira, miedo y desamor.
Sus pinturas merecían estar en una exposición a la vista de los amantes del arte, le decían. Con una sencillez aplastante y ausente de toda amargura contestaba que a ella solo le gustaría regalar una a su madre, pero sin que lo viera su padre porque la primera vez que le regaló un dibujo lo tiró a la papelera hecho un rebujo mientras maldecía: "¡Qué habré hecho yo para merecer esto!"
Sus ojos transparentes parecían oscurecerse y extraviarse en algún lugar de su interior cuando añadía: "Hay imágenes que no se olvidan aunque se intente. Ojalá hubiera un borrador de memoria para eliminar todo lo que nos carcome". Y hablando muy quedo, como para sí misma: "Es muy duro con 7 años salir a la calle y preguntar a la gente donde hay un policía. En la comisaría nadie me hacía caso hasta que uno vio que estaba temblando y meándome encima. Me preguntó qué me pasaba y le contesté que papá estaba matando a mamá".
"Me llevaron con el coche policial a casa. La mirada despiadada de mi padre se me incrustó en el pecho mientras con su simpatía despedía a los policías con disculpas por mi atrevimiento."
"Hábil en el manejo de sus influencias fui yo la que salió de casa para rodar de internado en internado sin que nunca más supiera de ellos. Duele, porque la herida sigue abierta aunque él haya cosido mi boca para comprar mi silencio con un diagnóstico psiquiátrico. Duele y no puedo arrancármelo de dentro."
© María Pilar
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11 noviembre 2016

Niños de la llave

Papa, sigo llevando la llave colgada al cuello como me enseñaste. Desde que te fuiste se acabaron las caricias, los juegos en los que tanto peleábamos por ganar, las risas, los cuentos... Mamá miraba como ida, sin palabras y sin lágrimas. Parecía una estatua de piedra. Un día se acostó y no se ha vuelto a levantar. Todos las tardes le leo la nota del colegio y se la dejo en la mesilla por si la quiere repasar cuando yo me voy, pero nada. La profesora dice que si no voy más aseado no podré entrar en la escuela. Toda mi ropa está sucia, papá, y nadie quiere ponerse a mi lado. 

¿Por qué no vuelves? Recuerdo lo divertido que era cuando estabas aquí, y, como un cascabeleo, me llega el alboroto de los tres cuando no había riñas en casa ni mandaba el silencio. Por la noche cuando me entra el miedo, abro tu armario, cierro los ojos y te respiro por dentro. Pienso si tú te acordarás también de mí.
En el polvo del mueble de la entrada te he dejado escrito con el dedo: “Papá, si pasas por aquí déjanos algo de dinero”. Es lo primero que vas a ver cuando entres en casa. Lo repaso todos los días para que no se borre. Papá, necesitamos dinero. La señora de la tienda dice que o le pagamos o ya no nos fía más. Solo nos queda la media pizza que lleva días encima de la mesilla de mamá… Como ella no come… me la voy a comer yo. ¡Tengo tanta hambre!


Yo la cuido ¿sabes? ¡Siempre tiene frío! Es un bulto en un amasijo de mantas. Me siento a su lado y le digo: “Mamá por favor, háblame” y me limpio los mocos y las lágrimas con el puño del jersey para que no me vea llorar... Está tan pálida… Tiene los ojos muy abiertos…, pero no me mira… A veces me parece un poco como muerta…
Papá, ¡tengo miedo!
© María Pilar
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01 noviembre 2016

La santa compaña


La inesperada visita de sus padres dejó atónita a Deseada. Si se movía la seguían, si se paraba se paraban. Quiso hablar con ellos y se marcharon sin dirigirle la palabra. Se dejó caer en un sillón y lloró con desconsuelo.
Los vecinos comentaban asombrados: “Sus padres la tuvieron pasados los cuarenta. ¡Qué contentos estaban! Y ahora... le niegan la palabra ¿Quién puede entenderlo?”
La noche de los difuntos, al escuchar las doce campanadas, las amigas se deslizaron de sus camas y descalzas se encontraron camino del cementerio. Con las velas encendidas, avanzaron en procesión impregnando el aire de cera y misterio. Al frente iba Deseada con su preciado violín en las manos. Entre parpadeos de velas que atemorizaban y sombras terroríficas que estremecían, iban recitando las “Coplas de Manrique a la muerte de su padre”. Los gatos huían despavoridos y el viento expandía el resonar de las palabras. Deseada interpretó la “Danse Macabre” de Saint-Saëns con tanta pasión que sintió liberar su alma. Cayeron los camisones y bajo el influjo de la luna creciente todas bailaron fascinadas la danza de la muerte. Chocaban entre sí con gestos lujuriosos, se cogían las manos, se deseaban... El canto del gallo rompió el hechizo y rápidamente se cubrieron.
—Los efectos de este ritual aplacarán los ánimos de tus padres en sus tumbas — dijo muy seria Andrea —Y de esto, ni una palabra.
Aitor, el pastor, llegó a casa muy avanzado el día. El terrible miedo que lo atenazaba le hacía mirar desconfiado: “Anoche la Santa Compaña salió a mi encuentro por el camino del cementerio. El aspecto de la comitiva era aterrador, iba comanda por un espectro que portaba en sus manos huesos de muerto. Me produjo tanto temor y espanto que eché a correr y me refugié en el monte que conozco como la palma de mi mano. Esta noche he logrado esquivarla, pero yo sé que me está esperando. Siento el aliento de la muerte en mi nuca.”
Nunca volvió a ser el mismo después de aquel espanto. Un día lo encontraron flotando en el canal cercano al pueblo.
© María Pilar
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26 octubre 2016

Mi esperanza

Quién me iba a decir a mí que con mis manos encallecidas de tanto limpiar casas escribiría en el ordenador. Fue cosa de mi hija Esperanza, me matriculó en Educación de Adultos para que hiciera un curso de informática. Ir yo a estudiar con la vergüenza que me daba, si apenas fui a la escuela. Me convenció porque así podríamos hablar por el Skype. ¡Cielo santo qué palabra!
Fue cuando se iba a ir a Alemania a hacer el máster en Ciencias Medioambientales con una beca por sus buenas notas universitarias. No es porque sea mi hija pero es listísima, aunque muy callada, en esto sale a su padre. Su padre y yo fuimos a verla a Gotinga, nunca habíamos salido al extranjero y estábamos nerviosos, pero teníais que ver cómo se desenvolvía en alemán, se nos caía la baba.
Con la crisis en España tuve que buscar más casas porque me bajaron la hora el 50% y su padre metió horas extras de carga y descarga en un supermercado antes de ir a la calderería donde trabajaba. Orgullosos lo hacíamos para pagarle los estudios y que un día tuviera una vida mejor que la nuestra.
El día que con una sonrisa de oreja a oreja y una carta en la mano me dijo que la habían seleccionado para un trabajo, dejé la plancha, me sequé una lágrima con la punta del delantal y nos fundimos en un emocionado abrazo.
—Es en la central nuclear de Garoña, tengo que hacer un curso de prevención de riesgo, una oportunidad mamá.
Sus palabras gritaban lo que sus ojos negaban. No era una oportunidad: vigilante nocturno. A poco se me hiela la sangre. Cada noche, al despedirse melena al viento y mochila a la espalda con el mono especial del trabajo, me susurraba al oído con gran entusiasmo: “No te preocupes mamá”. Y siento que la crisis no ha acabado con el idealismo propio de su juventud al ver los reflejos verdes en su mirada.
—Esto va a cambiar mamá, con nuestro esfuerzo va a cambiar.
Hoy a las cinco de la mañana ha sonado el teléfono. Ha habido una explosión en la central y no era ella la que me hablaba.
© María Pilar


01 octubre 2016

Llueve sobre los puentes de Madison

Nunca más por muchos días que vivamos
Temblarán los cabellos de tu nuca
Por el inmenso amor tocados.
Nunca más en la larga noche que nos espera
Hablarán tus silencios
Con la vibración del grito apasionado.
Nunca más habrá un futuro de amor soñado
Solo un cerrar de ojos
Para que los recuerdos nos sigan abrasando
Un sentir tu piel sobre mi piel
Y susurros apasionados
¡Qué será de nuestras vidas!
Seguirás sola cargando con tu angustia
Y yo espectro bajo la lluvia esperando

© María Pilar

El fantasma del palacio de Villa Suso


Se celebraba un Congreso sobre Lenguas Minoritarias en el Palacio de Villa Suso. En un receso, el representante chileno preguntó a una de las azafatas por los servicios. Giramos la cabeza para ver cómo su espalda se iba empequeñeciendo a medida que bajaba la escalinata para adentrarse en el antiguo sótano donde están los modernos baños. Se dice que son los más limpios de la ciudad porque los visitantes huyen de esta zona. El miedo al fantasma de la emparedada sigue atenazando. Su leyenda, bien conocida en la ciudad, obliga a los que tienen que bajar del Casco Viejo a la zona del ensanche a apresurar el paso o dar un largo rodeo para evitar el palacio.

Corría el 1982 cuando las Instituciones de Vitoria decidieron rehabilitar el abandonado Palacio Renacentista de Villa Suso para transformarlo en un ambicioso centro de congresos dotado con los más modernos equipamientos técnicos.

Era un día huracanado y gélido cuando el grupo de técnicos en restauración de edificios antiguos se adentró en el palacio por la magna portada original que se abre en la zona alta. Llevaba más de cien años cerrado y el deterioro era considerable. Tasio propuso, entre risas y mofas, una apuesta. La ganaría el primero que se encontrara con el fantasma que vagaba entre aquellos muros. El silencio delator de algo oscuro que había empezado a tejerse ya antes de que él hablase, le confirmó que sus compañeros estaban bajo la influencia de la maldición del fantasma. Ya tengo algo jocoso que contar, se dijo.

El viento arremetía y el agua racheada empapaba a los que subían por la destartalada escalera con parte de la noble techumbre derrumbada. Tasio decidió introducirse en los sótanos donde todo era siniestro y una hostilidad amenazante parecía surgir de las entrañas del edificio. A medida que avanzaba, la calma tensa que dominaba ese espacio se acrecentada por el lejano gemido de las bisagras de una ventana. La humedad que parecía exhalar de los muros, había dibujado unas siluetas durante siglos y a la luz de la linterna que llevaba en el casco, se transformaban en figuras negras y terroríficas que danzaban recorriendo todo el lugar. Siguió avanzando como una sombra más de esa danza macabra que lo acosaba. Cuando llegó al final de aquel lúgubre pasillo, descargó el mazo que llevaba en la mano sobre la pared que lo cerraba; le sonó a hueco. Golpeó una vez más y al caer los primeros cascotes apareció entre el polvo del derrumbe un hueco tenebroso con fuerte olor corrompido. Era un muro falso que formaba con el de piedra del fondo un armario empotrado sin respiradero. Algo horroroso está a punto de ocurrir, pensó. Nervioso, agrandó el hueco lo suficiente para meter la cabeza con su linterna y cuando su vista se hizo a la luz del habitáculo, unos estremecedores ojos lo estaban mirando. Una hermosa joven en cuclillas, con las manos destrozadas, le mostraba el desgarrador rictus de angustia con el que la muerte la había sorprendido.

Sobrecogido por la irrupción del espanto, trataba de explicarse en vano el por qué alguien la colocó allí y la sujetó mientras la emparedaban viva con un bebé en las entrañas. Un aullido de horror salió de la garganta de Tasio que, ante la implacable presión que sentía en el pecho, se dobló sobre sí mismo y cayó de bruces sobre las piedras.
En cuanto llegaron los demás, la verdad les golpeó la cara porque fueron testigos de cómo la corriente de aire volatilizaba el cadáver para dejar en su lugar un macabro esqueleto con una cadena de oro en torno al cuello.

̶ Toda Vitoria considerará que se ha profanado la tumba de la emparedada ̶ dijo Kepa atemorizado por lo que estaba viendo.
̶ ¿Os hacéis idea del revuelo que se formará en cuanto esto salte a la prensa? ̶ añadió Mikel.
̶ No tenemos por qué alarmar a la sociedad ̶ advirtió Itziar con una expresión que les confirmaba lo que sus palabras no habían pronunciado.

Y aquellas bóvedas, que horrorizadas habían guardado su secreto durante siglos, sellaron el pacto de silencio que los tres hicieron.
© María Pilar
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04 septiembre 2016

Reloj roto por amor (Acróstico)


(Reto escrito a dos manos por Ina Molina desde Canarias y María Pilar desde Vitoria.) 

Rompió la hora todos sus segundos. 
El tiempo se detuvo en un suspiro. 
Ligeros ascendieron mis pies al otro mundo. 
Obstinados en colarse por algún resquicio. 
Juzgada por contradecir a mi destino: 
Reina destronada en ese Paraíso. 
Ocaso de tantos amaneceres destruidos. 
Tornose todo en blanco y negro, grises. 
Océano sin agua y sin tierra mis raíces. 
(Ina Molina) 
Por tu querer que encadenó mi alma.
Oleadas de viento golpearon como piedras. 
Rocío de fuego sobre sauces amarillos. 
Amándote el rescoldo de mi corazón herido 
Mientras corrías tras mil quimeras. 
Olvido fue tu diosa de la fortuna pasajera 
Recuerdos que agrandan tu sombría estrella. 
 (María Pilar)

28 julio 2016

Un gorro de colores

Mis ojos temerosos de niña no veían otro cielo que el gris húmedo en los de mamá, a la que últimamente le afectaba tanto lo que se le metía en ellos. Para papá eran días sin tiempo, tal vez porque en casa el tiempo se había roto como se rompen los juguetes viejos.
La abuela siempre se sentaba en su silla baja, junto al ventanal de la sala. Un cestillo de mimbre colocado a sus pies estaba lleno de ovillos de lana de diferentes colores. Ella entre tejer y devanar pasaba el tiempo, aunque más de una vez la había sorprendido con la mirada extraviada en un punto incierto, como si hilase pensamientos para construir un futuro más alegre que nos sacara del empantanado negro.
—Mantén los brazos así, sin perder la tensión de la lana, no los cierres.
Pronto cogí el ritmo de girar un poco una mano y luego la otra. Ella, con la destreza de su muñeca iba ovillando a la par que desenredaba la madeja de los recuerdos y me los iba contando, como siempre, sentada en su silla baja de esparto. Así, a través de mí los hizo vivir en el tiempo.
— ¿Qué estás haciendo, abuela?
—Un bonito gorro de colores, para cuando vuelvas al colegio. Una amapola de adorno en un lado te animará mucho.
Se me iluminó la cara al verlo. Sonriendo al verme feliz, me hizo un gesto de complicidad y añadió: “Será nuestro secreto”.
Atisbó tras la puerta para asegurarse de que nadie nos veía y me lo probó. Era muy suave y estaba impregnado de su aroma de lavanda, esa entrañable fragancia que me enseñó a identificarla y a quererla y que hoy cuando la percibo me trae de nuevo su presencia.
Llegó el primer día de vuelta al colegio. Con mi flamante mochila a la espalda, puesto el gorro con pompón rojo y mis guantes a juego, hice un gesto para sacarme el pelo. Mamá, con su alegría natural, me mostró la trenza que se había tatuado en el hombro izquierdo y rápidamente con un rotulador me dibujó una a mí, a modo de anillo, en un dedo.
A los niños les encantó mi mochila y a las niñas el anillo. A nadie le importó que estuviera siempre con el gorro puesto.

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Un paseo por Villamediana


Me han bastado dos días de paso por mi pueblo para constatar que sigue meciéndose entre amplios campos de trigo que le susurran nanas ante la caricia del viento. Es el lugar que, aunque yo tarde en volver, siempre sintoniza con mi presencia. El viento me acoge con un cálido abrazo y me cuenta tantas y tantas historias acaecidas en mi ausencia. 

De mañana salgo a dar una vuelta. Mis sentidos se agudizan con la curiosidad de la que está fuera de su rutina y quiere tomar el pulso al paraje en el que se encuentra. Se respira sano, aire limpio bajo un cielo azul y una luz brillante perfila los contornos. Me pregunto si el carácter de las personas que lo habitan participará de esa transparencia sin dobleces como la del cielo que los cobija. Me llega el olor natural del espliego. Inspiro la sonoridad de esta palabra que relaja a la vez que refresca. El rojo intenso de las picotas tiñe los cerezos y su carne apetitosa hace que las papilas gustativas entren en funcionamiento. Los frondosos plataneros, que recorren el paseo que cruza el pueblo, se alargan en un abrazo formando un arco donde una polifonía de trinos me dedican su mejor concierto. De trecho en trecho los bancos me invitan a sentarme y leer un rato. Hoy no toca, les digo. 

Miro los lugares que creía conocer perfectamente y cada poco me pregunto: ¿Es posible que me esté pasando a mí esto? Dicen que las ciudades cambian y que los pueblos permanecen. La imagen que durante tanto tiempo he guardado en mi memoria del sitio no coincide con la que estoy viendo. Algo me sobra por aquí y me falta por allá. Los jardines cuidados de unas casas de nueva construcción me confirman que están habitadas. Ninguno de sus visillos se estremece ante mi presencia. Las costumbres del lugar también han ido cambiando. El bar está cerrado a cal y canto a estas horas, no así sus muros que hablan de música del baile de los domingos enredada entre historias a ritmo de corazón. Suena el chapoteo del agua de los lavaderos y me llega la animada conversación de un grupo de mujeres, a veces confidencias porque bajan la voz. Me decido a entrar y… ¡Sorpresa! Me encuentro con un bonito parque infantil sin niños. Balanceo un columpio y desde el balcón del tiempo la risa de los niños se bambolea en una cuerda atada a dos chopos del soto a las afueras del pueblo. 

Actualmente, Villamediana tiene 185 habitantes. En casa me despertó el ruido de la maquinaria agrícola de los vecinos, a partir de ahí, ¡qué poca actividad he encontrado! Sigue siendo un lugar de doradas espigas y los que en él trabajan se dedican a la profesión del campo. La imagen que da es la de un bonito pueblo, de alma tranquila, el sitio ideal para desconectar del ritmo acelerado de la vida. Giro a mi izquierda y una casa solariega me hace un guiño ofreciéndose. No estoy en el Barrio Rojo de Ámsterdam, aquí son casas, esta fue la primera, no sería la única. Casas cerradas expuestas a las inclemencias del tiempo que intentan mantenerse con orgullo y dignidad. Forman parte   ̶si alguien no lo impide ̶ de esos elementos a punto de desaparecer llevándose toda la carga de la historia local que encierran entre sus muros. 

Cruzo la carretera que lleva a la ciudad y mecánicamente miro a un lado y a otro innecesariamente, parece que los que tuvieron que salir ya lo hicieron temprano y aún no han vuelto. En el pilón para los animales florecen rosales entre césped, arbustos y arbolado con riego automático en pleno verano. ¡Si los mayores levantaran la cabeza! El agua fue tan escasa en este pueblo… Era figura habitual ver mujeres acarreando cántaros de manantiales de las afueras del pueblo. Con los tiempos modernos se conectó la red al río Pisuerga y se acabaron los problemas. La fotografía en blanco y negro muestra este lugar embarrado y muy animado con el croar de las ranas y los gritos de los niños cogiendo renacuajos. Transformado hoy en un jardín tan romántico, lo único que le falta es el letrero: «Se acabó la tradición de tirar al pilón al joven que ose casarse con una chica del pueblo». 

Tomo el camino del camposanto como alma solitaria. El sol aprieta, se me derrite el tiempo. El chirriar de la puerta de hierro me sobrecoge porque puede perturbar el descanso de los que lo habitan. La muerte visita al pueblo con frecuencia, varios funerales se han celebrado este año, en general personas que han superado los 90 años. Con la ausencia de nacimientos, la población va mermando año tras año. Este ritmo agónico me desanima y opto por volver, buscando el bullicio de la gente. Paso por detrás de la iglesia que se alza orgullosa en un promontorio con su esbelta torre desde la que escudriña todo el pueblo. ¿Cómo ocultarán los que viven aquí sus desavenencias para no ser vistos por ese ojo que todo lo ve? Inmensa iglesia catedral varada en el tiempo, símbolo de la prosperidad del lugar en el lejano medievo. 

Por La Calleja, la calle más estrecha del pueblo, me presento en la plaza con una determinación que contrasta con sus dimensiones. ¡Qué pequeña se ha hecho en mi ausencia! ¿Será que las lluvias la han encogido? Dos mujeres, que vienen de la tienda con la bolsa de la compra, conversan antes de entrar en casa. Nos saludamos. No se me escapa su interés por saber sobre mi presencia por estas tierras. Me siento en un banco y compruebo en mi móvil que estoy en una zona wifi, pero mi atención se centra en el grupo de señores mayores con gorra, camisa de cuadros, pantalones oscuros y calzado cerrado. Unos sentados y otros apoyados en sus bastones conversan a la sombra de las acacias. También para ellos el pueblo es un juego de espejos. «¡Cómo han cambiado los tiempos!» Con el realismo escueto, sibilino y socarrón que caracteriza su manera de hablar van dejando un rastro de momentos vividos, ilusiones frustradas y cicatrices que supuran aferradas a una memoria que se resiste a olvidar. Quiero cazar al vuelo algunas palabras, pero vivas como liebres se me escapan. Por fin, un localismo como herrada (cubo de hierro) es el cabo que deshace la madeja enmarañada entre los entresijos del tiempo y a borbotones me surgen recuerdos relegados al olvido como esa herrada atada a una cuerda que saca agua fresca de las profundidades del pozo. Afloran los sentimientos en los ojos emocionados de esta letra perdida que busca un lugar en el texto, aunque sabe que, como la letra k, desentona. También sabe que a este pueblo le gusta que irrumpa de vez en cuando una nota discordante que le aporte una pincelada pintoresca, como cuando Bernardo Atxaga pasó en él una temporada escribiendo Obabakoak

Las campanadas del reloj del Ayuntamiento me sacan de mis reflexiones y me avisan que siguen marcando el ritmo de la vida de la gente que lo habita.
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La casa de ladrillos rojos

En aquel pueblo el vivir era lento y desesperado, hierbas altas, cardos secos y al fondo el soto de chopos que impedía ver más allá de la carretera bordeada de olmos. De ese más allá surgían de vez en cuando los carruajes para ser cargados: harina de trigo, corderos y cerdos eran los alimentos más preciados, los caballos de más valía quedaban confiscados y los mozos más fuertes eran llevados al servicio. Con la modernidad se talaron los chopos, se entubó el arroyo, se convirtieron las altas hierbas en césped y se abrieron nuevas vías por las que las cigüeñas se desvían para dejar los niños en lugares lejanos. Hoy no esperes escuchar el croar de las ranas porque todas han emigrado. Hasta el perro tiene chip a diferencia del peludo guardián de antaño.
¿Qué ven las pupilas de los ojos del abuelo casi ciego tras los visillos de la ventana si ya no hay geranios? Tal vez se adentran en los bodegones de sus recuerdos y allí se detienen ante una casa de ladrillos rojos con dobles techos y muros falsos a la que ya solo se llega por las grietas de su memoria. Los sentires que se le han quedado prendidos entre los pliegues del alma afloran con tal transparencia que la vida de entonces se despierta alborotada. La chimenea humea, le llega el rico olor del puchero; el gato se escabulle por la gatera no así el pastor alemán que corre hacia él con efusivos ladridos de reconocimiento. Envuelto en el viento sur que zarandea la ropa colgada entre la que distingue sus calcetines de lana vueltos del revés, siente que se aproxima una tormenta. "Terrible tormenta la que nos asola y nos dificulta tanto la supervivencia", le recuerda su madre. Está escondiendo unas desgastadas monedas en el respaldo de una silla a la vez que habla con su padre. Este, la observa con su traje oscuro y bigote negro sobre un fondo enmarcado en sepia. Le suena tan nítida la voz de la madre cuando dice: "Para el chico, las va a necesitar". Ya no llora de dolor ni grita de rabia, pero el miedo se le ha metido silenciosamente muy dentro y él, joven enérgico, aprieta los puños y se traga la cólera que le hierve las venas mientras se afana en ocultar unos sacos de harina entre un doble techo.
Las campanas de la iglesia suenan a desgarro, se hace el silencio, el sonido de los cascos de los caballos se acerca. Temblando y con los ojos empañados, la madre se encuentra con los suyos en una mirada que sabe a dolor y miedo. La de él, risueña, intenta darle ánimos ocultando sus propios sentimientos. Aparecen los carruajes de los militares para ser cargados, se respira una calma tensa. El cielo se torna gris y el viento seco narra el desespero en el que viven los del pueblo. Los impactos en el muro del ayuntamiento son testigos de los ejecutados en el último saqueo. A pesar de todo, los más arriesgados pasan la información con diferentes señales que solo ellos entienden. Hasta los gorriones, que habitualmente protestan trinando con todas sus fuerzas, se silencian avergonzados en cuanto ellos hacen acto de presencia. Moscas y mosquitos zumban sobre el grupo recién llegado. Algún ¡zas! en plena cara intenta atraparlos para terminar rascándose la picadura que se une como un plus al lote de lo arrebatado. En el lote de ese día, al abuelo se lo llevaron.
̶ Vamos a cenar abuelo.
Él, absorto en esas imágenes con carga sonora que le devuelven los plataneros del paseo zarandeados por el viento, solo escucha susurros de vida del paso del tiempo.

26 mayo 2016

Carpe Diem

Ya lo dijo John Lennon: La vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes. Pues esa no quiero ser yo. Idealista por naturaleza me levanto por las mañanas como si tuviese en mis manos la eternidad y disfruto pensando en todas las cosas que voy a hacer, es mi tónico para empezar el día con alegría; después, todo se me cruza y el mundo se pone al revés, y tengo que nadar a contracorriente para poder sobrevivir.

Qué le voy a hacer, me ilusiono con una vida auténtica en un mundo contradictorio, con el encanto de vivir en plenitud el ahora, ese estar consciente en el ser de cada momento. En realidad mi vida es caótica, no hay charco en mi entorno en el que yo no me meta; el problema es cómo salir y eso me produce más de un sinvivir.

Si ya me lo dice mi santo ¿por qué ese gusto por los problemas? Vives la vida como un torbellino, ¿por qué no haces como los demás que pasamos de largo?

¿Pasar de largo yo que soy la abogada de las causas perdidas? No busco los problemas, son ellos los que salen a mi encuentro. Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así…, que cantaba Jeanette. A ver cariño, ¿no me conociste por un casual gritando libertad por las calles de Vitoria? ¿Cuántas veces me has dicho que ha sido lo mejor que te ha pasado en la vida? Pues esa era yo entonces y esa soy ahora. Ya sabes que a mi lado la vida acontece y conmigo no te vas a aburrir nunca, la única certeza que tengo es poder compartirla contigo. Tú eres mi talismán, estar a tu lado es contar siempre con el viento a favor y, juntos —como dijo el poeta— somos mucho más que dos.
© María Pilar

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14 mayo 2016

A mi amigo invisible


Ahora tengo tantos amigos invisibles en las redes sociales que no los podría contar ni juntando los dedos de mis pies aunque fuera un ciempiés. Me acuerdo cuando solamente tenía uno. Entonces tenía seis años y era un niño soñador y solitario. Por eso te elegí a ti, Mario, para compartir contigo mis aventuras. Tú sí que eras de verdad un auténtico amigo, el cómplice perfecto, el que me mostró tantos mundos que yo no sabía que llevaba dentro.

̶ ¿Crees que tengo mucha imaginación como dicen los mayores?̶ te pregunté un día.
̶ Pues, con la imaginación puedes… hasta cambiar de mundo si quieres. En cambio ellos, los adultos, no tienen ninguna imaginación, así les va ̶ me contestaste.

Esto solo lo hablaba contigo, Mario. Tú conocías mis problemas y mis alegrías. ¡Qué divertido era tener un amigo especial como tú! A los seis años nos encontramos en el colegio. Cuando otros niños estaban conmigo, tú no te acercabas, pero nos mirábamos. ¿Recuerdas? En casa me prohibían hablar contigo porque decían que no eras un verdadero amigo. Cuando me mandaban a mi cuarto pensaban que me castigaban, allí volábamos hacia mundos de fantasía en los que siempre éramos los protagonistas de nuestros juegos. Nos gustaba navegar en nuestro barco por el mar estrellado. ¿Te acuerdas que por la noche nuestra estrella bajaba y nos contaba historias de su cielo?

Aquella tarde de verano cuando volvíamos de la plaza hablando tranquilamente, una carcajada explosiva sonó a mis espaldas. Me volví y me encontré con la vecina que congestionada por la risa arrastraba cada palabra imitándome. La muy bruja nos había seguido. Quise golpearla con mis puños. En ese momento desapareciste con tu mundo mágico y tu sonrisa. Se acabaron las risas contagiosas y aquellas tardes tan divertidas. La burla de la vecina haciendo el gesto con el dedo índice en la sien indicándome que estaba loco se me atragantó.

Me ingresaron en un centro, por mi bien decían mis padres. Los psicólogos se negaban a creer que tú y yo ya no nos veíamos. ¡Qué complicado es el mundo de los mayores! Cuando pasó un tiempo dijeron que ya estaba curado y pude volver a casa. Ya nada era lo mismo. Seguí siendo un ser solitario con una imaginación desbordada y el poder de fantasear.

De aquella maravillosa época, donde podíamos atrapar sueños al alcance de la mano, quedaba un cabo suelto. Recorté de un periódico las letras que necesitaba para formar una frase. Las pegué en un folio blanco y bien doblado lo metí en un sobre y lo envié por correos. El día que oí llorar a la vecina porque el novio la había dejado me sentí feliz. ¡Lo había conseguido! Te lo debía Mario.

© María Pilar
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09 mayo 2016

La luna herida


Con una mirada el embeleso
Con el embeleso un romántico beso
Con el beso llega el amor

Con el amor se enredan los celos
Con los celos sangran los corazones
Con los corazones asolados, el dolor

Con el dolor se eclipsa la luna herida
Con la luna herida los sueños rotos
Con los sueños rotos la decepción 


Con la decepción estalla la furia
Con la furia deseo de venganza
Con la venganza la absurda agresión 


Con la agresión se alzan murallas
Con las murallas el distanciamiento 

Con el distanciamiento el rencor

© María Pilar

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Menos banqueros y más poetas

En la hora de la luz
Sobre el regazo de la palabra
Un verso libre llamado Verdú
Sin ataduras ni componendas
Se niega a los renglones torcidos
Entre tejemanejes y corruptelas.

En un país de mangantes
Y tarjetas back en tinieblas
La luz que alienta las palabras
Del poeta enciende la hoguera
Los más emponzoñan la vida
Él con bellos versos sueña.

Entre ataduras y componendas
Desnuda y libre la poesía rueda
Con diamantes engarzados
Librará la voz de sus cadenas
Porque muy alto ha de gritar
Menos banqueros y más poetas
© María Pilar
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14 abril 2016

La niña del tren

La adolescencia de María es un tren con el traqueteo de los del pasado. Un tren que con sus silbidos envueltos en hollín deja atrás los ondulados campos de cereal mecidos por el viento y serpentea montañas inabarcables que le descubren las grandes dimensiones del mundo ante las que ella, como una papanatas, abre la boca admirada.

De mañana, su padre la lleva a la estación, le coloca la maleta de remaches en el portaequipajes y, mirando el billete, le indica el sitio donde tiene que acomodarse; junto a la ventana y frente a un señor mayor con la cabeza caída sobre el pecho, parece dormido. Con lo que le gusta a ella ver pasar trenes, ahora que, por fin, está dentro de uno siente una punzada en el estómago. La gente se arremolina en el andén para despedir a los que se van; raudos cargan bultos y maletas, los últimos abrazos y besos, otros dicen adiós con la mano. El tren en marcha va empequeñeciendo la figura del padre hasta reducirlo a un punto inexistente y a ella le invade una sensación extraña a la que aún no sabe ponerle nombre. Con el tiempo aprende que se llama vértigo.
Sentada en el borde del asiento, con sus zapatos de colegiala y calcetines cortos, balancea los pies que no le llegan al suelo. Está preocupada de que se le pase la estación; por eso mira detenidamente el nombre de cada parada por si coincide con el que lleva grabado en la memoria de tanto repetirlo. El revisor viene a mirar el billete y le susurra: «¿Todo bien, señorita?» Ella sonríe porque le gusta que no le trate como a una niña. Los túneles, donde la negrura amenazante se siente y se huele, le provocan tal desasosiego que la obliga a apretar los puños de puro nervio y al salir de nuevo a la luz, son los pequeños pueblos de los valles en torno a la iglesia los que le arañan el alma porque le recuerdan al suyo. Les dice adiós sin despegar los labios, la congoja no le deja. Por el ventanal pasan árboles y postes de la luz a velocidad apresurada, giran en redondo para volver a empezar de nuevo como una danza de fuerzas en las que todos quieren ser el primero. Cuando se le caen los párpados cansados, las imágenes siguen girando en su cabeza y rompen la calma tensa que entumece sus miembros. Se agarra al asiento y se muerde el labio inferior para aguantar las lágrimas que ya están saliendo. Y, con los ojos empañados, la angustia porque no logra leer el nombre de la estación que ya huye.
¡Pensar que le pareció una aventura cuando se lo propusieron!

El mundo que deja está hecho a la medida de los que lo viven y lo disfrutan, aquí las dimensiones se agrandan como el silbido del tren al propagarse. Allí sus pies, fieles a su manía de no pisar rayas, saltaban de losa en losa cuajadas de sueños y el reflejo de un charco le devolvía una niña pizpireta que la entusiasmaba. Ahora se siente una hoja zarandeada por el viento hacia un destino incierto. Atrás se queda su infancia que guarda los trinos de los gorriones columpiándose en los cables de la luz y las nubes algodonosas que le contaban cuentos, el miedo a las noches en las que ululaba el viento y dos largas trenzas de sedoso cabello negro caídas en el suelo. «Para que puedas peinarte sola», le dice el rumor del arroyo entre juncos en el que se encuentra con la sonrisa de su madre que ella guarda muy dentro.

Por fin, el convoy entra en la estación con un ruido galopante de choque de hierros y se para tras un chirrido estremecedor. Algunos se agolpan en las puertas impacientes por bajar. Los esperan. Pronto, el tren, de nuevo en movimiento, se aleja y con él se lleva las vivencias que la atan a su vida anterior. El reloj de la estación marca las cuatro de aquel día gris de septiembre. El frío de despedida que recorre el andén la va calando por dentro con un olor húmedo a naturaleza que siempre la transporta a ese momento. Ojiplática, patea calles extrañas como se anda en los sueños y cada poco muestra la dirección escrita por su padre. Un señor con blusón y abarcas la acompaña. Camina a su lado en silencio. Su destino acaba frente a unas puertas de hierro forjado que en ese momento están abiertas. Una vereda flanqueada por árboles muy altos lleva a la escalinata de un palacete que, como por arte de magia, asoma al fondo. Fascinante si fuera un cuento, pero... Con esa sensación paralizante que te impide moverte se queda mirando alrededor. Un poco alejado ya, el hombre que la ha acompañado le hace un gesto y la anima a entrar: «Etorri, neska!» Se hace la valiente y, con el corazón al galope, pone un pie dentro.

Mädchen Internat, dicen las letras negras sobre la chapa dorada al lado de la entrada principal.

Una puerta le hace guiños y allí se cuela. Descubre libros, muchos libros y empieza a leerlos. Devora página a página sus historias robándole tiempo al sueño Conoce a los personajes, se siente atrapada por el relato, lo vive... Al final, le da pena terminarlo. Pero esa emoción sentida la arrastra a descubrir nuevas lecturas, otras historias que la hagan vibrar, sonreír, llorar.

La cortina de lluvia tras la ventana, idéntica al día que llegó por primera vez, hace pensar que nada ha cambiado; pero, salvada por la lectura, es consciente de que ella sí ha cambiado. Mucho.
Llueve, pero María vuela.
© María Pilar
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09 abril 2016

Las mujeres guerreras

Cuenta la leyenda que las amazonas yacían con hombres extranjeros para engendrar. Si eran varones los debían matar en el momento de su nacimiento.

El pequeño Tanais con sus rizos negros y ojos azules como el mar debía abandonar el lugar refugiándose en la noche. «Ha llegado el momento, mi niño, el talismán de tu hombro te protegerá.», le había dicho su madre. Encontraría el camino bordeando el bosque según las indicaciones que le dio, pero antes, quería verla por última vez.

Solapándose en la oscuridad, se introdujo en la cripta prohibida. Nueve guerreras dirigidas por la gran reina Hipólita formaban el consejo en torno a la piedra sagrada iluminada por la vasija del fuego. Sus siluetas se agrandaban a la luz de las antorchas con un aspecto salvaje que le infundían temor al ver cómo acorralaban a su madre. Sus ojos expectantes se emocionaron al descubrir en Aella el gesto valiente de la gran amazona a pesar de haber sido despojada de sus emblemas como la mejor luchadora en el manejo del hacha doble. Pero también, un dolor se le agarró por dentro al ver cómo la vejaban. La potente voz de la hermosa y fuerte Hipólita rasgaba la noche exigiendo la prueba: ¡¿Dónde está el chico?! Aella, con los brazos tan fuertes para la lucha como acogedores cuando lo mecían sin sobresaltos, se salvaría si él se salvaba; así se lo había prometido. El miedo lo sobrecogió al comprobar lo expuesto que estaba en ese momento. Hipólita, en un gesto despótico, se había soltado el cinturón mágico y lo mostraba agarrado con los puños cerrados. El pequeño Tanais se palpó el hombro del tatuaje en forma de ancla con el que había nacido y deslizándose en la noche desapareció del lugar.

Al alba, Agotado, reconoció los acantilados a los que tenía que dirigirse. Fue entonces cuando empezó a oír un leve crujir de hojas secas. Lo seguían. Estaba en el camino indicado, tenía que serlo y ahora, no podía detenerse. Solo una duda lo corría: cómo iba a reconocer a la persona que buscaba. En la playa divisó la figura de un pescador arreglando sus redes y hacia allí se dirigía cuando, de entre los pinos, salió corriendo una niña descalza. En su melena al viento se enredaban los destellos del primer sol.  Llegó junto al pescador y le habló algo a la vez que con la mano le señalaba su presencia. Este, enarcó una ceja con asombro y, dejando su tarea, se le acercó y observó con atención el ancla en el hombro. «¡La marca de la familia!», susurró.
̶ Julia, ¡es tu hermano! ̶ Embargado por la emoción se quebró en llanto.

© María Pilar 

02 marzo 2016

Hagamos un trato

Te propongo un pacto: no removamos más el pasado, no le demos más vueltas ni nos echemos más en cara lo que ocurrió, ya no lo podemos cambiar, dejémoslo correr por el camino del olvido, no me gusta esta guerra soterrada ni este mirar de soslayo con la desconfianza como carga. Llevamos un tiempo con el rictus de la tristeza pegado y el alma rota sin querer dar el brazo a torcer. «Demasiado vehemente», me dices; «excesivamente racional», te contesto; esto es un «toma y daca» y esta guerra no va a parar.

Ya sé que soy impulsiva, alocada y me lanzo sin escuchar tus voces de contención, pero reconoce que eres tan racional, tan pausado y mides tanto las palabras que a tu lado últimamente no hago más que bostezar. Me gusta volar como el viento, necesito sentirme en libertad, no me atosigues, cuando yo he tomado decisiones no nos ha ido tan mal, pero sobre todo no cargues sobre mi conciencia, sabes que soy muy sensible y el sentimiento de culpa me hace pasarlo fatal.

Te pasas la vida planificándolo todo y a mí me encanta dejarme sorprender, a ti te gusta andar con los pies en el suelo y lo mío es soñar, lo tuyo es la reflexión y la cordura y lo mío disfrutar de la ternura y la pasión. ¡Cuánta ciencia ha sido posible porque le ha precedido la imaginación! Los extremos se tocan y lo nuestro ha de tener solución. Cuando nos encontramos bajo el mismo techo cada nuevo amanecer te inundo de sueños y no quiero abrir del todo los párpados hasta ver tus anhelos en complicidad con los míos y me lo dice esa chispa en tus ojos cuando nos fundidos en ese abrazo tan nuestro. Entonces me levanto con el pie izquierdo y encaro la realidad con la firmeza que me da el creer que lo nuestro es posible.
Escribamos nuestra historia al compás. ¡Cómo me gustan las historias! Ya sé que tú lo llamas proyecto. Corazón y mente, mente y corazón, qué más da el orden si somos uno los dos.

15 febrero 2016

Los tentáculos de la corrupción

El niño que jugaba con un balón en el patio del colegio soñaba con ser deportista de élite y se esforzaba sacrificando el tiempo de los recreos para conseguir su objetivo. A cambio, la vida le dio prestigio como deportista y empezó a mirar de frente a los que estaban en la cima de la escala social. Se casó con una princesa de las de verdad, tuvo hijos guapos y todos juntos vivían en un inmenso palacio de cristal. Y colorín, colorado.

¡No!, no se ha acabado. En el palacio había una puerta giratoria que llevaba por un pasadizo secreto a la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones y allí entró a participar del reparto de todo lo robado, simplemente por su cara bonita y por posar los veranos en Marivent. Es verdad que al principio sintió un cierto olor a podrido en aquella cueva, pero su fina pituitaria se fue acostumbrando, al fin y al cabo actuar al margen de la ley no era tan complicado y le ofrecía todas las satisfacciones que un hombre como él podía soñar.

¡Qué papanatas los que creían en la honradez y el esfuerzo! Zarandajas de un tiempo muy pasado de moda. Él bien sabía que ser honrado era como ser bueno y ser bueno sinónimo de tonto. De él no lo dirían, porque a listo nadie le iban a ganar.

Ahora se sienta en el banquillo de los acusados por todo ello y será la voz de la justicia la que diga si fue tonto o se pasó de listo. Pero… ¿podemos confiar en la justicia cuando empresarios, banqueros, políticos y jueces han tejido con la “marca España” la caja de Pandora que desprende un olor nauseabundo hasta provocar el vómito? Y ¿hacia dónde miraban los responsables que han permitido tanta corrupción? Hoy simplemente contestan con un lacónico: “No me consta”

© María Pilar

26 enero 2016

Bajo las alfombras del Congreso

Mi plan de vida era seguir el consejo de mi abuela, una matrona gordezuela que siempre me decía: “Mejor que aquí en ningún sitio, mi niña”. Lo suyo eran las alfombras del Congreso y esa fue mi escuela. “Tendrás que aprender de tus experiencias y elegir lo que te haga feliz. Esa ha sido mi trayectoria y así he conseguido la PAZ: de vida, de mente y de espíritu”. Tenía razón, si había un lugar con el aire rancio, el olor a abrillantamiento de madera y la transpiración humana que tanto nos deleitaba, era este; pero… ¡Ay si mi abuela levantara la cabeza!
Se abren las puertas del Congreso de una manera tan brusca que una corriente fría me encrespa los segmentos ¡Qué jauría tan variopinta! Empiezan a confirmarse mis peores pensamientos.
̶ Ya están aquí, ­̶ anuncio a los míos ̶ rápido, actuad como el gran ejército que somos con nuestra afilada uña de garfio, sus ojos son demasiado simples para vernos. Dejad que entre ellos se peleen, pero que no toquen ni a uno de los nuestros.
Las finas camisas, trajes y corbatas se mezclan con coloridas prendas, botas, panties y vaqueros. ¿Es este el barómetro de los nuevos tiempos? De repente, uno que lleva coleta habla con el de las rastas de al lado, me coloco en su hombro y escucho perfectamente su bisbiseo: “Hay que levantar las alfombras, esa va a ser nuestra misión”
̶ ¡No! ¡Ese mundo no os pertenece! ̶ El grito liberador se ahoga en mi garganta tras haber escuchado ese graznido de ave de mal agüero.
̶ Ácaros del Congreso ̶ digo con la fuerza vital instintiva de mi abuela ̶ la guerra ha comenzado. Provoquemos una crisis de alergia. Os aseguro que caerán y sus muertos velarán nuestra supervivencia. Somos más resistentes que ellos. ¡No nos moverán! ¡Por nuestros ancestros! No olvidéis nuestra condición de ácaros selectos. Tened presente que fuera, la crisis ha minado la industria textil, ya no hay alfombras, ni cortinones, ni terciopelos.
© María Pilar

15 enero 2016

El prestidigitador

Con más años vividos que los que le quedaban por vivir, los misterios se le desvelaron .
Al principio, Nerea no entendía nada. ¿Qué hacía ella en el camerino del gran ilusionista Cardini en el Madison Square Garden? ¿Y las joyas? Lo del viaje a Nueva York fue cosa de su hijo Aitor. ¡Cómo se arrepentía!
Fijó su vista en la puerta en ademán de espera. Al verlo entrar, ya sin maquillaje tuvo que ahogar un grito. Llevó las manos a la cabeza como si no pudiera creerlo. Pronto se rehízo y lo asaeteó a preguntas.
Él hablaba amontonando las palabras como si temiera ser rechazado.

—Al verte sentada en las gradas del pabellón he experimentado tal sacudida que me habría abalanzado para atraparte. En los metros que nos separaban estaban todos los kilómetros recorridos durante estos años. Me pareció que el tiempo daba marcha atrás. Tenía que retenerte. Por eso el truco de hacer desaparecer tus joyas. Aquí están, en mi maletín, como entonces. "Esmeraldas con brillantes", decían los periódicos del día después al robo. "Una banda organizada del este, muy peligrosa". Yo solito di el golpe con la habilidad de mis dedos. Te lo merecías todo. Te dije que era una herencia de una tía abuela viuda de un marino mercante. Perdóname. Las imágenes del periódico me obligaron a huir. Porque, ¿Qué pasaría cuando las lucieras cuando todo el mundo las conocía por la prensa? Me fui con el corazón oprimido y este tatuaje en el brazo. Mira, —se subió la manga de la camisa de seda— Nerea. Lo repetía cada noche antes de dormirme. Contigo se me hacían menos solitarios los lugares que visitaba. Siempre huyendo, siempre alejándome. 

—Juegas con artes de prestidigitador con los sentimientos. Difícil no sucumbir. El abismo de los años me ha acorazado el cerebro y el corazón. Agur, Aitor. —Cuando salía, se giró— ¡Ah! Tienes un hijo. Se te parece. .

© María Pilar