30 marzo 2015

Un amor prohibido

Mi pecado lo conoce el mundo entero. ¡Qué le voy a hacer! A mí me gustaba más ella que él, tan peludo y descuidado y siempre pensando en las musarañas. Yo necesitaba algo que me permitiera sentir la fantasía y que me elevara de aquella vida tan rutinaria. Con ella encontré ese punto de evasión que me llevó a una sensualidad sin artificios porque simplemente me alentaba al disfrute en libertad.

Andábamos desnudos por aquel jardín al que nos habían invitado a una fiesta cuando nos encontramos por primera vez. Con la piel satinada y las mejillas arreboladas lucía tan hermosa que no pude menos que alargar mi mano para acariciar su rostro. Sonreía ruborizada al sentir el cosquilleo de mis dedos. El embrujo de la mezcla de dulzura y sensualidad hizo brotar en mí la pasión. Cuando me la presentaron fue para decirme que ni se me ocurriera pensar en ella. Para entonces yo ya había hecho un largo recorrido de pícaras miradas e intenciones lujuriosas.

Cuando mis labios se acercaron a su piel, me inundó su fragancia afrutada y me produjo tal explosión de sensaciones ante la inmediatez de probarla, que mi boca se humedeció. El gemido placentero que emitió al morderla por primera vez me hizo cerrar los ojos para disfrutarla en plenitud. Mi lengua se deleitaba con lo voluptuoso de su carnosidad y mis manos se mezclaban con el jugo de su cuerpo que colmaba mi delirio placentero.

Estoy segura que el dueño de aquella finca disfrutó como un voyeur desde su posición privilegiada, pero lo había desobedecido y cayó sobre mí su venganza. El cielo se oscureció, el aire se había enrarecido y se desató la tragedia. Celoso me lanzó su látigo de luz y me condenó a vivir errante sufriendo sangre, dolor y lágrimas. Con la modernidad me es más fácil camuflarme y pasar desapercibida. Sigo saltando de manzana en manzana cual pérfida, sin corregir mi rumbo. Seguidora de los Beatles por su logotipo, actualmente he encontrado feliz acomodo en la Apple de Steve Jobs.

© María Pilar


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21 marzo 2015

Día Internacional de la Poesía

De un amanecer luminoso 
Insistentes trinos
Soñando me despiertan
El sueño de aquel día. 

El arroyo cantarín 
Conoce mi secreto 
Lo susurran los chopos
Acariciados por viento. 

Espumosa estela de mar 
Surca un cielo limpio 
Entre ambas orillas 
Mi corazón dividido. 

Puerta que se abre 
Mariposas que la traspasan 
Un ocaso tornasolado 
Titilar de estrellas lo atrapan. 

Nada más hermoso bajo el sol 
Que sentir tu cercanía y tu mirada 
Tu guiño de complicidad, tu palabra.

 © María Pilar

14 marzo 2015

El vaivén de la vida

En la vida de Clara había aparentemente de todo menos paz y sosiego. Era de esas personas que cuando te pasan, su estela tira de ti y te hace girar la cabeza deseando alargar tu mano entre la brisa que ondea los rizos de su melena.
Esa noche Clara se separó de la fiesta, se quitó los zapatos de tacón de vértigo, la máscara de top-model y se abandonó en el columpio de sus pensamientos. Cualquier observador habría olido la tristeza que embargaba tanta belleza. Sabía que Rubén no se creía que ella se dormía en cuanto se acostaba, pero callaba. Rubén sabía que esa tarde ella había llorado, pero dijo:
̶ Cariño, ¿estás ya preparada?
La rutina había llegado a sus vidas como un intruso para definitivamente quedarse. Su ambición profesional, el estatus social y ese ajetreo diario de fiestas y relaciones sociales para alzar una muralla sobre la que asentar su seguridad, había resultado una telaraña en la que se habían perdido y ahora… ahora todo ello solo servía para acallar el incómodo silencio instalado entre los dos. Compartían cama, pero no dormían juntos, reservaban mesa en los mejores restaurantes, pero comían distanciados, viajaban juntos pero…
Qué lejos le quedaban a Clara aquellos días que les pertenecieron, las separaciones eran minutos contados para volver a verse, los kilómetros recorridos no importaban por un furtivo encuentro, decirse esas cosas que tanto les gustaba oír para alargar el tiempo, cruzar miradas cargadas de sensualidad, estrechar el aire con sus abrazos de amantes para comerse a besos.
Quería abrir un agujero en su mundo por el que poder escaparse. Tenía que cortar con todo lo que le ataba y se lanzó a ello en las alas del "intento". 
Dio un puñetazo a la soledad y  se adentró en la fiesta de la vida dispuesta a recuperar su tiempo.
 
© María Pilar