21 octubre 2015

La vigía

En tu casa que es mi casa
Sigo tras la ventana
Recojo miedos en el aire incierto
Viento de agosto que el pan amasa
Qué lentas pasan las horas
Sobre la tierra seca y espigada
El parpadeo del sueño
Me alarma
Esperar que se rompa el silencio
Y anunciar el alba
Dan vida a las sombras
Jirones de fantasmas
Un carro toma la calle
De madrugada
Su traqueteo noctámbulo
Me acerca a tu cama
Y al oído te digo
El vecino ya toma ventaja
Despiertas del sueño
Te levantas
Te vas al amanecer
Queda en reposo la casa
© María Pilar

18 octubre 2015

El mejor cazador puede ser cazado

La loba esteparia
Cuando los inviernos venían muy fríos el temor crecía en todo el vecindario. Parapetados en la oscuridad de la noche, los lobos con astucia y sigilo bajaban al pueblo y cometían sus atropellos: los corrales eran asaltados, los rebaños de ovejas despedazados y los perros más valientes caían bajo sus garras.
Los hombres maldecían su suerte a la vez que se sentían subyugados por esa fuerza bruta que, como si de una inteligencia superior se tratase, les ponía en jaque esquivando sus trampas. A juicio de los entendidos, ese año los estaba atacando la loba más grande que se había visto en la zona desde tiempos inmemoriales.
De madrugada se adentraron en el monte en el más absoluto silencio, tapaban la boca con pañuelos o bufandas para que las bocanadas de aliento ante el frío exterior no los delatasen. Solo la nieve al caer de las ramas de las encinas, entre las que iban alineados, llenaba las sombras con un ¡plaf! húmedo al chocar contra el suelo.
Desde la ladera oyeron el rumor del agua del torrente y notaron un ligero movimiento de los juncos. Andrés les hizo un gesto y allá se dirigían cuando uno tropezó y cayó estrepitosamente, los juncos dejaron de moverse.
A Andrés nada le impidió correr tras la sombra que había visto cuyo movimiento era mucho más rápido. Los otros que lo seguían hasta que se fueron distanciando y cayeron exhaustos. Tras llamarlo a gritos durante horas terminaron por abandonar.
La gélida noche dejó ver una luna de plata que lo envolvió todo en un aire de irrealidad y misterio. Al pie de una encina, el rastro cambió por una huella más alargada. En medio de la espesura, la gran loba furtiva ̶ cargando con el peso del dolor de su existencia y el de sus crías ̶ se giró y encaró el hierro de la muerte. Con gran tensión los dos se miraron. La visión le recorrió a Andrés como un fogonazo. ¡Era una mujer! Vio la fiereza en esos ojos verdes de los animales del monte, pero también el miedo en unos bellos ojos asustados. Se sintió el animal más irracional de la tierra y bajó los suyos avergonzado. El corazón le dio un vuelco que lo obligó a doblegarse sobre sí mismo. Un aullido rasgó la noche y al levantar la vista pudo ver las gotas de humedad que se desprendían del enmarañado pelo que desaparecía entre los montes más altos.
Días más tarde apareció Andrés en el pueblo, solo, envejecido y con el pelo cano. Sobre lo ocurrido en el monte nadie le preguntó y él se mantuvo callado.

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15 octubre 2015

Tu inesperada llamada

El otoño vitoriano despliega su abanico de colores en las amplias zonas ajardinadas que inundan la ciudad. Respiro profundamente ese aire no contaminado y disfruto del placer de lo inmediato. Voy al hospital a recoger los resultados de unos análisis rutinarios. 
A la salida de la consulta los violetas de la puesta de sol envuelven la ciudad cerrando un ciclo que en mi vida ya es pasado. Las sombras empiezan a enredarse en mi pelo.
"¡Ojalá los días estén nublados y con tormenta!", me digo.
Haga lo que haga o esté donde esté siempre mi cabeza está dando vueltas a lo mismo, me siento atrapada y la bola se va acrecentando. Tanta habladuría interna me deja hecha un lío, tantas preguntas sin respuestas.

Paso como flotando por los asuntos de mi vida diaria, me siento agotada y sin poder dormir. Quiero salir de ese momento rumiante, pero vuelvo al punto de partida una y otra vez. De momento no lo comento con nadie, les haría sufrir y el torrente de lágrimas llegaría a inundarme.
Absorbida por esta realidad, tu inesperada llamada me produce el efecto balsámico del viento cuando levanta las hojas y, revoloteando a mi alrededor, me muestran una de esas ranuras por las que se cuela la luz. 
Me dejo inundar por ella. 
Se pulverizan mis miedos y todo el bullicio interior se calma. 
Empiezo a tener fe en mi misma y aunque las preguntas se queden flotando en el aire, ya no es lo que más me preocupa. 
Es el aquí y ahora lo que cuenta. 
Frente al espejo encuentro una joven de media melena lisa y ojos serenos, de apariencia frágil, pero tenaz y enérgica. Carga una mochila de ilusiones que piden a gritos hacer frente a este nuevo proyecto que le depara la vida.
© María Pilar
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12 octubre 2015

Lo que esconde mi nombre


Tengo los ojos color avellana y mido 1,68. De pequeña tenía el pelo negro y la piel muy blanca, como Morticia, la de la familia Adams. ¿Una gótica macabra? Ni yo sabía entonces de su existencia. En casa me contaban que me había dejado una valenciana que pasó por el pueblo vendiendo cerámicas de Lladró. Una historia para soñar y dejar volar la imaginación. La de las cigüeñas estaba muy vista. 
Es fácil creer que la razón de llamarme María Pilar se deba al espíritu religioso que dominaba por entonces en España. Había nacido el 21 de octubre, el 12 es capicúa, el día de la virgen del Pilar, no hace falta ser muy avispado, ¿verdad? Conclusión, que esa sería la causa para ponerme Pilar, con María por delante, era el top ten de los nombres en el momento.

Lo curioso es que en mi familia nunca se celebraba el día del Pilar, ni se mencionaba siquiera. Tanto es así que yo lo mimeticé y nunca relacioné mi nombre con el de la Virgen. Lo que me hizo caer en la cuenta de tal incongruencia fue la cantidad de felicitaciones que empecé a recibir con el comienzo de las redes sociales. Al principio me extrañaron, me cuestioné el porqué, y estuve dispuesta a contestar que se habían equivocado, me contuve. Mi nombre y el de la virgen coincidían, de eso no había duda; pero nuestras trayectorias de vida habían recorrido por caminos separados. 

Indagué lo que había detrás. «En aquellos tiempos, qué chico no soñaría con una joven como ella al verla a contraluz bajarse del autobús de línea», contaba mi padre con un brillo especial en los ojos. «Una estrella inalcanzable, pero abrumadoramente real», decía ensimismado. Y todos los días iba a la misma hora para espiar su llegada. Debió de ser una tarde de primavera cuando impulsivo, haciendo como el que ya tiene mundo y se desenvuelve con soltura, se atrevió a levantar la mano para saludarla. Ella, que caminaba con ese andar ligero del zapato plano y falda plisada, le respondió al saludo. No le pasó desapercibida la rebeca abotonada cubriéndole la delantera, ya llevaba sostén. Tampoco el abrigo blanco, corto, muy fino, por encima de los hombros, pura coquetería. Logró saber su nombre: Elena, y que estaba estudiando en la ciudad. Fue lo único que conoció de ella ese día y a él le dejó el sabor de una declaración de amor. Era guapa, la que más. Olía a agua de rosas y, aunque de poco hablar, su voz sonaba como una canción. 

Tuvo que lidiar con el padre, su futuro suegro y juez del pueblo, hombre de aspecto severo que no facilitaba las relaciones sociales. Por eso se acicaló aquel día más de la cuenta antes de presentarse ante él. Se casaron, por la iglesia; y el gran banquete de bodas corrió a cuenta del señor juez. 

Un día, cuando yo iba a ser madre y estaba eligiendo el nombre de mi bebé, le pregunté a la mía el porqué de mi nombre. Su respuesta me dejó anonadada. 
—¿Tu nombre? No nos dio tiempo ni a pensarlo. Como naciste tan rápido, cinco meses después de casarnos, preparamos muy deprisa el bautizo y de la abuela Pilar, tu madrina, nos vino dado el nombre. Eso sí, tú siempre serás nuestra Pili especial, la llave que nos ayudó a abrir la cerrazón del abuelo que impedía nuestro casamiento.

 ¡Ja, ja, ja! O sea, que la tan cacareada virginidad de la época puro tópico. Y otra cosa, ¿os imagináis que mi abuela se hubiera llamado Gervasia?, con perdón por las que se llamen así. Sea como fuere, mi nombre forma parte de mi personalidad y yo me identifico plenamente con él. Ya me llamen María, Pilar, Pili o María Pilar, según los contextos en los que me relacione. Excepto Mari-Pili, que una vez me llamaron y le paré los pies a esa persona que decía querer ligar conmigo. Se rompió el amor sin haberlo usado. Me resulta cursi y ridículo. Lo siento por las «maripilis» que les guste llamarse así. Y ahora que lo sabéis, no abuséis para tomarme el pelo, que os conozco.
 
© María Pilar 

06 octubre 2015

La noticia: Crónica de un olvidado

 

Noticia de última hora: La policía italiana ha encontrado muerto en la Piazza di Spagna a un joven indigente español. Portaba este escrito. Se pide colaboración.

 «Estaba feliz. Por fin entraba en la Escuela de Ingenieros de Bilbao con la que tanto había soñado. Al regresar a casa, me moría de ganas por contárselo. De repente, al abrir la puerta, aparecieron todos felicitándome y emocionado no pude pronunciar palabra. La casa se llenó de globos, de risas, de abrazos. ¡Eres el primero que lo consigue!, me dijo el monitor Alberto dándome unas palmadas en la espalda. Los más pequeños me miraban admirados. Me había convertido en su líder. 

 En clase, fuiste tú, Pablo, el que te acercaste a mí y me pediste, con ese aire de despreocupación de los que lo tienen todo en la vida, que hiciéramos juntos el trabajo de final de curso. Te propuse elaborar un diseño de un alambique solar para destilar agua. Al principio fuiste reacio, me decías que eso era una locura, pero como tú no tenías ninguna propuesta... 
 —¿Trabajamos en ello? —te pregunté. 
 —Bueno, algo saldrá, ¿no? Tú pareces tenerlo muy claro —me contestaste alzando los hombros. 

 Y trabajamos intensamente. Bueno, lo hice yo por los dos porque tú no vivías en una casa de acogida, y me decías que no tenías tiempo por los muchos compromisos familiares y sociales. Yo también elegí. Me gustó fabricarlo. Y conseguimos el primer premio: Una estancia de tres meses en el Instituto Técnico de Massachusetts que nunca llegué a disfrutar. Al oírlo nos fundimos en un abrazo y gozamos de ese momento único. «¡Qué grande eres, tío!, me dijiste al oído.» 

A ti, Pablo, los elogios y las felicitaciones te engordaron el ego y tu vanidad creció como la espuma. Dabas entrevistas en diferentes medios locales y siempre afirmabas que el éxito estaba en saber elegir a los miembros de tu equipo. Tenías toda la razón porque, ¿qué sabes tú de alambiques, tesón y trabajo? Era la parte en la que yo me encontraba como pez en el agua, pero en habilidades sociales a ti no había quién te ganara. Tu saber estar ante las cámaras, tu facilidad de palabra en las entrevistas, parecía innato en ti y recuerdo cómo te gustaba oírmelo. Polos opuestos, juntos nos complementábamos. «Sumar fortalezas era lo que llevaba al éxito en una empresa.» ¿No era así como lo decías? Aquel tiempo para ti no supuso nada, a mí me cambió la vida. 

En la fiesta que tu familia dio para celebrarlo, me quedé fascinado con tus padres. La familia nuclear perfecta, pensé. Recuerdo que tu madre ponía unos hibiscos rojos en un jarrón cuando tú te acercaste a darle un beso. Y sí, algo se me estremeció por dentro. Mi fantasía más soñada se estaba haciendo realidad ante mis ojos. Claro que no era yo el protagonista. 
Entonces escuché algo que me sacó de mis cavilaciones: 
 —¿Qué tal tu perrito faldero, Pablo? 
Y vi cómo le reías la gracia y hacías un gesto de: «Qué le voy a hacer, se me ha pegado y no me lo puedo quitar de encima». 
Los demás se sumaron jocosos, cómplices, cobardes. Sí cobardes, porque eran los mismos que tantas veces jaleaban mi mérito en el trabajo. Era tu casa, tu estatus de influencia, tu fuerza arrolladora. El estar de tu parte y acallar conciencias permitía gozar de privilegios como ser respetado por el grupo o subir en la escala de consideración social. Muy consciente de todo ello, sabías cómo manejarlo. En ese momento disfrutabas humillándome y te alegraba saber que a mí no me pasaba desapercibido. Total, ya habías obtenido lo que necesitabas. 

El estupor me dejó sin habla y mi burbuja pinchó. Me sentí expósito por primera vez en la vida. La rabia me llevó a clavarme las uñas en las manos cerradas y me alejé.»

 © María Pilar

03 octubre 2015

Caprichos del destino

Siento que el corazón me falla, me empiezan a faltar las fuerzas, yo que he vivido una vida alegre y regalada en una de las mejores casas. Al impulso de mis pies volaba independiente y libre cuando otros querían hacerme suya, manos largas como telarañas. Sorteé peligros, salí ilesa y zumbona batía mis alas.
Cuántas veces la mano del abuelo se me acercó rozándome. Él presumía de que nunca fallaba, pero yo más lista lo esquivaba y burlona desde la distancia le sacaba la lengua.
̶ ¡Bah! Se me ha escapado ̶ decía con fastidio.
Todas las mañanas se repetía el tintineo metálico del vaso de agua con azúcar que me atraía. Al acercarme, mis antenas se ponían en alerta y me avisaban del peligro: era su mano la que lo agitaba. Con mi alegría natural lo rodeaba y a modo de saludo le zumbaba al oído. Él, zalamero me susurraba:
̶ Ya sé, ya sé que eres la más lista y la más rápida.
Durante minutos daba vueltas al agua con la cucharilla y aun sabiendo que el azúcar ya estaba disuelta, se quedaba absorto observando el remolino que por la inercia del movimiento se formaba en el agua. Me conmovía verlo tan concentrado en ese agujero con sus ojos azules apesadumbrados que infundían al rostro una apenada mirada que parecía licuarse en un velo de lágrimas. Entonces, silenciosa, me alejaba para no incomodarlo. Poco después volvía a ser el hombre enérgico, crítico y nada diplomático con el que yo me enfrentaba.
Hoy no ha habido tintineo, ni mano, ni cuchara; tan solo un solitario vaso de agua, cubierto de nubes negras, esperaba y esperaba. Esta imagen tan emotiva para mí me ha atraído, he acariciado el borde y muy despacio he bajado la rampa hasta que mis patas han tocado el agua. Su sabor dulce ha sido mi trampa.
Peleo y lucho con fuerza en esta desigual batalla sabiendo imposible ganarla. Mientras, delibero sobre los caprichos del destino, toda la vida esquivando peligros y ahora yo solita me ahogo en un vaso de agua.

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