29 enero 2021

Reseña de La librería ambulante

Con La librería ambulante, rodamos por unos lugares y unos tiempos que no son los nuestros, con otros valores y otras prisas. Se desarrolla en la segunda década del siglo XX y la acción discurre por zonas rurales de Estados Unidos. Nos pinta años idílicos en los que la vida pasa lenta y apacible en los campos y lo único que saca de su rutina a los granjeros es la llegada del carromato cargado de libros y el librero charlatán que trata de vendérselos. Nada que ver con La buena gente del campo de Flannery O’Connors (1925-1964). También en sus cuentos hay vendedores ambulantes con sonrisa inocente, pero en ellos el mal siempre está presente y termina ganando. 

 Sinopsis 
Helen y Andrew McGill son una pareja de hermanos adultos que viven en una tranquila granja. Un buen día, un extravagante personaje, Roger Mifflin, se presenta en la puerta de su casa con El Parnaso: un carromato-librería ambulante que tiene en venta, junto con la yegua y el perro. En un arrebato, y para vengarse de su hermano que no la ayuda a sacar en el trabajo de la granja, Helen McGill compra el lote completo y se embarca en la aventura de la venta ambulante de libros.

Análisis 
Es un libro sencillo, breve, con sentido del humor, de lectura fácil y muy predecible. Toda la acción transcurre en cuatro días. Disfrutamos del olor del pan recién hecho, del amor a los libros y nos deleita la vida al aire libre con descripciones del paisaje tan visuales como precisas. 
Érase una vez… podría ser el comienzo porque más que una novela recrea una historia de cuento donde el desarrollo de los hechos está muy poco elaborado y se dan algunos errores de puntuación (quizá se deba a la traducción). Trata de libros que pongan al alcance de todas las personas el universo de la Literatura y, sobre todo, la pasión por la lectura. Como telón de fondo, la reivindicación de la figura del librero. 
Esa pasión por los libros, la magia de la lectura y el trabajo por transmitir a otros el saber, es lo que le hace especial y por lo que merece la pena leerlo.

Personajes 
La protagonista y narradora de la historia, Helen McGill, es una granjera regordeta que durante años no ha hecho otra cosa que cocinar, trabajar en la granja y cuidar a su hermano, convertido en escritor famoso. Pero el rumbo de su vida cambia al toparse con el señor Mifflin, un vendedor de libros, excéntrico, bajito y bravucón. Puede hablar durante horas de libros y embaucar a todo el mundo que tiene alrededor. Conoce todas las obras que existen y sabe qué libro corresponde a cada lector. ¡Qué gran personaje de ficción! 
Aplaudo la decisión de Helen de abandonar su aburrida rutina doméstica lanzándose de cabeza, contra toda lógica, a la aventura que le brinda la aparición en su puerta de El Parnaso, el carromato perfectamente equipado con estanterías abarrotadas de libros  y, también,  enseres para la vida, porque hace la función de casa. 
Muy pronto va a sentirse sola y confundida por esos peligrosos caminos de venta ambulante y va a necesitar la ayuda de alguien que la saque de los apuros en los que se encuentra. Y este no es otro que el príncipe del cuento, el señor Mifflin, que duerme al raso sin que ella lo sepa ella porque sigue su rastro para protegerla. ¡Ay!, el amor. 

Conclusión 
Una vez terminada la lectura, si fuera el momento de elegir las tres cosas para retirarse a una isla desierta, creo que me sobrarían dos, porque me quedo con El Parnaso completo. Sería mi gran aventura. 

Uno de los varios fragmentos donde Mifflin le explica a la señorita McGill la importancia de su trabajo: 
«Cuando le vendes un libro a alguien no solamente le estás vendiendo doce onzas de papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor y barcos que navegan en la noche. En un libro cabe todo, el cielo y la tierra, en un libro de verdad, quiero decir, ¡repámpanos!, si en lugar de librero fuera panadero, carnicero o vendedor de escobas la gente correría a su puerta a recibirme, ansiosa de recibir mi mercancía y heme aquí con mi cargamento de salvaciones eternas, En fin señora, salvación para sus pequeñas y atribuladas almas y no vea cómo cuesta que lo entiendan, pero solo por eso vale la pena. Estoy haciendo algo que a nadie se le ha ocurrido hacer, es un nuevo campo, pero vaya si vale la pena. Eso, eso es lo que este país necesita. ¡Más libros! Sabe una cosa, es cómico, incluso los editores, los tipos que imprimen los libros no se dan cuenta de lo que estoy haciendo por ellos. Algunos se resisten a darme crédito porque vendo los libros por lo que valen y no por los precios que ellos les ponen. Me escriben cartas sobre las políticas de los precios fijos y yo les respondo hablándoles de mi política de mérito fijo. Que publiquen un buen libro y ya verán cómo lo vendo a buen precio. Bueno, lo mejor de todo es que me lo paso bien haciendo esto».

© María Pilar
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11 enero 2021

Siempre estarás conmigo

 


Desde mi nacimiento me condenan a esa marginación social donde cualquier intento de superación queda empañado por el desprecio de unos y la indiferencia de todos. Hija de madre retrasada y padre desconocido, algunos parecen disfrutar insultándome. Malas lenguas que resbalan y caen al barro. 

 Al salir del colegio, entre el jolgorio de los niños, madre me espera. No escucho su risa porque no sabe reír, ni las palabras de acogida que no sabe pronunciar, me bastan sus brazos acogedores para proporcionarme el sosiego que necesito. Entonces, la huelo; es el olor a madre. Esa madre que me presta los ojos con los que aprendo a moverme y me dice que los míos son azul cielo. 

 —¿Cómo es el color azul, mamá? 
 —Es la lluvia cuando nos moja el pelo y la cara. 

 En casa todo está en orden para que yo no me pierda, y cuando madre cierra las contraventanas, es la hora de acostarnos en el único catre que tenemos. Hecha un ovillo junto a su cuerpo tibio, los sonidos de la noche arrullan mi sueño. 

 La señora del pueblo para la que trabaja le pregunta qué sé hacer yo. 

—Canta —contesta azarada madre. 
—¿No le gustaría tocar el piano? Yo podría enseñarle. Además de guapa, parece muy lista, aprenderá pronto. 

 Ese día, madre tarda más que nunca en llegar. Al abrazarla, ¡un temblor bajo la piel! Sufre porque yo conozca otro mundo que lo prefiera a ella. 

—Seré pianista, mamá, estarás orgullosa; y siempre me quedaré contigo. 

 © María Pilar 
(250 palabras)

Relato publicado en la revista ¡A ciegas! de El tintero de oro


Txoria Txori - Un pájaro es un pájaro
Hegoak ebaki banizkio 
nerea izango zen, 
ez zuen aldegingo. 
bainan, honela 
ez zen gehiago txoria izango.  
Eta nik... 
txoria nuen maite. 
Si le hubiera cortado las alas 
habría sido mío, 
no habría escapado. 
pero así, 
habría dejado de ser pájaro. 
 Y yo... 
 yo lo que amaba era un pájaro.
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07 enero 2021

El muñeco de nieve

 Nieva. 
 La monótona uniformidad de la nieve oculta el áspero trajín de la ciudad. Su verdad queda borrada con la pureza del manto que la cubre. No así los recuerdos que vienen a mostrarme aquel momento del crepúsculo de un día de invierno en mi pueblo. 

 La nieve nos miraba agazapada desde los cerros como una raposa dispuesta a saltar el corral. Su mensaje de frío nos lo traía el viento. Por la calle nos soplábamos las manos para calentarlas y nuestras bocas parecían chimeneas echando humo. Un día, al levantarnos, descubríamos que se había hecho dueña del pueblo. Caía densa, suave, silenciosa. Nuestros ojos de niños acompasaban su ritmo con una mirada lánguida. A veces, dibujábamos un corazón con un dedo en el vaho de los cristales y algunos copos se salían de la uniformidad para adherirse divertidos al corazón de nuestra ventana. Eran tan encantadores que sentía ganas de atraparlos con la lengua para saborearlos.

 No era una nieve pasajera, no; se hacía dura y recalcitrante. Todo lo igualaba, y serenidad, no era la palabra; más bien, producía un silencio que abrumaba. A los hombres se les paralizaba el tiempo porque no podían salir a trabajar y por las mañanas nos despertábamos con el chocar de las palas que limpiaban las aceras y abrían caminos para poder transitar. 
 Los niños estábamos nerviosos por salir a la calle, con caminos o sin ellos. No ocurría nada excepcional, por eso nos gustaba tanto la calle, porque no pasaba nada, salvo que vivíamos en plenitud nuestra libertad. 

 Entre los niños de la calle estaba Mikel, regordete, de pelo rojizo y pecoso. En sus ojos marrones había unos destellos color miel que agudizaban el punto infantil de ingenuidad en su mirada. Sus aires de ciudad, de los que nunca llegó a desprenderse, cobijaban una mente inquieta que campaba a sus anchas por los espacios de la imaginación. Reía de manera abierta, nos contagiaba. El ser hijo del veterinario, que acababa de llegar, no fue una barrera para entrar en nuestra pandilla, nosotros sabíamos hacer potroso al más pintiparado si era tan divertido como Mikel. 

 Aquella tarde, los copos de nieve se desvanecieron para abrir un hueco en la tormenta que permitía ver la luz. Salí con Edu y Mikel sin más propósito que zangolotear por ahí. Una tarde de invierno más. Lucía un sol radiante y el viento helador nos cortaba la cara. Percibíamos el olor a humo de las chimeneas de leña, el crujir de la nieve bajo nuestras botas rompiendo el silencio y, de vez en cuando, el golpear de los bloques helados que caían de los tejados. El crepúsculo nos marcaba la hora para volver a casa y teníamos toda la tarde por delante. 
Lo que daría por parar el reloj en ese instante y que no llegase el atardecer. Teníamos ocho años y nos creíamos mayores. Nada había sucedido aún. 

En El paseo, a la altura del baile, nos encontramos un muñeco de nieve con una larga nariz de zanahoria. Edu le marcó la boca, grande, sonriente y unos ojos muy expresivos. Yo le puse tres piedras de botones para cerrar el abrigo a la altura de su voluminosa barriga. Mikel, su bufanda de lana. Le dije que se parecía a él y me dio de lleno en la espalda con una bola de nieve. Emprendimos una guerra de bolazos. Alborozados corríamos para ponernos a salvo tras los plátanos mientras cogíamos puñados para tirar. A nuestro alrededor, surcaban el aire partículas de nieve dura. Se nos pegaban al gorro y al abrigo. Teníamos las manos doloridas y las mejillas irritadas. 
—¡Qué divertida es la nieve! —gritó Mikel. 
Me escondí justo a tiempo de oír los dos «plof, plof» en el árbol que se desperezó y me sacudió encima la nieve de sus ramas. Me convirtió en un muñeco de nieve andante. 

Entonces nos fuimos a los lavaderos. Parecían dos pistas de patinaje. Iluminados por los últimos y tenues rayos de sol, veíamos un paraje diferente al que estábamos acostumbrados. Mikel lo observaba con una fascinación irresistible. Se acercó a la difusa orilla. Golpeó con el tacón de la bota varias veces. Muy confiado nos dijo que se podía cruzar. Lo miramos asustados. Él sonrió desafiante. Pisó el borde, tanteando. Y resuelto, con los destellos color miel de sus ojos mirando al frente, dio un paso, otro, otro… En ese minuto de nervios, con el corazón en un puño, ocurrió todo. Una grieta resquebrajó la placa helada y Mikel empezó a tambalearse. La angustia escapó de su garganta en un grito desgarrador que reventó el silencio. Y llegó el ruido de trueno. El hielo abrió su boca de monstruo y un «glub, glub» rápido, angustioso, enloquecedor, lo tragó. 

 Nos quedamos solos con un miedo gélido. 
Aquel momento, en medio del creciente frío impregnado del olor del humo de las chimeneas, se metió en algún lugar de mi mente donde se cocinan los terrores. Y, aunque el paisaje nevado con muñecos de nieve pertenece a un mundo lejano que ya no volverá, el terror se despierta de vez en cuando para recordarme que su imperio no ha muerto. 

© María Pilar 
 * Potroso - Gentilicio de Villamediana
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