18 abril 2019

El reloj de la estación

Existen situaciones tan incomprensibles en la vida de los grandes personajes que a uno lo dejan perplejo. Era la persona más rica de España y uno de los multimillonarios más poderosos del planeta. Un potentado de la industria textil que había creado una marca con la que revolucionó el mundo de la moda. Dudé en ponerle un nombre para que pareciese el personaje principal de la historia que me estaba inventando; preferí dejarle en el anonimato. En su situación podía vivir una vida de ensueño. Pero no, sus intenciones siempre eran sibilinas. Aquel día me ordenó que lo llevase a un pueblecito de alta montaña. «Treinta casas y más de la mitad deshabitadas», me chivó el señor Google regodeándose.
Tras curvas y curvas flanqueadas de frondoso arbolado y luz primaveral, en medio de un enclave natural privilegiado, encontramos la pequeña aldea. Creí que empezaba a entenderlo. Seguro que quería perderse en aquel paraje para liberarse de la vida ajetreada que llevaba. Volvió a sorprenderme. Apenas giré el volante del Audi para enfilar la calle de entrada me dijo:

—Pare aquí. —Era una estación de tren varada en el tiempo—. Tómese la tarde libre.

La tarde libre en un lugar que lo recorres en un suspiro. ¡Qué ironía! Le abrí la puerta del automóvil para que bajara y, sin más, se dirigió con su pesada anatomía a la solitaria estación.
Saqué de mi bolsa el cuaderno donde escribía en esos momentos de espera. Si no era una catarsis a mi vocación frustrada de escritor, al menos me entretenía.

*******
El gran reloj congelaba la existencia en un punto exacto: las diez y doce. ¿De qué día? ¿De qué año?

La puerta lo recibió con un crujido lastimoso y un aire viciado le golpeó la nariz. Por los cristales sucios de la ventana entraba una luz pobre, obstinada luchaba contra el acoso de las sombras como él lo hacía por sus recuerdos ante el temor al olvido. Los elementos cubiertos de mugre y polvo mantenían una calma expectante, parecían saber de su venida. Cruzó casi de puntillas para que sus pisadas no sonaran irrespetuosas en las losas irregulares y se sentó en el banco de madera cuarteada, junto a la pared. De pequeño balanceaba las piernas porque sus pies no llegaban al suelo mientras esperaba ver a su padre entrar envuelto en la ventisca, soplándose las manos. Era su héroe enfundado en aquel uniforme con la gorra de plato calada y el bastón para dar la orden de salida a los trenes que rugían por aquellos montes.

Pasaba la mirada por las paredes desconchadas, se detuvo en la silla vacía y en la papelera oxidada donde cogía papeles viejos para encender la estufa. ¡La estufa! Permanecía inamovible adosada a la columna ennegrecida. Le dio un vuelco el corazón. Emocionado, sintió retroceder en el tiempo.
Su padre estaba allí. Con aquella manera que tenía de coger la barra de hierro para retirar la tapa. Oyó el chocar del metal y el chisporrotear del fuego iluminó la estancia cuando lo tizoneó. Añadió más carbonilla que tenía en un saco de esparto. No tiraba bien y el humo les irritaba los ojos, pero sentían calor.

—Con esto habrá suficiente hasta que pase el último tren. Después nos vamos a casa —manifestó el padre con la expresividad de la mirada que confirmaba sus palabras.

Y se puso a leer, una vez más, el libro manoseado —Peñas arriba— que un pasajero había dejado olvidado en la estación. A veces levantaba la vista y le contaba que trataba de un señorito de Madrid; regresaba a la casa familiar de la montaña porque añoraba sus orígenes.

—Papá, ¿podremos ir algún día a Madrid? —dijo una voz infantil al abrigo y seguro refugio de su padre.
—Escucha, hijo —le hablaba muy serio, no era de mimoserías—, sin mí la estación sería una locura. Los trenes chocarían y el sufrimiento alcanzaría a mucha gente. Tal vez tú, cuando seas mayor... Pero recuerda, uno siempre vuelve al lugar que ha sido feliz.

La luna con su luz ya aportaba a los bosques de la zona el espíritu mágico que los invade cuando de la estación del silencio salió el único viajero, callado, vencido por el desamparo.

Relato publicado en el libro Tinta, papel y... acción de ETDO
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08 abril 2019

El abuelo

El día que cumplió ocho años, el abuelo le regaló un gatito gris jaspeado, precioso.

—Mira lo que te he traído, María. Toma, es para ti. Aprenderás a cuidarlo.

La niña estaba exultante. Lo cogió con mucho cuidado. «¡Qué suave!» El minino abrió los ojos y la mirada azul que posó en la pequeña tenía el brillo de la grata acogida. La enterneció tanto que su corazón generoso se expandió lleno de felicidad. «Te llamarás Dido», le dijo. Y le asignó un sitio junto al hogar, cerca del fogón donde borboteaba el puchero.

—Abuelo, este será su espacio.
—Me parece bien —asintió el abuelo con el rostro confiado, orgulloso de su pequeña.

Al minino le gustaba lo mullido que era su ropón y hecho una bola dormía haciéndose invisible con las paredes ahumadas; solo le delataban los ojos que abría al notar una presencia. Era esa enigmática manera de hacerse visible lo que le daba a su mirada un poder mágico. Enseguida perdía ese halo de misterio. Saltaba al pavimento de losas de barro irregulares y no paraba de jugar aunque fuera con su sombra. Cuando la niña se sentaba a la mesa para comer el tazón de sopa de leche que le preparaba el abuelo, daba un brinco para acomodarse en sus piernas. Los finos hilos de los bigotes de felino le intrigaban a la pequeña. «Demasiado largos para su carita tan linda», pensaba.

Atizó las brasas como hacía el abuelo. Las paredes de la vieja cocina salieron del gris para colorearse del rojo del atardecer que no tardó en reflejarse en sus mejillas. También el gatito mimado lo agradeció remolón. Le acercó el atizador encendido a los bigotes. «Solo un poquito», se dijo. Algún pelo del bigote chisporroteó y se enrolló como fina seda. Dido, al sentir el peligro, saltó del hogar a la vez que lanzaba un maullido y huyó aterrorizado dejando chispas a ras de suelo. Logró meterse bajo un armario, en la oscuridad pasó horas enteras erizado todo él, dando resoplidos, lavándose la herida con su pequeña lengua y durante horas lo miró todo con peligro sin atreverse a salir. Por la noche desapareció.

El corazón de la pequeña se estremeció. Aprendió con tristeza el poder que tiene el echar en falta a alguien. Por la noche, su sueño se había perdido por los inusitados vericuetos nocturnos y no encontraba el camino para venir a consolarla. Ella aguardaba encogida entre las mantas sin molestarse en secarse las lágrimas.

Al levantarse, el mundo se le nubló. Se desvaneció. La mirada del abuelo que se posó en la niña tenía la angustia de los gritos que no se dan. La tomó en brazos. Ardía de fiebre. La acostó y le puso paños húmedos en la frente.
Con pasos quedos se acercaba a verla. Lloraba hacia adentro con el corazón anegado y los ojos secos. Su voz dolorida empezó a llenar la casa.

La llamaba.

Surgirían otras voces que no lo creían capacitado para cuidar a la pequeña. «Demasiado mayor», decían. Se la quitarían. Como ya entonces lo intentaron. Tras el fatal accidente en el que murieron su hijo y su nuera. Una historia de dolor que iba para cinco años y permanecía lacerante todos los días de su vida.

María lo oía hablar, desde muy lejos. Aunque no podía abrir los párpados su respiración se iba sosegando. Fue cuando el abuelo salió a recoger tomillo y romero para hacerle infusiones. ¿Pero dónde diablos se había metido Dido? Le parecía inconcebible que desapareciera de sus vidas así, sin más ni más.

Taciturno pisaba la tierra áspera camino del cerro que daba a la era en la que trillaba, junto al arroyo. En la cima había un almendro. Sin hojas parecía seco, pero lo había visto luchar contra las inclemencias del crudo invierno y hacer frente a los vendavales del norte que lo doblegaban. Resurgía fortalecido y cada febrero se vestía en flor y soñaba en silencio.

En el instante que se agachó para recoger tomillo tuvo la impresión de que alguien se había parado cerca y lo estaba mirando. Pero no había nadie. Por alguna razón que se le quedaba oculta intuía que Dido merodeaba en su entorno sin dejarse ver. Pasó un rato intentando descubrir algún movimiento que le confirmara su corazonada; al no percibirlo, optó por poner junto al arroyo el pequeño tazón de leche en el que comía en casa. Y se sentó allí, en el muro de piedra que rodeaba la era, para vigilar.

Un atisbo de sorpresa brilló en los ojos del abuelo y a la vez qué pena sintió al verlo salir cauteloso por un ojo ciego del puente que estaba intransitable. Era un gatito infeliz, maltratado y parecía aterrorizado. «Lo han dejado hecho una lástima», se dijo. Sin atreverse a llegar a él, para no asustarlo, espiaba sus movimientos. Se acercó al cuenco y bebió ansioso la leche, después se relamió. Estaba tan flaco. Y sucio. En dos días había pasado a representar la viva imagen de un gato callejero. Apenas lo llamó por su nombre levantó la cabeza y empezó a ronronear con suavidad. La frente del abuelo se contrajo al descubrir que tenía chamuscadas las vibrisas del lado izquierdo. Quedó pensativo ante el desvalido gatito que esos días había estado quién sabe dónde «Tal vez le volverán a crecer», se dijo conmovido. Emocionado se fue aproximando, despacio. Lo cogió con sus manos rudas de hombre de campo y sintió lo fuerte que le latía el corazón, le acarició la cabeza para tranquilizarlo. Por su instinto increíble, Dido, al sentir el calor de aquellos brazos supo que estaba en su hogar, buscó una postura cómoda y se durmió.

La niña, que ya había abierto los ojos y parecía estar volviendo a la vida, lo recibió con una fascinación difícil de describir. El rubor le subió a la cara, se la tapó con las manos y sus hombros empezaron a sacudirse. Lloraba en silencio. El abuelo empezó a comprender: sabía que no hacía falta una razón para marchase, otra cosa era para seguir con ellos. Dido saltó de los brazos del abuelo a la cama de María y se quedó hablándole con la mirada, en un parpadeo lento. 
 «Él ya te ha perdonado», dijo el abuelo, con el tiempo aprenderás a perdonarte tú. Se inclinó hacia ella para besarla. Sus ojos azules brillaban por la emoción. 
«Abuelo, tú también lloras?» 
Tu pelo, que se me ha metido en el ojo al acercarme.

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