30 diciembre 2020

Aurrera!

Es 1 de enero de 2021 y luce el sol. Da alegría y sientes algo así como un subidón de moral. Estamos a temperaturas bajo cero y los del tiempo anuncian borrascas de nieve continuadas con el cierre de carreteras. Ya lo están algunos puertos. Tras los cristales del mirador, la plaza ofrece una estampa preciosa, se diría que está recién pintada y destacan los colores con tanta luz que te obliga a entre cerrar los ojos. ¡Bien hecho 2021! Empezamos a congeniar. El gris y negro en el que nos tenía metidos tu hermano mayor nos bajaba los ánimos a los pies. 

 Ya la noche estuvo bien. Las mesas lucían espléndidas en las distintas casas. El menú de fiesta como correspondía al momento. Pero eso de tomar las uvas por videollamada fue la mecha que encendió la magia. ¡No hay otros como los chicos! ¡Son admirables! Fue una originalidad de ellos para hacernos compañía, se nos pasó el tiempo rápido sin pensar que estábamos solos. Y yo que, a mis años, no entendía lo de tanto móvil, que parece que lo quieren más que a uno mismo; pues mira por dónde, ¡qué sorpresa! Nos dieron una lección de cómo hacer frente a la adversidad que ya nos gustaría a nosotros. Me emocionaron, vaya que sí, y aguantando las lágrimas estuve. Opinaba que serían ellos los que se sentirían solos, y me apenaba; pero no fue así, estaban contentos y con esa alegría nos contagiaron a su madre y a mí. Hablábamos como si estuviéramos en el salón de casa. Quitándonos la palabra, a veces. Pero el momento de las uvas, todos a la par pendientes del mismo reloj, hasta en eso nos pusimos de acuerdo, fue conmovedor; no lo olvidaré nunca. El brindis con los mejores deseos para el Año Nuevo quedará colgando en algún pliegue de mi memoria para recordarme que la fuerza del cariño de los tuyos rompe barreras y se salta los confinamientos si hace falta, de manera virtual se entiende, para vivir la Nochevieja en su esencia que para nosotros es el encuentro familiar. 

¡Qué empuje de ánimo y fuerzas! Me gustaría imitarlos… De momento, me siento orgulloso por compartir la vida con esa generación joven que nos viene tan bien preparada. Son un soplo de aire fresco. 

 © María Pilar

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17 diciembre 2020

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado



Fecha de publicación original: 1969 
Autora: Maya Angelou 
Género: Autobiografía 
Editorial: Random House 
País: Estados Unidos 






Decía Carlos Zafón que todos los libros tienen alma, el alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. 

El alma de Maya está en cada palabra que escribe, no hay nada de artificio en ese contarnos en primera persona con esa voz (puede ser mirada) de la infancia, sus miedos, esperanzas, el abuso sexual, las frustraciones, la familia desestructurada a la que perenece y, ya en la adolescencia, la búsqueda de su identidad y afrontar la maternidad en solitario.
 
Ocurre lo que dijo Tolstói: «Pinta tu aldea y pintarás el mundo». Es lo que hace Maya, porque tiene un don tan extraordinario para narrar que el lector muy pronto sabe que todo lo que nos cuenta trasciende y, a través de sus propias vivencias, nos está mostrando el racismo, la segregación, la violencia, y el temor de la raza negra en EE.UU. en la 1.ª mitad del siglo XIX.
 
El libro no está estructurado por capítulos. Va poniendo luz en los hechos importantes relacionados con su vida y los reviste con tanta dignidad que sobrecoge. Con una sensibilidad especial, crea un mundo de olores, colores, sabores y sonidos, donde los personajes tienen vida propia en unos ambientes y situaciones. La imaginación del lector se cuela provocada por la magia del relato. Tienes la impresión de estarlo viviendo como observador más que leyéndolo. Y esas impresiones te acompañan después de haber terminado de leer el libro.
  
Entre los personajes, yo me quedo con el de la yaya, la abuela de Stamps, Arkansas. Tiene una tienda de ultramarinos en la zona para negros. Una mujer excepcional que pone unos pilares tan firmes en la educación, tanto de Maya como de su hermano, que van a ser el sostén frente a las dificultades en su vida. Para ella el recurso de la fe es como un clavo ardiente al que agarrarse. En la casa de la abuela, los niños tienen una familia, pero también hay un pueblo cohesionado detrás que nunca más van a tener en San Francisco con sus padres.

Escenas a destacar hay muchas, La de la abuela aguantando firme, sin moverse, delante de su casa, los ridículos gestos y mofas de los chiquillos blancos, es impresionante. Parece un tótem.  
Otra escena es el día en que los niños de la escuela de la Escuela Normal del Condado de Lafayette, en Arkansas, preparan su graduación. Angelou está entre ellos. Proyecta nervios, anhelos, ilusiones de futuro… El discurso del señor Donleavy, en nombre de las autoridades educativas del estado, entra como un elefante en cacharrería, destruyéndolo todo al dejar la expectativa máxima del negro únicamente en el deporte. Con una furia silenciosa, Angelou reflexiona con gran pesar el no poder controlar su vida por ser una chica nigra. Así y todo no se da por vencida y sigue con el afán de superación en su vida, la prueba está en que se hace escritora.

10 diciembre 2020

Tiempo de espera

El tiempo de espera en la famosa escalinata de la Plaza de España en Roma, por la que deambulan pintorescos personajes de la noche, es un tiempo demasiado lento para aguardarlo. Cuando todo en la ciudad permanece cerrado, un trajín se resbala por los peldaños buscando un sitio hacia ninguna parte. Entonces, entre el humo del tabaco y los efluvios del alcohol, algunos discuten iracundos en ese estado en el que se pierde el equilibrio de los cuerpos y también del lenguaje, que se limita a un tartamudeo de exabruptos y blasfemias. Hay quien rebusca en sus bolsillos las colillas recogidas en la calle para prepararse el penúltimo cigarro, los más afortunados se colocan la dosis que por momentos los hace creerse héroes. 
 
La divertida escalera de día, con el trasiego de turistas y la vistosidad de las azaleas que la adornan, por la noche huele a indigencia, miseria y derrota. Claro que los ocupantes no lo notan porque ellos mismos son escaleras. Tosen y se cubren con cartones para pasar la noche.

Hoy se les acerca uno nuevo. Cohibido, con un rostro demacrado y lastimosamente triste, les pide permiso para ocupar un trozo de escalón, como si pensara que les está usurpando un puesto. El más cercano levanta los hombros en un gesto de indiferencia y se da media vuelta intentando dormir. Entrada la noche, los ciento treinta y cinco peldaños parecen un purgatorio de almas en pena que han de pasar por allí antes de ingresar en el cielo. El nuevo no duerme, aterido de frío, escribe una carta a su madre en un papel arrugado bajo la escasa iluminación callejera. Cuando a los trece años, sus padres adoptivos le dijeron que había sido abandonado junto a un árbol del parque de la Florida de Vitoria, la palabra madre despertó en él emociones traicioneras que lo llevaron a marcharse de casa en su búsqueda. En ese camino está todavía, sin encontrarla, y ya ha cumplido los veintitrés. Entre esperas y desesperas ha intentado acoplarse a ese mundo gris y desolado que lo rodea. El de al lado piensa que es poeta porque los poetas tosen, como este, una tos muy fea. 

Empieza a llover. Todos van alejándose dejando restos de su esencia, al nuevo se le sale el alma entera. No puede soportar más la carga de su propia historia que lo ha ido consumiendo ante el silencio o la indiferencia de ella. Porque si bien, ha localizado el lugar donde una voz maravillosa de mujer lo había citado por teléfono: la fontana della Barcaccia; su madre no ha aparecido. Ni entonces ni ahora ni nunca. Quería encontrarla, verla al menos una vez en la vida, observar si tenía algo de ella: sus ojos castaños claros, sus manos finas, la tez blanca y el cabello oscuro. Tal vez se ha olvidado de la cita o lo ha visto de lejos y se ha dado media vuelta avergonzada de su hijo como el día que lo parió. Con la movilidad de un animal herido se acomoda en un rincón sigiloso con el abrigo cerrado y los hombros apretados por el frío. ¿Acaso tiene algún sitio mejor al que ir? 

Entre la llovizna que lo envuelve ve una mujer que se le acerca. ¡Es ella! El corazón le da brincos de alegría. 
—¡Mamá!
—¡Alberto, hijo!, ¡te dije que vendría! 
—Eso dijiste, mamá. Por eso te esperaba. —Alberto hace un enorme esfuerzo para levantarse, quiere agarrarla, que no se le escape de nuevo, pero el cuerpo no le responde. 
—Ha pasado tanto tiempo…  
—Lo sé, mamá. El tiempo de espera ha sido largo. No sabes cuánto. Llegué a perder la esperanza… —Su voz temblorosa se quiebra.

La madre lo mira con ternura. Se preocupa por él. Sentada a su lado, le echa un brazo por los hombros y lo atrae hacia sí. Alberto, que quiere darle su mejor versión, se limpia raudo las lágrimas con la manga del abrigo y abre los ojos todo lo que puede para verla bien: «¡Qué bella es!»
—No pude venir antes, hijo; pero yo bien sé que, a pesar de todo, me seguías esperando. ¿No es así? 
—Así es, mamá. Siempre. —Esa confianza que deposita en él le aligera de cargas, se siente flotar como una pluma. Mira a su madre y trata de sonreír—. El deseo de encontrarte creció tan vivo dentro de mí que ya te conocía a pesar de tu ausencia. En mis momentos de soledad, era a ti a quien le contaba todo lo que me ocurría en la vida. ¿No me escuchabas, mamá? 
—Claro, hijo, por eso estoy aquí. Nunca más te dejaré solo. Hoy he venido para llevarte conmigo. —Y lo abraza con cariño protector a la vez que manifiesta—: Si tú quieres, podemos irnos ya. 
—Sí, vámonos, mamá —contesta apresurado Alberto. 

Empapado en un charco negro que le hace de sudario, es Tánatos el que lo coge para llevarlo al mundo de los muertos. 

© María Pilar 

Relato publicado en la revista: Volvemos a Manderley de El tintero de oro

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01 diciembre 2020

La secuoya de Ursulinas

    Había una vez una secuoya gigante en Vitoria que estaba catalogada como árbol singular y, por tanto, legalmente protegida. Plantada en un parque céntrico donde podía vivir libre y segura, dejó de añorar sus tierras del norte y se hizo un árbol colosal que superaba los cuarenta y dos metros. Sobrepasaba a todos los edificios de alrededor, incluso, la Catedral Nueva que tenía enfrente. En perímetro medía más de ocho metros, se necesitaban seis hombres para abarcarla. 

    Erguida y hermosa, se mantenía segura con unas raíces que podían alcanzar los treinta y cinco metros. Se asomaba por la tapia del colegio de las Ursulinas para disfrutar del jolgorio de las niñas en el patio del recreo y desde allí la veíamos como una diosa protectora. Le divertía lo sorprendidos que se quedaban los que la visitaban, la seriedad con la que daban pasos por su perímetro o los complicados giros de cabeza para intentar ver su copa. Pero lo que de verdad la enamoraba, era una sensación tan extraña como agradable: el cosquilleo que sentía cuando la abrazaban. Las primeras en hacerlo fueron las niñas del colegio. Consiguieron semi abrir, no sin temor a ser descubiertas, la pequeña puerta de la tapia que siempre estaba cerrada, se deslizaron por la abertura y juntando sus manos estiraron, estiraron hasta lograrlo. ¡Qué felices estaban y con qué gritos y choques de manos lo celebraron! 

     Cuando escuché que la secuoya centenaria de Vitoria se estaba secando, me dolió en el alma. Me acerqué a verla. ¡Dios Santo, qué aspecto tenía! Un esqueleto gigante. ¡Cmo podía el ayuntamiento de la ciudad exhibirla de aquella manera! Me senté en una piedra y sí, lloré lágrimas amargas junto a ella. 

   En los últimos tiempos, la ciudad le había dado la espalda al priorizar la construcción en esa zona tan céntrica. El colegio, que ya es mixto, ha construido una ampliación en la superficie del patio. Los edificios invasores han ocupado el parque hasta convertirlo en un habitáculo interior, en el que la hicieron prisionera. Pasaba completamente desapercibida porque ya no estaba a la vista. Había que conocer el estrecho callejón por el que se podía acceder para encontrarse con ella. Nadie la visitaba. Se murió de pena a los ciento cincuenta y cuatro años. Una jovencita´en su especia, llegan a vivir tres mil o cuatro mil años. 

    Hoy, el pequeño emplazamiento, junto al colegio, ha vuelto a ser noticia. Cuenta con nueva vegetación que rodea a la secuoya seca y ahora tiene nombre: «Sempervirens Parkea», es un espacio de homenaje a las víctimas del covid-19. Un espacio presidido por el esqueleto de la secuoya plantada en 1860 que con su fuerza y solidez simboliza la permanencia del recuerdo de las víctimas en esta pandemia. Junto a ella se ha plantado otro ejemplar joven que simboliza la esperanza. Pasado, presente y futuro juntos. Un viaje en el tiempo.

    © María Pilar
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