25 junio 2014

El loco de la casa gris


La primera vez que se subió a una bici, Laia empezó a pedalear manteniendo el equilibrio para no caerse sin ningún tipo de ayuda. Engatusaba a los gatos para quemarles los bigotes, los perros huían de ella y terminó por aparentar que le eran indiferentes. No tenía miedo a las alturas a pesar de los golpetazos que se había dado en sus vuelos sin red. En la oscuridad mantenía los ojos bien abiertos y los oídos atentos al menor ruido.
Anochecía cuando salió de casa con cautela. En compañía de su amigo Raúl, se dirigió a la casona que por su estado desvencijado parecía estar abandonada. La circundaba un jardín invadido por la maleza y los árboles eran tan altos que apenas asomaba el tejado de pizarra. Las arpías de la vecindad decían que vivían en ella dos hermanos, uno de ellos estaba loco, por lo que el otro lo tenía encadenado. Con sigilo la rodearon y decidieron meterse por debajo de la alambrada en la zona que el muro estaba en ruinas. A Raúl le pareció peligrosa la aventura y retrocedió muerto de miedo. Se volvió a su casa. La testaruda Laia optó por seguir sola.
Al acercarse a la única ventana iluminada por una vela, por un breve instante, se sobresaltó ante aquellos ojos saltones fijos en ella. La persona desgreñada y zarrapastrosa, grande como un gigante, sonreía babeando dejando entrever la dentadura mellada y sucia. Se quedó petrificada. Como si la conociera y la estuviera esperando, con movimientos torpes, sacó sus manazas por la ventana y cogió a Laia con sumo cuidado. La incorporó a su estancia.

*****
Está anocheciendo. Pronto vendrán a buscarnos. Desde que se llevaron a tu hermano un silencio de tragedia lo envuelve todo. ¡Si hubiera tenido tiempo para hacer las cosas como él quería! Esta mañana, cuando nos encontró juntos en tu habitación te lo dijo: "No te preocupes, esto lo arreglo yo". Claro, después del susto que se llevó al verme contigo, porque él es adulto y los mayores son muy raros y siempre ven problemas en todo. Solo tú eres diferente. Ahora él no hablará de ti, para protegerte; te quiere demasiado y tú estás a mi lado cuando lo que deseas es ir a buscarlo, pero sabes que no puedes salir, nunca lo has hecho... Sin él estás perdido. No llores... Me haces llorar a mi también. Se oye la jauría de perros y el trotar de caballos. Esta vez no servirá la oquedad de la vieja sequoya que se ve desde tu ventana para escondernos. Me la señalaste para indicarme que desde allí me veías cuando merodeaba por tu casa. No te asustes, no te golpees la cabeza contra la pared de esa forma. Mira, estás sangrando... Ya se acercan. Gritos e insultos acompañan los golpes en la puerta... Esa mirada de terror..., esa angustia... Me das miedo.
© María Pilar

19 junio 2014

El amante absorbente

Kandinsky

En cuanto lo vi me enamoró, era el perfecto compañero con el que una puede soñar en compartir su vida. De irresistible belleza y tacto suave te satisface en todo. Solidario él, te ayuda a estar más cerca de los tuyos, a capturar esos momentos irrepetibles que vives con ellos, a vivir experiencias jamás soñadas, a viajar a lo largo y ancho del mundo y a contar con millones de amigos. Es todo un caballero y empequeñece a todos los que había conocido hasta ahora. A cambio, te quiere con él las 24 horas del día y por supuesto que no compartas ni un minuto de tu tiempo fuera de él. Sí, es absorbente, absorbente y celoso. Me tenía obnubilada y a su lado viví una pasión desenfrenada hasta que empecé a añorar  la tranquilidad de mi vida anterior. El día que se agotó la batería se hizo el silencio.
© María Pilar

06 junio 2014

El desayuno del abuelo y las sorpresas de google

El olor del pan recién tostado impregnaba el ambiente y se mezclaba con el del café. Aromas inconfundibles que me llevaban a disfrutar de un desayuno en buena compañía. Al acercarme ya oía el tintineo que producía el abuelo al remover el azúcar ¡Siempre el vaso de agua con azúcar del abuelo!

Hoy el arroyo esconde su alegre rumor bajo el paseo enlosado, los plátanos que lo bordean alargan las ramas para abrazarse por su ausencia y la higuera protege a sus higos entre sus hojas de lija y tristeza porque ya nadie se ocupará de ella. Por todo el valle se escucha la pena inmensa del tañido de las campanas con el vaivén desconsolado del que las balancea. Tras el visillo de la ventana se refuerza con melancolía la luz agónica del día que nos deja.

El olvido es imposible mientras en un lugar exista un tintineo metálico sobre un vaso de cristal. Los cerezos en flor allá donde me los encuentre me dirán que está preparando la malla para protegerlos de los pájaros y así poder regalarnos un cesto de relucientes picotas. Sobre cada tablero de ajedrez lo veré concentrado para ganar la partida. En cada esquina, en cada calle, en cada lugar por los que ha pasado, lo recordaré.

Lo que no me podía imaginar era encontrármelo allí donde él nunca ha estado: paseando por los circuitos de banda ancha de internet. El nuevo Street View de Google Map lo ha captado en uno de sus últimos paseos por su pueblo. Lo veo por detrás, se me acelera el corazón, es él, su pasear pausado. Se protege de la luz tan generosa en estas tierras con un sombrero de paja. Está fuerte, guapo, saludable. Giro el mapa para verlo de frente. Lleva puesta una camisa de cuadros. Su pelo blanco, brillante, y su tez blanca de pelirrojo parecen negar que fue un hombre curtido por las duras tareas del campo. En ese momento levanta la cara y su mirada azul observa con atención el coche que pasa por su lado sin ser consciente que las cámaras lo están grabando. No le gustaban las fotos, no le gustaba que lo grabasen. Y ahora, en contra de su voluntad, solo porque la poderosa Google así lo ha decidido, su imagen camina sin descanso por los entresijos del ciberespacio encerrada en vida sin poder escapar.

¡Cómo me gustaría que lo dejasen descansar en paz!

Una voz interior —tal vez sea la suya— me dice que como persona anónima que fue, puede seguir paseando tranquilamente por su pueblo, porque le gusta. Ahora que es etéreo, es viento, es amapola, es luminosidad, es un hombre que está más allá del tiempo de Google: medible y caduco. Se mueve en el escenario de otro tiempo. Y es ahí, tanto en los campos cosechados como en el cerro o en la casa vieja que fue el origen de todo, donde sus hijos y nietos siempre pueden encontrarlo.

© María Pilar