28 enero 2017

La muñeca diabólica


Éramos una familia feliz hasta que la muñeca diabólica entró en nuestra casa. Mi hermana ya no seguía mis juegos, papá estaba callado y mamá muy preocupada. Sus ojos emitían una luz tan brillante que te cegaba, movía sus articulaciones y decían que hablaba, aunque en esas conversaciones yo solo oía diferentes modulaciones de la voz de mi hermana.
Una noche se oyó una pelea nocturna de gatas. A la mañana siguiente la muñeca apareció con un brazo arrancado y la cara arañada. Esto afianzó el dominio que ya tenía sobre mi hermana. Ajada y fea, no pudo deshacerse del influjo de su mirada, la abrazó contra su pecho y no se separaba de ella ni de día ni de noche. Nunca fue consciente de cómo la cambiaba su malévola influencia. Ya no era la niña alegre, compañera de juegos y risas que inundaban la casa. Sus mejillas ya no estaban arreboladas. Era un ser triste y distante que poco a poco enfermaba. Yo las vigilaba de cerca evitando siempre que mis ojos se encontraran con la terrorífica mirada. Temía que su poder me subyugase como lo había conseguido con mi hermana.
Mi hermana se moría. El médico dijo que envenenada con matarratas. Se investigó a la familia. Papá estaba en estado de shock, mamá lloraba sin consuelo ni esperanza. Por todos los lados buscaron a la diabólica muñeca y nadie pudo encontrarla. Solo yo sabía que estaba en el fondo del pozo donde pronto cayó la traidora de mi hermana.
© María Pilar

23 enero 2017

Cascada de Gujuli o la maldición de una lamia

Con los primeros albores del día, el tren AVE sale escrupulosamente puntual de Atocha. Aquí y allá asientos vacíos y los ocupados parecen estarlo por robots inclinados sobre sus tabletas o sus móviles de alta gama. “¡Cómo ha cambiado el tren en este país!” me digo. “¡Qué inhóspitos y obsoletos han quedado los del pasado!”
Como viajo sola, tengo tiempo para soñar con aquellos sábados que en régimen de compañerismo mi padre me llevaba a la cascada de Gujuli. Qué paz se respiraba por el sendero que recorríamos cogidos de la mano entre las hayas. Hasta las ovejas transmitían placidez al pastar por aquellos prados. 

El silencio en aquel valle solo era interrumpido por nuestras pisadas sobre la alfombra de hojas caídas y aquel runrún de fondo que iba creciendo. Era el rugir del agua al precipitarse al vacío o tal vez—como me decía mi padre— el llanto desesperado del pastor que fue castigado por la lamia y lo convirtió en cascada. ¡Cómo me gustaba que me contase esas historias antiguas! Impresionada la veía caer en picado sobre las rocas que, afiladas como cuchillos, formaban la vertical. ¡Qué coctelera de sensaciones me producía el ensordecedor ruido en contraste con la finura de los destellos irisados de aquella multitud de perlas que desprendían las gotas de agua! Me gustaba verla desde la distancia, mi propia cordura me indicaba lo peligrosa que podía ser si me acercaba.
Disfrutaba al tumbarme en los montones de hojas caídas que se me quedaban prendidas en el pelo y en la ropa y al sacudirlas volaban como mariposas de colores. Olía a naturaleza, a campo y a oveja, porque las ovejas eran parte inseparable del lugar. 

El placer de vivir en calma por aquellos prados bajo un cielo azul solo era alterado por una conmoción estrepitosa que competía con la cascada. El tren de las seis como un monstruo mecánico cubierto de hollín, serpenteaba con su traqueteo y sus silbidos se propagaban por los montes. La estolidez de las ovejas al verlo contrastaba con mi alegría al mover la mano para saludarlo. Siempre esperaba que alguien me respondiera y cuando se cumplía: ¡qué saltos daba de alegría! 
El tren en el que viajo ha llegado a su destino. Me muevo inquieta en mi asiento y un sudor frío me recorre la espalda. Una vez más los sentimientos dolorosos irrumpen sin mi consentimiento. El fondo del abismo se acerca. Mi padre me espera en la estación y sé que no lo reconoceré. El balón rodaba y quería cogerlo antes de que cayera por el precipicio. Cuando las manos de él lograron rescatarme asiéndome por los pies, el daño cerebral y el terror al vacío ya habían hecho mella en mí. Las fobias que sufro por la prosopagnosia adquirida, son consecuencia de aquella tragedia.
© María Pilar
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19 enero 2017

Donde habita el olvido

Antes de abrir los ojos ya oigo la lluvia golpear en la persiana. Desde que me he jubilado no existe mayor placer que retozar en la cama un rato más después de despertarme. Nada es comparable con sentirme dueña de mi tiempo. Me extraña que él esté todavía acostado y me deja perpleja cuando con una voz recriminatoria me dice:
—Ahora te vas con el vecino. No creas que no lo sé. Estáis liados.
—Sorpréndeme con un dromedario si quieres —le digo ante algo tan inefable y vulgar nada propio de él—pero no me vengas con esas bobadas.
Como sigue inmutable me levanto enfadada con el propósito de no dirigirle la palabra. Él, con su distracción habitual, hace como que no le importa. Sin hablarnos me doy cuenta que soy yo la que me siento presa, él nunca ha sido un hombre de muchas palabras. Y encima llueve. El gris cubre el colorido del paisaje. Las escarpadas están peligrosas y tampoco puedo ir a pasear al acantilado. Tengo que quedarme en casa. Quiero que sea él el que rompa este simulacro tonto que me he impuesto, así tendré una excusa para contestarle. Lo miro y por primera vez veo la vejez en su cara y la nostalgia en su mirada.
Me conmueve.
La hora del reproche ya ha pasado.
—¿Qué te ocurre?—le pregunto preocupada.
—En la fábrica me han robado—añade mientras estruja la txapela.
—No seas badulaque. Nadie te ha robado —respondo con energía para disimular lo que me ha impactado la inocencia con la que habla.
Me escucha, pero no me entiende.
De repente, él tan comedido en todo, empieza a moverse como un saltimbanqui y dice con una mirada vacía: “La niña de las trenzas”.
Me trae el recuerdo de cuando nos conocimos: Con mis trenzas y calcetines cortos estaba sola sentada en las escaleras de la entrada de la discoteca. Mi hermano no me dejaba entrar y siempre me vigilaba. A mí bailar era lo que más me gustaba. Como por arte de magia apareció él y con su esfuerzo por hacerse el gracioso, ya entonces era muy serio, logró hacerme reír.
Hoy algo le pasa a mi héroe, el que me salvó aquel día.
Asustada llamo a la doctora. Por fortuna está libre y viene enseguida.
—Demencia—diagnostica muy segura.
© María Pilar

09 enero 2017

Cuando el árbol cae

Cuando la rama se desgaja del árbol 
Todo se detiene y callan las palabras.

Cuando el espejo empañado clarea
Todo brilla con la imagen de tu presencia

De las espigas las sonajas
De un vaso de agua el tintineo
De la pupila azul
el romero.

Del cristal de yeso la luz
Partida de ajedrez en tablas
La espera
De unos gajos de naranja

© María Pilar
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04 enero 2017

Leyendas, lamias y pastores

La laguna de Lamioxin se encuentra en Álava, en las Estribaciones del Gorbea. El porqué del nombre de esta laguna está muy claro: cuenta la leyenda que aquí habitan las lamias, seres femeninos de extraordinaria belleza y pies de pato. Lo que más les gusta es peinarse su larga melena con un peine de oro a la orilla de los manantiales, ríos o lagos en los que habitan. Con su canto han seducido a algunos hombres y se los han llevado sin que se haya sabido más de ellos. Una lamia convirtió a un zagal de nombre Urjauzi en la cascada de Gujuli porque en un descuido le había robado su espejo mágico. Os cuento el relato de los hechos.

Urjauzi y Otsoa eran pastores de la zona del Gorbea y grandes amigos desde la infancia. Sucedió que cierto día Urjauzi oyó de pronto un dulcísimo canto mientras pastoreaba su rebaño por las campas de Gujuli. Se sintió tan atraído por aquella maravillosa melodía que se olvidó del ganado y raudo se adentró en la espesura del bosque. El sonido de sus pisadas sobre las hojas caídas que rezumaban humedad rompía el silencio y tapaba otros ruidos apenas perceptibles que hacían pensar en seres del bosque que lo observaban sorprendidos con los ojos bien abiertos. Los troncos de los robles centenarios adquirieron rasgos de monstruos como en los cuentos, el olor a tierra húmeda hacía irrespirable el lugar y la espesura lo envolvía todo con su misterio, pero Urjauzi no era consciente de ello. Al acabar una pronunciada bajada, separó unas ramas de sauce y pudo contemplar la quietud de las aguas de la laguna de Lamioxin de la que procedía el canto que lo encandilaba. Sentada en una roca, con los pies en el agua, una bellísima joven se peinaba su larga melena rubia con un peine de oro mirándose en un espejo. Urjauzi se quedó embelesado contemplándola. Ella levantó la vista y al descubrirlo, se zambulló. Él se fue acercando muy despacio hasta la orilla. Quería verla otra vez, pero el agua le devolvía tan solo las tonalidades otoñales de un bosque que se adentraba en los abismos del silencio.
Esperó.
La joven asomó la cabeza por detrás de la roca. Se ocultó y volvió a asomarse. Por fin, se decidió a cantar para él y sucedió que envuelto en la magia de aquella voz Urjauzi se enamoró perdidamente de ella. Ella le preguntó: «¿Te casarás conmigo?». Él le contestó que era su firme propósito desde ese mismo momento en que la había conocido. Así, pues, la joven, cogió una pequeña caja lacada atada con un cordón de oro, lo desató, la abrió y sacó un anillo de compromiso para él. Urjauzi ya no era el mismo, amaba y se sentía correspondido, no se podía ser más feliz. «Me voy a casar con la joven que vive en el bosque, la más maravillosa de este lugar», decía por el pueblo a cuantos encontraba.
Otsoa cavilaba.
Un día se acercó a la laguna con sigilo y le sobrecogió lo que vio entre las ramas. Al sumergirse la joven en la laguna, sus pies quedaron al aire un instante y eran garras palmeadas. ¡Era una lamia!
Se lo contó a su amigo, procuró convencerle de que se alejara de ella, pero nada logró; al contrario, Urjauzi lo llamó envidioso y le dijo que no quería volver a verlo. Otsoa se alejó entristecido.
A pesar de todo, Urjauzi pidió a su novia que le enseñara los pies. La dura y fría mirada que lo taladraba le confirmó lo que su amigo le había dicho. Había ido buscando en ella respuestas y le aplastó el peso de su silencio. Furioso se arrancó el anillo y lo tiró al agua. Desde aquel momento la tristeza se apoderó de él. Pisaba los mismos prados de siempre, veía los montes tan conocidos, se sabía en el mismo sitio donde desde pequeño había disfrutado tanto, pero ahora nada lograba distraerle; ya no encontraba su propia casa tan acogedora y hasta el entorno le parecía menos bello. Durante dos días y dos noches enloqueció llamando a gritos a su amigo del alma al que no había creído. Después trabajó sin descanso en una sucesión de días tan vacíos como la oquedad que lo llenaba por dentro.  
El crudo invierno trajo ataques de los lobos a los rebaños. Urjauzi en solitario les plantó cara, pero ver a sus mastines agonizar desgarrados le hizo sentir aún más la ausencia de Otsoa. Elevó los ojos al cielo y gritó desesperado. Entre el ramaje cubierto de nieve unos ojos lo estaban mirando. ¡Eran los ojos de Otsoa! Corrió hacia allí llamándolo. Solo vio un lobo atrasado que trotaba hacia la manada que ya alcanzaba la sierra del Gorbea.
El destino de su amigo le movió a buscar una solución. Le vino a la mente el espejo mágico de la lamia. Concedía todo lo que se le pedía mirándolo de frente. Se había jurado que jamás volvería a Lamioxin, pero por su amigo afrontaría sus dolorosos recuerdos y se lo robaría. Así podría hacer que Otsoa volviera a ser el de antes. Muchos días se acercó a la laguna hasta que la suerte lo acompañó y vio a la coqueta lamia. Quedó embelesado mirándola y casi se olvida de su cometido. Fue el descuido de ella al sumergirse para no ser vista, lo que le hizo reaccionar. Se acercó, cogió el espejo y se alejó lo más rápido que pudo. Sentado bajo un haya al lado del río Oiardo, no sabía cómo utilizarlo. Por más que lo miraba y le contaba lo de su amigo, no obtenía ningún resultado. Allí lo descubrió la lamia.
—¿Cómo te llamas? —le habló desde la distancia.
El chico miró al espejo pensando que era el que hablaba y le contestó: «Urjauzi». Y en ese instante se convirtió en la imponente cascada que domina el pueblo.

Urjauzi = cascada
Otsoa = lobo

© María Pilar