28 noviembre 2013

La soledad de las personas mayores

Resiste con sus artríticos sonidos esa escalera de la que hoy se ha adueñado el fantasma de la soledad. Nerea, subiendo peldaño a peldaño hasta el 3º piso en el que vive sola, la equipara con el fluir de su vida y su memoria.
En los momentos que afloran sentimientos dolorosos ocultos entre los pliegues del alma, busca la compañía del agua, percibir como fluye por su piel hace que se sienta bien. Añade al baño sales de lavanda y se sumerge hasta el cuello cerrando los ojos para disfrutar de uno de los pocos placeres que se da en la vida. Cuando más relajada está oye un ruido apenas perceptible. ¡Están abriendo la puerta de su casa!
Las pisadas ya suenan por el pasillo. Siente el aliento de alguien que se acerca. Su corazón desbocado le hace encogerse sobre sí misma. A través de la mampara empañada nota que la puerta del baño se abre muy despacio. La tensión se hace irrespirable. Una sombra oscura ocupa aquel húmedo oasis absorbiendo todo el oxígeno. La sombra pasa una mano por el cristal para quitar el vaho. Ese ojo inmóvil que la observa le hiela la sangre. Cuando el hombre abre la mampara le descarga el spray de laca. Al echarse las manos al rostro es cuando Nerea escucha un sonido metálico contra el suelo y la hoja del cuchillo le da alas para zafarse de los manotazos que él le lanza.
Más tarde regresa acompañada de la vecina del 1º y la policía. La puerta está abierta y el silencio lo inunda todo. Una mancha de sangre va ennegreciendo las baldosas del baño. Allí está él, muerto al golpearse la cabeza contra el lavabo.

24 noviembre 2013

Alguien me sigue

Caras Ionut
La Avenida es una de las calles de entrada y salida a la ciudad dirección norte. Esta tarde grisácea del mes de noviembre, entretenida con la niña en los columpios del parque que están al lado, no me he dado cuenta del paso del tiempo. En esta época, los días son muy cortos y pronto se hace de noche. Voy con mi hija de la mano porque quiere ir andando; siempre quiere demostrar que es mayor de lo que en realidad es. Despacio, sigo el ritmo de sus pequeños zapatos camino de casa cuando comienzo a escuchar unos pasos. No veo a nadie, pero sé que alguien más está con nosotras. Acelero la marcha para llegar cuanto antes y, con ello, obligo a mi pequeña a avanzar a trompicones. Noto en mi nuca el aliento del que se nos acerca por detrás. Instintivamente aprieto a la niña contra mí y también el bolso que llevo en el hombro. ¡Veo la Avenida tan solitaria a estas horas! Me paro y, con disimulo, miro de reojo a la vez que me agacho para cogerla. Se detiene también, es un hombre con deportivas blancas y vaqueros. Empiezo a andar deprisa con mi hija en brazos. Él agiliza el paso. Siento que está a punto de alcanzarme. La violencia que percibo me bombea el corazón como un caballo desbocado. Me salgo de la acera a la calzada que es de doble sentido. Los pitidos de coches y gestos poco amables de los conductores me exigen que me quite de ahí. Corro todo lo rápido que puedo sorteándolos a la vez que aprieto contra mi cuerpo a la niña. En la esquina, tengo que volver a la acera para girar y entrar en la plaza que vivimos. De nuevo siento el acoso de su presencia. El sentimiento de indefensión me ahoga. El viento del norte me hace castañetear los dientes. Ya sabe que le temo y que me tiene en sus manos. No quiero gritar, no quiero asustar a mi pequeña, aunque creo que le estoy haciendo daño al apretarla tan fuerte. Casi está pegado a mí, si me vuelvo de repente, voy a chocar con él. ¡Imposible alcanzar la puerta! Alguien viene de frente. Es un vecino del portal de al lado. Apenas lo conozco. Me abalanzo sobre él. «Me están siguiendo», le digo angustiada. Los dos vemos cómo el otro se da media vuelta y se aleja. Un hombre fuerte, de unos 50 años, con los brazos caídos a lo largo de su cuerpo y los puños apretados.
© María Pilar

15 noviembre 2013

Intemperie de Jesús Carrasco

Es un libro de 224 páginas, se lee de un tirón y te atrapa con las vicisitudes que acontecen al niño protagonista acechado por los mil peligros que se va encontrando en su huida para ponerse a salvo de su perseguidor. Es un relato sobre la supervivencia y la solidaridad. Una vez leído, se te queda bullendo en la mente. Puede gustar o no, pero no deja indiferente.
Un niño y un viejo, las dos etapas más indefensas de la vida, se ven obligados a huir de un mundo gobernado por la violencia en el que son tratados de manera brutal y vejatoria. En su huida por la supervivencia, la naturaleza hostil con la que se encuentran les ofrece una sequía eterna y un sol abrasador. Todo ello hace que tengan que afrontar condiciones difíciles de soportar. No es una novela de ficción, la dura realidad que nos cuenta, aunque el autor no nos indica ni el tiempo ni el lugar, está muy pegada a la realidad del campo rural de la España interior hacia mediados del siglo pasado. Muy acertado el título de Intemperie porque refleja ese estar a expensas de lo que te sobrevenga sin techo ni protección alguna.
El lenguaje del narrador, que te ofrece de forma descriptiva la visualización de cada zona por la que pasan así como el cuidado de los detalles, contrasta con la desnudez y escasez de los personajes. El laconismo del lenguaje de estos, propio de las gentes de esa época y lugar, refuerza el realismo de la obra. A veces, las florituras y el lirismo del autor te hacen perder el hilo argumental para valorar una comparación descriptiva o el significado de alguna palabra. Todo el derroche lingüístico con el que te encuentras de parte del narrador/autor es de gran riqueza, pero pierde carga emotiva que sí te ofrecen los propios personajes de la obra.
Nadie tiene nombre propio, se les conoce como el chico, el viejo y el alguacil.
El viejo pastor representa el pasado, la miseria se ha instalado en su vida, pero es fiel a unos principios de solidaridad y justicia, honradez y lealtad. A pesar de las duras circunstancias intenta vivir con dignidad y su gran calidad humana queda perfectamente retratada.
El aguacil es un hombre maduro, nuevo rico, corrupto y dominante. Parece tener sometido a todo el pueblo que queda silenciado desde el primer momento. Representa el tiempo presente en la novela.
El niño representa el futuro. Es el auténtico protagonista. Tiene que aprender a sobrevivir en un territorio hostil y no cree que la bondad exista hasta que se la encuentra en el cabrero. Conoce las dos formas de afrontar la vida desde su infancia porque ha estado en contacto tanto con el pastor como con el alguacil.
A través del niño, el autor enciende un atisbo de esperanza. Esperanza que no es fácil de asimilar cuando el libro te pesa como una losa con los sufrimientos del niño provocados por la miserable naturaleza humana cuyos poderosos tentáculos llegan a cualquier lugar. Para sobrevivir ¿ejercerá la violencia que ha mamado? O por el contrario ¿crecerá con los rudimentos de la moral que ha visto en el pastor?
©María Pilar

06 noviembre 2013

Mujer leyendo en el vertedero de Dandora

Allí estaba ella, leyendo. En el centro del basurero más peligroso del mundo. Una mujer joven de piel morena que me atrajo como un imán. Sentada sobre bolsas y sacos de basura que había recogido a lo largo de todo el día, se la veía feliz con aquel libro en las manos. Parecía acariciar las hojas que mostraban las cicatrices del tiempo pasado bajo tierra. Lo había liberado del más ingrato de los destinos y en compensación él la envolvía con el hechizo de sus letras.
Me quedé más o menos a un metro de distancia intentando no estropear el mágico momento. Toda ella me transmitía autenticidad y no podría ni imaginar lo paradójico que a mí me resultaba su situación. Parecía sentirse una mujer más que, tras una jornada durísima de trabajo, se permitía un momento de ocio disfrutando del placer de la lectura. La dignidad y serenidad que transmitía contrastaba con el mundo carroñero del vertedero que la rodeaba. De todo era capaz de evadirse cuando podía permitirse un rato de descanso bajo la lluvia gris para poder leer. “¡Qué fuerza tiene el hábito lector que da esos apoyos en los que agarrarse!”, me dije.
Tal vez fue mi tos producida por el aire tóxico que me quemaba la garganta e irritaba los ojos lo que hizo que levantara la vista. Su serena mirada se cruzó con mis ojos anhelantes. No se sonrió ni frunció el ceño al verme cargado con mi equipo fotográfico en un lugar como aquel.
—¿Qué tal el trabajo?
—Trabajo es trabajo —me contestó con un tono de voz suave.
̶ ¿Y el libro?
—Me da algo que hacer durante el día además de recoger basura ̶ añadió con gran entusiasmo.
Y siguió buceando en las páginas de aquel libro salvado de uno de los incendios permanentes de la zona como si estuviera en una biblioteca, o mejor aún, en un banco de un parque rodeado de árboles. Y mientras leía, seguía soñando en parques verdes y su imaginación volaba por otras vidas que le pintaban una sonrisa. Y yo cavilaba sobre las paradojas del destino. ¿Cómo era posible que ese monte que con su silueta negra desafiaba al cielo no podía con la semilla lectora que alguien un día sembró en ella? El imparable mundo de la imaginación lograba, gracias a la lectura, que al volver cada día a su trabajo no se sintiera náufrago sino navegante.
Como si el haber cruzado unas palabras con ella me hubiera autorizado a acercarme, me senté a un lado en uno de los sacos. Inmóvil permaneció leyendo hasta que la oscuridad se impuso. Y se impuso el silencio de una ciudad cuando calla y se impuso el silencio entre un hombre y una mujer. ¿Para qué cosas profundas sirven las palabras? Hay silencios de amor y odio, y hay silencios de paz interior sobre los que se pone toda la esperanza.
Me había presentado allí a la búsqueda de la imagen terrible y desgarradora que impactase como reclamo y denuncia de ese vientre putrefacto de Dandora, y ella me regalaba un momento tranquilo de reflexión personal, una imagen tan llena de esperanza que me hizo replantear muchos prejuicios personales imbuidos por mi cultura occidental.
Como fotógrafo que sabe cuándo apretar el disparador, sentí el impulso que me arrastra por el mundo para conseguir la mejor foto de todas, abrí la cámara y disparé…, hacia mi interior. La mejor fotografía de las que traje fue la de mí mismo.
© María Pilar